Una
vez leí: Sonó y fue golpeado y tirado al suelo.
Me ha castigado con un velar constante,
un eterno desasosiego. Dispone de mí a su antojo, cada dia me
pone a prueba, y cuando tiende su tirano cuerpo a lo largo del
divino catre, cuando reina su mundo un silencio cortante, cuando
la luz es numerable pues son luces o simples parodias de ella, es
cuando más me quiere, me somete, me entretiene: por la noche,
hasta el saludo temprano del sol. Basta un gesto, conoce mis
flaquezas, un roce despistado, suficiente... Y no se puede vivir
esta vida que me ha dado. Esta mañana incluso me ha golpeado, lo
hace cada vez más. Paso las noches vagando en la oscuridad
pendiente del más corto de sus movimientos, esperando en Él
la vida de cada dia; después de todo, esto se puede mal llevar
con no poco sufrimiento. Pero lo que de verdad me pesa, lo que me
arrastra por estas cloacas de la existencia, es que mi naturaleza
sea tan mal tratada, tan bien si por golpes se cambia. No quiero
agradecimientos vanos, simplemente que no me pegue cada vez que
me sube por las mañanas ese deseo incontrolable de sonar, no
pido más. Y ahora soy más viejo, todo momento es pasado.
Y a mi alcanzada vejez le espera su última noche al final del
camino: por alguna certeza desconocida, se que hoy acaban mis
dias. Vengarse de aquel que me insufla aliento de vida cada
noche, mal aliento si atendemos a la calidad del fin de mi
atormentada huella, es una posibilidad cada vez mas real.
Se sabe que un humano curado de
enfermades del sueño, no tarda más de una hora en alcanzar una
primera fase profunda del descanso, en la que todo lo consciente
duerme en un bálsamo aceitoso, desmontandose en otras tragedias
de mundos de migajas que le caen al pan de cada dia, cuando los
ecos de los últimos rayos de sol ya no queman ningún horizonte,
ni hay pelo hermoso que compararsele pueda, porque el color que
predomina no es el de las bellas comparaciones: llegó el momento
en el que, él dormido hace una hora, el despertador se levantó
de la mesilla. Y se levantó para aliviar un cuerpo siempre
doblado por un oficio inhumano. Rodeó la cama y se sentó
a los pies, como un fantasma, una sombra de nada y sin sombra
atada. Estuvo así largo tiempo, cogido por un hipo terrible, y
según la hora su ánimo alternaba entre la sonrisa, la carcajada
muda, el gesto serio o la triste melancolía. Cerca de las dos
menos diez, su cara era reflejo de una cierta gravedad,
pulsadamente desfigurada por un insolente hipo. Se levantó
lentamente con una suerte de bolígrafo en la mano que acercó al
pecho acelerado donde incluso la lenta horaria parecia
precipitarse por un abismo negro, y no pudo cumplir la condena
que él mismo, en un jucio sin defensa, había pensado para sí
mismo. El odio almacenado no movió el puñal, él seguía
dormido placidamente... Le miró con ternura. Le tenía cogido el
corazón, y esto era moneda de dos caras, una trágica y sórdida
que le empujaba al suicidio desesperado. Cada noche, toda su vida
ya extrema, había dejado que le tocara las partes íntimas
sin resistencia alguna, y toda vez que lo hacía se sentía mucho
mejor, era como un lavado de cara general, como renovar las
fuerzas que cada vez eran menos. Todos los dias cogía él su
manivela, con la cara ya marcada por los pliegues de la cama,
tarde, en perfecta intimidad, acercaba su mano y la deslizaba por
su pecho buscando y alcanzandole allí donde nadie más había
estado. Nadie...no del todo cierto. Otros dedos misteriosos una
noche...
Una noche violenta, fuera la tempestad
pintaba en un instante todo de blanco alargando las sombras al
tamaño de monstruosas. Por alguna razón desconocida aquella
terrible noche él tardaba más tiempo de lo normal en llegar a
su cama donde pacientemente le esperaba cada noche. Casi no alzó
la mirada cuando por fin la puerta de la habitación se abrió.
