Escritos Completos de San Francisco de Asís |
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| Regla No Bulada | |||||||||||||||||||
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Prólogo 1¡En el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo! 2Ésta
es la vida del Evangelio de Jesucristo, que el hermano
Francisco pidió al señor papa que se la concediera y
confirmara; y él se la concedió y confirmó para sí y
para sus hermanos, presentes y futuros. 3El
hermano Francisco y todo el que sea en el futuro cabeza
de esta religión, prometa obediencia y reverencia al
señor papa Inocencio y a sus sucesores. 4Y
todos los otros hermanos estén obligados a obedecer al
hermano Francisco y a sus sucesores. Cap. I: Que los hermanos deben vivir sin
propio y en castidad y obediencia 1La regla y vida de
estos hermanos es ésta, a saber, vivir en obediencia, en
castidad y sin propio, y seguir la doctrina y las huellas
de nuestro Señor Jesucristo, quien dice: 2Si
quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que
tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el
cielo; y ven, sígueme (Mt 19,21; cf. Lc 18,22). 3Y:
Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo y tome su cruz y sígame (Mt 16,24). 4Del
mismo modo: Si alguno quiere venir a mí y no odia
padre y madre y mujer e hijos y hermanos y hermanas, y
aun hasta su vida, no puede ser discípulo mío (Lc
14,26). 5Y: Todo el que haya dejado
padre o madre, hermanos o hermanas, mujer o hijos, casas
o campos por mí, recibirá cien veces más y poseerá
la vida eterna (cf. Mt 19,29; Mc 10,29; Lc 18,29). Cap. II: De la admisión y vestidos de los
hermanos 1Si alguno, queriendo
por inspiración divina tomar esta vida, viene a nuestros
hermanos, sea recibido benignamente por ellos. 2Y
si está decidido a tomar nuestra vida, guárdense mucho
los hermanos de entrometerse en sus negocios temporales,
y preséntenlo a su ministro cuanto antes puedan. 3El
ministro, por su parte, recíbalo benignamente y
confórtelo y expóngale diligentemente el tenor de
nuestra vida. 4Hecho lo cual, el susodicho
candidato, si quiere y puede espiritualmente y sin
impedimento, venda todas sus cosas y aplíquese con
empeño a distribuirlas todas a los pobres. 5Guárdense
los hermanos y el ministro de los hermanos de
entrometerse en absoluto en sus negocios; 6y
no reciban dinero alguno ni por sí mismos ni por medio
de persona interpuesta. 7Sin embargo, si se
encuentran en la indigencia, por causa de la necesidad
pueden los hermanos recibir, como los demás pobres, las
cosas necesarias al cuerpo, exceptuado el dinero. 8Y
cuando el candidato regrese, el ministro concédale para
un año las ropas del tiempo de probación, a saber, dos
túnicas sin capilla, y el cordón y los paños menores y
el caparón hasta el cordón. 9Y finalizado el
año y término de la probación, sea recibido a la
obediencia. 10Después no le será lícito
entrar en otra religión, ni «vaguear fuera de la
obediencia», conforme al mandato del señor papa y
según el Evangelio; porque nadie que pone la mano al
arado y que mira atrás, es apto para el reino de Dios
(Lc 9,62). 11Y si viniera alguno que no puede
dar sus bienes sin impedimento, pero tiene voluntad
espiritual, que los deje y le basta. 12Ninguno
sea recibido contra la forma e institución de la santa
Iglesia. 13Mas los otros hermanos, los que
ya prometieron obediencia, tengan una túnica con capilla
y otra sin capilla, si fuera necesario, y cordón y
paños menores. 14Y todos los hermanos
vístanse de ropas viles, y puedan reforzarlas de sayal y
otros retazos con la bendición de Dios; porque dice el
Señor en el Evangelio: Los que visten de ropa
preciosa y viven en delicias (Lc 7,25) y los que
se visten con vestidos muelles, en las casas de los reyes
están (Mt 11,8). 15Y aunque se les llame
hipócritas, no cesen, sin embargo, de obrar bien, y no
busquen vestidos caros en este siglo, para que puedan
tener un vestido en el reino de los cielos. Cap. III: Del oficio divino y del ayuno 1Dice el Señor: Esta
clase de demonios no puede salir sino con
ayuno y oración (cf. Mc 9,26); 2y de nuevo: Cuando
ayunáis, no os pongáis tristes como los hipócritas
(Mt 6,16). 3Por eso, todos los
hermanos, ya clérigos ya laicos, recen el oficio divino,
las alabanzas y las oraciones, tal como deben hacerlo. 4Los
clérigos recen el oficio y oren por los vivos y por los
muertos según la costumbre de los clérigos. 5Y
por los defectos y negligencias de los hermanos digan
cada día el Miserere mei Deus (Sal 50) con el Padrenuestro;
6y por los hermanos difuntos digan el De
profundis (Sal 129) con el Padrenuestro. 7Y
pueden tener solamente los libros necesarios para cumplir
su oficio. 8Y también a los laicos que saben
leer el salterio les sea permitido tenerlo. 9Pero
a los otros, que no saben letras, no les sea permitido
tener libro alguno. 10Los laicos digan el Credo
y veinticuatro Padrenuestros con el Gloria al
Padre, por maitines; y por laudes, cinco; por prima,
el Credo y siete Padrenuestros con el Gloria
al Padre; por tercia, sexta y nona, por cada una de
estas horas, siete; por vísperas, doce; por completas,
el Credo y siete Padrenuestros con el Gloria
al Padre; por los muertos, siete Padrenuestros
con el Requiem aeternam; y por los defectos y
negligencias de los hermanos, tres Padrenuestros
cada día. 11E igualmente, todos
los hermanos ayunen desde la fiesta de Todos los Santos
hasta Navidad, y desde Epifanía, cuando nuestro Señor
Jesucristo comenzó a ayunar, hasta Pascua. 12Mas
en otros tiempos no estén obligados a ayunar, según
esta vida, sino el viernes. 13Y séales
lícito comer de todos los manjares que les ofrezcan,
según el Evangelio (cf. Lc 10,8). Cap. IV: De los ministros y de los otros
hermanos: cómo han de organizarse 1¡En el nombre del
Señor! 2Todos los hermanos que son
constituidos ministros y siervos de los otros hermanos,
coloquen a sus hermanos en las provincias y en los
lugares en que estén, visítenlos con frecuencia y
amonéstenlos espiritualmente y confórtenlos. 3Y
todos mis otros frailes benditos obedézcanles
diligentemente en aquello que mira a la salvación del
alma y no es contrario a nuestra vida. 4Y
compórtense entre sí como dice el Señor: Todo
cuanto queréis que os hagan los hombres, hacédselo
también vosotros a ellos (Mt 7,12); 5y: No
hagas al otro lo que no quieres que se te haga (Tob
4,15). 6Y recuerden los ministros y siervos
que dice el Señor: No he venido a ser servido
sino a servir (Mt 20,28), y que, porque les ha sido
confiado el cuidado de las almas de los hermanos, si algo
de ellos se pierde por su culpa y mal ejemplo, tendrán
que dar cuenta en el día del juicio ante el
Señor Jesucristo (cf. Mt 12,36). Cap. V: De la corrección de los hermanos
que tropiezan 1Por lo tanto, custodiad
vuestras almas y las de vuestros hermanos, porque es
horrendo caer en las manos del Dios vivo (Heb 10,31).
