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En 1776 Francisco Bayeu concluyó la decoración de dos
cúpulas de la Basílica del Pilar de Zaragoza y el cabildo deseaba que
completase las cuatro restantes. Su trabajo en la Corte se lo impedía por
lo que tras dilatar la cuestión varios años, se decidió finalmente que
fuesen su hermano y su cuñado quienes las pintasen bajo su dirección. Los temas que iban a decorar las cúpulas correspondían a las
invocaciones Regina de la Letanía Lauretana, según lo acordado entre
Bayeu y la Junta de Fabrica del Pilar, con la intervención del escultor
Carlos Salas. Goya pintó a la Virgen como reina de los mártires.
Este encargo, que afrontó con gran ilusión, será, sin embargo,
fuente de un gran disgusto para el pintor al chocar su estilo abocetado
con el academicismo imperante. "En acordarme de Zaragoza y pintura me
quemo vivo", le escribiría a Zapater posteriormente.
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