De la mujer, el
hombre y el progreso
El viajero quiso pararse para
avisar, pero sólo pudo silbar desde lejos. Decidió entonces
trabar conversación directamente y tuvo que ser a gritos en la
distancia.
Estaba rodeado de frenético
progreso, en todas direcciones progreso, progreso y progreso.
Érase un rio de
anhelante discurrir que como rio no lo hacía indiferente. Y a
esta atmosfera de pez le ocurría que moría y nacía en
las riberas que cruzaba. Y que era un fluir de lagrimas, y donde
la ceniza de las miradas que se consumen por llegar al fondo
flotan para siempre en las superficies inconstantes. Ocurrió que
este rio, a su paso por un pueblo verde de montaña, mojó en las
manos de Fina, que enredadas en la tela de un pañuelo no quería
su frotar frio. (Inicio al fin de todo lo malo de esta leve
historia, Fina era divina, y los hombres en el pueblo
andaban a cornadas por su gracia.) Y tras la gran encina,
rio abajo, estaba la casa vieja del viajero, cerca del
puente romano para peatones y carros de tiro de buey, sobre el
rio de lagrimas... Muchas horas morian con la
mirada del viajero puesta sobre el rio, en el atardecer tranquilo
del valle y con el rumor incesante del fluyente mojándole en los
oídos. (Los pájaros, que lo confundían con lo silvestre, se
posaban en él y hasta se disputaban los amores en su cabeza.)
Y lo hacían mientras soñaba que un dia inventaba una máquina
autómata y mundialmente universal. Una máquina cuya fama le
llevara por el mundo con la nueva de su invención. Una máquina
que cambiara su vida definitivamente por otra intensa y
arriesgada. Y le sorprendía siempre la oscura ensimismado en sus
pensamientos infructuosos, en los sueños...
En la espesura del follaje un ruido
de maquinas procesando información, cuando el viajero, que
recorría un angosto camino salvando a golpe de herramienta la
frondosidad salvaje de cables rojos y negros, llegó a la
puerta de un gran templo. Olía a circuitería quemada y a
viejo superconductor. El suelo era una extensión infinita de
bits ordenados para poder codificar mensajes divinos en sentidos
arbitrarios. Y en las paredes, las obras de arte eran ahora
luminosos eléctricos que prometían minimizar la eternidad. Había
en un púlpito un singular personaje anegando a la multitud
devota, tras las faldas de una melena con bonete, y bajo él y
sobre ella, el guarismo del bien en grandes proporciones, únicas
y salvajes: un uno, luminoso, brillante y símbolo. Y su ridídicula
sombra, el apagandose cero. (Esto era cuando el viajero daba unos
pasitos entre los cuerpos postrados a la divinidad, quejosos los
articulados: algunos comprendian la salvación en un goteo golpeo
de cabeza contra suelo) Y cruzó sin mirar atras para ver
como en el pecho tenía cada feligrés un computador por cerebro
y un alimentador de continua por corazón. Y programas para
depresiones, euforias, ataques obsesivos de celos o desmedidos de
infidelidad, enfados, sueños o ambiciones, amor y odio
empaquetados en dúctiles memorias para el sentir generalizado rápido
y económico, todo ello arrancado de forma aleatoria por
otro programa capaz de interacuar con el medio efectivamente. ¡
Claro ! Y todo era parte de un todo aún mas negro salvaje
y cruel. Así que el héroe que no pregunta sino que actua supo
que tenía que desenchufar del gran alternador a toda aquella
perenne multitud que adoraba al uno:Tengo que hacerlo, asesinar
es justo y justo lo que voy a hacer, desenchufar para sentir de
nuevo el roce del sol en las mentes de la piel y su reflejo en el
verde y vivo olor del campo, desenchufar para volver con vida y
poder vaciarla en el saco con fondo de los años, y sentir
ese paso de dulce dolor en las carnes porque la vida del hombre
desde que nace es un último y gran suspiro, y la eternidad
fantasmal es el vacio morir de los que nunca han nacido y
que ahora sólo sienten el paso elécrico por sus cables.
Desenchufar porque es hacer el bien. Aunque me cueste la vida eléctrica.
Y cuando los creyentes llegaban a la locura del orgasmo religioso
sumidos en el placer continuo de la adoración, justo antes de
que unos ojos se volvieran lágrimas y ellas vieran un final trágico
en el suelo ingrávido y meta, desconectó el Mundo para no
enfriar de pena a su fiel astro y amigo el sol , que también
sufre por los que tiene que calentar...
