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Espiritualidad Franciscana |
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| Presentamos el interesante documento Puntos de Reflexión Franciscana por Giacomo Bini, Ministro General O.F.M. que contiene la esencia de la espiritualidad franciscana. | |||||||||||||||||||
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Nadie puede parar la obra del Espíritu En nuestra vocación franciscana el Señor se sirvió, para llamarnos a él, de diferentes hechos y acontecimientos, y nuestro camino se concretizó en una determinada Casa y en una determinada Provincia. Pero el Señor nos llamó para su Reino, no para nuestra Provincia. Como aconteció a los discípulos al día siguiente de Pentecostés. Como le sucedió a Francisco al día siguiente de haber recibido la iluminación de su vocación escuchando la Palabra de Dios. La «opción» de los primeros compañeros de Francisco, cuando todavía eran un grupito, «por los leprosos», adquirió una dimensión universal de evangelización, de encuentro con todos los leprosos del mundo, sin que esperasen a haber curado a todos los leprosos de Asís, a todos los leprosos de «su Provincia». ¡La formación no se recibe «dentro» para salir, luego, «fuera»! Una Fraternidad local o provincial cargada con demasiadas cosas que hacer «en casa», con demasiados proyectos personales, aunque sean buenos, insensibiliza su vocación, que es participación en la misión de Jesús: «Recibid el Espíritu Santo... Id al mundo entero...». Muchas de nuestras vocaciones nacieron de experiencias y de aspiraciones misioneras. También hoy en día muchos jóvenes llevan en su corazón este deseo-espera que no llega a encarnarse. Hay muchos Hermanos dispuestos a reemprender el camino itinerante de la evangelización. La Orden ha puesto en marcha varios proyectos internacionales que están muriendo por falta de Hermanos. En algunas regiones está disminuyendo la presencia de la Orden. ¿Pero se puede, por ello, traicionar la evangelización misionera? ¿No son los pobres los más generosos? ¿Puede un Ministro provincial, en nombre de las necesidades de la Provincia, asumir la responsabilidad de impedir una llamada misional? Nuestra Regla es clara: Nadie puede impedir lo que es obra del Espíritu.-- [Fraternitas, Nº 45, julio de 1999] ******** Hagamos esperanzados la parte que nos corresponde Si pienso en mi experiencia en África, en las numerosas visitas que durante mi primer año de servicio de Ministro general he hecho a los hermanos en Cuba, China y tantas naciones de Asia, América y Europa, veo en todas partes la simpatía con que nuestros contemporáneos contemplan la vida de los hermanos y la historia de san Francisco. Y pienso que ésta es nuestra gran esperanza: la vida del Pobrecillo y la autenticidad de su experiencia mantienen una gran fuerza para inducir a la reflexión y llevar a la experiencia de Dios. Esta esperanza ha sido confiada a nuestras manos, por pobres que sean, y ha sido sembrada en nuestro corazón. La esperanza no radica, sin embargo, en nuestras capacidades ni en nuestra pretensión de resolver todos los problemas, de llegar a ser dueños del mundo con todos los medios que la ciencia actual pone a nuestro alcance. Existe -también entre algunos cristianos- una «estrategia» de búsqueda de «triunfo», de presencia a toda costa, que puede ser antievangélica. Nosotros debemos sólo crear espacios donde resuene la voz de Dios y el Espíritu del Padre y del Hijo continúe sembrando signos del Reino en nuestra sociedad y en nuestro tiempo. Y, además, debemos vivir en la confianza de que Dios sigue haciendo su parte, de que también hoy el Espíritu sopla en el corazón de los hombres y la Palabra de Jesús sigue siendo capaz de iluminar las experiencias más profundas de la vida humana. Poco antes de morir, Francisco invitó a quienes le rodeaban a «hacer la parte que a ellos les correspondía», a descubrir la misión que Dios ha confiado a cada uno y que sólo cada uno puede y debe cumplir, sin aferrarse a «lo que siempre se ha hecho». Abrigo en mi corazón la esperanza de que también hoy estamos en condiciones de captar esta «provocación» de Dios y de dar con alegría toda nuestra vida para «hacer la parte que nos corresponde». Nada, en efecto, hay más triste que no saber qué hacer con la propia vida.