A pleno empleo

F. GUTIÉRREZ

Féretros y juventud. La construcción de ataúdes es todo un oficio que aprenden desde la adolescencia

 

Fray Marcos es un pueblo a contrapelo de la realidad del resto del país; el trabajo no falta, casi no hay delitos y los jóvenes prefieren quedarse en vez de emigrar

 POR ANA LAURA LISSARDY
 

Inserto en medio de la asfixia de la crisis económica de la región, está villa Fray Marcos o Fray Marcos, a secas, un lugar que escapa a las estadísticas, depresiones y números en rojo. Es un pueblo de 3.582 habitantes, en el departamento de Florida, a 96 kilómetros de Montevideo. No hay cines, no hay teatros, y el único banco que conocen los lugareños es "el de la plaza", como ellos mismos comentan, entre risas. Y ríen porque ahí las cosas van bien. En Fray Marcos no hay ni una persona pidiendo en las calles. Mucho menos viviendas precarias o cantegriles. Los vendedores en los comercios miran extrañados si se les pregunta de qué problemas económicos les hablan sus clientes. "¿...? Hablan de si tienen al hijo enfermo, pero problemas económicos...", dice, frunciendo el ceño, Gabriela, empleada de un supermercado. Los jóvenes terminan sus estudios y se insertan de inmediato en el mercado laboral. O incluso antes, porque hay una caída de la escolaridad en 4º de liceo, que se debe a que los estudiantes consiguen trabajo y abandonan los estudios. La gente, en lugar de emigrar, se afinca. En los últimos 15 años la población se duplicó, y no dejan de construirse viviendas, que nunca alcanzan.

Mientras el desempleo en Uruguay alcanza al 15% y en Florida la última estimación, de junio de 2001, arrojó un 17,9% (según publicó el diario departamental El Heraldo), en Fray Marcos casi no existe. De hecho, las estimaciones de los pobladores y autoridades locales hablan de bastante menos de un 5%, e incluso algunos se jactan de "la tasa de desocupación más baja del país". Más aún, el lugar atrae a trabajadores de otros pueblos y de otros departamentos, como Canelones.

¿Cuál es el secreto de Fray Marcos? En Fray Marcos hay cuatro industrias pesadas. Una es la construcción de ataúdes. Allí se construye la mitad de los féretros que se utilizan en el país a nivel de intendencias. Sus cuatro fábricas abastecen por completo a la Intendencia de Montevideo, y le venden a otras comunas —además de proveer a empresas fúnebres—, adonde recurren las personas de bajos recursos o que directamente no pueden pagar un servicio funerario privado. Industria floreciente.

A los otros tres grandes rubros, la avicultura, la cría de cerdos y la del peinado de lanas, tampoco les va nada mal. Tres de cada 20 cerdos que se producen en Uruguay (15%) salen de Fray Marcos. Más de uno de cada 10 huevos que se venden en todo el país (13%) son de allí. Casi una de cada 10 toneladas de lanas nacionales (9%) es procesada en Fray Marcos. Y, en medio de todo eso, se ubica la única fábrica de caramelos Zabala del país, los mismos que ya masticaban los abuelos (y bisabuelos) de los jóvenes de hoy. Tal vez mucho para una localidad que se tuvo que volver a levantar en 1970, cuando un tornado la arrasó casi por completo. Tal vez mucho para un pueblo que se recorre a lo largo en un minuto y medio en auto, y que abarca 2 kilómetros de ruta (la 7). Tal vez demasiado para 3.500 habitantes de un país que parece tambalearse o, por lo menos, vibrar. Tal vez lo justo.

Los pobladores dicen no saber por qué Fray Marcos va a contrapelo del resto del país, y no parecen preocuparse mucho por eso. Un empresario del lugar piensa por un momento antes de dar una respuesta, y recuerda que todo empezó cuando, por 1987, se instaló la empresa Tops Fray Marcos, industrializadora de lanas, colocó a todos sus empleados en planilla y les dio beneficios laborales. Entonces, otras empresas empezaron a hacer lo mismo para evitar perder trabajadores y así empezó una suerte de competencia por dar las mejores condiciones de trabajo. Es más, dice el empresario, Fray Marcos debe ser una de las localidades del país con menos informalidad laboral, aunque lo naïf del lugar hace que no existan cifras ni estadísticas que lo verifiquen. Por eso, empezaron a acercarse a Fray Marcos trabajadores de otros pueblos y departamentos. La producción empezó a aumentar y Fray Marcos a crecer. Así de simple.

