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"Soy un computador Hal 9000, producción número 3. Me puse en funcionamiento en la planta Hal de Urbana, Illinois, el 12 de enero de 1997". Así se autodefine, en la novela 2001, una odisea del espacio, de Arthur C. Clarke, el superordenador de la nave Discovery, segundos antes de que el astronauta David Bowman lo desconecte, lanzando su cibernética conciencia al limbo del vacío estelar. Hoy es, por tanto, el día oficial del nacimiento de Hal 9000 y, para celebrarlo, la Universidad de Illinois celebra una ciber-fiesta que contará con la participación -personal o vía Internet- de las más destacadas personalidades en el campo de la investigación sobre Inteligencia Artificial. El propio creador de Hal, Arthur C. Clarke, dirigirá un mensaje a los convocados desde su retiro de Sri Lanka. Con casi 30 años a sus espaldas, 2001, una odisea del espacio -el filme de Stanley Kubrick y la novela que Arthur C. Clarke escribió, a instancias del cineasta, antes del rodaje- sigue siendo un hito ineludible en la historia de la ciencia-ficción literaria y cinematográfica: una obra fuera del tiempo que sigue planteando interrogantes y haciendo correr ríos de tinta. Preguntarse, pues, si Clarke y Kubrick se equivocaron en sus predicciones; preguntarse, en definitiva, si es plausible que, hoy mismo, haya nacido en una planta tecnológica de Illinois un ordenador con consciencia, es algo bastante más serio de lo que pudiera parecer a simple vista. Un clásico nada monolítico, 2001, una odisea del espacio marcó un punto de inflexión tan radical en la historia del cine fantástico como el que, casi 10 años más tarde, marcaría La guerra de las galaxias, de George Lucas. Superproducción de 10,5 millones de dólares, cuya realización ocupó cuatro largos años de la vida de Stanley Kubrick, el filme tuvo su premier europea en el marco de una conferencia de las Naciones Unidas sobre usos pacíficos de la carrera espacial. Experiencia visual tan aparentemente críptica como magistralmente calculada, 2001 sacó el cine de ciencia-ficción del gueto industrial de la serie B para demostrar que no sólo era viable una superproducción del género, sino que sus ambiciosos contenidos podían estar a pareja altura con los mayores logros literarios de la especialidad. 2001 fue, así, el maridaje de dos pesos pesados, de dos cerebros privilegiados capaces de unir fuerzas para cambiarle el rostro al cine contemporáneo: el constructor de perversas simetrías visuales Stanley Kubrick y el optimista soñador de futuros posibles Arthur C. Clarke. En 2001, una de las elipsis más brutales -y elocuentes- jamás vistas, une edad de piedra y futuro con un mensaje elocuente: entre el hueso lanzado por un ancestro del hombre y la nave espacial que desciende al ritmo del Danubio azul no hay más que una insignificante distancia de varios miles de años. Entre el uso de la osamenta animal como arma de guerra y el perfeccionamiento de la tecnología espacial para usos bélicos hay un mero cambio de plano: la brutalidad es la misma. Una brutalidad que, según perturbadora sugerencia de Kubrick el hombre recibe a través del influjo de una inteligencia superior (extraterrestre), encarnada en unos ciclópeos monolitos que parecen hablar con la voz de una partitura de Ligeti. La violencia es el motor de la evolución. El segmento central de 2001 documenta la misión a Júpiter emprendida por una tripulación de cinco hombres -tres de ellos hibernados-, en compañía de la última palabra en Inteligencia Artificial: el computador Hal 9000. Kubrick muestra a Frank Poole (Gary Lockwood) y Dave Bowman (Keir Dullea) como dos seres anodinos e insustanciales suspendidos en el limbo de la asepsia tecnológica. A Hal 9000 no le cuesta nada convertirse en el personaje más carismático de la función. Programado a la vez para no desvelar el sentido último de su misión y para no mentir a la tripulación del Discovery, Hal 9000 canalizará esa contradicción interna a través de un proceso de estrés informático desembocante en tragedia: el superordenador detectará una falsa anomalía en una de las antenas