El esperador molesto

Ahora se pasea publicamente cuando impone un apagado pulso al silencio de la calle masculina, en la Gran Via. Sigue subiendo. Ella aún no está levantada.

 

   No sube contento y no quiere otra cosa. Arriba está el éxito. Ella aún no está levantada.

  Arrastra cadenas de preso. No quiere otra cosa. Se lamenta, sólo puede ser amigo de las feas y de los tios. O enemigo o amante de las otras.  Tiene fantasias que no son sino posibilidades remotas. Se las echa pero vuelven con tesón y se posan e incuban huevecillos. Hay entre las caras que cruzan cierta complicidad con su causa. Todos alguna vez quizas han tenido que subir. Ahora su imaginación alcanza el ático donde una le espera. Una que es hermosa hasta el ridículo. Todos alrededor persiguen la zanahoria inalcanzable. A nadie parece preocuparle su aparente fracaso. Posiblemente todos mueran esta noche tan imparcialmente como nacieron. También se lamenta por esto. Es enorme, de acero macizo o mas. Empuja la puerta de la torre de Babel y sigue subiendo escaleras.  Ella todavía no está levantada. Permance despierta en su guarida de tela. También la brusca ascensión amplifica hasta el registro audible las aceleradas pulsaciones. Una le espera en el ático. Siempre huele bien. De momento se para y piensa en volver atras. Se arrepiente casi ya en la meta. Cambia de idea. Se sienta en un escalón y delante misma de la puerta del Eden, casi el deseo se palpa con las yemas del cuerpo, hay sentado un filósofo que teoriza sobre el complejo mecanismo del ritual de iniciación. Cabeza caliente y pies frios. Vertigo en la cima.  Tiene temor razonable, lógicamente está asustado llegado a este punto. No se puede pedir mas. Quédate sentado no vayas a meter la pata.   El viajero, parcialmente sombrio, sombrio cada vez mas, filosofa en las puertas del paraiso.  Piensa en un paisaje tranquilo y te volverás tranquilo. Ella permanece encogida y transpirada en la cueva de felpa. Una respira mas allá de la madera. Las paredes palpitan. No se decide a entrar, no se le puede obligar. Bastante ha hecho con llegar hasta ariba. Sobre el mar negro ondulado con rosas pálidas salteadas que suben y bajan con las olas, una frente de filosofo es el rompebrisas atormentado que busca la calma. Allí, al final, en algún punto del horizonte, acaba el mar y empieza el cielo. Alli al final, repentinamente, surge la luna y cava un camino de plata en el mar  que invita a ser recorrido. Pero no mires  para atras o te hundirás. Camina y camina y camina. Y cuando la luna ya casi se pueda tocar no te olvides de nada. Y si te  hundes, deja la cabeza para el final.

 He visto pasar un rayo. Iba pálido. Es posible que fuera el viajero que se va con las orejas gachas.

 Que bueno sería volver a sentir el olor a organos de un aliento capaz de matar por escarmiento callando, faltando, no siendo. Que no por pereza del viento, las cosas quietas porque se ha parado el tiempo. ( No el reloj de dentro, que sigue pulsando lento las horas lentas del sufrimiento) Se es el humo con techo de un fuego extinguido que le pide al aire altura o se lleve ya su lamento. (Mientras, un sol de cera se está poniendo en un mundo plano infinito, alargando sombras en lo eterno...) Se es idiota que olvida el hambre que le oprime, que se arrepiente no de su vida, si acaso de haber nacido. Que bueno seria volver a sentir, que bueno sería, que bueno...que qué...Ella le aconseja que olvide el pasado de nuevo. Pero el presente no es recurrente y el futuro incierto.   Dicen que un hombre sólo exhalta su imaginación con su tormento. Y ya su esperanza poco a poco... A traves  de la ventana se ve a la dulce vieja y su perro saltando alrededor, muy contento. Es el  amor y su fiel compañero, el desamor. Hace frio azul. Se ve en el charco que lame el perro al son del rabo. Su cola dirige la orquesta del viento. La vieja de los abrigos se lamenta por lo tarde que es sin despegar los hilos labiales. Él tiene las manos frias frias.  Mira fijamente al teléfono mudo en eterna mueca...y se extingue.   

