Escritos Completos de San Francisco de Asís |
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| Carta a toda la Orden del Clero | |||||||||||||||||||
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| 1En el nombre de la suma Trinidad
y de la santa Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo.
Amén. 2A todos
los reverendos y muy amados hermanos, a fray A., ministro
general de la religión de los Hermanos Menores, su
señor, y a los demás ministros generales que lo serán
después de él, y a todos los ministros y custodios y
sacerdotes de la misma fraternidad, humildes en Cristo, y
a todos los hermanos sencillos y obedientes, primeros y
últimos, 3el hermano Francisco, hombre vil y
caduco, vuestro pequeñuelo siervo, os desea salud en
aquel que nos redimió y nos lavó en su
preciosísima sangre (cf. Ap 1,5); 4al
oír su nombre, adoradlo con temor y reverencia, rostro
en tierra (cf. 2 Esd 8,6); su nombre es Señor
Jesucristo, Hijo del Altísimo (cf. Lc 1,32), que
es bendito por los siglos (Rom 1,25). 5Oíd, señores hijos y
hermanos míos, y prestad oídos a mis palabras
(Hch 2,14). 6Inclinad el oído (Is
55,3) de vuestro corazón y obedeced a la voz del Hijo de
Dios. 7Guardad en todo vuestro corazón sus
mandamientos y cumplid perfectamente sus consejos. 8Confesadlo,
porque es bueno (Sal 135,1), y ensalzadlo en
vuestras obras (Tob 13,6); 9porque por
esa razón os ha enviado al mundo entero, para que de
palabra y de obra deis testimonio de su voz y hagáis
saber a todos que no hay omnipotente sino él (cf.
Tob 13,4). 10Perseverad en la disciplina
(Heb 12,7) y en la santa obediencia, y lo que le
prometisteis con bueno y firme propósito cumplidlo. 11Como
a hijos se nos ofrece el Señor Dios (Heb
12,7). 12Así pues, os ruego a
todos vosotros, hermanos, besándoos los pies y con la
caridad que puedo, que manifestéis toda reverencia y
todo honor, tanto cuanto podáis, al santísimo cuerpo y
sangre de nuestro Señor Jesucristo, 13en el
cual las cosas que hay en los cielos y en la tierra han
sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente
(cf. Col 1,20). [A los hermanos sacerdotes] 14Ruego también en el
Señor a todos mis hermanos sacerdotes, los que son y
serán y desean ser sacerdotes del Altísimo, que siempre
que quieran celebrar la misa, puros y puramente hagan con
reverencia el verdadero sacrificio del santísimo cuerpo
y sangre de nuestro Señor Jesucristo, con intención
santa y limpia, y no por cosa alguna terrena ni por temor
o amor de hombre alguno, como para agradar a los hombres
(cf. Ef 6,6; Col 3,22); 15sino que toda la
voluntad, en cuanto la gracia la ayude, se dirija a Dios,
deseando agradar al solo sumo Señor en persona, porque
allí solo él mismo obra como le place; 16porque,
como él mismo dice: Haced esto en memoria mía
(Lc 22,19; 1 Cor 11,24); si alguno lo hace de otra
manera, se convierte en Judas el traidor, y se hace reo
del cuerpo y de la sangre del Señor (cf. 1 Cor
11,27). 17Recordad, hermanos
míos sacerdotes, lo que está escrito de la ley de
Moisés, cuyo transgresor, aun en cosas materiales,
moría sin misericordia alguna por sentencia del
Señor (cf. Heb 10,28). 18¡Cuánto
mayores y peores suplicios merecerá padecer quien
pisotee al Hijo de Dios y profane la sangre de la
alianza, en la que fue santificado, y ultraje al
Espíritu de la gracia! (Heb 10,29). 19Pues
el hombre desprecia, profana y pisotea al Cordero de Dios
cuando, como dice el Apóstol, no distingue (1 Cor
11,29) ni discierne el santo pan de Cristo de los otros
alimentos y obras, y o bien lo come siendo indigno, o
bien, aunque sea digno, lo come vana e indignamente,
siendo así que el Señor dice por el profeta: Maldito
el hombre que hace la obra de Dios fraudulentamente
(cf. Jer 48,10). 20Y a los sacerdotes que no
quieren poner esto en su corazón de veras los condena
diciendo: Maldeciré vuestras bendiciones (Mal
2,2). 21Oídme, hermanos
míos: Si la bienaventurada Virgen es de tal suerte
honrada, como es digno, porque lo llevó en su santísimo
seno; si el Bautista bienaventurado se estremeció y no
se atreve a tocar la cabeza santa de Dios; si el
sepulcro, en el que yació por algún tiempo, es
venerado, 22¡cuán santo, justo y digno debe
ser quien toca con sus manos, toma en su corazón y en su
boca y da a los demás para que lo tomen, al que ya no ha
de morir, sino que ha de vivir eternamente y ha sido
glorificado, a quien los ángeles desean contemplar!
