Es de agradecer la situación esperanzada en la que ha quedado La Laguna, después de la acción correcta y prudente, ejercida por la máxima autoridad municipal, en relación con el Teatro Leal y la posibilidad de demolición de la trasera de la casa Porlier, que ha quedado sin efecto por una acertada decisión, espero que llena de reflexión, que nos permite pensar que algo puede estar cambiando en la mentalidad de los gobernantes, que hasta la fecha habían permanecido mudos, ante tanta demanda social, que pedía respeto y cordura hacia el patrimonio edificado, expuesto siempre a la más implacable roturación. Es curioso que hayan tenido que pasar doce años, para que quienes tienen la potestad de resolver cuestiones que a la vista están, que tanto asesoramiento cultural, histórico, arquitectónico, patrimonial, jurídico y hasta político tienen, no hubieran decidido proteger un edificio que siendo, o no siendo, trasera de otro, forma parte de la base estructural de la ciudad del siglo XVII y por lo tanto mantiene valores arquitectónicos básicos para entender los modos de distribución y especialmente los modos de construir, las antiguas maneras de entender los morteros, las carpinterías y, por supuesto, las propias estructuras y las singulares distribuciones. Y si esto no le interesa a los políticos, sí le conviene conocer a la sociedad, en la que casi nunca se piensa y de la que sólo se pide su voto cada cuatro años, y se le trata de hacer ver que lo moderno es más valioso que lo histórico y que estas cosas del patrimonio son unas cuestiones de pataletas y majaderías universitarias, que defienden unos impresentables que están celosos de la actividad política o, cuando no, son cosas que se propician desde la oposición, pagadas con el oro de Moscú. Por lo menos esa es la sensación que uno percibe cuando habla con quienes tienen responsabilidades políticas en materia de Patrimonio o de Cultura. El Teatro Leal, terminado en 1915, marca la historia local de un siglo de cinematografía, de actividad circense, de teatro, de comedia, de coros, de discursos, de bailes, de estudiantes, de familias acomodadas, de actividad popular, de tal forma que cuando se ponga en funcionamiento muchos irán a recordar los viejos sonidos que surgirán de su propio telar, donde las añejas cuerdas y los listones y las roldanas y los ganchos de atado, y los telones rojos y las luminarias y los focos, y los viejos camerinos -todos seguramente renovados-, darán una nueva dimensión donde sólo la envolvente de los cuadros de López Ruiz o de Manuel Verdugo, los hermosos lienzos del techo con aquellas figuras singulares, las máscaras teatrales, doradas, de encima de la boca del escenario, y el perfecto semicírculo de su patio de butacas, darán señas inequívocas de las grandes condiciones acústicas y de la señera caja de bombones que siempre fue, para propios y extraños, todo aquel contenedor donde los ya mayores vimos nuestro primer cine y la generación actual no lo ha conocido ni lo ha disfrutado, por la dejadez política, la lentitud en ejecutar acciones de renovación, y por el grave error de no entender que el teatro es el que es y lo que colinda es otra cosa, que necesariamente habrá que respetar. Leal y de Ilustre Historia, son los últimos adjetivos que unidos al de Fiel adornan la Ciudad de La Laguna hoy Patrimonio de la Humanidad. La lealtad es una gran cualidad que debemos ostentar como uno de los grandes valores a defender y a practicar para una convivencia pacífica. La ciudad inanimada y sin embargo solemne, no conoce de retóricas, solo sabe dar cobijo a quienes la aman y a quiénes sirve. Que este acto de respeto que han tenido las autoridades insulares y municipales para con el Teatro Leal y por supuesto para con la casa Porlier, sirva de ejemplo para con él respetar todos aquellos edificios que un día puedan interponerse entre intereses económicos y resoluciones políticas. La Laguna tiene un singular número de edificios, leales y de ilustre historia, cuyos solares son muy apetecibles para propios y para extraños. Al fin y al cabo, algún día se dirá que son casas viejas cuyos espacios servirán para realizar una labor cultural y con este letrero, se condenarán aunque formen parte del Patrimonio de la Humanidad. Este acto de respeto a la casa de Porlier, y por añadidura al Teatro Leal, debe ser todo un ejemplo que las futuras generaciones comprenderán y agradecerán.

Leal y de ilustre historia
Adrián Alemán de Armas
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