2Y si alguno de los ministros ordenara a
alguno de los hermanos algo contra nuestra vida o contra
su alma, no esté obligado a obedecerle, porque no es
obediencia aquella en la que se comete delito o pecado. 3Sin
embargo, todos los hermanos que están bajo los ministros
y siervos, consideren razonable y caritativamente los
hechos de los ministros y siervos. 4Y si
vieren que alguno de ellos camina carnalmente y no
espiritualmente, en comparación de la rectitud de
nuestra vida, si no se enmendare después de la tercera
amonestación, denúncienlo al ministro y siervo de toda
la fraternidad en el capítulo de Pentecostés, sin que
lo impida contradicción alguna. 5Y si entre
los hermanos hubiera en cualquier parte algún hermano
que quiere caminar carnalmente y no espiritualmente, los
hermanos con quienes está, amonéstenlo, instrúyanlo y
corríjanlo humilde y caritativamente. 6Y si
después de la tercera amonestación no quisiera
enmendarse, envíenlo cuanto antes puedan a su ministro y
siervo o notifíquenselo, y que el ministro y siervo haga
de él como mejor le parezca que conviene según Dios. 7Y guárdense todos los
hermanos, tanto los ministros y siervos como los otros,
de turbarse o airarse por el pecado o mal del otro,
porque el diablo quiere echar a perder a muchos por el
delito de uno solo; 8por el contrario, ayuden
espiritualmente como mejor puedan al que pecó, porque no
necesitan médico los sanos sino los que están
mal (cf. Mt 9,12 y Mc 2,17). 9Igualmente, ninguno de
los hermanos tenga en cuanto a esto potestad o dominio,
máxime entre ellos. 10Pues, como dice el
Señor en el Evangelio: Los príncipes de las naciones
las dominan, y los que son mayores ejercen el poder en
ellas (Mt 20,25); no será así entre los
hermanos (cf. Mt 20,26a). 11Y todo el que quiera
llegar a ser mayor entre ellos, sea su ministro
(cf. Mt 20,26b) y siervo. 12Y el que es
mayor entre ellos, hágase como el menor (cf.
Lc 22,26). 13Y ningún hermano haga
mal o hable mal al otro; 14sino, más bien, por
la caridad del espíritu, sírvanse y obedézcanse
voluntariamente los unos a los otros (cf. Gál
5,13). 15Y ésta es la verdadera y santa
obediencia de nuestro Señor Jesucristo. 16Y
sepan todos los hermanos que, como dice el profeta (Sal
118,21), cuantas veces se aparten de los mandatos del
Señor y vagueen fuera de la obediencia, son malditos
fuera de la obediencia mientras permanezcan en tal pecado
a sabiendas. 17Y sepan que, cuando perseveren
en los mandatos del Señor, que prometieron por el santo
Evangelio y por la vida de ellos, están en la verdadera
obediencia, y benditos sean del Señor. Cap. VI: Del recurso de los hermanos a los
ministros y que ningún hermano se llame prior 1Los hermanos, en
cualquier lugar que estén, si no pueden observar nuestra
vida, recurran cuanto antes puedan a su ministro y
manifiéstenselo. 2Y el ministro aplíquese a
proveerles tal como él mismo querría que se hiciese con
él, si estuviera en un caso semejante (cf. Mt 7,12). 3Y
ninguno se llame prior, sino todos sin excepción
llámense hermanos menores. 4Y el uno lave los
pies del otro (cf. Jn 13,14). Cap. VII: Del modo de servir y trabajar 1Todos los hermanos, en
cualquier lugar en que se encuentren en casa de otros
para servir o trabajar, no sean mayordomos ni
cancilleres, ni estén al frente de las casas en que
sirven; ni acepten ningún oficio que engendre escándalo
o cause detrimento a su alma (cf. Mc 8,16); 2sino
que sean menores y súbditos de todos los que están en
la misma casa. 3Y los hermanos que
saben trabajar, trabajen y ejerzan el mismo oficio que
conocen, si no es contrario a la salud del alma y puede
realizarse con decoro. 4Pues dice el profeta: Comerás
del fruto de tu trabajo; eres feliz y te irá bien
(Sal 127,2 - R); 5y el apóstol: El que no
quiere trabajar, no coma (cf. 2 Tes 3,10); 6y:
Cada uno permanezca en el arte y oficio en que
fue llamado (cf. 1 Cor 7,24). 7Y por el
trabajo podrán recibir todas las cosas necesarias,
excepto dinero. 8Y cuando sea necesario, vayan
por limosna como los otros pobres. 9Y séales
permitido tener las herramientas e instrumentos
convenientes para sus oficios. 10Todos los hermanos aplíquense
a sudar en las buenas obras, porque está escrito:
Haz siempre algo bueno, para que el diablo te encuentre
ocupado. 11Y de nuevo: La ociosidad es
enemiga del alma. 12Por eso, los siervos
de Dios deben perseverar siempre en la oración o en
alguna obra buena. 13Guárdense los
hermanos, dondequiera que estén, en eremitorios o en
otros lugares, de apropiarse ningún lugar ni de
defenderlo contra nadie. 14Y cualquiera que
venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandolero,
sea recibido benignamente. 15Y dondequiera que
estén los hermanos y en cualquier lugar en que se
encuentren, deben volver a verse espiritual y
caritativamente y honrarse unos a otros sin
murmuración (1 Pe 4,9). 16Y guárdense de
manifestarse externamente tristes e hipócritas
sombríos; manifiéstense, por el contrario, gozosos
en el Señor (cf. Fil 4,4), y alegres y
