Esta vez, paz

Leìa mejor que nadie folios blancos, heridas de siete balas en ocho cuerpos, puesta en el mundo porque no hay nada más donde poner.

Coge el extenso blanco, compás de espera, gesto musical que sintoniza a ella un auditorio expectante pero insuficiente. De repente del folio limpio saca palabras a miles, que dan en cuerpos sin siete vidas, sin sentimientos, que esperan de ella su locura sin su genio. Constante fluir natural de rio. Terminó de leer fragmentos de su libro toda dentro de un traje de noche ajustado, del color del pelo sobre el hombro desnudo, que se recuerda rubio y más corto, cuando se llamaba Carolina, si esque se recuerda, sobre incómodos zapatos que cuando pudo cambió por botas, momento que el recuerdo eligió por la derecha venir a la izquierda. Tiene cara de niña mala, de: esta niña... Tiene el pálido en las manos, entre el gentío de ocho personas alienta-amables que se esfuerzan por entender, por pretender, por acceder. Antes de la conversión silencio-frenesí, sujetos asidos a ninguna parte pero igualmente muy abundantes, tremendamente fértil, esa frente recorre mares de otro dia. Violentamente al desierto sonoro vacia sus tempestades, que no mojan sus móviles. Sonrien o lloran, da igual, nunca han cerrado los ojos. No saben nada del misterio. De la noche de los tiempos viene la leyenda: se cree que se puede sentir. Existe en algunos la improvisada idea de que. Atención, hay quien ha leido. ¡Escucha! Un corriente del pensamiento afirma: se siente, el hombre puede llegar a ese límite, y no a través de sus móviles, nada más lejos el verdadero camino. Coge el pliego vacio con manos de virgen ociosa y clava sus ideas sin filtro allí donde hay pared, venidas de dentro sin temor, sin reservas, por eso venidas sin pausa de la nada, por que no tiene miedo de nadie. Porque en su particular educación no hay represión, por qué extraña razón queremos saber. Sólo ella con descaro se pone enfrente a decir cosas que no están escritas, con absoluta naturalidad. Ese constante y natural fluir. No importa lo que diga mientras no se calle, es auténtico y es poco pero es lo máximo. Que la fama no le quite nada, que los que le rodean no le regalen los oidos apagando el brillo de su joya ( las firmas con las piernas cruzadas ligeramente inclinada como nave). Leí, leyó. Cuartilla sin nada es el principio, recorre el artificio en linea recta, entre sus manos, las tiene igual una loca terriblemente atrayente, una perdida donde se encuentran mil deseos no suyos, descontrolada sin puertas para entrar en ella. Ella es en seguida. Está ahí de repente. Pero hay temor a lanzarse. A perderse, a ser. Sin mirar, sentir. Dicen que es posible. A ti te tocan lejanas pieles que pocos tienen, malditos los que no son y están a tu lado. Malditos porque no hay pureza eterna, porque nadie sabe cuando los niños crecen. Deberian encerrarte, el mundo gira buscando este don, y estás tan accesible que sólo los ignoranres se te acercan, los que saben te tienen miedo, esas cosas dan miedo. La verdad, aunque se busca, se teme cuando se tiene cerca. Tienes, da. Porque el documento no posee letras, las que hay vienen directamente, no pueden estar escritas. Y por eso me quieres en secreto, siempre que nadie te viole y me quite esa gracia que te han dado y que tan pocos entienden. La que entierran los niños que mueren en su parto,  la de los inconscienes, estos que no tienen nada impuesto. Tu gracia. Tú.   

A esos generales, tan impecables, que amparados por el calor de sus despachos mandan a matarse a los soldados rasos entre el barro y la lluvia, a esos se parecen los críticos de arte, y entre ellos lo literarios. Como la guerra es signo de progreso (cuanto más moderna, mas cruenta, mas efectiva, mas violenta y numerosas las bajas, menores los flancos),  y en la batalla, son los sesudos mandos los que quedan tras el fragor del intercambio de brillo de cuchillos de muerte, y como se me ocurre muy discreta la analogia con las letras, hay que decir, se deduce directamente, que ni una cosa ni la otra conviene de ninguna de las maneras al hombre en ninguna de sus inumerables caras. Es decir: esta vez, paz. Paz. (Homenaje a Carolina Estevez Paz, escritora joven y madura).

 

 

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