-- [Fraternitas, Nº 43, mayo de 1999]. ******** Actualidad de la atracción de San Francisco Francisco impresiona a los hombres y mujeres de nuestro tiempo por muchos motivos. Su atractivo nace de ser un hombre «realizado» que supo encarnar valores que todos miran con particular atención. La relación con Dios, para Francisco, no es una costumbre ni una alienación, sino el horizonte donde cobran sentido las demás experiencias de la vida. El descubrimiento de Dios, de su amor y de su solicitud por todos y cada uno de los hombres, fue el comienzo de una aventura humana extraordinaria. Mirando a Dios, que «es misericordioso» con todos sus hijos, Francisco aprende a mirar con otros ojos a todos los hombres, a cada persona concreta. Su capacidad de diálogo con los hombres y con las mujeres, con los ricos y con los pobres, con los «ladrones» y con los marginados, con los cristianos y con los musulmanes, es un ejemplo y una provocación para todos nosotros. A partir del descubrimiento de Dios, Francisco recibe, igualmente, ojos nuevos para ver la creación que lo rodea, para entenderla como un don que Dios nos ha confiado y no como un instrumento que hay que usar o un recurso que hay que explotar. Creo que todo esto puede resumirse en dos palabras: «padre» y «hermano». Francisco descubre que la paternidad de Dios no es una limitación a su libertad, sino un ofrecimiento de alianza, una promesa de vida plena. Y de la paternidad amorosa de Dios brota la «fraternidad» rigurosa entre todos los seres vivientes. Y fraternidad significa reconocer, en todos, los signos de la dignidad dada por Dios, descubrir la solidaridad interna que une a todos los hombres haciéndoles, no adversarios o rivales o extraños, sino «hermanos».-- [Fraternitas, Nº 42, abril de 1999]. ******** Ministerio de la escucha Uno de los retos actuales más urgentes, sobre todo en el mundo industrializado, es la atomización, la fragmentación de la vida del hombre que camina hacia el tercer milenio. Una fragmentación interior, experimentada por todo ser humano ante los mil deseos y las mil opciones cotidianas y cuya raíz es el «consumismo» apresurado, alimentado por una comunicación salvaje al servicio del mercado global. No es fácil reconstruir diariamente la unidad interior, un espacio de calma donde acoger y dejar actuar la Palabra de Dios. Sin embargo, quien está interiormente dividido difícilmente podrá ser creador de comunión y anunciador de la Buena Noticia. La vida contemplativa es un testimonio silencioso pero elocuente de la unidad armoniosa y serena a la que tiende de corazón todo ser, es «la parte mejor» que María eligió. Es, por tanto, una invitación a la formación, a un discernimiento maduro de las múltiples propuestas, no todas negativas, que hay que orientar e integrar. Una ayuda para distinguir lo esencial de lo secundario, lo urgente de lo que puede dejarse para mañana, sin disiparse en un activismo siempre inquieto. Me permito sugerir algunas líneas de reflexión: 1. Reconsiderar la formación teológica. El verdadero teólogo es aquel que no sólo sabe hablar de Dios, sino sobre todo hablar con Dios. Quien es experto en Dios, se vuelve necesariamente experto en comunión, pues quien se ejercita en acoger a Dios crea espacios para acoger al otro. 2. Valorar la oportunidad de que cada diócesis cree Centros de reconstrucción interior para sacerdotes, religiosos y laicos, donde se puedan curar las heridas personales, centros de verificación y de crecimiento en el Espíritu. 3. Formar acompañantes bien preparados que progresan en la vía de la simplicidad contemplativa, hombres y mujeres dispuestos a entregarse por entero a este servicio. Se trata del ministerio de la escucha, uno de los que deben tener prioridad en la situación actual.-- [Fraternitas, n. 40, febrero de 1999] ******** La fraternidad en la minoridad Testigos de comunión.