El perro se acerca y acerca el olor. El
animal, sin hueso, arregla su tiempo para esto.
Hay otro animal, carácter terrible,
fumador, trasnochador y mujeriego, no siempre tiene piernas entre
manos. Contento, da dos o tres vueltas sobre si mismo y se tiende
en la sombra mirando con bondad la silla, luego mira con bondad
la valla metálica, y descansa un rato. Hay un animal salvaje,
negros pulmones, bebedor y pendenciero, religioso y pervertido. A
lo mejor se levanta tras poner bien tiesas las orejas y emprende
un ejercicio de rabo pendular, gracioso, o coge sorbos de agua de
cualquier charco, o deja su olor animal en la esquina, blanca y
negra. Es un gran propinador de patadas en costados. El perro le
agradece esta muestra inequívoca de interes lamiendo su mano. No
hay duda, el animal es él.
A un cigarro negro de distancia vive
de él, corazón romano, restaruado y malherido. No hace
mucho, la niña dió muestras de afecto que acabaron con su vida
especulativa. A las tres menos cuarto. A las cuatro, no puede
quitarse de encima su ausencia pese a que se frota con empeño.
Salió del burdel camino del prostíbulo por la calle de las
putas, era muy maniático, no romántico. Cicatrices urbanizaban
el pecho pelado, buscando pelea, perreando por las esquinas,
murmurando. Robaba: Robando. En este camino hacia el vacío, una
mano en la espalda, dulce, olorosa, de uñas bien moldeadas, le
frenaba el paso oscilante. Y él, al girarse para ver, golpeó de
tal forma la cara que tuvo que huir rápidamente hacia parajes más
oscuros. Corría, esto lo hacía bien, no hacia donde ni
desde donde, rápidamente contra el fin. Alguna cara cruzó y no
le pidió dinero, una figura tambaleante cayó a su paso, vencida
por el alcohol y pasada por encima. El perdón al final de la
ecapada, alegria en un cuadro a través de un cristal, que
pasa rápidamente y aleja su falsa canción. Tropieza y se golpea
la cabeza quedando inconsciente. Al despetertar una cara le mima
con amor las heridas, pone pasta de dientes para aliviar el
dolor, su voz sabe a leche caliente y derramada, la mano no
avanza por su piel suave porque esta no está señalizada, y se
enamora, a las dos menos menos diez. A menos cinco no sabe como
desprederse de su falta patente, su hueco deslumbrante ni con mil
micrófonos diría algo bajito. Así que baja lentamente las
escaleras del portal, un gato le está observando, la madera
vieja se queja cada paso, tiene el gesto contraido,
reconcentrado, viene meditando, quizá dispuesto a generalizar,
que tanto le gusta. Abre lentamente un maciza de bisagras muy
poco cortina, y, tremendo filósofo, se protege de la lluvia con
un contrato. Busca un denominador común donde pasar la noche, trágica
noche en la que un muerto camina con sus pantalones. Busca en el
bolsillo debajo de una falda, pero no le queda dinero, así que,
sin atarse ni vestirse se sienta en la sombra para observar como
un gato está observando. Siempre, o se pone a gatear. Si no
llueve. Ya no se va a levantar, además tiene tiempo, es eterno.
Una niña pasa corriendo y pisa un charco, no puede olvidar, y es
tan grande el recuerdo que olvida tener fuerzas para seguir,
gatunamente, en la sombra, se acerca la boca a la oreja y murmura
un nombre, lo repite, pero está cansado y no sabe maullar. Esto
a las dos menos cinco. A las dos...
Un familia rodea un pavo, un perro
rodea una familia que rodea un pavo y quisiera deshuesar, pero no
puede. Sólo repartir propaganda. Tiene hambre, en esta casa solo
come el pavo, quisiera eruptar hasta el amanecer. El dueño,
universitario, aplastará las costillas del animal, por el estrés.
Y mañana será otro dia. Sentado, tumbado, sentado, ven. Una
ostia, joder que dia llevo, me voy a la cama, tengo que descansar.
El perro le sigue por si el amo se disculpa. Veteperro,
humillate, el jefe tiene costillas de perro, ostia en las
costillas, aliviado, mucho mejor. Ahora el animal se aleja
lentamente, da dos vueltas sobre si mismo antes de acostarse, se
lame con cariño las heridas, mira con bondad un árbol, mira con
bondad el cielo oscuro, gran misterio, una estrella le ha
elegido, por la soledad, le quiere, pronto. El hombre programa el
despertador, veinte años programando, gira sobre si mismo antes
de acostarse, escupe mentalmente, pasa la mano por el culo suave
de su mujer, y apaga la luz, mañana será otro dia, uno con mañana
será otro dia.