La hermosa clavada
Había una mujer en la
facultad. Hermosa. Una inaccesible si-no para los muy valientes.
Y aquel edificio aparentemente viejo y
ruinoso era viejo y ruinoso en los mismìsimos cimientos. Habían
prostitutas a la derecha y prostitutas a la izquierda. Un joven
efebo se prostituía de forma anónima al amparo sombrío de la
muchedumbre impersonal. Y en estas pecaminosas tinieblas un
caballero del tiempo como un rayo de esperanza no se hundia hasta
las rodillas en el fango de la venta carnal. Y mientras su cabeza
de héroe forjada de acero avanzaba entre las miasmas, unos
brazos manchados en sangre de batallas no cedian al peso
sobehumano de una larga espada. De repente había alguien bajo el
luminoso que desapareció. ¿ Quién era ? ¿ Qué era? Ay,ay...
y la armadura pesadamente cruzó los umbrales del edificio-prostíbulo
en su busca sin mirar para atras en el pasado glorioso. Lo sabía,
pero no dudó. ¿Por qué? Era un caballero del tiempo y pasó
a este lado de la tentación porque el destino mira por sus ojos,
levanta su espada y anda por sus piernas. Y no había mas
que tinieblas... Llegó, vió, entró...¿Salió? Rumores
de velatorio al fondo, un pasillo polvoriento lleno de puertas
cerradas, vacio en el sentido imagen fugaz, era recorrido con
cautela por un señor de las batallas en busca de una mas.
Siempre una mas. Siempre arrastrando pesadamente su cuerpo
golpeado en busca de una batalla mas. Y todo combatiente pierde,
esto lo sabes perfectamente. Cuando por fin llegó al término,
abrió. Y la imagen era entonces una mujer vestida de seda con
una punta de plata en la mano de leche. Sentada en un esquina,
vulnerable, dormida. Muchos ojos miraban. Muchos, tras los
pupitres-arbustos, en las ciénagas. El caballero estaba avisado
y para no enamorarse precipitadamente cerró los ojos. Y la
oscuridad le recordó la voz del Dios por el que luchaba y
mataba si no moría. Así blandió la espada y cuando el destino
juzgó oportuno rodó cabeza hermosa de mujer justo después de
que una punta de plata se clavara en un pecho de heroico hasta el
corazón. Y el corazón clavado lo fué hasta el término de sus
dias, junto a muchos otros puñales decoloridos por el tiempo.
Y la espada...esa no siempre apuntaba al norte cuyo sur es el
suelo...
¿Te arrepientes de haberlo?
Se cuentan por batallas las penas y las glorias.
La planta seca. El deseo es el
desierto deshorizontado donde por alivio se pisan alegrias de
otros. ¡Qué! Pero el deseo es la histeria indeseable
donde por angustia se pueden apulañalar a madres. Y
ninguna quiere esto para sus hijos. El deseo es el hondo lamento
del muñon frente al piano... dia y noche...blanca y negra, la
tecla... y la música resonando en el sueño del recuerdo.
¡Y! Es un pájaro sin cielo y un caballo sin espacios. La
sangre que no soporta la estrechez de las venas. Un hombre que no
soporta la ambigüedad de un ahora no quiero. ¡El! Es el
señor que vive de nosotros. Que tiene nuestra conciencia
y nuestra ocurrencia. Y la vida... Un amo que no admite batalla,
una batalla que no admite victoria, que humilla y arrastra y
hasta mata por nuestras manos que son suyas. ¡O! Que es peor,
nos abandona. El deseo se pierde por el sumidero de los años que
todo lo traga, se desliza por entre el andamiaje de la
experiencia a otros cuerpos que nada saben o sospechan. Y la
terrible monotonía, que es la flor del abatimiento y
la antesala de la muerte por desgana, es la viciosa
sustituta. ¡Es!... Entonces subió al estrado. Allí, aparte de
los letrados, estaban los amigos y los familiares todos
inexpresivos como de cera. El juez que emitía las condenas era
la voz intacta de la conciencia, un magistrado inexperto
demasiado pendiente de las leyes como para ser justo, oculto en
el humo de su tabaco. El fiscal expuso los hechos. La defensa
expuso los hechos. Parecian contentos exponiendo hechos y fueron
amonestados por su indecoroso comportamiento con un golpe seco de
madera contra madera. Y se marcharon enfadados. Los hechos se
expusieron entonces a si mismos en la cabeza de los presentes atónitos
que no daban crédito y que sólo pensaban en huir y olvidar. ¿De
que se me acusa? Dijo el héroe. De no reprender los deseos
que afloran con el devenir de la nuestra vida. La acusación se
enfrenta a una pena de entre 1 y 100 arrebatos de espiritualidad
así como aislamento preservativo. Las pupilas entendieron
la condena oscura y se dilataron. No se sabe si los inexpresivos
hombres de cera que estaban en la sala exclamaron
algo cuando, porque lo hicieron muy disimuladamente. Quizá,
quien sabe, porque ellos eran los culpables y
el acusado el peor de los inocentes...