Comentarios sobre la película A.I.

 

 

 

El oscuro resumen de Steven Spielberg

En la carrera de los grandes directores hay una película que los resume, que muestra todas sus obsesiones. Suelen ser films amargos y terminales (un ejemplo es El ocaso de los Cheyennes, de John Ford, o Marnie, de Alfred Hitchcock). Y también complejos, difíciles de abordar aunque su forma parezca sencilla.

Inteligencia Artificial parece ser un resumen de la carrera de Steven Spielberg. Sin dudas es su película más amarga y desesperanzada, donde, desde la imagen o desde la historia, se dan cita todas sus películas anteriores y la gran obsesión del director: la infancia desamparada. También parece una manera de hacer borrón y cuenta nueva, un riesgo que pocos cineastas de hoy se atreven a correr.

David, el robot con sentimientos, es el hermano de ET, de Peter Pan, del chico perdido de Imperio del Sol, de los nietos de Hammond en Jurassic Park. La discriminación de la que son objeto los robots proviene de La lista de Schindler, las motos monstruosas parecen dinosaurios, la nave que los captura es el reverso malvado de la de Encuentros cercanos. Detrás es estos elementos se esconde la idea de que ni la magia ni la ciencia pueden alterar el hecho de que todo es pasajero, de que nada es inmortal.

La historia de Pinocho sirve a Spielberg como hilo conductor de la película, pero sólo para afirmar que los cuentos de hadas no son reales. Sin dudas, la emoción que la película despierta es la de una pérdida, la de que toda felicidad es pasajera. Al mismo tiempo, el director reflexiona sobre su cine, diciéndole al espectador que no importa si un personaje es un efecto especial: la emoción no depende de la tecnología. De esta manera, cruza la frontera del showman artificial que muchos le han asignado para justificarse en la emoción de los espectadores.

Inteligencia Artificial es un film siempre al borde del disparate, de la lágrima fácil. Pero la complejidad emocional y formal que esconde -algo que el cine de Spielberg no siempre alcanza- equilibran y dan solidez a la película. Si el proyecto original era de Stanley Kubrick, es un toque de inteligencia del director de 2001 cederlo a Spielberg, dado que la historia pertenece sin duda al universo del creador de ET.

Es comprensible que esta película haya sido el mayor de los fracasos del director hasta la fecha en los Estados Unidos. Está muy lejos de la facilidad con que Hollywood hoy concibe sus grande productos: es la antítesis de El Planeta de los Simios, film de otro verdadero artista, esta vez encadenado a un estudio. No reconforta al espectador, y sus aventuras recuperan la verdadera oscuridad del auténtico cuento de hadas.

Hasta la visión sombría del sexo forma parte del asunto, algo que nunca, hasta ahora, apareció en el autor de Tiburón o Indiana Jones.

Muchos quizá critiquen la media hora final, donde -además de un homenaje al célebre final de 2001- se resuelven todos los conflictos. Pero esa resolución no lleva necesariamente a un happy end, sino a un territorio más oscuro: el de la muerte y el de lo que los vivos experimentan ante su inevitabilidad. Es más que seguro que muchos derramarán lágrimas y pensarán que es injusto. Pero cabe recordar que ET nunca más regresó a la Tierra.

Leonardo D'Esposito
© Warner Brothers

 

 

La verdad detrás de A.I.

Parecía una buena idea: llevar a un experto en inteligencia artificial (Philip Klahr) a ver la nueva película de Steven Speilberg A.I. (Artificial Intelligence) y acribillar luego al sujeto con preguntas sobre qué partes de la película tienen un viso de realidad, a la luz del estado actual de la "inteligencia de las máquinas", y cuáles son directamente un delirio.

Pero...¡ay! ni bien empezó la película, el esplendor de esa gran idea pareció opacarse. Resulta que, pese a su título, A.I. en realidad no se trata para nada de la inteligencia artificial. Es una película edulcorada y sin gracia sobre lo que podría ocurrir si el hombre se mira a los ojos con la máquina: lo que sucede es que el hombre le da una patada a la máquina, y la máquina - que trata desesperadamente de suavizar su voz y parecer adorable para que el hombre la ame - termina arrumbada en un rincón.

¿Será posible que alguna vez exista el tipo de robots casi humanos que imagina la película?