A E.35., que mantienen el contacto con la Tierra, generando una funesta crisis de confianza en Bowman y Poole. En una implacable escalada de tensión, Hal mata a Poole durante una de las salidas del astronauta al exterior de la nave, extermina a los tres tripulantes hibernados y lanza a Bowman al espacio, pero éste logra abrirse paso hasta el interior del Discovery, llegando a su centro neurálgico: la memoria de Hal. En una de las escenas más sobrecogedoras que el cine ha dedicado a la relación entre hombre y máquina, Bowman, flotando en el simétrico espacio de la memoria sintética, desconecta a Hal 9000 mientras mantiene un perturbador diálogo con él: el ordenador va sumergiéndose lentamente en un estado de regresión que culmina en el infantil recuerdo de la canción que le enseñó su programador, Daisy ~ Daisy... dame tu respuesta. El germen creativo de 2001 se halla en un viejo relato de Arthur C. Clarke que poco tenía que ver con supercerebros electrónicos jugando al ajedrez existencial con sus creadores: El centinela, escrito en 1948, se centraba en el hallazgo en la Luna de un ingenio alienígena que, al ser desenterrado, emitía una enigmática señal. En la ficción de Clarke, tal ingenio era una suerte de alarma diseñada para avisar a los extraterrestres de que los humanos habían abandonado su nido terrícola para husmear más allá de su órbita. El relato sirvió de inspiración directa para esa escena de 2001 en la que el doctor Floyd (Wllliam Sylvester) y un grupo de burócratas visitaban ese monolito hallado en suelo lunar. Pero 2001, filme de Kubrick nacido con la intención de convertirse en la proverbial buena película de ciencia-ficción, ofrecía, amén de mayúsculos interrogantes metafísicos, una sombría visión de la evolución del hombre y un diabólico análisis de la relación entre el ser humano y la tecnología que él había creado. Arthur C. Clarke había soñado, en un principio, en un computador semi-inteligente con voz femenina llamado Athena, pero Kubrick le cambió el nombre -y, de paso, el sexo-, convirtiéndole en Hal -siglas de Computador Algorítmico Heurístico, según la novela-. El papel de Hal 9000 en el tapiz narrativo de 2001 era en un principio, meramente funcional: el elemento que permite que el héroe, Bowman, afrontara su transformación mitológica a solas. Hal 9000, personaje esencialmente kubrickiano, supone materialización en clave galáctica de una idea que recorre toda la filmografía del cineasta: el engranaje complejo y bien engrasado en el que se introduce un tan minúsculo como fatal margen de error. Hal 9000 es primo hermano de la máquina del Día del Juicio de ¿Teléfono rojo? ¡Volamos hacia Moscú! y de la Técnica Ludovico en La naranja mecánica. En 2001, un visionario Kubrick imaginó un futuro poblado de logotipos e imágenes corporativas. Firmas como Honeywell Boeing, RCA, Bell Telephone, Chrysler, General Dynamics y la propia NASA participaron activamente en el rodaje, cediendo sus marcas y abundante documentación. Sólo hubo una empresa que salió escamada del asunto: la IBM, que, tras ofrecer su más sofisticado software para el rodaje, no se mostró demasiado contenta de que el ordenador, Hal 9000, resultase ser no sólo una unidad con margen de error, sino un asesino cibernético. Kubrick se vio obligado a eliminar los logotipos de IBM de todas las terminales, pero pudo mantenerlo en otras localizaciones del filme. Diseñar los gráficos de ordenador de Hal 9000 fue, de hecho, una de las primeras tareas encargadas a Douglas Trumbull, una joven promesa de la ilustración fantástica que el rodaje acabaría revelando como mago de los efectos especiales. La voz de Hal 9000 -más hipnótica que la de los astronautas que le dan la réplica: Keir Dullea y Gary Lockwood- es la del actor canadiense Douglas Rain: encontrarla fue una de las tareas más difíciles de un rodaje sembrado de problemas. La primera voz de Hal perteneció al actor Nigel Davenport, que incluso estuvo presente en algunos momentos del rodaje, dando la réplica a los otros actores. El acento marcadamente británico del actor hizo que Kubrick, finalmente, prescindiera de