- ¿Cuál es nuestro deber frente a las injusticias, divisiones, racismo y cerrazones? Muchas veces sabemos claramente cuál es, pero no logramos cumplirlo. Desde hace muchos años reconocemos que el individualismo y el provincialismo bloquean todo crecimiento y se oponen a nuestro carisma, pero no conseguimos liberarnos de ellos. Somos diligentes en denunciar las injusticias, el racismo, las violencias étnicas, pero nuestra vida ordinaria contradice nuestras palabras y nuestras proclamas. Demasiado a menudo los nacionalismos y los resentimientos regionales impiden un mínimo de colaboración interprovincial. Grupos de Hermanos que viven en una misma área no logran entenderse, quizás por provenir de Provincias o naciones diferentes. ¿Cómo tenemos el valor de denunciar, si no nos reconciliamos, si no hablamos desde una experiencia concreta de fraternidad o, al menos, desde el esfuerzo por construir fraternidad entre nosotros? Al individualismo existente entre los Hermanos, que condenamos desde hace años y que es típico de nuestra cultura, le cuesta morir e impide toda actividad. Hacia un proyecto de Fraternidad evangélica.- La improvisación, la urgencia, la supervivencia constituyen el empeño inmediato que absorbe casi todas las energías diarias de la mayoría de los Hermanos. No conseguimos, como Fraternidad provincial o internacional, mirar el futuro con fe, con esperanza. Parece como si para ser creativos fuera preciso situarse al margen de la Fraternidad, es decir, fuera de nuestra más genuina vocación carismática: la Fraternidad evangélica al servicio del Reino, la Fraternidad en la minoridad.-- [Fraternitas, Nº 39, enero de 1999] ******** Hermanos, jóvenes y ancianos, del mundo entero El 4 de octubre, fiesta de san Francisco, el Definitorio general envió a los «Hermanos, jóvenes y ancianos, del mundo entero» una carta en la que reflexiona, especialmente, sobre el don de los Hermanos ancianos, «memoria carismática de la Orden y síntesis armoniosa de un camino». En ella subraya también la misión de testimoniar la esperanza y devolver al amor la frescura de la gratuidad, y destaca «el ministerio de la escucha..., expresión auténtica de amor y de comunión que colma la distancia entre las generaciones, ayuda a construir una relación armónica entre las diversas etapas de nuestra vida y atenúa la tensión existente entre el ideal y la realidad»: «Ustedes, Hermanos ancianos, son nuestra memoria carismática. De Ustedes recibimos todo: los valores, las estructuras y el carisma que Ustedes han custodiado con fidelidad. Ustedes nos iniciaron y formaron en el amor a la vida franciscana. Con tantos cambios, sobre todo después del concilio Vaticano II, quizás les hemos exigido demasiado; sin embargo, Ustedes aceptaron con humildad lo que muchas veces les parecía incomprensible e inaceptable. Todavía hoy garantizan en nuestras Fraternidades una presencia silenciosa y fiel, acogedora y disponible, limitada a veces en sus posibilidades pero siempre generosa. Esta memoria experiencial de Ustedes es preciosa para nosotros, pues nos ayuda a evitar superficialidades e improvisaciones sin historia, a la vez que proporciona fundamento a nuestros proyectos y continuidad a nuestras proyecciones proféticas. Ustedes pueden ser la expresión de una vida como síntesis armoniosa de un camino. Es el momento de la verdad. Tras tantas experiencias más o menos logradas, se hallan Ustedes en condiciones de captar lo esencial. Después de los numerosos años transcurridos, saben distinguir lo importante de lo secundario y pueden mirar los acontecimientos con profundidad y clarividencia. Con los años emergen los puntos de referencia sobre los que una persona ha construido su ser, aparece con claridad aquello en lo que uno ha depositado su confianza. Ustedes están llamados a ser testigos vivientes de lo esencial, de una experiencia profunda y renovada de Dios vivo, en la que se integran serenamente en la unidad todas las etapas y acontecimientos de la vida. De este modo, su testimonio se transforma en importante mensaje para el hombre actual, tan dividido y fragmentado: con su vida unificada en Dios, son Ustedes mensajeros de paz y de unidad».