Espinas de rosa

“La amante que ofrece su cuerpo sin amor,  entrega la rosa sin espinas”

Sin duda muy convaleciente, harto de no llegar nunca, pasó sus venosas por la colcha, arañando con gran dolor la enorme distancia que existe entre la verdad tapada y las palabras inútiles destapadas. La diría, la tenía que haber dicho, volver a llamar, llamaré, hubiera hablado, son todas caras de esta mueca.Y no suena nada en la casa vacía, cualquier grito de angustia es suyo contra la blanca pared.  

El hombre y la imagen, por fin juntos. Quedaron, se vieron, una templada noche de tormenta pasada. Nadie más a la deriva alrededor, todo el paisaje quieto. La imagen espectral tardó en llegar, él había venido varios dias antes con lo que practicamente ya se despedía. Un  beso de estatua entre ambos rompió ligeramente la linea de pintalabios, en una sonrisa desmedida que impulsó una contienda de frases vacias que son la sangre engorrosa de todo asesinato. Rápidamente sus ojos morados observaron como el vestido se ajustaba a la estrecha cintura de soplido. Respiró profundamente la fragancia robada del frasco de la realidad, rodeándola sin separarla, dando negocio a sus oscuras narices. Tímidamente puso sus peludas en el vacío y lo acarició con reverente constancia, restregó sus labios dos veces, la segunda fregó, y propuso un espectáculo que ella, rigurosamente, tuvo que rechazar con esa profunda alegría con la que toda mujer rechaza un candidato.

Un amigo, con ojos como cámaras de video, a pesar de no ser tonto, podía serlo. Grababa a una mujer que por las noches no dormía por no tener que despertar sin compañía. Por fin se conocieron, orbitando el mismo sol. Dicen que fue así, y alguien está sonriendo en la fila de atrás (un idiota): Gracias a Dios que no, responde sin ser preguntado,  y se rie de capullo. Han vivido juntos sin mezclarse,  han dormido juntos sin abrazarse, han pagado a medias, ha pagado el uno, y ha pagado el otro. Han dicho que no, han dicho que sí, lo han roto y lo han pegado... Mañana llegará el dia en que él por fin diga, por favor déjame pescar en tus aguas, y ella diga por fin, en mis aguas te ahogarás, valiente pesado.

 Despertó una mañana limpia, y la vió recién levantada, natural , sin belleza añadida, los pelos en un orden travieso periguiendo sombras pasadas, ojos ligeramente hinchados de torrente de luz, oliendo a batalla antigua con el agua, poniendo sus músculos suaves a despertar...Y al verla así, reuniendo copiosamente multitud de pequeñas lunas nuevas, fué cuando por fin, más allá de toda especulación, terminó de enamorarse.

Hay una entre todas las fases que es epecialmente afilada y urticante: cuando no ha llegado el momento entre ambos, y ambos, preñados de fantasias de segundos, alumbran cada instante pensamientos que arrojan la verdad mas allá de sus límites. Es entonces cuando el cuerpo, normalmente flácido y desusado, se retuerce como ahogado en un caldo de dolor de pincho tan imaginario como real, en el que muchas de las buenas intenciones de los dos quedan diluidas para siempre: Cuando no hay entera confianza, cuando las palabras no tienen contenido. Se puede cruzar el infierno dejando atrás caliente el cielo. No se sabe, hay algo endeble entre ambos que ambos recuerdan y estiran hasta la deformidad. Nada, en definitiva, que reunirse de nuevo no aclare las cosas. Nada que puede ser suficiente si basta para que la pareja no se reuna de nuevo.   

 Melancolía, productor sin fin fin de ceniza humana. Música sacra canta boca desplazada, sola. El suspiro pasa lento. La abre en un último intento de saborear aquel beso que nunca dió. Un grito sordo desde la mismísima entraña oscurecida por el humo que melancolía produce. Un adiós largo y doloroso que dura lo mismo que esta enfermedad crónica. Más caladas tristes, bandadas de humo a nube de lágrimas. Dónde quedan las fuerzas de mil ejercitos, dónde el valor, la audacia. Balada que no acaba nunca. El escritor se pone vendajes que son libros gordisimos que no resumen el tiempo lento que pasa sin ella. 

 

 

 

 

 

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