- Bien, ciertamente que algo de eso es posible. En definitiva, todo es posible, ¿no?. Pero no es el tipo de trabajo que hacemos. Los temas a los que nos dedicamos hoy en día (en cuanto a investigación en inteligencia artificial) son en su mayoría aprendizaje y resolución de problemas. Ahora, del tipo de cosas que se ve en la película...el amor, por ejemplo. ¿Si estamos trabajando para crear una máquina que pueda amar? No.

El motivo radica en que al ser humano - incluidos los doctores en inteligencia artificial - le es difícil llegar a comprender el amor. (Y eso es lo que hace que la vida sea divertida, ¿no es así?) Desde el punto de vista biológico, sabemos que las emociones son meras sensaciones producidas neuroquímicamente en el cerebro, pero eso no significa que sepamos siquiera cómo empezar a reproducirlas mediante un sistema de reglas incorporadas a una máquina. Podríamos programar todas las características posibles del amor - en otras palabras, las reglas digitales para que una máquina determine que ciertas relaciones son amorosas y otras no - ¿pero sería ese amor humano? No tengo ni la menor idea.

Si fuéramos a tener computadoras capaces de amar antes del fin de este siglo, ¿no debería la gente que trabaja en inteligencia artificial al menos comprender lo que es el amor?

- En la actualidad, no hay necesidad de algo así. Hoy, hay muchos otros problemas más prácticos - aunque también difíciles - en los que estamos trabajando. Por ejemplo, la capacidad para comprender el habla. Ese es un problema muy complejo.

Otra área que se está explorando es lograr que las máquinas imiten el comportamiento humano para ciertas aplicaciones estrictamente definidas. Por ejemplo, que un sitio de Internet actúe tal como lo haría un muy buen vendedor en una tienda: una máquina que pueda recomendar artículos, tal vez, o persuadir sutilmente al comprador, o incluso regatear un precio. Los mayores sitios de e-commerce ya utilizan algunos de estos módulos "inteligentes" en la actualidad - por ejemplo, el motor de recomendaciones de Amazon se puede considerar "inteligente", ya que extrae las preferencias colectivas para hacer inferencias específicas.

Las tecnologías incorporarán cada vez más inteligencia artificial, pero si bien las máquinas serán más "vivas", no necesariamente las consideraremos "inteligentes". Una vez que se generaliza el uso de una determinada inteligencia artificial, deja de ser inteligencia artificial. Por el contrario, la tecnología simplemente se convierte en parte de nuestro mundo cotidiano. Hoy en día no resulta para nada un hecho excepcional que Amazon recomiende libros. E incluso si las máquinas realmente llegan a ser inteligentes, no nos encaminamos necesariamente hacia un mundo de androides. No me parece que sea algo de lo que debamos preocuparnos.

Extraido de La verdad detrás de A.I.
Farhad Manjoo
San Francisco, 2 de julio de 2001

 

 

La Inteligencia Artificial según Spielberg

Los pecados de Spielberg

Desde hace más de veinticinco años Spielberg ha despertado la ira de numerosos críticos y cinéfilos por varias razones, pero quizás la principal es que se le considera culpable de haber desatado la dinámica de comercialización de las películas megamillonarias que rige en Hollywood a partir de la campaña promocional de la cinta Tiburón (1975). Spielberg representa la ruptura con un Hollywood atribulado por las contradicciones de los sesenta y el comienzo de una nueva era de ambición comercial desenfrenada. Le debemos la transformación de los seriales de serie B en atronadores blockbusters. A diferencia de sus contemporáneos de la "generación dorada de los setenta" (Scorsese, Coppola, De Palma y Malick, entre otros), Spielberg optó por la manipulación emocional, ya fuera al presentar el mundo a través de ojos infantiles o al ofrecer lacrimógenas visiones de los desposeídos. No obstante, nadie puede cuestionar el talento ni el instinto cinematográfico del director de Parque jurásico (1993), un auténtico artista del manejo de la luz, un genio de la puesta en escena de secuencias de acción (basta considerar sus mil veces imitadas aventuras de Indiana Jones) y un visionario capaz de crear iconos universales como la amenazante aleta del tiburón, los niños que vuelan en sus bicicletas en E.T. (1982) o la nave de Encuentros en la tercera fase (1977).