convenientemente amables. Cap. VIII: Que los hermanos no reciban
dinero 1El Señor manda en el
Evangelio: Mirad, guardaos de toda malicia y avaricia
(cf. Lc 12,15); 2y: Guardaos de la
solicitud de este siglo y de las preocupaciones de
esta vida (cf. Lc 21,34). 3Por eso, ninguno de los
hermanos, dondequiera que esté y adondequiera que vaya,
en modo alguno tome ni reciba ni haga que se reciba
pecunia o dinero, ni con ocasión del vestido ni de
libros, ni como precio de algún trabajo, más aún, con
ninguna ocasión, a no ser por manifiesta necesidad de
los hermanos enfermos; porque no debemos estimar y
reputar de mayor utilidad la pecunia y el dinero que los
guijarros. 4Y el diablo quiere obcecar a los
que codician la pecunia o la reputan mejor que los
guijarros. 5Guardémonos, por tanto, los que
lo dejamos todo (cf. Mt 19,27), de perder por tan poca
cosa el reino de los cielos. 6Y si en algún
lugar encontramos dinero, no nos preocupemos de él más
que del polvo que hollamos con los pies, porque es vanidad
de vanidades y todo vanidad (Eclo 1,2). 7Y
si por casualidad sucediera, lo que Dios no permita, que
algún hermano recogiera o tuviera pecunia o dinero,
exceptuado solamente el caso de la predicha necesidad de
los enfermos, tengámoslo todos los hermanos por falso
fraile y apóstata y ladrón y bandolero y quien tiene la
bolsa (cf. Jn 12,6), a no ser que se arrepienta de veras.
8Y de ningún modo reciban los hermanos ni
hagan recibir, ni pidan ni hagan pedir como limosna
pecunia ni dinero para casas o lugares; ni vayan con
nadie que pide pecunia o dinero para tales lugares. 9Pero
otros servicios, que no son contrarios a nuestra vida,
pueden los hermanos prestarlos a esos lugares con la
bendición de Dios. 10Con todo, en caso de
manifiesta necesidad de los leprosos, los hermanos pueden
pedir limosna para ellos. 11Guárdense mucho,
no obstante, de la pecunia. 12Igualmente,
guárdense todos los hermanos de ir recorriendo tierras a
causa de alguna ganancia indecorosa. Cap. IX: Del pedir limosna 1Todos los hermanos
empéñense en seguir la humildad y pobreza de nuestro
Señor Jesucristo, y recuerden que ninguna otra cosa del
mundo entero debemos tener, sino que, como dice el
Apóstol: teniendo alimentos y con qué cubrirnos,
estamos contentos con eso (cf. 1 Tim 6,8). 2Y
deben gozarse cuando conviven con personas de baja
condición y despreciadas, con pobres y débiles y
enfermos y leprosos y los mendigos de los caminos. 3Y
cuando sea necesario, vayan por limosna. 4Y no
se avergüencen, sino más bien recuerden que nuestro
Señor Jesucristo, el Hijo de Dios vivo (Jn 11,27)
omnipotente, puso su faz como roca durísima (Is
50,7), y no se avergonzó. 5Y fue pobre y
huésped y vivió de limosna él y la bienaventurada
Virgen y sus discípulos. 6Y cuando la gente
les ultraje y no quiera darles limosna, den gracias de
ello a Dios; porque a causa de los ultrajes recibirán
gran honor ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo.
7Y sepan que el ultraje no se imputa a los que
lo sufren, sino a los que lo infieren. 8Y la
limosna es herencia y justicia que se debe a los pobres y
que nos adquirió nuestro Señor Jesucristo. 9Y
los hermanos que trabajan adquiriéndola tendrán una
gran recompensa, y hacen que la ganen y la adquieran los
que se la dan; porque todo lo que dejarán los hombres en
el mundo perecerá, pero, de la caridad y de las limosnas
que hicieron, tendrán premio del Señor. 10Y confiadamente
manifieste el uno al otro su necesidad, para que le
encuentre lo necesario y se lo suministre. 11Y
cada uno ame y cuide a su hermano, como la madre ama y
cuida a su hijo (cf. 1 Tes 2,7), en las cosas para las
que Dios le dé su gracia. 12Y el que no
come, no juzgue al que come (Rom 14,3). 13Y en cualquier tiempo
en que sobrevenga la necesidad, sea lícito a todos los
hermanos, dondequiera que estén, servirse de todos los
manjares que pueden comer los hombres, como el Señor
dice de David, el cual comió los panes de la
proposición (cf. Mt 12,4), que no era lícito
comer sino a los sacerdotes (Mc 2,26). 14Y
recuerden lo que dice el Señor: Velad, no sea que se
sobrecarguen vuestros corazones con la crápula y la
embriaguez y las preocupaciones de esta vida, y venga
sobre vosotros aquel repentino día; 15pues
vendrá como un lazo sobre todos los que habitan sobre la
faz del orbe de la tierra (cf. Lc 21,34-35). 16Igualmente,
también en tiempo de manifiesta necesidad, todos los
hermanos obren, respecto a las cosas que les son
necesarias, según la gracia que el Señor les dé,
porque la necesidad no tiene ley. Cap. X: De los hermanos enfermos 1Si alguno de los
hermanos, dondequiera que esté, cayera enfermo, los
otros hermanos no lo abandonen, sino designen a uno o
más hermanos, si fuera necesario, que le sirvan como querrían
ellos ser servidos (cf. Mt 7,12); 2pero,
en caso de extrema necesidad, pueden confiarlo a alguna
persona que se haga cargo de lo necesario para su
enfermedad. 3Y ruego al hermano enfermo que
dé gracias de todo al Creador; y que desee estar tal
