Es un dia de Enero soleado y frio.
Mantiene la cama caliente. Y todo eso pasa en un cuchitril barato
con servicio común y anchos charcos en las paredes. Mira a su
alrededor: no hay rastro de Mou.
Era un dia de Enero de esos de sol que no
acaba de calentar a nadie. En el techo de su habitación, una un
poquito más suya cada mes que vencía un plazo, una grieta
incipiente le entretenia en ese rato que transcurre hasta que
suena el despertador y ya no despierta. Esos pocos dias. Arrancó
su cuerpo del beso de la sábana lisa y buscando el abrazo de
resto de agua caliente al que tenía derecho por comunidad
franqueó lo helado del piso de la mañana. Consumió ese resto y
frente al espejo ordenó malamente esa crin acercándola
irrefrenablemente al liso de su craneo desacogedor. En el
espejo, el reloj chocó ligeramente en la sién: ayer empezó a
desayunar a esta hora demasiado tarde. Así que cambió su sombra
de lugar camino del fogón y puso con destreza el cazo sobre un
fuego intermitente, no tenía remedio, constante en sus defectos.
La mala costumbre era suya esa de preparar antes el cazo que la
leche. He aquí el principio de la desgracia del pobre
hombre: como no tenía leche que añadir a un cazo vacío aunque
caliente, tuvo que bajar al bar de Mou a desayunar.
Y así se vió reflejado, aquella
fria y soleada mañana de enero, en el cristal pintado del bar de
Mou extrañamente cerrado, como en un traspaso. Mas extrañamente
si se tiene en cuenta que Mou vive en ese bar, es su casa, su
vida entera cabe en esas paredes (se dejaba llamar por él nieto,
a cambio de chocolate caliente los dias frios). Así apoyaba su
cuerpo, por un lado el estomago vacío le pedia a gritos que
respondiera a su pregunta, por otro, un pequeño vertigo de
sentido del deber ya casi extinguido asociaba su futuro a una
denuncia de perdida de viejo, posible alzheimer, por dos puntos:
contra la puerta fria del bar de Mou, la cabeza, formando su
cuerpo inclinado, los pies en el suelo el segundo punto, la
hipotenusa de un triangulo en constante y hambrienta duda. Marchó
en busca de la comisaria como buscando algo sólido que llevarse
al estómago. Y llegó, como llegando al fin a un sitio.
Sin meditada entrada estaba el portal de un edificio neoreal, de
esquinas meadas y un tierno olor a bondad sufrida. Antes de
cruzar la puerta, giró instintivamente para ver como se veía
desde aquel alto inusitado, y estiró un poco el brazo, como para
alcanzar allí donde le llevaba la mirada. Ya dentro, acabó su
andar tras una cola de malos que estaban para denunciar. Todos
traían cara de preocupación, y evitaban mirar a ningún sitio
como desconociendo alguna ley que restringiera el libre
contemplar. El, a este lado, era el hombre en la luna. Solo y
libre, el peso de su cuerpo en algun punto lejano del gran cuerpo
policial, que le libraba de los males con un traje negro de
puntos dorados, miraba a las putas ofreciendo precios razonables
a los guardias atentos. Había uno que no paraba de dormir con
los ojos fijos y enrojecidos, velados por lo que tuvo que ver de
servicio. Le despertó el café demasiado caliente. En su
clase, un compañero grande y gordo, habia dominado cada partida
de gua durante toda su desgraciada infancia, que no fue infancia
sino periodo de entreguerras. Limpió cuidadosamente el arma,
disparando mentalmente contra cuatro foragidos mal vestidos. Por
fin llegó al mostrador de denuncias. Grande y gorda era la señora
perro que de una bolsa grasienta de papel saco un donuts con el
chocolate derretido, goteando petroleo al oceano. Le ofreció un
boli con la mano sin donuts, y dos cuestionarios, uno de ellos no
manchado de chocolate. De repente la pobre señora funcionaria,
machacado ya su almuerzo dulce, le cogio la mano que llevaba
boli, sexualmente... Se llenó de estupor. Primeramente fue un
impacto seco, como un golpe en el higado, luego, con el sudor
frio, un retortijón de huevos, de un dolor creciente.
Lentamente, la funcionaria se acercó la mano a sus labios,
enseñando unos dientes todavia manchados de chocolate, con los
ojos curvos por la lascivia. En ese terrible momento, pensó en
el pobre Mou, le vio tendido en una camilla de un blanco
hospital, con dos bata blancas volando sobre sus tripas
abiertas, sin mano que agarrar, sujetas ambas al frio metal
exigiendo con fuerza alivio. Y luego una luz inmensa y tranquila
que le llenó de paz. De repente, la pobre señora funcionaria,
machacado ya su almuerzo dulce, le cogio la mano del boli, con la
que rellenaba el cuestionario, sexualmente... El policia medio
dormido, que limpiaba decorosamente su arma, de pasado fútil a
causa de un compañero diestro en canicas, interpretó este
movimiento como un apuñalamiento a sangre fria en plena
comisaria, y disparó rapidamente su arma. Se llenó de estupor.
Primaramente fue como un golpe seco, como un puñetazo en el
higado. Luego un dolor creciente desmbocó en una paz acogedora,
blanca, como leche.