él, aunque la idea de contar con un actor en el rodaje que dialogara con Dullea y Lockvood se había revelado bastante eficaz: el ayudante de dirección de Kubrick tomó el relevo, a pesar de contar con un acento cockney visiblemente inadecuado para un ente informático. Kubrick había decidido encontrar la voz definitiva en la fase de postproducción: el actor Martín Balsam fue una primera opción, rechazada por dar un resultado demasiado emocional, en palabras del cineasta. Douglas Rain se hizo finalmente con el papel. Entre la novela de Clarke y la película de Kubrick hay una diferencia referente a Hal más importante de lo que parece: mientras el escritor lo hace nacer el 12 de enero de 1997, Kubrick sitúa el nacimiento cinco anos antes, el 12 de enero de 1992. Al parecer, los motivos del cambio obedecen a una cuestión de intensidad melodramática: desconectar a un ordenador de nueve años de edad aportaba, a los ojos del cineasta, una mayor resonancia trágica. Clarke, por el contrario, sabía que un ordenador de nueve años era demasiado viejo para convertirse en el corazón de una misión espacial de tan elevada importancia. Pero la pregunta básica que centra los debates de especialistas y eruditos sigue sin respuesta: ¿sería posible que hoy, exactamente hoy, naciera un ordenador como Hal 9000?. En la revista Wired, David Stock, profesor asociado de Ingeniería Eléctrica en la Universidad de Stanford y editor del libro Hal´s legacy: 2001´s computer as dream and reality, formula optimistas declaraciones: "Podemos hacer algunas cosas tan bien como Hal. Tenemos un programa de ajedrez, Deep Blue, capaz de derrotar a todo el mundo -a excepción de una docena de personas-. Construir un ordenador con el poder necesario para desarrollar las funciones de Hal está dentro de nuestro alcance. Establecer una red de unos pocos cientos de superordenadores bastaría para ello". Desmenuzando la utopía tecnológica de 2001, Simson Garfinkel, articulista de Wred, demuestra que, si bien el futuro propuesto por Clarke y Kubrick tiene ciertos aires de plausibilidad, algunos errores de cálculo son notables: el universo de 2001 está exento de una seña de identidad tan decisiva en nuestro porvenir tecnológico como la microelectrónica, la miniaturización del software. El filme, no obstante, acertó en la idea de colocar a un ordenador al mando de una nave destinada a Júpiter: las naves Voyager lanzadas hace 20 años por el Gobierno de Estados Unidos hicieron realidad la idea. Más quimérica parece la noción de un ordenador que, como Hal, sea capaz de mantener una conversación oral con su usuario: la compañía AT&T ha tardado 40 años en desarrollar un programa de reconocimiento de voz capaz únicamente de distinguir seis palabras: sí, no, operadora, tarjeta, tercer número y cobrar. Para Arthur C. Clarke, la señal definitiva de que ha nacido un ordenador como Hal tendrá lugar cuando un sistema de Inteligencia Artificial se revele "capaz de hacer chistes a su propia costa". Precisamente el concepto de conciencia aplicado a ordenadores será una parte de su próximo trabajo literario, 3001. En él promete ofrecer nuevas revelaciones sobre Hal y Frank Poole, el astronauta asesinado por el superordenador en 2001. Este nuevo título se añadiría a 2010: Odisea II y 2061: Odisea III en la lista de secuelas literarias de su crucial clásico. Entretanto, un Stanley Kubrick que recibe sustanciosos derechos por cada libro que Clarke incorpore a la serie, rueda en Londres su primera película en 10 años: un drama sobre la obsesión sexual con Tom Cruise y Nicole Kidman en los papeles principales. El año pasado, su publicista filtró su intención de volver a la ciencia-ficción con una película titulada precisamente AI o sea, Artificial lnteligence. Si el proyecto se materializa, ni nuestro futuro -ni, probablemente, el de los nietos de Hal- será el mismo. Texto: Jordi Costa, El País Semanal, Domingo, 12 de Enero de 1977 |
| Arthur C. Clarke
Palabras de profeta El inventor de Hal es la figura clave en el conocimiento de la ciencia-ficción contemporánea. Con sus textos demuestra ser uno de los visionarios del siglo.
