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1ª Bienaventuranza
Bienaventurados los pobres de espíritu
porque de ellos es el Reino de Dios
Humildad: puerta
para la Unidad
1. Ejercicio
Inicial
Toma conciencia de tu respiración. Comienza a observar las distintas cosas
que hay a tu alrededor y sintoniza tu ritmo de inhalación y exhalación con
lo que vas observando, como si cada cosa respirara; observa la conexión
que vas creando cuando «respiras con» objetos distintos, con árboles,
Cielo o naturaleza de algún tipo y personas u objetos.
En grupo: a la cuenta de 5 cada uno va a comenzar a cantar (no importa si
sabe o no hacerlo) durante un rato una canción que le guste. En la segunda
parte, cerrando los ojos, a la cuenta de 5 comienzan a cantar sin letra
cualquier melodía mientras van escuchando la melodía de los demás (notarán
que a medida que va pasando el tiempo se van sintonizando). Al final
comparten conclusiones.
Otro ejercicio puede ser: una persona se acuesta y la siguiente hace lo
mismo apoyando su cabeza en el estómago de la anterior. Así con todos. Al
cabo de un rato verán cómo se sintoniza el ritmo de la respiración de
todos.
2. Reflexión
La pobreza de espíritu hace referencia a un corazón sencillo y humilde,
que busca la pureza y concede espacio a la fuerza de Dios, lo que
significa permitir el amor, la sabiduría y todas las virtudes —que son Él—
actuar en tu vida. Estas poderosas cualidades hacen que te dispongas como
un instrumento que forma parte de esta enorme sinfonía que es el Universo
y como instrumento puedes potenciar tu participación dejándote guiar por
el director, de forma que te unas en un mismo ritmo, sin demoras o
adelantos inapropiados, a un trabajo de conjunto donde todos somos
importantes.
Así, la humildad y la pureza preparan tu espíritu para asumir un papel con
la humanidad, para respirar con ella en el mismo aliento de vida. Dicha
fuerza va llenando tu corazón, fortaleciéndolo contra la corrupción y
convirtiéndolo en transmisor de la luz que vas experimentando.
De este modo el Reino también te pertenece, con sus principios e ideales,
en tanto tu voluntad concede a Dios el poder de guiar y transformar tu
vida en el Cielo. Escuchar la Palabra y saberse bajo el orden del amor de
Dios, despierta en ti lo necesario para actuar y hacerte cada vez más
pobre de espíritu.
3. Trabajo Individual
a.
¿A qué velocidad andas por la vida normalmente?
b.
¿Qué dificultad tienes para permitir que Dios guíe?
c.
¿En qué aspectos o momentos de tu vida notas la falta de humildad?
4. Ejercicio Final
Cuando sientas que tu ritmo de vida marcha a una velocidad que no favorece
tu conciencia o vitalidad, concédete un momento para relajarte y tomar
contacto con tu respiración, permitiéndole su ritmo natural. A medida que
le das tu atención, ella va tomando un ritmo con el que va oxigenando con
más eficiencia tu cuerpo y todas sus funciones.
Nota la relación de tu respiración con el ritmo cardíaco y circulatorio.
Siente la sangre avanzando apropiadamente hacia cada parte de tu cuerpo.
Ahora observa el ritmo de tu sistema nervioso que se une al de la
respiración y el corazón; siente que tu ánimo se hace uno con el resto del
cuerpo.
Toma tiempo para sentir todo tu cuerpo, tus sentimientos y pensamientos.
Siente que están en unidad. Únete a la respiración de la Tierra, de la
naturaleza, que mantiene su unidad.
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