AMOR Para escapar de ti no bastan ya peldaños, túneles, aviones, teléfonos o barcos. Todo lo que se va con el hombre que escapa: el silencio, la voz, los trenes y los años, no sirve para huir de este recinto exacto -sin horas ni reloj, sin ventanas ni cuadros- que a todas partes va conmigo, cuando viajo. Para escapar de ti necesito un cansancio nacido de ti misma: una duda, un rencor, la vergüenza de un llanto; el miedo que me dio -por ejemplo- poner sobre tu frágil nombre la forma impropia y dura y brusca de mis labios...