-- [Fraternitas, Nº 37, noviembre de 1998] ******** ¿Pedir o dar? Escuchemos un breve pasaje de la Regla no bulada: «Y manifieste confiadamente el uno al otro su propia necesidad, para que le encuentre lo necesario y se lo proporcione. Y cada uno ame y nutra a su hermano, como la madre ama y nutre a su hijo, en las cosas para las que Dios le diere gracia» (1 R 9,10-11). Lo que Francisco coloca al principio de nuestro vivir en común no es el dar, sino el pedir. Como si dijera que para construir una comunidad hay que ser capaces de tender la mano, reconocer que, lejos de ser autosuficientes, necesitamos al hermano y a la hermana con quienes convivimos. Sin esta humildad (reconocer mi necesidad, tender la mano pidiendo ayuda) es imposible una verdadera comunión. Luego viene el dar, el responder a la petición del hermano/hermana, el tener los ojos abiertos no sólo a mi necesidad, sino también a la del otro. Dos puntos que subrayar: Primero: debo dar las cosas para las que Dios me diere gracia. No soy dueño de nada. En la Fraternidad experimento mi pobreza radical (hasta tal punto que debo empezar ¡pidiendo!). Así, pobre como soy, comparto con mi hermano lo que el Señor me ha regalado (cosas, capacidades, tiempo...). Segundo: hay que fijarse en el parangón (como la madre...) y en la delicadeza de los verbos empleados: amar y nutrir. Francisco no quiere que haya padres entre sus Hermanos -hay un solo Padre, el del cielo, que ningún hombre puede substituir-; en cambio, no teme pedir a los Hermanos el ser madres unos de otros. Este "ser madres" se expresa amando y nutriendo. Lo que el hermano y la hermana piden no sólo es un trozo de pan o un vestido, sino, sobre todo, el ser acogidos, aceptados, amados.-- [Fraternitas, Nº 36, octubre de 1998] ******** Audacia en el Espíritu A los Presidentes de las Conferencias de Provinciales: La renuncia, la resignación, la apatía, la desilusión por las Provincias que están envejeciendo, o la satisfacción de "salvarse solos" por parte de quienes siguen teniendo vocaciones. Todos necesitamos: * audacia, animada de esa pasión que es don del Espíritu, para redefinir nuestra identidad, para vivir nuestra vocación, pues las presiones de la secularización son cada vez más fuertes y la infidelidad a los valores religiosos cada vez más frecuente. * audacia en el creer en las maravillas que Dios puede realizar con nosotros y mediante nosotros a cualquier edad, por encima de cualquier estructura agonizante. Cambiando es como se camina hacia la perfección. * audacia en el superar los umbrales de nuestros intereses domésticos, provinciales: «Nuestro claustro es el mundo». No nos engañemos. ¡Nadie se salva solo! La fe, el amor y la fraternidad se multiplican dándolos. * audacia en una itinerancia misionera que se expresa sobre todo en la disponibilidad y la solidaridad, en el ir incesantemente hacia los otros, hacia los que están más lejos. * audacia profética que consiste en colaborar con el Espíritu para suscitar entre nosotros hombres-profetas y Fraternidades proféticas.-- [Fraternitas, Nº 35, agosto-septiembre de 1998] ******** Contemplación y conversión franciscana Al término de estos días transcurridos con todos Ustedes en este hermoso «Monte San Francisco» (Guatemala), quiero, en primer lugar, agradecer al Señor la gracia de haber participado en esta XV Asamblea de la Unión de las Conferencias Latino-Americanas Franciscanas. Esta Asamblea de la UCLAF ha manifestado, una vez más, que es posible dar testimonio de la unidad en la diversidad. En estos días he visto las maravillas que Dios obra con nosotros en estas tierras. Esta realidad debe infundirnos ánimo para seguir adelante y comprometernos a colaborar, en cada una de nuestras Entidades, con el Espíritu Santo, que es el Actor principal, capaz de realizar lo imposible. Doy gracias al Señor y agradezco a todos Ustedes el testimonio de vida evangélica que me han ofrecido. Pienso que tenemos claro, en la inteligencia y en el corazón, que nuestra vida evangélica debe fundarse y hundir sus raíces en el espíritu de contemplación, en el ver a Dios en los signos de los tiempos, los acontecimientos de la historia y la vida de los pobres. La contemplación franciscana consiste en entregarnos diariamente a Dios y a los hermanos, como prometimos el día de nuestra profesión. Ése es el secreto y ésa es la raíz de nuestra vida evangélica, de nuestra