Escritos Completos de San Francisco de Asís |
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| Carta a los
Fieles II (Segunda Redacción) |
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En el nombre del Señor, Padre e Hijo y
Espíritu Santo. Amén. 1A todos los cristianos
religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres, a
todos los que habitan en el mundo entero, el hermano
Francisco, su siervo y súbdito: obsequio con reverencia,
paz verdadera del cielo y sincera caridad en el Señor. 2Puesto que soy siervo
de todos, estoy obligado a serviros a todos y a
administraros las odoríferas palabras de mi Señor. 3Por
eso, considerando en mi espíritu que no puedo visitaros
a cada uno personalmente a causa de la enfermedad y
debilidad de mi cuerpo, me he propuesto anunciaros, por
medio de las presentes letras y de mensajeros, las
palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es la Palabra
del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son
espíritu y vida (Jn 6,64). [La Palabra del Padre encarnada: el
Señor Jesucristo] 4El altísimo Padre
anunció desde el cielo, por medio de su santo ángel
Gabriel, esta Palabra del Padre, tan digna, tan santa y
gloriosa, en el seno de la santa y gloriosa Virgen
María, de cuyo seno recibió la verdadera carne de
nuestra humanidad y fragilidad. 5Él, siendo
rico (2 Cor 8,9), quiso sobre todas las cosas elegir,
con la beatísima Virgen, su Madre, la pobreza en el
mundo. 6Y cerca de la pasión, celebró la
Pascua con sus discípulos y, tomando el pan, dio las
gracias y lo bendijo y lo partió diciendo: Tomad y
comed, éste es mi cuerpo (Mt 26,26). 7Y
tomando el cáliz dijo: Ésta es mi sangre del
Nuevo Testamento, que será derramada por vosotros y por
muchos para remisión de los pecados (Mt 26,27). 8Después
oró al Padre diciendo: Padre, si es posible, que pase
de mí este cáliz (Mt 26,39). 9Y se
hizo su sudor como gotas de sangre que caían en tierra
(Lc 22,44). 10Puso, sin embargo, su voluntad
en la voluntad del Padre, diciendo: Padre, hágase tu
voluntad (Mt 26,42); no como yo quiero, sino como
quieras tú (Mt 26,39). 11Y la voluntad
del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, que él nos
dio y que nació por nosotros, se ofreciera a sí mismo
por su propia sangre como sacrificio y hostia en el ara
de la cruz; 12no por sí mismo, por quien
fueron hechas todas las cosas (cf. Jn 1,3), sino por
nuestros pecados, 13dejándonos ejemplo, para
que sigamos sus huellas (cf. 1 Pe 2,21). 14Y
quiere que todos nos salvemos por él y que lo recibamos
con nuestro corazón puro y nuestro cuerpo casto. 15Pero
son pocos los que quieren recibirlo y ser salvos por él,
aunque su yugo sea suave y su carga
ligera (cf. Mt 11,30). [Práctica de la vida cristiana] 16Los que no quieren
gustar cuán suave sea el Señor (cf. Sal
33,9) y aman las tinieblas más que la luz (Jn
3,19), no queriendo cumplir los mandamientos de Dios, son
malditos; 17de ellos se dice por el profeta: Malditos
los que se apartan de tus mandatos (Sal 118,21). 18Pero,
¡oh cuán bienaventurados y benditos son aquellos que
aman a Dios y hacen como dice el mismo Señor en el
Evangelio: Amarás al Señor tu Dios con todo el
corazón y con toda la mente, y a tu
prójimo como a ti mismo (Mt 22,37.39)! 19Por consiguiente,
amemos a Dios y adorémoslo con corazón puro y mente
pura, porque él mismo, buscando esto sobre todas las
cosas, dijo: Los verdaderos adoradores adorarán al
Padre en espíritu y verdad (Jn 4,23). 20Pues
todos los que lo adoran, lo deben adorar en el
Espíritu de la verdad (cf. Jn 4,24). 21Y
digámosle alabanzas y oraciones día y noche (Sal 31,4)
diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo
(Mt 6,9), porque es preciso que oremos siempre y que
no desfallezcamos (cf. Lc 18,1). 22Ciertamente debemos
confesar al sacerdote todos nuestros pecados; y recibamos
de él el cuerpo y la sangre de nuestro Señor
Jesucristo. 23Quien no come su carne y no bebe
su sangre (cf. Jn 6,55. 57), no puede entrar en el
reino de Dios (Jn 3,5). 24Sin embargo, que
coma y beba dignamente, porque quien lo recibe indignamente,
come y bebe su propia condenación, no distinguiendo el
cuerpo del Señor (1 Cor 11,29), esto es, que no lo
discierne. 25Además, hagamos frutos dignos
de penitencia (Lc 3,8). 26Y amemos al
prójimo como a nosotros mismos (cf. Mt 22,39). 27Y
si alguno no quiere amarlo como a sí mismo, al menos no