cual le quiere el Señor, ya sano ya enfermo, porque a
todos los que Dios predestinó a la vida eterna
(cf. Hch 13,48), los instruye con el aguijón de los
azotes y enfermedades y con el espíritu de compunción,
como dice el Señor: Yo a los que amo, los corrijo
y castigo (Ap 3,19). 4Y si alguno se
turba o irrita, sea contra Dios sea contra los hermanos,
o si tal vez exige con inquietud medicinas, anhelando en
demasía liberar la carne que pronto morirá y que es
enemiga del alma, eso le viene del malo y él es carnal,
y no parece ser de los frailes, porque ama más el cuerpo
que el alma. Cap. XI: Que los hermanos no difamen ni
denigren, sino que se amen mutuamente 1Y todos los hermanos
guárdense de calumniar y de contender de palabra (cf. 2
Tim 2,14); 2empéñense, más bien, en guardar
silencio siempre que Dios les conceda la gracia. 3Y
no litiguen entre sí ni con otros, sino procuren
responder humildemente, diciendo: Soy un siervo inútil
(cf. Lc 17,10). 4Y no se irriten, porque
todo el que se irrite contra su hermano, será reo en el
juicio; el que diga a su hermano raca, será
reo ante la asamblea; el que le diga fatuo,
será reo de la gehenna de fuego (Mt 5,22). 5Y
ámense mutuamente, como dice el Señor: Éste es mi
mandamiento, que os améis los unos a los otros, como os
amé (Jn 15,12). 6Y muestren por las obras
(cf. Sant 2,18) el amor que se tienen mutuamente, como
dice el Apóstol: No amemos de palabra y de boca, sino
de obra y de verdad (1 Jn 3,18). 7Y a
nadie difamen (cf. Tit 3,2). 8No murmuren,
no denigren a otros, porque escrito está: Los
murmuradores y los detractores son odiosos
a Dios (cf. Rom 1,29). 9Y sean modestos, mostrando
toda mansedumbre para con todos los hombres (cf. Tit
3,2). 10No juzguen, no condenen. 11Y,
como dice el Señor, no consideren los pecados mínimos
de los otros (cf. Mt 7,3; Lc 6,41); 12al
contrario, recapaciten más bien en los suyos propios con
amargura de su alma (Is 38,15). 13Y
esfuércense en entrar por la puerta angosta (Lc
13,24), porque dice el Señor: Angosta es la puerta y
estrecho el camino que conduce a la vida; y pocos son los
que lo encuentran (Mt 7,14). Cap. XII: De las malas miradas y del trato
con mujeres 1Todos los hermanos,
dondequiera que estén o que vayan, guárdense de las
malas miradas y del trato con mujeres. 2Y
ninguno se aconseje con ellas, o vaya de camino él solo
con ellas, o coma a la mesa en un mismo plato. 3Los
sacerdotes hablen honestamente con ellas
administrándoles la penitencia u otro consejo
espiritual. 4Y ninguna mujer en absoluto sea
recibida a la obediencia por hermano alguno, sino, una
vez que le haya sido dado el consejo espiritual, que ella
haga penitencia donde quiera. 5Y vigilémonos
mucho todos y mantengamos puros todos nuestros miembros,
porque dice el Señor: El que mira a una mujer para
desearla, ya cometió adulterio con ella en su corazón
(Mt 5,28); 6y el Apóstol: ¿O es que
ignoráis que vuestros miembros son templo del
Espíritu Santo? (1 Cor 6,19); por consiguiente, al
que profane el templo de Dios, Dios lo destruirá a él
(1 Cor 3,17). Cap. XIII: Evitar la fornicación 1Si alguno de los
hermanos, instigándolo el diablo, fornicara, sea
despojado del hábito que perdió por su torpe iniquidad,
y que lo deje del todo y sea expulsado absolutamente de
nuestra religión. 2Y después, que haga
penitencia de los pecados (cf. 1 Cor 5,4-5). Cap. XIV: Cómo deben ir los hermanos por el
mundo 1Cuando los hermanos van
por el mundo, nada lleven para el camino, ni
bolsa, ni alforja, ni pan, ni pecunia, ni bastón
(cf. Lc 9,3; 10,4; Mt 10,10). 2Y en
cualquier casa en que entren, digan primero: Paz a
esta casa (cf. Lc 10,5). 3Y, permaneciendo
en la misma casa, coman y beban de lo que haya
en ella (cf. Lc 10,7). 4No resistan al
malvado, sino, al que les pegue en una mejilla,
preséntenle también la otra (cf. Mt 5,39 y Lc 6,29). 5Y
al que les quite el manto, no le prohíban que se
lleve también la túnica (cf. Lc 6,29). 6Den
a todo el que les pida; y al que les quite lo que es
de ellos, no se lo reclamen (cf. Lc 6,30). Cap. XV: Que los hermanos no cabalguen 1Impongo a todos mis
hermanos, tanto clérigos como laicos, sea que van por el
mundo o que moran en los lugares, que de ningún modo
tengan bestia alguna ni consigo, ni en casa de otro, ni
de algún otro modo. 2Y no les sea permitido
cabalgar, a no ser que se vean precisados por enfermedad
o gran necesidad. Cap. XVI: De los que van entre sarracenos y
otros infieles 1Dice el Señor: Mirad,
yo os envío como ovejas en medio de lobos. 2Sed,
pues, prudentes como serpientes y sencillos como
palomas (Mt 10,16). 3Por eso, cualquier
hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles,
vaya con la licencia de su ministro y siervo. 4Y
el ministro déles la licencia y no se oponga, si los ve
idóneos para ser enviados; pues tendrá que dar cuenta
al Señor (cf. Lc 16,2), si en esto o en otras cosas
procediera sin discernimiento. 5Y los hermanos
que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de
dos modos. 6Un modo consiste en que no
