| comunión, a
la que había pedido asistir a pesar de estar ya muy enfermo. El
cuadro ha sido considerado a justo título, una de las obras maestras
del pintor aragonés por la emoción religiosa que con intensidad nos
transmite la composición y, desde un punto de vista pictórico, por las
audaces pinceladas con las que Goya trabaja en las vestiduras del
oficiante, no obstante, su textura y materialidad está perfectamente
captada. El profundo sentimiento religioso que tiene este cuadro
contradice esa visión de Goya como pintor anticlerical que tanto se ha
difundido por quienes le van como un pintor del siglo de la Razón y, en
ese sentido, como alguien en quien el laicismo pesa más que las
creencias religiosas. El color de la obra está dominado por negros y
grises que permiten resaltar, por contraste, el dorado del alba del
cura, los jugosos reflejos blancos de su ropa y el rostro macilento del
santo. En cuanto a las fuentes compositivas, los dos personajes
centrales rodeados de una fila de cabezas, el fondo oscuro que anula la
perspectiva, la luz procedente de la parte superior, los bordados
dorados, el rostro cadavérico del santo, la sensación devota en fin,
nos traen a la mente El entierro del Conde de Orgaz de El Greco, sin
tener que acudir necesariamente a otras "últimas comuniones"
de otros artistas. La tradición cree que Goya estudió en su juventud
en los Escolapios de Zaragoza. Esto parece corroborarse por el hecho de
que perdonó una importante suma de dinero a los Escolapios. En el
museo Bonnat de Bayona (Francia) existe un boceto para esta obra. |