Cuando el mar, por razones de sol,
se seque. Cuando el dulce aire, el agua, a aspero y aéreo
aire pase. Cuando todos los hombres muertos y ya viviendo
eternamente en el cielo, entonces quedará a las terrestres
miradas expesto el mundo marino de tesoros, leyendas y secretos.
Por eso nadie pudo entender, a la hora que los pájaros se
acuestan, por qué el viajero miraba siempre el rio queriendo
desenmarar algún secreto que al mar se mata. Aquel
dia que el cielo se quemó por los bordes y la ceniza caía tan
suavemente en el agua que parecia que las estrellas se despegaban
de su negro cesto, y hasta un pañuelo se cogía de las orillas
por no caer en el mar para siempre... El pañuelo se cogió
a una mano que pasaba, ¿Cómo es posible un pañuelo?, y alguien
corria por el camino rio arriba en busca de un dueño de pañuelo.
¿Por qué no esperas a mañana, locuelo?¿Por qué miras tanto
al rio, locuelo? En el mirado, lavando arrodillada
fundiendose su cuerpo de nieve sobre él, ella. Corre junto
al camino azul contra corriente, corre como la vida a la muerte,
corre, corre, corre; lava el rubor de la ropa que frotas, lava el
mal del bien con tus manos, lava, lava, lava...Y cuando el móvil
varón alcanzó su postrado al Rio estático destino, ya
Fina le estaba esperando con una sonrisa familiar.
El óxido acabó por marchitar la
infinitud de cables y sistemas del pasado, y pocas pero
florecillas emergían del metal con frágiles potencias. Los
campos del bit por orden natural ya perdian su orden, y la fuerza
del mar, en un pasado bien domado, ya se notaba en la cara grave
de las rocas que lo tenían. Y su brisa ya no era elétrica.
En el espacio todavía flotaba sin sentido la acción breve del héroe.
El gran desenchufador. Y las miradas sorprendidas de los
creyentes, en el apagón final... Y ya habían años y ciclos
terminado y comenzado, y ahora se respiraba de nuevo el aire que
nace de las rocas en las montañas salvajes; y en los prados,
que ya reverdecían otra vez, el sol tenía un lugar que secar
con su potente aliento; y de la extraña química del amor
de campo ya brotaban los arroyos arrastrando la primera tierra de
nuevo; y la cancioncilla de los astros vecinos en las
noches ya volvían como del inconsciente del universo; y de nuevo
la alegria. Una alegria sencilla y profunda de las cosas del
mundo natural. Provocativa y holgazana, libre, viciosa. Alegria
natural sin mas... Hasta que por fin tras siglos de
harmoniosa convivencia inerte en el campo virgen, surgieron los
primeros animales, y con ellos el hombre de nuevo, y con él, el
nuevo progreso, viejo principio sin final.
Llovía. El viajero miraba el
perfil del rio de las mil moscas sin perder la calma, ya
casado, del atardecer en el valle, cuando Fina se acercó
por la espalda y algo le susurró en el labio contra labio, que
el viajero ya no le miró mas. De repente vió sólo un rio. Ya
al mirar no veía máquinas, ni riqueza, ni gloria. Ni progreso.
Ya el agua corriente no reflejaba ningún sueño, ya no. De
repente, un dulce despertar, le vió tal cual es. Sin extrañas
fantasias ni falsos fantasmas. Un rio como los hay miles bajo
miradas y montañas. Uno con contornos. Uno real sin mas allás.
El rio...Cuando llovió sobre él, el héroe quiso atrapar las
gotas. Y mientras lo hacía miraba el mar lleno de ellas. Podía
ver que las que morían eran las que ascendían por orden
del sol. Y que de ellas sólo eran sus almas transparentes,
que tras varios dias en un cúmulo de alma de agua al son
caprichoso del viento, por fin nacían de nuevo sobre la tierra...Mientras
una gota le caía por la sien, pudo ver como su alma ascendía
por mandato del sol. Cómo soltaba las amarras del cuerpo. Le
tocaba la cara del alma la mano fria del cielo azul. Y como era
feliz en las alturas. Hasta que reconoció una montaña con un
rio parido en la cima que tenía un hombre acunado en su ribera.
Uno que soñaba en el momento. Y sobre él llovió este alma de
pensamiento, que se deslizó por la sien y cayó en la tierra
matandose en preciso instante, terrible estallido de tiempo, en
el que Fina le advertía que dejara de mojarse y aprovechara toda
su energia en cosas a medio plazo. O que si no iba a tomar
medidas. Y así, el hombre del rio, los hombres de los rios,
sopesando en su justo precio las medidas y no soportando la falta
de ellas, tuvieron que mandar sus sueños al último y mas
oscuro de los cajones de la memoria.