 

 

Aquella tarde se preludiaba el momento amargo de un sinsabor mas en la larga lista de alegrias abofetadas y sueños de hielo en la selva. Quizás por el viento frio queriendo entrar por la ventana.( Cuando un adiós en sus labios siempre húmedos, justo antes de que su cuerpo embriagador girara para siempre.) Y mientras se alejaba su dibujo perdia los contornos, descendia por la escalera de las percepciones hasta la mera imagen de unos labios volando.  No existe la Gran Mujer. Un dolor, una comprensión dulce pero molesta le salía en el corazón. La misma mano que lo agitaba, al soltarse le arrancó la vida. Su barco errante navegante tierno de amor confió su rumbo a la brújula de carne, la mujer. Y dulcemente se hundía aquella tarde amarga sin que ningún Dios...

  Otra vez, no. El ronroneador necesita moral. Padece los sintomas del efecto tunel.

 Que sólo ve hacia delante. Sin perspectiva. Que no tiene visión de futuro. Prefiere llegados a este punto vaciar los vasos en su cuerpo destrozado. Vendaje inútil para hemorragias del alma. No se apoya en ninguna amistad. La amistad no existe. Existe un libre mercado de sentimientos. Existe el trueque amor-cariño. Cariño-cariño. Amor-indiferencia. Existe una calle llamada la calle de los impares dode un hombre camina sólo junto a su perro. Y una farola es meada un número impar de veces. Mi amigo el perro. Consuélame tu. Tu si puedes. Contemos, todavia sobra uno. Quiero creer que por poco tiempo.  Se sienta y observa. Sólo le espera el futuro, que no piensa buscar. Prefiere el pasado.  El perro confunde sirenas con lamentos de congéneres y aulla al mismo tiempo.  Todo es virgen en torno a la calle. Ya murieron los últimos que por ella paseaban. Las aceras recuerdan las pisadas amables de personas descontentas que esperaban el futuro.  Y los recuerdos permanecen suspendidos en el aire a espensas del caprichoso ábrego. El viajero prefiere en todo caso avalanzarse hacia el futuro. No esperar sentado a que llegue lo que tenga que llegar. Decidir su propia suerte anticipandose a ella misma. Prefiere el pasado ante todo...Y el perro husmea  la calle desierta en busca de algo para enterrar. Su sombra unida a él por invisibles cadenas, huye a toda costa de la fuente de luz. Y la farola es meada de nuevo.  Si el can quiere enterrar, el viajero tiene recuerdos... Ha tomado una decisión: se alejará del contacto dañino de la humanidad por una temporada.  Piensa instalarse en la calle de los impares junto al perro. Para siempre. Y las noticias no le llegaráncargadas de culpabilidad y podrá vivir en paz. Vivir neutro. Quizas el viento que todo lo palpa en sus viajes interminables confunda su sueño placentero impasible. Quizas el perro le comprende y por eso le lame las manos. Pasa ese animal independiente que es su ilimitada lengua sangrienta  sacando de la piel los sabores.  Como si quisiera succionar los dolores. Pobre perro condenado a vivir junto al viajero. 

 El cansado por hoy traza lineas entre las estrellas. Se encuentra esperado.

  Los grillos se obstinan. De la farola gotea leche materna. Sonidos de la noche tranquila. Le ha salido a la tierra un capitulo humano que mira envidioso al cielo estrellado trazando lineas. Otro capítulo duerme cerca, fiel proximidad.  A veces despierta bruscamente y se concentra en un punto de la noche, con las erectas orejas. La noche durará lo que tarde el dia en recorrer el otro  mundo. Dos mundos. Espalda con espalda. O lo que tarden las estrellas en apagarse en este. No importa . Se sabe esperado.  Y consolado. Sabe que, cuando el dia riegue todo de color, cuando el dia ponga fondo a los pozos sin fondo,  cuando se diluya el  difuso gas nocturno en agua  limpia diurna, alguien en el otro mundo trazará lineas entre las estrellas. Así que no está sólo. Y las estrellas siempre estarán contempladas. Muchas almas viajeras. Tranquilas. Quietas. Los recipientes se saben esperados. Condenadamente esperados

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