Pedro Rodríguez está de acuerdo. Tiene 70 años y fue juez de la localidad hasta 1992. Recostado en el mostrador de una tienda, con pantalón beige, remera blanca y canas, dice que hubo un antes y un después del tornado de 1970. "El precio que pagó Fray Marcos de sus muertos (11 en total) hizo cambiar la mentalidad de sus pobladores. El tornado despertó a la gente de la abulia. Empezaron a preocuparse por tener su casa propia y demás. Antes los jóvenes se iban todos a trabajar a Montevideo, ahora ya no", dice con el codo apoyado en el mostrador. Tienen empleo y quieren trabajar en (y por) su lugar. Después de eso, en 1985, empezó la "eclosión industrial" con la construcción de la empresa lanera, que se instaló y empezó a pagar salarios "más apropiados. Los (empleadores) que necesitaban mano de obra tenían que pagar más". "Ahí empezó a mejorar todo. Hoy el vínculo entre el obrero y el patrón es cordial. No recuerdo ninguna manifestación o protesta (laboral)." A las buenas condiciones de trabajo, agrega incorporándose, se sumó gente "con visión" que puso granjas y "encontró el camino de la tecnificación". Hace una pausa. "Y...como dijo Serrat: ´Caminante no hay camino, se hace camino al andar´. Eso. Con voluntad y mirada, se hicieron camino", comenta, y guarda una lapicera en el bolsillo de la remera. "Acá puede haber desocupados, pero son desocupados vocacionales", añade riendo y balanceando su cuerpote a un lado y otro. Así de simple.

Una recorrida. Una de las cosas que llama la atención al llegar a Fray Marcos es los olores. Al recorrer los caminos que atraviesan el pueblo y comunican una fábrica con otra, se siente una mezcla del olor de los galpones de gallinas con el de los cerdos, y con el perfume dulzón, empalagoso, de la fábrica de caramelos; todo eso entre los aromas que salen de las casas a la hora del almuerzo. Olor a tierra productiva.

Es lunes y el cielo está encapotado. A simple vista, villa Fray Marcos parece igual a cualquier pueblo del interior, salvo porque en las calles se ve un constante y persistente movimiento. Mujeres con bolsas de mandados, muchachos con el uniforme del liceo, viejos sentados en las puertas de las casas, perros, taxis, autos, motos y bicicletas, muchas bicicletas. A lo largo, comercios a un lado y otro de la ruta que la atraviesa. Comercios y empresas que, lejos de cerrar (no cerró ninguna empresa desde 1999), cada vez son más y más grandes. "En los últimos dos años abrió un Super Usa, una agropecuaria, una zapatería y una casa de electrodomésticos", asegura Eduardo Tapie, edil blanco de Florida que vive en el pueblo. Y este crecimiento se ve en un hecho: Fray Marcos es, después de la ciudad de Florida, la Junta Local por la que más recauda la Intendencia, a pesar de que hay otras localidades más grandes y pobladas que ésta, agrega Tapie.

A lo ancho de la ruta, caminos de tierra o asfalto gastado que llevan a fábricas, casas y empresas. Caminos transversales y diagonales, porque en Fray Marcos es difícil encontrar manzanas cuadradas, y es mucho más fácil ver calles que no se sabe de dónde llegan ni adónde van. En uno de esos caminos hay un restaurante que atiende a vendedores de paso. La dueña, al ver foráneos, se acerca y larga, así sin más, a modo de presentación del pueblo: "Acá hay fuentes de trabajo." Surrealista.

