El hombre de las tormentas

Levantó los brazos en uve y gritó.  Las gotas competían por la estepa de su cara, algunas caían en la boca: Los relampagos la abrian.  Una gota soltó mojado negro, surcó frente, dejó camino acuoso en sién, cruzó mejilla izquierda, despidió mentón de caballo y  fué a morirse a pie, tras rebotar en barriga de sabio semidiluido.

 

Mientras un hombre en la calle mojada, un viajero no encontraba las llaves siempre en el bolsillo. Las llaves se hicieron pequeñísimas, ganaron tamaño pequeño. Recorrió con la mano el bolsillo que se imagina estaría a oscuras, pero no encontraba.  Buscó y buscó y buscó durante horas. Encontró un título universitario.  Buscó una utilidad a su carrera.  Entró en su casa. Dejó  la gabardina a la bañera que la consolaba de sus llantos, encendió la máquina de hacer café y  tomó el café mientras miraba por la ventana. Allí estaba. Siempre estaba. Siempre que había tormenta.

Junto a él habia un comerciante que era el encargado de obtener el dinero y que le miraba con desprecio; y una mujer, madre aparentemente, tiró de un niño que embobado; y uno casi le pisa. Otro desde la ventana tenía que escribir sobre el hombre de las tormentas. Una historia pequeña:

La camisa transparente arrimaba apasionadamente el cuerpo al exterior. No se sabía donde miraba: las pupilas temblorosas. Es posible que ciego. Con cada relampago exclamaba y se felicicitaba.

Puso la mesa cerca de la ventana  y quiso empezar  a escribir. Allí estaba tumbado felicitando. Aquí estaba con las manos sobre las teclas mirando por la ventana. Allí estaba la barriga unida a su cuerpo, los brazos en equis, las palmas hacia arriba. Alerta, pendiente de lo que el cielo ora luminoso ora gritón quisiera mostrar. Aquí estaba escribiendo: el hombre de las tormentas. A veces enfocaba su reflejo en la ventana.  Allí llegó un policia de la guerra dependiente del peligro.

Un policia con colgantes de guerra entró en la ventana. Retrepó sobre el que rocoso permanecía. Desde una ventana dos ojos veían como una gorra de plato se inclinaba . A un tiempo una avispa atontada por el  invierno cayó sobre la mano de escritor.  Aquí la avispa, allí la gorra de plato salió de la ventana. Todo moviento brusco desencadena un movimiento brusco. No hay acción sin reacción desmedida. Cerca, entre cuatro ojos que miraban, se reflejaba el azul  y el rojo un rato si, un rato no.

Es el caso que, mientras una avispa noctámbula inmovilizaba alguna mano, un grupo de gorras de plato bordeaban al hombre de las tormentas. Mucha gente se acercaba, murmurando en las orejas de delante suavemente aliento de otoño tormentoso. Alguno chorreaba sin importancia. Tan quieta la una como el otro. Igualmente ajenos.

La mano prisionera, sobre ella el peso de la avispa drogada. La ciudad se iba congregando orejas tras orejas. Los pequeños sobre los hombros. Salieron muchas a las terrazas.  Sigilosamente, el de la mano pesada acercó la otra a la ventana y, lo mismo que si un bebé durmiera en la sala,  comunicó lentamente el exterior con el interior. Frescamente iba sucediendo. La calle rayada por la lluvia, las rayas que comenzaban en el suelo y que llegaban mas allá del principio, ahora una multitud de orejas tras orejas en torno al hombre de las tormentas. Este todavía ajeno, felicitando y felicitando.  Su actitud festiva no convino exageradamente a un gorra de plato que le golpeó en el costado.

En un todo de trinos de chelo apoyados por abajo por contrabajos, un golpe seco de timbal duró tanto como el pie sobre las costillas. Protestó la joven flauta. Quiso justicia también su compañero el clarinete. La orquesta entera gradualmente desde la madera al metal quiso justicia. Desde las terrazas las sopranos querian justicia. Los grandes edificios pedian justicia desde los bajos.  El público que comenzaba a moverse en la butacas murmuradores sólo aplaudiría un hecho justo. Sólo buena critica en este caso.

 

 


 

El grueso popular pedía urgentemente justicia y el cielo fué justo. Un rayo quebrado pero intenso blanqueó la calle un instante. Y nunca un trueno tan seguido. Y la punta del rayo no paró sino exactamente sobre la gorra de plato que quedó paralizada, sobre una expresión de duda. Y el grueso popular que pedía justicia no esperaba tampoco tal ajusticiamiento y temeroso, mirando a ratos los mas valientes, se perdió por las calles.  De tal modo que si hubieran quitado cierto tapón urbano. Los edificios grises descamisados se tragaron a las mujeres de los balcones. Y mientras los ecos de aquel impacto sublime se alejaban para siempre, el hombre de las tormentas se quedó sólo junto a la gorra de plato petrificada.  Cerca de una avispa atontada por el invierno. Debajo de un mirón que quería quedarse con lo que allí había pasado pero que no podía porque tenía la mano de escritor hinchada por picadura de insecto.  (El insecto picó porque tuvo miedo de aquel momento blanco. )

 

 

 

 

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