«Cuando un científico distinguido dice que algo es posible», afirma la primera de esas tres leyes, enumeradas en su libro de 1962, Perfiles del futuro, «casi seguramente está en lo cierto. Cuando dice que algo es imposible, muy probablemente está equivocado". Para uno de los visionarios más populares del siglo y los millones de personas que le siguen, esta máxima va de la mano de otra verdad acerca del género literario y cinematográfico de la ciencia-ficción: que ésta no es una disciplina sobre cómo serán las cosas en el futuro, sino, lo que es aún mejor, sobre cómo podrían ser. El creador de 2001, una odisea del espacio nació en una granja de Minehead (Reino Unido) el 16 de diciembre de 1917. Allí pasó su infancia y primera juventud devorando fantasía barata junto a los clásicos de Julio Verne y H. G. Wells. Años después, un joven llamado Carl Sagan leería a su vez al propio Clarke como fuente de inspiración, como reconoció el recién fallecido astrólogo. Tras sobrevivir a Sagan y a Isaac Asimov, Clarke es hoy el mayor símbolo en activo de la ciencia-ficción junto a su otro gran contemporáneo: Ray Bradbury. Instalado en Londres desde 1936, Clarke contribuyó a fundar la Sociedad Interplanetaria Británica y sirvió en la Segunda Guerra Mundial como especialista en radares de la RAF. A su regreso en 1945, desplegó sobre el papel su primera gran profecía tecnológica: en un artículo científico titulado Repetidores extraterrestres sentó la base de la comunicación por satélites instalados en órbitas geoestacionarias. Una de ellas recibió el nombre de Órbita Clarke al empezar a usarse en 1970. Clarke vendió también su primer trabajo de ficción, Rescue party, en 1945, y tres años después acabó sus estudios de Física y Matemáticas en el King's College, en Cambridge. En junio de 1953, Clarke se casó con la americana Marilyn Mayfield, para separarse siete meses después. "No estoy hecho para el matrimonio", dijo en una entrevista muy posterior antes de reconocer "una actitud muy laxa" hacia la bisexualidad. "Uno debe protegerse a sí mismo", dice la segunda ley de Clarke. En 1956, tras adelantar en otro estudio la predicción meteorológica con satélites, se instaló definitivamente en su pequeño paraíso terrenal en Colombo (Sri Lanka). Las secuelas de una poliomielitis le impiden levantarse de una silla de ruedas, lo cual le ha negado el placer de practicar el submarinismo, que le hacía simular la sensación de ausencia de gravedad espacial.
"Mentes como las de Arthur C. Clarke nunca son suficientes en el mundo", declaró Stanley Kubrick en la biografia del escritor. «Es una cantidad de imaginación, inteligencia, conocimiento, aparte de una chispeante curiosidad que a menudo descubre más cosas que las otras tres cualidades". Escribo ciencia-ficción sólo sobre las cosas que sé que son razonablemente ciertas, aunque las extrapolaciones no sean conocidas", dijo Clarke en una entrevista. En la etapa de su carrera que entronca directamente con nuestros días, ha escrito sus libros en colaboración con otros autores, como es el caso de su más reciente lanzamiento, Richter 10 (1996), sobre terremotos. En deferencia a los múltiples seguidores de su misteriosa y lejana existencia, Clarke suele escribir un resumen sobre cada año que pasa y que titula Egograma. Hace ahora justo un año que lamentó que «los satélites de comunicaciones cada vez imponen más demandas sobre mi tiempo, y a veces deseo que esos malditos aparatos no se hubieran inventado nunca. Como temía, cada vez pierdo más tiempo perdido en el ciberespacio». Ésta es la tercera ley de Clarke: «Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indiscernible de la magia». Puede que ninguna nueva tecnología sea capaz de sorprenderle, pero hoy el futuro le respira en el cogote y le recuerda su mortalidad, de la que realmente nunca huyó. 1997 será un año importante para Arthur C. Clarke, que tiene en el tintero varios proyectos de televisión y cine, uno de éstos en colaboración con Steven Spielberg (basado en su novela El martillo de Dios). «Hace años dejé de escribir un diario", escribió Clarke en su Egograma de 1996. «Tener una vida parecía más importante que escribir sobre ella, y al infierno con la posteridad. Como se suele decir: ¿qué ha hecho la posteridad por nosotros?». Texto: Juan Cavestany, El País Semanal, Domingo, 12 de Enero de 1977 |