Se nota que en el casco histórico de La Laguna cada día vive menos gente. Hay infinidad de casas deshabitadas, locales abandonados, techos caídos, vestigios de edificios sin cuidado, ventanas tapiadas, revocos descarnados, carpinterías deslucidas, todo lo cual produce una sensación de abandono que aunque esté salpicado aquí y allá en algunas aceras y en concretas manzanas, la sensación para quien pasea es que la ciudad se está quedando sin habitantes, con lo que se propicia el desplome de inmuebles y su sustitución posterior cuando no el abandono y la desidia exigen la demolición y, con ello, la desaparición de otro hito más de la escena urbana. Ejemplos hay para ilustrar, adecuadamente, esta afirmación. Pasear por San Agustín, La Carrera, El Agua, Capitán Brotons o Anchieta, por citar solo un itinerario, nos da la justa medida de cuanto ahora digo. Y esos edificios ya llevan años vacíos, años en los que muchos de sus propietarios han ido descalzando paredes, levantando tablas, corriendo tejas, abriendo grifos y descarnando revocos exteriores, propiciando un envejecimiento prematuro de economías frenadas, e incluso en muchos de ellos ni eso se ha hecho, solo ha tenido que esperarse un par de siglos o cerrar el edificio y dejarlo a la buena de Dios, y mientras vemos como se multiplican por ciento los valores inmobiliarios y, cuando se construye, la calidad edificatoria se rebaja por miles, porque la mala ejecución material, es la constante en los últimos tiempos. Si tenemos en cuenta que la tendencia de la administración es adquirir cada día menos inmuebles para destinarlos a funciones públicas y por otro lado que los propietarios cuenten con que se les puedan adquirir sus inmuebles para que se instalen museos o instituciones lúdicas, nos encontramos ante el dilema de qué hacer con esos grandes edificios, con excesivas habitaciones de amplias dimensiones, con grandes patios y huertas, realizadas hace tres o cuatro siglos, donde cualquier retoque puede deshacer cualquier presupuesto familiar, cuanto más pensar en rehabilitar. Qué hacer con un patrimonio que requiere una singular atención para evitar que se deshabite, para colaborar a que se cree vida urbana, para potenciar el comercio, y que sus costes puedan ser asumidos porque se les puede sacar rentabilidad, con lo que la ciudad puede volver a emerger. Las semanas pasadas estuve en Sevilla visitando algunos inmuebles rehabilitados donde se han cuestionado reformas, aparentemente adecuadas, sin que con ellas se deba romper el esquema inicial del edificio como tal y, sin embargo, se realizaron transformaciones útiles, que propician otros usos o incluso el propio uso de vivienda, donde se ofrecen soluciones de tres o cuatro apartamentos, en el antiguo edificio, con cambios mínimos y propuestas ingeniosas que nos permiten ver y disfrutar de la totalidad, donde los costes pueden ser asumidos, porque encontrarán el respaldo de una rentabilidad que garantice el esfuerzo realizado. Los patios quedan como espacios comunes y determinadas piezas, de la segunda crujía, juegan el papel de distribuidores y, también, de espacios comunes de circulación. Esta solución, con mucho tiento y mucho rigor, debería ser evaluada tomando como ejemplo unos cuantos edificios y someterlos a juicio por parte de estudiosos del planeamiento, como se hace en otros lugares permitiendo, con ello, alternativas coherentes y soluciones puntuales a inmuebles que tienen difícil salida. No sé si este tipo de soluciones se pueden aportar desde el planeamiento especial que ahora está en curso de adjudicación (Plan Especial); incluso no sé si este tipo de cuestiones se pueden enunciar, pero está claro que cuando se destruye el patrimonio, se elimina, se machaca, nadie respira, nadie dice nada, ni desde la corporación, ni desde UNESCO, ni desde el Cabildo o el Gobierno. Por lo que creo que es hora de que los expertos en patrimonio, - historiadores, arquitectos, arqueólogos, geógrafos, restauradores y creativos- se sienten a estudiar soluciones y a arbitrar alternativas, que potencien los edificios, ayuden a sus propietarios a afrontar la pesada carga que gravita sobre sus inmuebles y permitan que la ciudad no se convierta en un decorado vacío, en una tramoya fantasmagórica y en un patrimonio mundial inanimado y cruelmente despojado de vida. La ciudad merece vida.

Rehabilitar para vivir

Adrián Alemán de Armas
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