le cause mal, sino que le haga bien. 28Y los que han recibido
la potestad de juzgar a los otros, ejerzan el juicio con
misericordia, como ellos mismos quieren obtener del
Señor misericordia. 29Pues habrá un
juicio sin misericordia para aquellos que no
hayan hecho misericordia (Sant 2,13). 30Así
pues, tengamos caridad y humildad; y hagamos limosnas,
porque la limosna lava las almas de las manchas de los
pecados (cf. Tob 4,11; 12,9). 31En efecto, los
hombres pierden todo lo que dejan en este siglo; llevan
consigo, sin embargo, el precio de la caridad y las
limosnas que hicieron, por las que tendrán del Señor
premio y digna remuneración. 32Debemos también
ayunar y abstenernos de los vicios y pecados (cf. Eclo
3,32), y de lo superfluo en comidas y bebida, y ser
católicos. 33Debemos también visitar las
iglesias frecuentemente y venerar y reverenciar a los
clérigos, no tanto por ellos mismos si fueren pecadores,
sino por el oficio y administración del santísimo
cuerpo y sangre de Cristo, que sacrifican en el altar, y
reciben, y administran a los otros. 34Y
sepamos todos firmemente que nadie puede salvarse sino
por las santas palabras y por la sangre de nuestro Señor
Jesucristo, que los clérigos dicen, anuncian y
administran. 35Y ellos solos deben
administrar, y no otros. 36Y especialmente los
religiosos, que han renunciado al siglo, están obligados
a hacer más y mayores cosas, pero sin omitir éstas (cf.
Lc 11,42). 37Debemos tener odio a
nuestro cuerpo con sus vicios y pecados, porque dice el
Señor en el Evangelio: Todos los males, vicios y pecados
salen del corazón (Mt 15,18-19; Mc 7,23). 38Debemos
amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que
nos tienen odio (cf. Mt 5,44; Lc 6,27). 39Debemos
observar los preceptos y consejos de nuestro Señor
Jesucristo. 40Debemos también negarnos a
nosotros mismos (cf. Mt 16,24) y poner nuestro cuerpo
bajo el yugo de la servidumbre y de la santa obediencia,
como cada uno lo haya prometido al Señor. 41Y
que ningún hombre esté obligado por obediencia a
obedecer a nadie en aquello en que se comete delito o
pecado. 42Mas aquel a quien se
ha encomendado la obediencia y que es tenido como el
mayor, sea como el menor (Lc 22,26) y siervo
de los otros hermanos. 43Y haga y tenga para
con cada uno de sus hermanos la misericordia que querría
se le hiciera a él, si estuviese en un caso semejante
(cf. Mt 7,12). 44Y no se irrite contra el
hermano por el delito del mismo hermano, sino que, con
toda paciencia y humildad, amonéstelo benignamente y
sopórtelo. 45No debemos ser sabios
y prudentes según la carne, sino que, por el contrario,
debemos ser sencillos, humildes y puros. 46Y
tengamos nuestro cuerpo en oprobio y desprecio, porque
todos, por nuestra culpa, somos miserables y pútridos,
hediondos y gusanos, como dice el Señor por el profeta: Yo
soy gusano y no hombre, oprobio de los hombres y
desprecio de la plebe (Sal 21,7). 47Nunca
debemos desear estar por encima de los otros, sino que,
por el contrario, debemos ser siervos y estar sujetos a
toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13). [Bienaventuranza de la vida teologal] 48Y sobre todos
ellos y ellas, mientras hagan tales cosas y perseveren
hasta el fin, descansará el espíritu del Señor
(Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada
(cf. Jn 14,23). 49Y serán hijos del Padre
celestial (cf. Mt 5,45), cuyas obras hacen. 50Y
son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor
Jesucristo (cf. Mt 12,50). 51Somos esposos
cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a
Jesucristo. 52Somos ciertamente hermanos
cuando hacemos la voluntad de su Padre, que
está en el cielo (cf. Mt 12,50); 53madres,
cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro
cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor y por una conciencia
pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras
santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf.
Mt 5,16). 54¡Oh cuán glorioso y
santo y grande, tener un Padre en los cielos! 55¡Oh
cuán santo, consolador, bello y admirable, tener un
esposo! 56¡Oh cuán santo y cuán amado,
placentero, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre
todas las cosas deseable, tener un tal hermano y un tal
hijo!, que dio su vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15) y
oró al Padre por nosotros diciendo: Padre santo,
guarda en tu nombre a los que me has dado (Jn 17,11).