(1 Pe 1,12). 23Ved vuestra
dignidad, hermanos sacerdotes (cf. 1 Cor 1,26), y
sed santos, porque él es santo (cf. Lev 19,2). 24Y
así como el Señor Dios os ha honrado a vosotros sobre
todos por causa de este ministerio, así también
vosotros, sobre todos, amadlo, reverenciadlo y honradlo. 25Gran
miseria y miserable debilidad, que cuando lo tenéis tan
presente a él en persona, vosotros os preocupéis de
cualquier otra cosa en todo el mundo. 26¡Tiemble
el hombre entero, que se estremezca el mundo entero, y
que el cielo exulte, cuando sobre el altar, en las manos
del sacerdote, está Cristo, el Hijo del Dios vivo
(Jn 11,27)! 27¡Oh admirable celsitud y
asombrosa condescendencia! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh
sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e
Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra
salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan! 28Ved,
hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él
vuestros corazones (Sal 61,9); humillaos también
vosotros para que seáis ensalzados por él (cf. 1 Pe
5,6; Sant 4,10). 29Por consiguiente, nada de
vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba
todo enteros el que se os ofrece todo entero. 30Amonesto por eso y
exhorto en el Señor que, en los lugares en que moran los
hermanos, se celebre solamente una misa por día, según
la forma de la santa Iglesia. 31Y si en un
lugar hubiera muchos sacerdotes, que el uno se contente,
por amor de la caridad, con oír la celebración del otro
sacerdote; 32porque el Señor Jesucristo colma
a los presentes y a los ausentes que son dignos de él. 33El
cual, aunque se vea que está en muchos lugares,
permanece, sin embargo, indivisible y no conoce
detrimento alguno, sino que, siendo uno en todas
partes, obra como le place con el Señor Dios Padre y el
Espíritu Santo Paráclito por los siglos de los siglos.
Amén. [A todos los hermanos] 34Y, porque el que es de
Dios oye las palabras de Dios (cf. Jn 8,47), debemos, en
consecuencia, nosotros, que más especialmente estamos
dedicados a los divinos oficios, no sólo oír y hacer lo
que dice Dios, sino también custodiar los vasos y los
demás libros litúrgicos, que contienen sus santas
palabras, para que nos penetre la celsitud de nuestro
Creador y nuestra sumisión al mismo. 35Por
eso, amonesto a todos mis hermanos y los animo en Cristo
para que, en cualquier parte en que encuentren palabras
divinas escritas, las veneren como puedan, 36y,
por lo que a ellos respecta, si no están bien guardadas
o se encuentran indecorosamente esparcidas en algún
lugar, las recojan y las guarden, honrando al Señor en
las palabras que habló (3 Re 2,4). 37Pues
muchas cosas son santificadas por las palabras de Dios
(cf. 1 Tim 4,5), y el sacramento del altar se realiza en
virtud de las palabras de Cristo. 38Además, yo confieso
todos mis pecados al Señor Dios, Padre e Hijo y
Espíritu Santo, a la bienaventurada María, perpetua
virgen, y a todos los santos del cielo y de la tierra, a
fray H., ministro de nuestra religión, como a venerable
señor mío, y a los sacerdotes de nuestra Orden y a
todos los otros hermanos míos benditos. 39En
muchas cosas he pecado por mi grave culpa, especialmente
porque no he guardado la Regla que prometí al Señor, ni
he rezado el oficio como manda la Regla, o por
negligencia, o con ocasión de mi enfermedad, o porque
soy ignorante e iletrado. 40Por tanto, a causa
de todas estas cosas, ruego como puedo a fray H., mi
señor ministro general, que haga que la Regla sea
observada inviolablemente por todos; 41y que
los clérigos recen el oficio con devoción en la
presencia de Dios, no atendiendo a la melodía de la voz,
sino a la consonancia de la mente, de forma que la voz
concuerde con la mente, y la mente concuerde con Dios, 42para
que puedan aplacar a Dios por la pureza del corazón y no
recrear los oídos del pueblo con la sensualidad de la
voz. 43Pues yo prometo guardar firmemente
estas cosas, así como Dios me dé la gracia para ello; y
transmitiré estas cosas a los hermanos que están
conmigo para que sean observadas en el oficio y en las
demás constituciones regulares. 44Y a cualesquiera de
los hermanos que no quieran observar estas cosas, no los
tengo por católicos ni por hermanos míos; tampoco
quiero verlos ni hablarles, hasta que hagan penitencia. 45Esto
lo digo también de todos los otros que andan vagando,
pospuesta la disciplina de la Regla; 46porque
nuestro Señor Jesucristo dio su vida para no perder la
obediencia de su santísimo Padre (cf. Fil 2,8). 47Yo, el hermano
Francisco, hombre inútil e indigna criatura del Señor
Dios, digo por el Señor Jesucristo a fray H., ministro
de toda nuestra religión, y a todos los ministros
generales que lo serán después de él, y a los demás
custodios y guardianes de los hermanos, los que lo son y
los que lo serán, que tengan consigo este escrito, lo
pongan por obra y lo conserven diligentemente. 48Y
les suplico que guarden solícitamente lo que está
escrito en él y lo hagan observar más diligentemente,
según el beneplácito del Dios omnipotente, ahora y
siempre, mientras exista este mundo. 49Benditos
vosotros del Señor (Sal 113,13), los que hagáis
estas cosas, y que el Señor esté eternamente con
vosotros. Amén. [Oración] 50Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place, 51para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, 52y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo, que, en Trinidad perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén. xto |
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