entablen litigios ni contiendas, sino que estén
sometidos a toda humana criatura por Dios (1 Pe
2,13) y confiesen que son cristianos. 7El otro
modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor,
anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios
omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de
todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y
para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que
no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no
puede entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3,5). 8Estas y otras cosas que
agraden al Señor, pueden decirles a ellos y a otros,
porque dice el Señor en el Evangelio: Todo aquel que
me confiese ante los hombres, también yo lo confesaré
ante mi Padre que está en los cielos (Mt 10,32). 9Y:
El que se avergüence de mí y de mis palabras,
también el Hijo del hombre se avergonzará de él
cuando venga en su majestad y en la majestad del Padre
y de los ángeles (cf. Lc 9,26). 10Y todos los hermanos,
dondequiera que estén, recuerden que ellos se dieron y
que cedieron sus cuerpos al Señor Jesucristo. 11Y
por su amor deben exponerse a los enemigos, tanto
visibles como invisibles; porque dice el Señor: El
que pierda su alma por mi causa, la salvará
(cf. Lc 9,24) para la vida eterna (Mt 25,46). 12Bienaventurados
los que padecen persecución por la justicia, porque de
ellos es el reino de los cielos (Mt 5,10). 13Si
me persiguieron a mí, también a vosotros os
perseguirán (Jn 15,20). 14Y: Si os
persiguen en una ciudad, huid a otra (cf. Mt
10,23). 15Bienaventurados vosotros cuando
os odien los hombres y os maldigan y os
perseguirán y os expulsen y os injurien y proscriban
vuestro nombre como malo, y cuando digan mintiendo
toda clase de mal contra vosotros por mi causa (Mt
5,11; Lc 6,22). 16Alegraos aquel día y
saltad de gozo (Lc 6,23), porque vuestra
recompensa es mucha en los cielos (cf. Mt
5,12). 17Y yo os digo a vosotros, amigos
míos: no os aterroricéis por ellos (cf. Lc 12,4), 18y
no temáis a aquellos que matan el cuerpo (Mt 10,28) y
después de esto no tienen más que hacer (Lc
12,4). 19Mirad que no os turbéis (Mt
24,6). 20Pues en vuestra paciencia
poseeréis vuestras almas (Lc 21,19); 21y el
que persevere hasta el fin, éste será salvo (Mt
10,22; 24,13). Cap. XVII: De los predicadores 1Ningún hermano
predique contra la forma e institución de la santa
Iglesia y a no ser que le haya sido concedido por su
ministro. 2Y guárdese el ministro de
concederlo sin discernimiento a alguien. 3Sin
embargo, todos los hermanos prediquen con las obras. 4Y
ningún ministro o predicador se apropie el ministerio o
servicio de los hermanos o el oficio de la predicación,
sino que, a cualquier hora que le fuere ordenado, deje su
oficio sin contradicción alguna. 5Por eso, suplico en la
caridad que es Dios (cf. 1 Jn 4,16) a todos mis hermanos
predicadores, orantes, trabajadores, tanto clérigos como
laicos, que se esfuercen por humillarse en todas las
cosas, 6por no gloriarse ni gozarse en sí
mismos ni ensalzarse interiormente por las palabras y
obras buenas, más aún, por ningún bien, que Dios hace
o dice y obra alguna vez en ellos y por medio de ellos,
según lo que dice el Señor: Pero no os gocéis
porque los espíritus se os someten (Lc 10,20). 7Y
sepamos firmemente que no nos pertenecen a nosotros sino
los vicios y pecados. 8Y debemos gozarnos más
bien cuando vayamos a dar en diversas tentaciones (cf.
Sant 1,2) y cuando soportemos, por la vida eterna,
cualquier clase de angustias o tribulaciones del alma o
del cuerpo en este mundo. 9Todos los hermanos, por
consiguiente, guardémonos de toda soberbia y vanagloria.
10Y protejámonos de la sabiduría de este
mundo y de la prudencia de la carne (Rom 8,6). 11Pues
el espíritu de la carne quiere y se esfuerza mucho en
tener palabras, pero poco en las obras; 12y no
busca la religión y santidad en el espíritu interior,
sino que quiere y desea tener una religión y santidad
que aparezca exteriormente a los hombres. 13Y
éstos son aquellos de quienes dice el Señor: En
verdad os digo, recibieron su recompensa (Mt 6,2). 14Por
el contrario, el espíritu del Señor quiere que la carne
sea mortificada y despreciada, vil y abyecta. 15Y
se aplica con empeño a la humildad y la paciencia y a la
pura y simple y verdadera paz del espíritu. 16Y
siempre desea, sobre todas las cosas, el temor divino y
la sabiduría divina y el amor divino del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo. 17Y devolvamos todos los
bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos
que todos los bienes son de él, y démosle gracias por
todos a él, de quien proceden todos los bienes. 18Y
el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a
él se le tributen y él reciba todos los honores y
reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las
gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es
bueno (cf. Lc 18,19). 19Y cuando veamos u
oigamos decir o hacer el mal o blasfemar contra Dios,
nosotros bendigamos y hagamos bien y alabemos a Dios (cf.
