Ya no corre el aire en su garganta, con
siete piernas invalidas y sordo de dos orejas. A su alrededor
todo es estupendo.
No desearás a la novia del prójimo, ella
es tan sencilla, tan bonita, tan como hay que ser...Normalmente
llueve en esta región, es extraño sin duda el tiempo este tan
despejado puedes salir en manga corta como verano a pesar del
sitio se está realmente bien etc. Se trajo un dolor
terrible de garganta que fue a dar a otros males derivados. Una,
que casualmente viajaba de regreso en el mismo autobús, le
aconsejó unas pastillas muy coloreadas que le han dejado muy mal
el estómago. Es por esto que debería tener dieta blanda, es
decir, no comer nada un dia, y el siguiente arroz blanco,
agua de limón y cosas por el estilo. Pero es el caso que no
puede rechazar esta invitación, no reune las fuerzas necesarias,
es todo tan complicado... Debería quedarse en casa, hay que
cuidar las formas, son todas sus comidas tan dificiles de digerir
que sólo pensarlo congestiona terriblemente su intestino. Y
luego la novia del prójimo, la novia de España. Es claro que él
la merece, quiero decir el novio es el adecuado, oferta las
condiciones necesarias para esta unión, no él, con tan turbio
pasado, tan complicado, tan infeliz. El novio es puro,
generoso, noble, fuerte, valiente, sencillo, sin duda el más
digno de tantos y tantos pretendientes. No es virgen, es lo más
cercano que se puede ser. Arraigadas costumbres, fieles, ruido.
Se quieren, se tienen, estomago, dolor. No comerá,
reprochable comportamiento, tanta alegria de celofán en
torno a la mesa. Una mesa en la que los que no están son más
importantes. Pero hay que estar. Hay que estar por razones de
pago a plazos, de letras atrasadas de cariño. Para que engañarnos,
para que comer sin ganas. Era un dia de sol brillante y un olor
podrido racheado de la papelera del puerto, venía, con tremendas
columnas de humo siempre ganando el cielo. Subieron las escaleras
de la casa, a un paso de la escuela, como todo en el pueblo:
maritimo militar, pesquero astillero comercial. En sendos
extremos de aquella progresión ascendente de pasos, tesis y
antitesis, el bueno y el malo, estaban. El más mozo abriendo con
brío una columna de a dos, firme, tenaz; con un viejo a la zaga,
alejado, contemplativo. Separados por el punto y coma y por la
novia de España, separados y separados. Esperaban de ella que
apareciera tras el pomo de una puerta de una casa de alquiler de
mujeres no prostituídas, y lo hacían tranquilamente, tenían
tiempo: hasta que uno de ellos poco después en autobús con
dolor de garganta. Allí le aconsejarán que tome pastillas para
coger dolor de tripa, para perder ganas de comer en momentos y
lugares de bocas desiertas, con siete piernas inválidas y sordo
de dos orejas. Camino de la capital, trayendose un olor insano a
mezcla de papel y amor, papel con el que guardar y envolver el
amor en armarios para otra ocasión. Osea, camino de vuelta,
vuelta de cara, cara de haber mirado atrás. En la mesa hablaría
de su época en el puerto, cuando amó a escondidas a una mujer
con dueño y respeto que no quiere nombrar, qué olor a pasado
sacaban esas enormes de humo, cociendo masa a base de celulosa,
masa para oscurecer con nombres de nombres de nombres.
Todos escucharán su propia historia de sus labios, la novia de
España, tradicional, un beso para la mejilla. Todos en él
porque todos alguna vez. Cuando por fin la puerta se abrió
apareció con la parte baja de un pijama y un libro en la mano,
adecuadamente despeinada, con restos de sueño en el semblante.
Tras una sonrisa permitió el paso, y prolongando la linea que
partía del dedo, siempre uñas cortas, las miradas confluyeron
en un tresillo del que era especialmente fácil caerse, alrededor
de una mesa de cristal oscuro con revistas de secretos de mujer.
Allí se sentaron y uno vió como ella miraba al otro, con la
mirada puesta en él. Mientras no podía comer, pues tenía
un terrible dolor de tripa, y no lo hacía pese a que aquello no
era muy propio teniendo en cuenta el carácter oficial de la
invitación, recordaba intensamente esta no mirada triangular.
Mientras alguien alrededor chupaba la gelatina del cartílago del
suculento manjar, él engañaba el dolor con dolor, y no volvería
a recetarse ninguna pastilla sin ser antes médico. Ni a escuchar
consejos de gente sin sentimientos.