57Padre, todos los que me has dado en
el mundo eran tuyos y tú me los has dado (Jn
17,6). 58Y las palabras que tú me diste se
las he dado a ellos; y ellos las han recibido y han
reconocido verdaderamente que salí de ti, y han creído
que tú me has enviado (Jn 17,8); ruego por ellos y no
por el mundo (cf. Jn 17,9); bendícelos y santifícalos
(Jn 17,17). 59Y por ellos me santifico a
mí mismo, para que sean santificados en (Jn 17,19) la
unidad, como también nosotros (Jn 17,11) lo somos. 60Y
quiero, Padre, que, donde yo esté, estén también ellos
conmigo, para que vean mi gloria (Jn 17,24) en tu
reino (Mt 20,21). 61Y a aquel que tanto ha
soportado por nosotros, que tantos bienes nos ha traído
y nos traerá en el futuro, y a Dios, toda criatura que
hay en los cielos, en la tierra, en el mar y en los
abismos rinda alabanza, gloria, honor y bendición (cf.
Ap 5,13), 62porque él es nuestro poder y
nuestra fortaleza, y sólo él es bueno, sólo él
altísimo, sólo él omnipotente, admirable, glorioso y
sólo él santo, laudable y bendito por los infinitos
siglos de los siglos. Amén. [De los que no hacen penitencia] 63Pero todos aquellos
que no viven en penitencia, y no reciben el cuerpo y la
sangre de nuestro Señor Jesucristo, 64y se
dedican a vicios y pecados; y los que andan tras la mala
concupiscencia y los malos deseos, y no guardan lo que
prometieron, 65y sirven corporalmente al mundo
con los deseos carnales, los cuidados y preocupaciones de
este siglo y los cuidados de esta vida, 66engañados
por el diablo, cuyos hijos son y cuyas obras hacen (cf.
Jn 8,41), están ciegos, porque no ven la verdadera luz,
nuestro Señor Jesucristo. 67No tienen la
sabiduría espiritual, porque no tienen en sí al Hijo de
Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre; de ellos
se dice: Su sabiduría ha sido devorada (Sal
106,27). 68Ven, conocen, saben y hacen el mal;
y ellos mismos, a sabiendas, pierden sus almas. 69Ved,
ciegos, engañados por nuestros enemigos, a saber, por la
carne, el mundo y el diablo, que al cuerpo le es dulce
hacer el pecado y amargo servir a Dios, porque todos
los males, vicios y pecados salen y proceden del
corazón de los hombres, como dice el Señor en el
Evangelio (cf. Mc 7,21.23). 70Y nada tenéis
en este siglo ni en el futuro. 71Pensáis
poseer por largo tiempo las vanidades de este siglo, pero
estáis engañados, porque vendrá el día y la hora en
los que no pensáis y no sabéis e ignoráis. 72Enferma el cuerpo, se
aproxima la muerte, vienen los parientes y amigos
diciendo: Dispón de tus bienes. 73He aquí
que su mujer y sus hijos y los parientes y amigos fingen
llorar. 74Y mirando alrededor los ve llorando,
se mueve por un mal movimiento, y pensando dentro de sí
dice: He aquí mi alma y mi cuerpo y todas mis cosas, que
pongo en vuestras manos. 75Verdaderamente es
maldito este hombre, que confía y expone su alma y su
cuerpo y todas sus cosas en tales manos; 76por
eso el Señor dice por el profeta: Maldito el hombre
que confía en el hombre (Jer 17,15). 77Y
al punto hacen venir al sacerdote; el sacerdote le dice:
«¿Quieres recibir la penitencia de todos tus pecados?»
78Responde: «Quiero». «¿Quieres satisfacer
según puedes, con tus bienes, por tus pecados y por
aquello en que defraudaste y engañaste a la gente?» 79Responde:
«No». Y el sacerdote le dice: «¿Por qué no?» 80«Porque
lo he dejado todo en manos de los parientes y amigos.» 81Y
comienza a perder el habla, y así muere aquel miserable. 82Y sepan todos que
dondequiera y como quiera que muera el hombre en pecado
mortal sin satisfacción si podía satisfacer y no
satisfizo, el diablo arrebata su alma de su cuerpo
con tanta angustia y tribulación, cuanta ninguno puede
saberlo, sino el que las sufre. 83Y todos los
talentos y poder y ciencia que pensaba tener (cf. Lc
8,18), se le quitará (Mc 4,25). 84Y lo
deja a parientes y amigos, y ellos tomarán y dividirán
su hacienda, y luego dirán: «Maldita sea su alma,
porque pudo darnos más y adquirir más de lo que
adquirió». 85Los gusanos comen el cuerpo; y
así aquél pierde el cuerpo y el alma en este breve
siglo, e irá al infierno, donde será atormentado sin
fin. [Despedida] 86En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. 87Yo, el hermano Francisco, vuestro menor siervo, os ruego y os conjuro, en la caridad que es Dios (cf. 1 Jn 4,16) y con la voluntad de besaros los pies, que recibáis con humildad y caridad éstas y las demás palabras de nuestro Señor Jesucristo, y que las pongáis por obra y las observéis. 88Y a todos aquellos y aquellas que las reciban benignamente, las entiendan y envíen copia de las mismas a otros, y si en ellas perseveran hasta el fin (Mt 24,13), bendígalos el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Amén. xto |
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