No pensaba en reprocharle su soledad, sólo deseaba que le diera
cuerda, le desbordaba la pasión, la imagen de esos dedos finos
adentrandose por caminos de su cuerpo tan personales, se
proyectaba constantemente en su mente. Necesitaba cuerda y lo
necesitaba ya. Pero en la puerta la silueta que dibujaba la
tempestad desatada no era la de costumbre. Sin duda el parecido
era evidente, pero cuando lentamente se acercó y le pudo ver con
más detalle, advirtió formas más redoneadas y suaves, y
ademanes mas pausados y deslizantes. Le alzó de la mesilla y en
ese momento cayó desmayado.Cada vez que recuerda estas imágenes
un espasmo le retuerce en su mesilla, siente como el segundero se
acelera desbocado.
Al despertar, alguién estaba jugando con
su manivela, inmediatamente pensó en él, pero las sensaciones
eran completamente nuevas, de un tacto extraño y embriagador, la
sangre corría desenfrenadamente por sus mecanismos, nunca había
experimentado tanto placer. Ya en la cima, hacía tiempo que con
Padre no
llegaba tan lejos, dio una vuelta más a
la manivela...fue tanto el gozo que pensaba que se partía en dos
y acababa así sus penosos dias, encumbrado en en la cima más
alta que jamás había imaginado. Pero el puerto que alcanzó
aquella noche violenta e inolvidable no fue en absoluto de dolor,
sino de tremenda plenitud y satisfacción. Durmió profundamente
hasta que por la mañana tuvo que despetar. Y al despertar
despertó. Como movido por una fuerza desconocida tuvo que sonar
con gran pesar. Una obligación tan primitiva como respirar,
ineludible. Y cada vez que despertaba su dolor aumentaba: la cara
de sufrimiento del despertado toda vez que irrumpía aquel
estridente sonido del infierno, matando bruscamente la vida
placentera del sueño y naciendo sin gestación preparatoria a
otro real sin concesiones. El dolor de desprenderle de un mundo
perfecto en el que los deseos reprimidos se prolongan hasta su
fin natural...era algo que le atormentaba profundamente. Y de
tanto saludo sin despedida un único responsable y a la vez quizá
la persona que más cerca estaba, el despertador, su
despertador. Era en todo punto insoportable. Pero nadie puede
reprochar su naturaleza a nadie y ser justo al mismo tiempo, sin
reprocharse a sí mismo el haber nacido en este mundo de leyes
tan antiguas. Y entonces, esa mañana limpia tras la agitada
tempestad, aquel ser que tanto placer le había dado fue
despertado con la misma crueldad salvaje que tanto odiaba y tanto
le obligaba...hasta que él le recogió y le devolvió a su
mesilla. Aquella noche y todas a partir de entonces, cuando metió
la mano por su pecho como de costumbre buscando su manivela, una
imagen fugaz pasó por su mente acompañada por un pequeño
espasmo de placer: los dedos finos y suaves de aquel ser extraño
que tanto le había dado, y que tan mal había pagado con su
instinto irrefrenable de sonar cada mañana. Ya nunca nada volvió
a ser lo mismo.
A las cinco menos veinte de la mañana, el
desperdor se levantó de los pies de la cama, sujetando en la
mano todavía aquel principio de puñal con el que unas horas
antes había querido asesinarse, en realidad un simple boligrafo
pero capaz de matar tan rápido como el más efectivo de los puñales.
La Muerte estaba escondida. Estuvo largamente mirando aquel
rostro familiar que tanto amaba y tanto odiaba, y cuando levantó
para clavar decidido como estaba a acabar con su sufrimiento, un
sonido venido directamente de la música del infierno rompió el
silencio: sonó, como nunca había sonado. Permaneció inmóvil
tanto como para oxidarse. Padre abrió los ojos y se puso la mano
en el corazón, la cara asustada, pero no despertó. Y al no
hacerlo Él, él abrió una fisura a la esperanza. Por primera
vez en una ya larga vida, al sonar, Padre no había despertado.
Esto podía ser el principio de una vida nueva de armoniosa
convivencia. Este permanecer dormido cuado el grito que tanto
odiaba caía como agua fria en el mundo tranquilo de los sueños,
era una nueva experiencia que había que pararse a valorar. Por
la mañana se sorprendió cuando a la hora habitual no sonó por
primera vez en mucho tiempo. A las dos horas, la señora con
gesto grave entró en el cuarto y lloró desconsolada cuando al
tocar la cara de Padre comprobó que estaba fría como el hielo...
Si, una vez leí. Desde entonces mi despertador no soy yo mismo
del cariño que le tengo.