El estudiante inacabado

 Son pasillos largos en uve, llenos de puertas infranqueables. De las paredes prenden olores de históricos cadaveres que no terminaron la carrera. Todos buscaban una salida y encontraron el cabo de una cuerda.

    El viajero está atrapado en un pasillo y prueba  todas las puertas. Tiene que abrir rápidamente.

 Tiene que abrir porque sino matará de pena a sus cercanos. Suena el télefono, cada vez mas presente. Rumores que llegan del exterior. Tiene miedo. Alguién le persigue, quizas, pelo y sangre, un hacha reflejando en el filo un pecho pelado de verdugo. Todas las puertas tienen virtudes opacas. Las hay de madera coloreada y de contrachapado viejo. Y ninguna se deja abrir por el viajero. El sudor forma surcos en su rostro de alumno inacabado,  y en ese rio se ahogan esperanzas de luces al final del tunel. No es suficiente la intención. Serás condenado por tus malos resultados.  De repente, una puerta se deja abrir. Cesa el teléfono.  Un silencio de máquinas procesando. Un jaleo  sordo llega como el viento. Inatrapable. Abre la puerta con sigilo. Sus ojos se asoman. Es una sala amplia y luminosa. Un muro tiene escrito el decálogo del buen vividor en un idioma intraducible. Cada pasito se arrepiente de si mismo. Alrededor diríase que no hay nadie, pero está este rumor de entreacto que poco a poco le va absorviendo. Por ahora puede soportarlo. Avanza...

 Ya en el futuro, en un pasillo ruinoso avanzará un viejo gracias a la temblorosa luz de una vela, y será doblado por el caracol. Un viejo ceniciento que perseguirá un punto de fuego. Y una fila de mil sombras siniestras le guardarán la espalda, unidas a él por puntos fósiles.  No tendrá prisa por llegar a ninguna parte. Los que le pudieran esperar habrán muerto, los que no, habrán desaparecido. El delicado ser se paseará con mesura arastrando interminables distancias tras de si  ( en la escala de ellas, mil metros por cada uno) y se sabrá que los vientos, en el ocaso de una vida, cantan requiem en plural...  Aprenderá a tener paciencia. Sonreirá amplia y verdaderamente. Aquí morirá, y esperará el momento de la dulce succión con alegria, pura alegria verdadera.  Y  lo hará sólo. Como un gorrión, se alejará conscientemente de la bandada en el  mortal momento. Solo en compañia de sus recuerdos, que cuidadosamente habra recogido y almacenado en un album de fotos intangible, mental. Estará la foto de su mujer, ya vieja.  La voz  rota y las frágiles manos. El dia fatal, blanca en su divino catre, fria y expresiva en el último momento...El hijo. Esa prolongación de si mismo. Ese dolor egoista y creciente, cuya muerte no soportará imaginar. Su alegria espontanea. Las ganas de vivir, de participar, de ser...De viajar. Y no le reprochará su ausencia. Querrá hacerlo sólo, tranquilamente.  Llegará a una sala amplia y luminosa que él reconocerá. Reeligirá su rincón. Recordará su tortuosa vida como estudiante. Epoca de transiciones,  de búsqueda incesante, de inseguridad, de descubrimientos. De miedos insuperables, de ansia de conocimientos, de impaciencias, de inexperiencias. De errores y reproches. De aciertos. De sueños y utopias. De ideales. De dulces despertares. De amistades eternas intocables. De dolor reprimido, lagrimas contenidas. De ternura. De  incomprensión. De ganas de matarse...

 

 

 El viajero, tranquilizado por ahora, se sienta en uno de los rincones de la sala luminosa.

 Pone atención,  pretende entender los rumores. De la misma forma que el que mira el mar pretende desentrañar el secreto de su rumor incesante. Es una reunión pacífica de sonidos desconexos agrupados por su común ambigüedad, y esta virtud choca razonablemente con su mente entrenada de alumno inacabado.  En la mezcla hay una voz intermitente familiar. Realmente son dos voces fugadas en clásico contrapunto.  Monótonas salteadas que adquieren importancia poco a poco, con el paso del tiempo sonoro. Una mas grave supone los cimientos que soportan la primera. Ritmicamente con pulso firme de columna se responden, se suceden, se solapan y se apoyan la una en la otra... Se trata, por fin, de una clase de matemáticas en un todo escénico de grave represión paterna.  Y por mucho que abre los ojos hasta lo esférico, lo ve todo negro. Y personas y nombres trascienden en su vida cavando un camino de mierda monotonía. Azuladas y sonrientes, tras un mostrador de hielo,  mueven su cola aniquilando a su paso su ánimo tenue.  Su ánimo, esa hierba pisada que quiere recuperar su forma original. Y pisada, pisada, pisada... Un alumno de penúltimo año huye de los rumores tapandose concienzudamente las orejas. Lo importante es no dejar fisuras en las manos para que las ondas demoniacas no taladren en su memoria recuerdos trágicos de sangre en el tunel. Lo que el viajero no puede entender, es que, por mucho que lo intente, es inútil cualquier oposición al rumor generalizado. Y ahora llegan noticias internacionales que no le afectan demasiado.  Los sucesos son lo suficientemente ajenos como para importar algo. Los deportes, intrascendentes. La cultura, dispensable. La economia totalmente extraña. Es cuando con voz cavernosa se anuncian las últimas estadísticas laborales, cuando endurece sus facciones, cruje los dientes, surge la vena verde del cuello, y aprieta las manos en las enrojecidas orejas  en un último y desesperado intento por aislarse definitivamente de aquel ineludible rumor sangrante...  

  Un viejo moribundo permanece a contraluz en un rincón de una sala luminosa, esperando su momento.

  Era un dia azul de primavera con su luz juvenil, y en su cabeza luchaban a muerte tormentas y tempestades. Buscaba, la carne putrefacta emanaba un gas nauseabundo, una salida desesperadamente en aquellos pasillos infinitos de puertas infranqueables mientras una idea suicida flotaba amenazante en su cabeza de alumno inacabado. Llegaban voces sin sentido del exterior y él las daba forma según sus propios pensamientos. Encontró la puerta de una sala amplia y luminosa con varios rincones... Y su nocturna vida notó la dulcura de la luz.  La desasosegada lucha interior poco a poco  tornó en fria nostalgia. El incendio pasó y quedaba la esteril presencia de su negra devastación. Y  decidió seguir viviendo. Ahora, poco a poco, un dolor dulce semejante al desengaño comienza a comprimir dulcemente el pecho. Su alma se desata de las anclas del cuerpo. Se va sintiendo aire. Asciende  indefectiblemente en el viaje obligado... Pocos son los que vuelven... Ninguno vuelve para quedarse eternamente...

 Y un viejo arrinconado late una cadencia perfecta, esto es, se muere, mientras el viajero lo hace por segunda vez en su vida.

 

 

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