evangelización en fraternidad y de la colaboración entre las Fraternidades de una Entidad y entre todas las Entidades. ¡Cuánta creatividad y novedad de vida tendríamos si cada hermano y cada Entidad dijera a Dios y a los Ministros de la Fraternidad: «¡Señor, haz hoy de mí lo que quieras! ¡Estoy a tu disposición!» La falta de itinerancia, de disposición y de éxodo es la causa de casi todas nuestras dificultades. Dios, los hermanos, los pobres esperan nuestra disponibilidad. Lo que «recibisteis gratis, dadlo gratis». Pidamos al Espíritu Santo, especialmente en este año dedicado a Él, su ayuda en este camino de conversión. Si vivimos esta prioridad del espíritu de oración y devoción en itinerancia y disponibilidad, la memoria se volverá profecía. Concluyo con unas palabras de Pablo VI: «La Iglesia (en nuestro caso, la Orden) necesita un Pentecostés perenne. Necesita fuego en el corazón, palabra en los labios, profecía en la mirada.»-- [Fraternitas, Nº 34, julio de 1998] ******** Prioridad de la Orden: el espíritu de oración La prioridad de la Orden, en singular, es -el Definitorio está cada vez más convencido de ello- el espíritu de oración, el espíritu de devoción. No empleo el término «contemplación», que puede remitir al tercer cielo de san Juan de la Cruz. No. Empleamos el lenguaje franciscano de Francisco: el espíritu de oración, el espíritu de devoción. ¿Por qué estamos convencidos de esto? Porque vemos que en la Orden falta este fuego. Hay un cierto desaliento. Hay muchos abandonos en la vida religiosa, en todos los continentes; jóvenes y no tan jóvenes. Existe a veces un sentido de crecimiento en el trabajo que hay que hacer. Pero a menudo es una huida, más que un trabajo. Huida de los otros, huida de Dios. Creo que la mayor dificultad que tenemos, tanto respecto a la fraternidad como respecto a la minoridad/pobreza, es la carencia de este espíritu del Señor, pues la fraternidad y la minoridad dependen de este ser en el Señor. No puedo imponer la pobreza a nadie. Es una elección libre, que depende de la elección de Cristo. Pero si no existe esta elección de Cristo, aunque hable tres días seguidos de la belleza de la pobreza, aunque lea todas las fuentes franciscanas, no sirve a nadie. Recuerdo una frase de Francisco que para mí es fundamental: «Lo que por encima de todo deben anhelar los hermanos es tener el Espíritu del Señor y su santa operación» (Rb 10,8). Tener, no las cosas, ni la elección, ni la competencia, sino, para Francisco, el Espíritu del Señor. Hoy día las estructuras ya no salvan. Por eso, o existe este corazón vuelto al Señor, o no creo que haya mucho que esperar.-- [Fraternitas, Nº 33, junio de 1998] ******** Formación permanente Las opciones valientes en el ámbito de la formación inicial deben inducir a prestar más atención a la formación permanente, de la que pende la calidad de la vida de la Provincia y de nuestras Fraternidades. Se trata, ante todo, de crear una mentalidad compartida que acreciente la conciencia de que cada día de nuestra vida -sea cual fuere nuestra edad, preparación cultural y riqueza de experiencia- estamos llamados a "aprender" a ser hermanos. El compromiso y esmero en un programa realista de formación permanente ayudará a mejorar la capacidad de comunión y de comunicación de los Hermanos. El testimonio de una Fraternidad que se deja plasmar por la Palabra de Dios, que la ha reunido, y que, a la luz de esa Palabra, se empeña en un camino de comunión, es el primer modo de anunciar el Evangelio.-- [Fraternitas, Nº 32, mayo de 1998] ******** Prioridades en la vida franciscana A partir del documento capitular, el Definitorio general ha especificado varias prioridades que guiarán nuestra acción en los próximos años. -- Para que la forma de vida revelada a Francisco sea posible y tenga sentido es preciso que -estamos persuadidos de ello- se alimente de un profundo diálogo con Dios. Por eso -y estimulados por el mensaje que Su Santidad dirigió al Capítulo-, hemos colocado en primer lugar la dimensión contemplativa de nuestra vocación, convencidos de que el criterio para valorar nuestras actividades no es su eficacia o su cantidad, sino su autenticidad, que sólo la