Casi al final del pueblo, a la derecha de la ruta, está la plaza, y, en la plaza mismo, está construida la escuela. Enfrente, la comisaría, con dos oficiales dentro sentados mirando unas carpetas. Se paran al ver que alguien se acerca y, de a uno, caminan con paso cansino hasta el mostrador. "¿Acá robos?", repregunta Daniel Báez, de 36 años, agente de primera, buscando con la mirada a su compañero, descolocado. "Acá robo no hay", lo salva el otro, el sargento Cono Siré, de 47 años, más avezado. "La última falta que tenemos es de una bicicleta, hace tres meses", se anima Báez. Y Siré, apoyado en una mano sobre el mostrador, acota: "Tuvimos un copamiento hace un año. Bueno...fue una rapiña más bien". Tal vez esto no escapa a otros pueblos del interior. Pero en Fray Marcos tampoco se registran abigeatos, más comunes en las localidades rurales. "Pensamos que es porque es un pueblo en donde casi no hay desempleo", explica el mayor de los dos. La comisaría tiene una camioneta, una moto y 12 oficiales de Policía. Es todo.

Las casas en Fray Marcos no tienen nada diferente a las de otros pueblos o ciudades. También están las viviendas de MEVIR a la entrada del pueblo. Aun así, las viviendas no alcanzan, dice Cándido Martínez, de 69 años, rematador de un estudio de la intermediación en el negocio inmobiliario. Los alquileres pueden ir desde $ 700 (una casa de un dormitorio) a $ 1.600 por mes (dos dormitorios), cuenta Martínez. Salvo en el caso de las viviendas de MEVIR, por las que se puede pagar una cuota de unos $ 400.

El sueldo promedio en Fray Marcos anda entre $ 3 mil y $ 4 mil, que es lo que cobra el grueso de la gente, aunque hay excepciones, según dijeron empresarios, empleados y pobladores. Pero, al igual que el alquiler, la comida es más barata, porque hay una buena cantidad de quintas que venden los comestibles a los comercios a precios bajos, dice Wilmer Tejeira, de 41 años, capataz de Granja La Naturaleza, encargada de la producción de huevos y cerdos. Es de Tala y llegó a Fray Marcos a trabajar, como muchos otros, porque allí "había más trabajo". "La gente del pueblo no alcanzaría para toda la industria que hay. De los pueblos del interior debe ser el que está mejor. Casi no se conoce gente desocupada", comenta con total naturalidad. Está de jeans y camisa remangada.

En los galpones. Tejeira detiene la camioneta, se baja y abre un portón, para llegar hasta los dos galpones de gallinas de granja La Naturaleza, una de las más grandes de Fray Marcos, si no la más grande, que tiene también cría de cerdos. Toda una hilera de 17 mil ponedoras a lo largo de los 160 metros de cada uno de los galpones. Huevos que no dejan de aparecer y unas 70 personas trabajando en la avícola.

"En Fray Marcos la gente quiere trabajar, entonces se dedica a trabajar", dice Albérico Frachia, dueño de la granja. En La Naturaleza se produce entre un 4% y un 5% de los huevos del país, cuenta Frachia. Entre todas las avícolas, la producción del pueblo es de 37,7 millones de huevos anuales, según un documento hecho en noviembre de 2001 por habitantes del lugar para solicitar al Banco República (BROU) la apertura de una sucursal en la localidad. Frachia también es dueño de Catelan, la única empresa del país a nivel de selección genética porcina, según él mismo comenta. A su granja se le están abriendo nuevos mercados.

Alejándose de la granja de Frachia, se llega hasta Tops Fray Marcos, la industrializadora de lanas. Con extensiones de campo a un lado y otro, se ven cuatro grandes edificios de 2 mil metros cuadrados cada uno. A un costado, se está construyendo otro, que aumentará la capacidad de peinaduría instalada. La empresa exporta todo lo que produce (US$ 12 millones al año o 3.100 toneladas), y está en su capacidad máxima de producción.

Caramelos y ataúdes. Volviendo al centro del pueblo, junto a la vía, hay un edificio, el "molino viejo", con ladrillos a la vista, vidrios y puertas de madera rotos. Todo indica que está abandonado, pero de la chimenea sale humo y en todo el entorno se respira un olor a dulce de leche fuerte, penetrante. Es que allí funciona la fábrica de caramelos Zabala. Adentro se ve a siete personas trabajando, amasando una pasta marrón, cortándola, haciendo el control de calidad. Y caramelos por donde se mire. Porque fabrican 350 caramelos por minuto. En febrero vendieron 7 mil kilogramos, pero quieren llegar a 12 mil en marzo y, más tarde, a 25 mil.