Rom 12,21), que es bendito por los siglos (Rom
1,25). Cap. XVIII: Cómo deben reunirse los
ministros 1Cada ministro podrá
reunirse con sus hermanos todos los años, donde les
plazca, en la fiesta de San Miguel Arcángel, para tratar
de las cosas que pertenecen a Dios. 2Ahora
bien, todos los ministros que están en las regiones
ultramarinas y ultramontanas vendrán una vez cada tres
años, y los otros ministros una vez cada año, al
capítulo de Pentecostés, junto a la iglesia de Santa
María de la Porciúncula, a no ser que el ministro y
siervo de toda la fraternidad haya ordenado otra cosa. Cap. XIX: Que los hermanos vivan
católicamente 1Todos los hermanos sean
católicos, vivan y hablen católicamente. 2Pero
si alguno se desviara de la fe y vida católica de
palabra o de hecho y no se enmendara, sea expulsado
absolutamente de nuestra fraternidad. 3Y
tengamos a todos los clérigos y a todos los religiosos
por señores nuestros en aquellas cosas que miran a la
salud del alma y no nos desvíen de nuestra religión; y
veneremos en el Señor el orden y oficio y ministerio de
ellos. Cap. XX: De la penitencia y de la recepción
del cuerpo y de la sangre de nuestro Señor Jesucristo 1Y mis hermanos
benditos, tanto clérigos como laicos, confiesen sus
pecados a sacerdotes de nuestra religión. 2Y
si no pueden, confiésenlos a otros sacerdotes discretos
y católicos, sabiendo firmemente y considerando que, de
cualquier sacerdote católico que reciban la penitencia y
absolución, serán sin duda alguna absueltos de sus
pecados, si procuran cumplir humilde y devotamente la
penitencia que les haya sido impuesta. 3Pero
si entonces no pudieran tener sacerdote, confiésense con
un hermano suyo, como dice el apóstol Santiago: Confesaos
mutuamente vuestros pecados (Sant 5,16). 4Mas
no por esto dejen de recurrir al sacerdote, porque la
potestad de atar y desatar ha sido concedida a solos los
sacerdotes. 5Y así, contritos y confesados,
reciban el cuerpo y la sangre de nuestro Señor
Jesucristo con gran humildad y veneración, recordando lo
que dice el Señor: El que come mi carne y bebe mi
sangre tiene la vida eterna (cf. Jn 6,54); 6y:
Haced esto en conmemoración mía (Lc 22,19). Cap. XXI: De la alabanza y exhortación que
pueden hacer todos los hermanos 1Y todos mis hermanos
pueden anunciar, siempre que les plazca, esta
exhortación y alabanza, u otra semejante, entre
cualesquiera hombres, con la bendición de Dios: 2Temed
y honrad, alabad y bendecid, dad gracias (1 Tes
5,18) y adorad al Señor Dios omnipotente en Trinidad y
Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas
las cosas. 3Haced penitencia (cf. Mt 3,2),
haced frutos dignos de penitencia (cf. Lc 3,8), porque
pronto moriremos. 4Dad y se os dará
(Lc 6,38). 5Perdonad y se os perdonará
(cf. Lc 6,37). 6Y, si no perdonáis a los
hombres sus pecados (Mt 6,14), el Señor no os
perdonará vuestros pecados (Mc 11,25); confesad
todos vuestros pecados (cf. Sant 5,16). 7Bienaventurados
los que mueren en penitencia, porque estarán en el reino
de los cielos. 8¡Ay de aquellos que no mueren
en penitencia, porque serán hijos del diablo (1
Jn 3,10), cuyas obras hacen (cf. Jn 8,41), e irán al
fuego eterno (Mt 18,8; 25,41)! 9Guardaos y
absteneos de todo mal y perseverad hasta el fin en el
bien. Cap. XXII: De la amonestación de los
hermanos 1Consideremos todos los
hermanos lo que dice el Señor: Amad a vuestros
enemigos y haced el bien a los que os odian
(cf. Mt 5,44 par.), 2porque nuestro Señor
Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir (cf. 1 Pe 2,21),
llamó amigo a quien lo traicionaba (cf. Mt 26,50) y se
ofreció espontáneamente a quienes lo crucificaron. 3Por
lo tanto, son amigos nuestros todos aquellos que
injustamente nos acarrean tribulaciones y angustias,
afrentas e injurias, dolores y tormentos, martirio y
muerte; 4a los cuales debemos amar mucho,
porque, por lo que nos acarrean, tenemos la vida eterna. 5Y tengamos odio a
nuestro cuerpo con sus vicios y pecados; porque el diablo
quiere arrebatarnos, mientras vivimos carnalmente, el
amor de Jesucristo y la vida eterna, y perderse a sí
mismo junto con todos en el infierno; 6porque
nosotros, por nuestra culpa, somos hediondos, miserables
y contrarios al bien, pero prontos y voluntariosos para
el mal, porque como dice el Señor en el Evangelio: 7Del
corazón proceden y salen los malos pensamientos,
adulterios, fornicaciones, homicidios, hurtos, avaricia,
maldad, dolo, impudicia, envidia, falsos testimonios,
blasfemia, insensatez (cf. Mc 7, 21-22; Mt 15,19). 8Todos
estos males proceden de dentro, del corazón del
hombre (cf. Mc 7,23), y éstos son los que manchan al
hombre (Mt 15,20). 9Pero ahora, después
que hemos dejado el mundo, no tenemos ninguna otra cosa
que hacer sino seguir la voluntad del Señor y agradarle
a él. 10Guardémonos mucho de ser terreno
junto al camino, o rocoso o espinoso, según lo que dice
el Señor en el Evangelio: 11La semilla es
la palabra de Dios (Lc 8,11). 12Y la que cayó
junto al camino y fue pisoteada (cf. Lc 8,5), son
aquellos que oyen (Lc 8,12) la palabra y no la
entienden (cf. Mt 13,10); 13y al punto
(Mc 4,15) viene el diablo (Lc 8,12) y arrebata
(Mt 13,19) lo que fue sembrado en sus corazones
(Mc 4,15), y quita de sus corazones la palabra,
no sea que creyendo se salven (Lc 8,12). 14Y
la que cayó sobre terreno rocoso (cf. Mt 13,20), son
aquellos que, al oír la palabra, al instante la reciben
con gozo (Mc 4,16; Lc 8,13). 15Pero,
llegada la tribulación y persecución por causa de la
palabra, inmediatamente se escandalizan (Mt 13,21), y
éstos no tienen raíz en sí mismos, sino que son
inconstantes (cf. Mc 4,17), porque creen por un
tiempo y en el tiempo de la tentación retroceden (Lc
8,13). 16Y la que cayó entre espinas, son
aquellos (Lc 8,14) que oyen la palabra de Dios
(cf. Mc 4,18), pero la preocupación (Mt 13,22) y
las fatigas (Mc 4,19) de este siglo y la falacia
de las riquezas (Mt 13,22) y las demás
concupiscencias, entrando en ellos, sofocan la palabra y
se quedan sin dar fruto (Mc 4,19). 17Y
la que fue sembrada en buen terreno (Mt 13,23; Lc