búsqueda constante del rostro del Señor puede garantizar. -- Francisco descubrió la peculiaridad de su vocación cuando «el Señor le dio hermanos». También nosotros estamos convencidos de que nuestra forma de vida sólo tiene sentido si se vive en la Fraternidad. El primer anuncio del Evangelio que se nos pide es atestiguar que se puede vivir como hermanos, no obstante la diversidad de mentalidades y de culturas. Durante los últimos 15 años de mi vida, en mi experiencia misional en Tanzania, Ruanda y Kenya, me percaté de cuán significativa era para aquellos pueblos la «convivencia» de Hermanos de distintos continentes. -- Debemos, en tercer lugar, cultivar un «estilo» propio en la búsqueda de Dios y en nuestro testimonio a los hermanos: el de la minoridad-pobreza y la solidaridad con todos los hermanos y hermanas que ven amenazados los derechos fundamentales de la persona. Una solidaridad no sólo proclamada, sino también vivida en la condivisión de los sufrimientos y de las privaciones, en los riegos y en las desilusiones. -- Querríamos, también, que continuara el empeño de asumir con nuevo vigor una tarea que, según Francisco, es un deber de todos los Hermanos: la evangelización, el impulso misionero que debe caracterizar nuestras presencias con las formas más apropiadas a cada situación. -- Es evidente que estas cuatro prioridades exigen un adecuado empeño formativo: la formación es el humus del que reciben vida. En particular sentimos la necesidad de una formación continua que nos ayude a superar los riesgos de la costumbre y de la repetición.-- [Fraternitas, Nº 30, marzo de 1998] ******** La dimensión contemplativa La dimensión contemplativa es el fundamento y la razón de ser de nuestra vida franciscana. No se trata, por tanto, de una opción más, sino de decir "sí" o "no" al Señor, que nos llama hoy. Es una respuesta de fe que debe ser cada día más profunda. Una respuesta libre ("si quieres"), vinculante ("deja todo"), concreta ("dejaron todo y lo siguieron"). Se trata, pues, de "recordar", de hacer "memoria" de nuestra generosidad inicial, siguiendo la invitación de santa Clara a vencer la apatía y las falsas seguridades que bloquean nuestro camino de conversión, para encontrar la alegría del don en la plenitud del ser de Cristo, con nuestros hermanos y hermanas, por el Reino de Dios. Sin esta respuesta decidida, personal y comunitaria a Cristo, el hablar de fraternidad, de evangelización, de formación... es mera retórica, sin base ni corazón, incapaz de cambiar nuestro futuro. La vida de fe, como nuestra vocación, es una adhesión y una búsqueda diarias, no una conquista lograda de una vez por todas.-- [Fraternitas, Nº 28, enero 1998] ******** Alegría, libertad, movilidad Creo que nuestra vida debería ser ante todo un grito de alegría dirigido a todos los hombres. Deberíamos ser personas alegres, pues somos hijos de un Dios que ha resucitado y que nos invita a difundir esta alegría entre todos los hombres. Cuanto somos y tenemos es don de Dios, nuestro Padre, y por tanto todo debe contribuir al bien de todos los hombres, a fin de construir una verdadera fraternidad humana universal. El franciscano debería ser testigo del camino hacia una libertad que es rechazo de todo apego terreno, de cualquier forma de poder y de posesión egoísta. El franciscano es un hombre pacificado y gozoso, a la búsqueda incesante de su identidad mediante la belleza de su vocación. Pero esto sólo es posible si en la base existe una profunda disponibilidad para encontrar a Dios, que nos busca continuamente y nos ama. Una tercera característica del hermano menor podría ser la «movilidad», es decir, su capacidad de inculturarse dondequiera que esté, pues dondequiera que esté allí está su casa, allí encuentra hermanos. Quizás así, presentando al hombre de hoy esta nuestra identidad, conseguiremos deshacer la cultura de la sospecha recíproca, lograremos que los hombres se acerquen unos a otros, infundiremos esperanza a la humanidad, colaboraremos en la construcción de relaciones nuevas, transformando la hostilidad en acogida y hospitalidad.-- [Fraternitas, n. 27, diciembre de 1997] |
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