Alejándose sólo un poco de la nube de olor dulce de la fábrica, está la fábrica de ataúdes Ariel Pastorin, una de las cuatro de Fray Marcos. Se ven hombres martillando y lijando cajones. Se ven féretros (grandes y de un metro) apilados a los costados. Se ven al natural, barnizados, más oscuros, más claros. Los carpinteros están reclinados en una mesa ajustando los clavos para que todo quede seguro y bien cerrado.

Carlos Torres, de 40 años, es socio de Pastorin y se jacta de ser "el cajonero más viejo (que empezó su oficio) en Fray Marcos". Hace féretros desde los 16 o 17 años. ¿Qué se siente al construir ataúdes? "A mí no me afecta. Perdí a mi padre cuando tenía cuatro años y ando por la vida sin miedo a nada", dice de short y camisa abierta en el pecho. Explica que los ataúdes son "más fáciles de cobrar que hacer ventanas y puertas", y que cada año venden más porque hay mucha gente que queda "ahí abandonada", sin un familiar que se haga cargo, y la entierran por la Intendencia. "Antes siempre aparecía un tío o un pariente que se hacía cargo, ahora, como la cosa está difícil y saben que tienen que aportar algo...", se interrumpe Torres. Está claro.

Ariel Pastorín le vende al municipio de Florida, y a empresas privadas en Chuy y Treinta y Tres. Además, integra una cooperativa con otras fábricas del lugar que abastece por completo a la Intendencia de Montevideo, a la que le venden 2 mil ataúdes por año.

Cerca de esa fábrica y de Torres con sus shorts, está Mavilava, otra fábrica de ataúdes que integra la cooperativa y le vende a empresas privadas de Rocha y Florida. El dueño es Américo Martínez, de 64 años. Era "rural" pero "las cosas no funcionaban" y trató de "buscar nuevos horizontes", que encontró en los ataúdes. Dice que la "gente de Montevideo" quiere "matar" a los carpinteros de Fray Marcos porque les "hicieron roncha". "Hicimos cajones de mejor calidad. En Montevideo pintaban arriba y ta. Acá hacemos todo prolijo", explica.

Al llegar a los dos galpones de material y techo de chapa de la fábrica, lo primero que se ve es a Víctor, de 14 años, doblado sobre un ataúd martillando sin parar. Tiene pantalón de jeans y el pecho descubierto. Todavía tiene cara de niño.

En el galpón de al lado está Roberto, que tiene 24 años y construye ataúdes desde hace 10. Le gusta su pueblo, lo disfruta. "Porque es un pueblo en el que todavía hay trabajo." Él no piensa en la muerte cuando trabaja, simplemente hace. "Ella va a venir. Estamos todos para eso", dice riéndose. Roberto es rubio y tiene rulos y ojos claros, además de una remera llena de agujeros. Recostado en un ataúd, con las manos apoyadas en el cajón todavía sin pintar y terminar, todavía vacío, Roberto se calla, mira el piso, y de golpe larga: "No le deseo mal a nadie, pero que el trabajo no nos falte". Y se ríe.

* (Publicado en la Edición del 16 de Marzo de 2002 en el suplemento “Fin de Semana del diario el Observador de Montevideo, Uruguay )

PD: Fuimos testigos de gran parte del recorrido de la periodista a quien realmente felicitamos porque a pesar de su juventud con este articulo nos demostró su calidad de retención de detalles, con su pequeña libreta de apuntes ( nada de grabadores ), logro sacar una radiografía casi exacta de la actual realidad de nuestro pueblo, creo que no necesita poner como antecedentes a sus progenitores dado que Ana Laura además de ser bonita y muy amable, aunque muy firme a la hora de llevar su entrevista, nos demostró que ya es una gran periodista.  Por ello agradecemos su visita al igual que a su compañero de tareas, Fernando.  [email protected]

 

 

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