Asombra que la Ley Canaria de Patrimonio Histórico, especifique la presencia de la Real Academia de Bellas Artes, como una entidad que presuntamente tiene que salvaguardar el bien hacer, la fiabilidad más absoluta, de cualquier edificio que haya de ser sometido a restauración, según el leal saber y entender de sus propios arquitectos académicos, popes de turno, que se creen con el derecho de reformar, alterar, repensar y por supuesto interpretar obras, o más aún, en el derecho de reconvertir una edificación de utilidad concreta, especificada y limitada, en otra de utilidad perentoria, al margen de los pensamientos iniciales de sus creadores. Es decir, desde la Real Academia se actúa como juez y parte y sobre todo con patente de corso, ya que son esencialmente los arquitectos académicos los que aparecen como restauradores en casi todos los edificios que se tocan en Canarias. Hay cuestiones en rehabilitación que no merecen más asunto que el de escuchar que es lo que está diciendo y pidiendo el edificio. Una reposición de cubierta, un revoco de consolidación, una solución a aquella humedad capilar que afecta a los cimientos, la búsqueda de un buen acristalamiento o la disposición de una doble ventana, el sellado de un pavimento que se ha abierto con los años; el anclado de una sillería que está permitiendo el desplazamiento de una clave de la arquería principal. Cualquier otra cosa de menor o mayor cuantía donde solo se precisa evitar un deterioro irreversible que nos ayude a la conservación del histórico sitio, al que habrá que entrar sin documento de identidad, para que no se entere de que quien lo hace es técnico cualificado. Es entonces cuando el edificio calla, enmudece y se hermetiza. Es entonces cuando todo comienza a peligrar. Y digo que asombra que se especifique la presencia de la Real Academia de Bellas Artes y no se contemple la de especialistas concretos, de gentes que hayan trabajado intensamente el patrimonio, de entidades de estudio que tengan amplios conocimientos y suficientes investigaciones, de centros de estudios y divulgación del patrimonio, con gentes de profesiones diversas que son capaces de determinar deformaciones, alteraciones, patologías y otras anomalías que no precisan necesariamente de arquitectos porque ya la obra de arquitectura está realizada y en muchos casos las patologías que sufre son debidas a deformaciones producto de una mala ejecución material. Por lo general la rehabilitación precisa de poca arquitectura y de mucha observación y sensibilidad. Necesita de análisis y profilaxis, más que de brutalismos de hormigones y aceros. Más de amor y desvelo que de amputaciones y prótesis. El patrimonio necesita de mimo y no de prepotencia. Porque hoy, la arquitectura, ha dejado de ser una Bella Arte, y queda demostrado que sus actuantes abandonaron técnicas y asumieron otros roles que nos han llevado a la arquitectura que ahora mismo se hace en Cabo Llanos o se reitera hasta la saciedad en todos los ángulos, más o menos obtusos, de las islas. Se da el caso que arquitectos miembros de la Real Academia firman obras o proyectos de restauración, cuando lo que deberían hacer es vigilar las obras que realizan otros arquitectos o técnicos. Son jueces y parte. Y eso no parece adecuado, no parece ético, no responde a unas adecuadas fórmulas por el respeto patrimonial. ¿Quién aconseja a quién?. ¿Quién dice a estos arquitectos que tienen patentes de corso, que las cosas no son como ellos dicen?. ¿Por qué esta prepotencia?. Conociendo los dislates que desde el sector de arquitectos se cometen en Planes de Ordenación Urbana y ejemplos hay para dar y repartir, las aberraciones que se han cometido en rehabilitaciones o restauraciones arquitectónicas, y sobre todo el desprecio olímpico que tienen determinados técnicos de la arquitectura, hacia edificios históricos a los que no dudan en hacer añadidos que desfiguran su primitiva factura, ante la inoperancia de propietarios o entidades responsables, resulta sorprendente que las autoridades de la Real Academia no pongan coto y remedio desde dentro para hacer cumplir lo que se les pide desde fuera: el respeto y el mantenimiento del Patrimonio Histórico. Por ejemplo qué opinión le merece a la Real Academia las obras de rehabilitación del Teatro Leal y lo que trae consigo de demolición de dependencias históricas de una casa colindante. O qué dirá de la cubrición del patio de la casa de los Jesuitas y la construcción de un ascensor, con una notoria modificación del plano primitivo de un monumento histórico. Seguiremos preguntando.

Patrimonio Real
Adrián Alemán de Armas
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