La incontinencia de un bebedor

Pasa por las cosas y las cosas no pasan. Quiere más, busca,  todo resbala.

Le han dicho, pero no va a hacer la cama en una vida que no existe.  No a desgarrar el alma cavando caminos que deberían estar trazados, en alguna parte, se espera un arco de luz, viene tragando segundos un continuo sombrío, un sorbete de sesos. Le han dicho: Las cosas pasan, un dia pasan. Busca hasta entonces, y hasta entonces no te quedes con nada. Lo único que puedes quedarte es dolor de perder. Espera, ten paciencia. Exige dos pechos para interpretar mientras tanto, pero esto es otra historia.

Algo ha nacido en su inesperado nacimiento, algo ciego, cieguísimo. Además, los más dias, terriblemente malencarado. Las imágenes, sin entrar ni tocar, sucesivamente ajenas, avisan: nada está ocurriendo. Todo visto a través de una pantalla de vecino. Bajaba la calle de regreso, en una oscura con estrellas ocultas por espesas negras, y había una mujer no estrangulada en la esquina con la cara encendida para que alguno se fijara, que  se tocó distraidamente el estómago lejano para mirar distraidamente el reloj: a esta hora empezó ayer a comer demasiado tarde. Y un gesto fino se interpretó en su momento: Si me quitas la parte de vida que sale del fango te doy trabajo, mi amor, te doy todo. Hasta que con un traje negro negrísimo como el fondo del conocimiento subió las escaleras cansinamente, y una puerta, vieja desconfiada, fue engañada con promesas de fuego frio. La mujer triste, defensiva, desarmó la miel con dulzura, y sin ropa perfumada en su cuerpo, un baño caliente le arrancó un gramo de digna suficiencia que quedaba. Mientras, él, atento al eco, conspiró rápidamente contra su propia vida: Sacó todo el dinero que guardaba en la nevera, sacrificando su futuro, y se lo metió a la triste en la boca, que esbozó una leve mueca. Lo chupó varias veces y luego escupió, juntando de ese modo en medio acuoso y semiamorosamente bajos pensamientos y aire puro de la noche clara como lirios. Luego, la afligida, tenía prisa por pasar de nuevo a la noche, y no se pudo hacer nada irreprochable por retener. La puerta tampoco preguntó nada extraño. Y se quedó de nuevo sólo con su tortura pasajera, que él prefería antes que la neutralidad de una imagen indolora. Y tras esto, el otoño. Tiempo de finales, de movimiento floral hacia su tumba allí donde empieza la vida eterna del vegetal, de asomarse a la ventana con melancolía dejando que el recuerdo caiga como una hoja, de sonreir a seres perdidos, unos que al marcharse no dejaron su olvido, sino una pequeña brasa que el otoño no acaba de consumir.Tiempo, el otoño, que el mortal dedica al muerto, abrazo ofrecido al aire y sin consuelo, abrazo de pago, de deudas, lamento de abrazo. Otoño deja el cristal frio. Y un te quiero que el cobarde se olvidó de recordar, incluso cuando el final era una mujer que estiraba el brazo en un último intento de que alguién...Su hijo le apretó fuertemente la mano, era un camino terriblemente novedoso y lo recorría en soledad. Por eso apretaba, por quedarse con parte del temor de su momento. Pero no era mucho. Ella se cansó de repetir: qué malo es no llegar...y el hijo entonces la miraba sin entender, sin abrazar, frio, sin decir frases de amor que pudiera llevarse al cielo. Y ahora es tarde. Por más que grite. No hay piedad, tiene que morirse con esa sensación de no haber hecho las cosas bien. Qué dificil las palabras, las cosas más sencillas, más breves, que dificil es decir te quiero antes de que nadie muera.  Hazlo ya. O arrepíentete luego. 

Eso fue antes de sentir el dolor que le llevó a la vida instantánea. Las cosas pasan, a veces buenas, y se clavan con violencia en el minutero. Mientras tanto, engorda con el consentimiento general, y esto, aunque repugnante por lo que se refiere al privilegio de vivir, es suficiente defensa contra la muerte. Hay que vivir, o atreverse a morir.  Le han dicho... Luego una mujer bellísima le sentenció. El no sacudió, no por ganas, pero se marchó sin despedir las multiples alusiones, su mamá. Dijo adiós, y él se limitó a no girar la cabeza. La incontinencia de un bebedor empedernido. Todo lo que bebe, lo que ocurre, todo lo pierde con moderado dolor. Y sólo en ese momento siente el desgarro de la vida, que prefiere antes que nada. Es el perder un latigazo de vida. Enciende la tele que le mantendra callado y muerto. Acude a clase que le mantendrá frio en su tumba. La calle, un enorme decorado al que aplaudir.  Las cosas no pasan, entre sucesos no ocurre nada, son tiempos de transición entre épocas con vida: muerte inminente, o una cosa estable indolora llena de aburridas rutinas. No hay pelo hermoso para el sueño ni fuego que encienda la soledad de perro sin hueso. Condenado a pasar por las cosas sin ser cosa, sin mancha sobre ellas, sin compromiso ni nada que latir a un cuerpo que es sombra de uno que vivió.

 

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