Spielberg ha creado numerosas imágenes imponentes y sobrecogedoras, pero quizás nunca antes tan vitales y fascinantes como en su nueva cinta, A.I. inteligencia artificial. Aquí la estética de Spielberg va del surrealismo a Piranesi y de ahí a las videoesculturas de Tony Oursler pasando por las fantasías perversas de los hermanos Chapman. Spielberg nunca ha sido un cineasta que pierda de vista su historia por culpa de los vistosos efectos especiales que utiliza y A.I. no es la excepción; por el contrario, el inmenso arsenal de recursos visuales tiene la función de crear metáforas o bien de acentuar y contrapuntear las emociones de los personajes. Imágenes devastadoras y hermosas como un robot abandonado en el fondo de una alberca, Manhattan cubierta por las aguas, el intento de suicidio de Dave y el encuentro con el Hada Azul son visiones desesperanzadas que representan de manera brillante la muerte del afecto en una sociedad infantilizada, incapaz de valorar sus emociones y dispuesta a desechar hasta sus obras más sublimes.

La inocencia de las máquinas

Uno de los elementos más notables de la cinta tiene lugar cuando Dave se encuentra con Gigolo Joe (Jude Law), quien también debe escapar de los humanos. Joe es también un androide programado para amar, pero su especialidad es el amor físico. Dos máquinas creadas para relacionarse íntimamente con el hombre (la mujer) y para dar placer de dos formas completamente distintas tienen en común una profunda inocencia que evoca la pureza cósmica del et. De igual manera, el viaje de Dave, Joe y el oso de peluche, Teddy, en busca del Hada, recuerda tanto al Mago de Oz (Victor Fleming, 1939) como al viaje desesperado que hacen los replicantes Nexus 6 a la tierra para encontrarse con su creador y exigirle que les extienda la vida en Blade Runner (Ridley Scott, 1982). A pesar de que cada uno de estos viajes es distinto en naturaleza y en los métodos usados para tratar de conquistar lo anhelado, todos se caracterizan por un deseo casi infantil de satisfacer deseos elementales: Dorothy y Toto quieren volver a casa, Roy Batty y los demás replicantes quieren vivir más y Dave quiere ser humano para que su mamá lo quiera.

Laberinto filosófico

Es muy probable que Kubrick haya decidido no filmar A.I. debido a la intrínseca complejidad filosófica de la historia. Kubrick había explorado en 2001: Odisea del espacio (1968), al lado de Arthur C. Clarke, la evolución de la humanidad, del simio al hombre y de éste a Hal 9000; aunque la computadora es desactivada, el filme concluye con un feto cósmico que habrá de tomar nuestro lugar. No hay duda que para Kubrick el hombre era una especie condenada e irredimible; en cambio, Spielberg cree sin reservas en nuestra humanidad, la cual se manifiesta tanto en los niños que pueblan sus cintas, como en Schindler o en los soldados que pierden la vida para rescatar a Ryan. La colisión entre estas visiones es muy obvia en A.I. Por un lado sentimos repugnancia por la crueldad de los humanos en contra de los mecas (o androides mecánicos). Las masas vociferantes que celebran la destrucción de los mecas serían equivalentes a los fanáticos que aplauden una quema de libros inmorales o de pokemones. Pero por otra parte la humanidad amenazada con la extinción ve la proliferación de los mecas como un auténtico peligro para la supervivencia de la especie, ya que se trata de seres que un tienen instinto de conservación, a pesar de que no suplican por su vida en los flesh fairs, sí tratan de escapar a sus captores. Los robots tratan de sobrevivir en la clandestinidad y tienen un sentido de la dignidad que los lleva a tratar de repararse con los pedazos desechados de sus semejantes destruidos. Dave, quien es mucho más sofisticado que el resto de los mecas, nos obliga a preguntarnos: ¿qué es la consciencia?, ¿es la inteligencia evidencia de la existencia del espíritu? Y lo más importante: ¿qué es lo que nos hace humanos? Spielberg asume que al ser capaz de amar, Dave tiene espíritu; sin embargo, en el mundo de los hombres es sólo el prototipo de una línea de productos. El director y guionista hace un trabajo espléndido al usar un cuento de hadas para reflexionar en torno al impacto de la tecnología en el espíritu y en la trascendencia del hombre. Lamentablemente, la cinta pierde coherencia cuando Spielberg trata de responder a los problemas morales de la historia con una mezcla de evocaciones metafísicas y añade un forzado epílogo en el que redime a su personaje mediante un artificio gratuito que involucra los poderes ineluctables de seres superinteligentes y etéreos de otro mundo.

Naief Yehya
La Jornada Semanal. México.
11 de septiembre de 2001

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