8,15), son aquellos que, oyendo la palabra con
corazón bueno y óptimo (Lc 8,15), la entienden y
(cf. Mt 13,23) la retienen y producen fruto en la
paciencia (Lc 8,15). 18Y por eso nosotros
los hermanos, como dice el Señor, dejemos que los
muertos entierren a sus muertos (Mt 8,22). 19Y guardémonos mucho
de la malicia y sutileza de Satanás, que quiere que el
hombre no tenga su mente y su corazón dirigidos a Dios. 20Y
dando vueltas, desea llevarse el corazón del hombre so
pretexto de alguna recompensa o ayuda, y sofocar en su
memoria la palabra y preceptos del Señor, queriendo
cegar el corazón del hombre por medio de los negocios y
cuidados del siglo, y habitar allí, como dice el Señor:
21Cuando el espíritu inmundo sale del
hombre, anda vagando por lugares áridos y secos en
busca de descanso (Mt 12,43); 22y, al
no encontrarlo, dice: Volveré a mi casa, de donde salí
(Lc 11,24). 23Y al venir la encuentra
desocupada, barrida y adornada (Mt 12,44). 24Y
va y toma a otros siete espíritus peores que
él, y, habiendo entrado, habitan allí, y las
postrimerías de aquel hombre son peores que los
principios (cf. Lc 11,26). 25Por lo tanto, hermanos
todos, guardémonos mucho de perder o apartar del Señor
nuestra mente y corazón so pretexto de alguna merced u
obra o ayuda. 26Mas en la santa caridad que es
Dios (cf. 1 Jn 4,16), ruego a todos los hermanos, tanto
los ministros como los otros, que, removido todo
impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud,
del mejor modo que puedan, hagan servir, amar, honrar y
adorar al Señor Dios con corazón limpio y mente pura,
que es lo que él busca sobre todas las cosas; 27y
hagámosle siempre allí habitación y morada (cf. Jn
14,23) a aquél que es Señor Dios omnipotente, Padre e
Hijo y Espíritu Santo, que dice: Vigilad, pues,
orando en todo tiempo, para que seáis considerados
dignos de huir de todos los males que han de
venir, y de estar en pie ante el Hijo del Hombre (Lc
21,36). 28Y cuando estéis de pie para orar
(Mc 11,25), decid (Lc 11,2): Padre nuestro, que
estás en el cielo (Mt 6,9). 29Y
adorémosle con puro corazón, porque es preciso orar
siempre y no desfallecer (Lc 18,1); 30pues
el Padre busca tales adoradores. 31Dios
es espíritu, y los que lo adoran es preciso que lo adoren
en espíritu y verdad (cf. Jn 4,23-24). 32Y
recurramos a él como al pastor y obispo de
nuestras almas (1 Pe 2,25), que dice: Yo soy el
buen pastor, que apaciento a mis ovejas y doy mi alma por
mis ovejas. 33Todos vosotros sois hermanos;
34y no llaméis padre a ninguno de
vosotros en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el
que está en el cielo. 35Ni os llaméis
maestros; porque uno es vuestro maestro, el que está
en el cielo (cf. Mt 23,8-10). 36Si
permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en
vosotros, pediréis todo lo que queráis y se os dará
(Jn 15,7). 37Dondequiera que hay dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos
(Mt 18,20). 38He aquí que yo estoy con
vosotros hasta la consumación del siglo (Mt
28,20). 39Las palabras que os he hablado
son espíritu y vida (Jn 6,64). 40Yo
soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). 41Retengamos, por
consiguiente, las palabras, la vida y la doctrina y el
santo evangelio de aquel que se dignó rogar por nosotros
a su Padre y manifestarnos su nombre diciendo: Padre,
glorifica tu nombre (Jn 12,28), y glorifica a tu
Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti (Jn 17,1). 42Padre,
manifesté tu nombre a los hombres que me diste (Jn
17,6); porque las palabras que tú me diste se las he
dado a ellos; y ellos las han recibido, y han reconocido
que salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
43Yo ruego por ellos, no por el mundo, 44sino
por éstos que me diste, porque tuyos son y todas mis
cosas tuyas son (Jn 17,8-10). 45Padre
santo, guarda en tu nombre a los que me diste, para que
ellos sean uno como también nosotros (Jn 17,11). 46Hablo
estas cosas en el mundo para que tengan gozo en sí
mismos. 47Yo les he dado tu palabra; y
el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como
tampoco yo soy del mundo. 48No te ruego
que los saques del mundo, sino que los guardes del
maligno (Jn 17,13-15). 49Glorifícalos en
la verdad. 50Tu palabra es verdad. 51Como
tú me enviaste al mundo, también yo los envié al mundo.
52Y por éstos me santifico a mí mismo,
para que sean ellos santificados en la verdad. 53No
ruego solamente por éstos, sino por aquellos que han de
creer en mí por medio de su palabra (cf. Jn
17,17-20), para que sean consumados en la unidad, y
conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como me
amaste a mí (Jn 17,23). 54Y les
haré conocer tu nombre, para que el amor con que me
amaste esté en ellos y yo en ellos (cf. Jn
17,26). 55Padre, los que me has dado,
quiero que donde yo estoy, también ellos estén
conmigo, para que vean tu gloria (Jn 17,24) en
tu reino (Mt 20,21). Amén. Cap. XXIII: Oración y acción de gracias 1Omnipotente,
santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo (Jn
17,11) y justo, Señor rey del cielo y de la
tierra (cf. Mt 11,25), por ti mismo te damos gracias,
porque, por tu santa voluntad y por tu único Hijo con el
Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y
corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y
semejanza, nos pusiste en el paraíso (cf. Gn 1,26;
2,15). 2Y nosotros caímos por nuestra culpa. 3Y
te damos gracias porque, así como por tu Hijo nos
creaste, así, por tu santo amor con el que nos amaste
(cf. Jn 17,26), hiciste que él, verdadero Dios y
verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen
la beatísima santa María, y quisiste que nosotros,
cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y sangre y
muerte. 4Y te damos gracias porque ese mismo
Hijo tuyo vendrá en la gloria de su majestad a enviar al
fuego eterno a los malditos, que no hicieron penitencia y
no te conocieron, y a decir a todos los que te conocieron
y adoraron y te sirvieron en penitencia: Venid,
benditos de mi Padre, recibid el reino que os
está preparado desde el origen del mundo (cf.
