Vuélvese a hablar del Patrimonio, en La Laguna, desde lo mercantil, desde lo económico, desde lo material. Me informan que dejar la ciudad "chachi" cuesta casi cuatro mil millones y dura más de una legislatura. Que bien. Y lo poco que costó cargársela. Se sigue pensando que lo patrimonial es lo caro, devolverle vejez haciendo limpieza hasta de escaparates. Hacerla patrimonial por un decreto de hacienda y no por la cultura que derrama. Esa cultura que está ahí, y brilla con luz propia bajo los oropeles de la posmodernidad. Sólo hay que detectarla, saber descodificarla, poder sentirla y convertirla en paradigma. Lo patrimonial es esencialmente un sentimiento. Ser patrimonio de la humanidad es un orgullo que habrá que darlo a conocer en la escuela, llevarlo a las asociaciones de vecinos y pregonarlo a los cuatro vientos. Hay que enseñarlo porque es un nuevo concepto al que no estábamos acostumbrados. Es un hecho cultural y un sentimiento que se va arraigando y llegando a formar parte de tu propia identidad. Las calles pueden ser peatonales sin necesidad de repavimentarlas. Ya habrá tiempo. Dejemos que los ciudadanos las tomen y las disfruten como se hace los Viernes Santos. Sólo se precisa prohibir la circulación de vehículos. Con el tiempo, cuando todo el mundo se convenza de lo beneficioso que es tener una ciudad peatonal, que se estudie pavimentarla a cuarenta mil pesetas el metro cuadrado (casi con mármol de Carrara). Que los políticos no se den prisa. Que supriman las cada día más abundantes señales de tráfico colgadas en las paredes y las dispongan en el suelo. Que eliminen los cables de luz y teléfono y los cables que sujetan los cables de las festividades. Que controlen los anuncios de los comercios y unifiquen las luminarias de calles y avenidas. Que controlen, también, las pintadas y las panfletadas, que cuiden el deterioro que producen los contenedores de basura en determinados lugares de la ciudad, y, que establezcan programas de educación ciudadana. Y como la gente también es patrimonio que procuren cuidar el tesoro etnográfico de quienes lo han creado, a lo largo de decenios, y eviten que lo dilapiden los especuladores como es el caso del recientemente fallecido don Vicente Falcón del que ya hablaremos.
Patrimonio mundial