Mt 25,34). 5Y porque todos
nosotros, miserables y pecadores, no somos dignos de
nombrarte, imploramos suplicantes que nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo amado, en quien bien te
complaciste (cf. Mt 17,5), junto con el Espíritu Santo
Paráclito, te dé gracias por todos como a ti y a él os
place, él que te basta siempre para todo y por quien
tantas cosas nos hiciste. Aleluya. 6Y a la gloriosa madre,
la beatísima María siempre Virgen, a los
bienaventurados Miguel, Gabriel y Rafael, y a todos los
coros de los bienaventurados serafines, querubines,
tronos, dominaciones, principados, potestades (cf. Col
1,15), virtudes, ángeles, arcángeles, a los
bienaventurados Juan Bautista, Juan Evangelista, Pedro,
Pablo, y a los bienaventurados patriarcas, profetas,
Inocentes, apóstoles, evangelistas, discípulos,
mártires, confesores, vírgenes, a los bienaventurados
Elías y Enoc, y a todos los santos que fueron y que
serán y que son, humildemente les suplicamos por tu amor
que te den gracias por estas cosas como te place, a ti,
sumo y verdadero Dios, eterno y vivo, con tu Hijo
carísimo, nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu
Santo Paráclito, por los siglos de los siglos. Amén.
Aleluya (Ap 19,3-4). 7Y a todos los que
quieren servir al Señor Dios dentro de la santa Iglesia
católica y apostólica, y a todos los órdenes
siguientes: sacerdotes, diáconos, subdiáconos,
acólitos, exorcistas, lectores, ostiarios y todos los
clérigos, todos los religiosos y religiosas, todos los
donados y postulantes, pobres y necesitados, reyes y
príncipes, trabajadores y agricultores, siervos y
señores, todas las vírgenes y continentes y casadas,
laicos, varones y mujeres, todos los niños,
adolescentes, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos,
todos los pequeños y grandes, y todos los pueblos,
gentes, tribus y lenguas (cf. Ap 7, 9), y todas las
naciones y todos los hombres en cualquier lugar de la
tierra, que son y que serán, humildemente les rogamos y
suplicamos todos nosotros, los hermanos menores, siervos
inútiles (Lc 17,10), que todos perseveremos en la
verdadera fe y penitencia, porque de otra manera ninguno
puede salvarse. 8Amemos todos con
todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente,
con toda la fuerza (cf. Mc 12,30) y fortaleza, con
todo el entendimiento (cf. Mc 12,33), con todas
las fuerzas (cf. Lc 10,27), con todo el esfuerzo, con
todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los
deseos y voluntades al Señor Dios (Mc 12,30 par),
que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo,
toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos redimió
y por sola su misericordia nos salvará (cf. Tob 13,5),
que a nosotros, miserables y míseros, pútridos y
hediondos, ingratos y malos, nos hizo y nos hace todo
bien. 9Por consiguiente,
ninguna otra cosa deseemos, ninguna otra queramos,
ninguna otra nos plazca y deleite, sino nuestro Creador y
Redentor y Salvador, el solo verdadero Dios, que es pleno
bien, todo bien, total bien, verdadero y sumo bien, que
es el solo bueno (cf. Lc 18,19), piadoso, manso,
suave y dulce, que es el solo santo, justo, verdadero,
santo y recto, que es el solo benigno, inocente, puro, de
quien y por quien y en quien (cf. Rom 11,36) es todo el
perdón, toda la gracia, toda la gloria de todos los
penitentes y de todos justos, de todos los
bienaventurados que gozan juntos en los cielos. 10Por
consiguiente, que nada impida, que nada separe, que nada
se interponga. 11En todas partes, en todo
lugar, a toda hora y en todo tiempo, diariamente y de
continuo, todos nosotros creamos verdadera y
humildemente, y tengamos en el corazón y amemos,
honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos,
glorifiquemos y ensalcemos sobremanera, magnifiquemos y
demos gracias al altísimo y sumo Dios eterno, Trinidad y
Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas
las cosas y salvador de todos los que creen y esperan en
él y lo aman a él, que es sin principio y sin fin,
inmutable, invisible, inenarrable, inefable,
incomprensible, inescrutable (cf. Rom 11,33), bendito,
laudable, glorioso, ensalzado sobremanera (cf. Dan 3,52),
sublime, excelso, suave, amable, deleitable y todo entero
sobre todas las cosas deseable por los siglos. Amén. Cap. XXIV: Conclusión 1¡En el nombre del
Señor! Ruego a todos los hermanos que aprendan el tenor
y sentido de las cosas que están escritas en esta vida
para salvación de nuestra alma, y que frecuentemente las
traigan a la memoria. 2E imploro a Dios que
Él, que es omnipotente, trino y uno, bendiga a todos los
que enseñan, aprenden, conservan, recuerdan y practican
estas cosas, cuantas veces repiten y hacen lo que allí
está escrito para salud de nuestra alma; 3y
ruego a todos, besándoles los pies, que las amen mucho,
las custodien y las guarden. 4Y de parte de
Dios omnipotente y del señor papa, y por obediencia, yo,
el hermano Francisco, mando firmemente e impongo que
nadie suprima nada de lo que está escrito en esta vida
ni añada en la misma escrito alguno (cf. Dt 4,2; 12,32),
y que no tengan los hermanos otra regla. 5Gloria al Padre y al
Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio y
ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. xto |
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