Y sin duda, ahora, estoy reviviendo la Ciudad y quiero apresarla como creo que la sentí y la palpé. Rocé con las manos las paredes caleadas, interpreté las texturas de sus maderas, contemplé los desniveles de sus aleros, pisé las hierbas nacidas entre los adoquines y los empedrados, me iluminé con sus luces guía. Conocí a gentes de otras generaciones que ya no están entre nosotros, aprendí de ellos lo que se aprende en los pueblos pequeños. Y ahora, al revivirla, parece que he vuelto a nacer en esta Ciudad tranquila de los conventos y de las huertas del poeta.. Mi Ciudad es tranquila, aunque sea ruidosa, sus calles son serenas, a pesar de la agresividad de algunos ambientes y sus casas son conchas donde me refugio, o nidos donde me cobijo, a pesar de los fríos inviernos. Así la siento, así la sueño, así la vivo. Mi Ciudad es una abuela de quinientos años y como nieto la mimo y la atiendo. Porque los recuerdos y las vivencias de las antiguas ciudades se reviven en la memoria; las ciudades del pasado serán en nosotros imperecederas. Por eso seguramente alguien pensará que me he vuelto ecólatra, defensor a ultranza del medio, pero de un medio del pasado, nostálgico, ignorando el presente y negando el futuro. Nada más lejos. Pero si la ecolatría se definiera como veneración del medio donde nos desarrollamos los seres humanos y como reverenciación para tomarlo como arquetipo, soy ecólatra, porque trato de recuperar un medio que otros me hurtaron, transformaron y destruyeron, a sabiendas que había más espacio donde hurgar, más superficies donde especular y más razones para respetar un histórico pasado. Estos marcaron unas pautas de conducta, rompieron un pasado glorioso para limitarnos a un futuro esperpéntico. A La Laguna le robaron más de cincuenta años de historia de la arquitectura, precisamente la contemporánea, cuando no destruyeron antiguas morfologías para implantar unas propuestas absurdas, de las que me siento dolorido. Por eso siempre preferí sentirla desde arriba, rozar la piel con los líquenes perennes y los verodes altos enraizados en polvos que trae el viento norte, mezclado con olor de aceviño, de laurel y viñático. Estar un rato contemplando las líneas sinuosas de la teja centenaria, ahora corta, más allá estrechando la canal y arriba, sobre la cumbrera, rematando el punto de armadura. Las ciudades siguen siendo más sinceras, más tuyas, desde lo alto. Allí no se atreven a hurgar manos irresponsables que todo lo transforman y lo mutilan. Las ciudades antiguas tienen, allá arriba, el último ejemplo de su autenticidad. Seguramente, durante años, ha pisado el experto que camina seguro y rotundo: retoca aquí, sustituye en otro lado, remata con mortero un caballete y limpia los cascajos y las hierbas, ya resecas, bajo las cobijas. La trama de cumbreras y canales, de limas y faldones, de patios y azoteas vetustas, se arremolinan en el entorno de aquel pequeño recinto que ahora se me antoja capaz de contar las mil y una historias de los últimos cinco centenarios. Si aquellas tejas están allí, auténticamente añejas, como así será ciertamente, y pudiéramos llevarlas al oído como caracolas, nos dejarían escuchar los cantos gregorianos del convento, las risas de las monjas desde el ajimez, más allá de lo más alto de la línea del cielo del siglo XVII, donde subían a ver el mundo exterior, después de una madrugada de rezos y plegarias de un día de ora et labora silencioso, bajo las siete llaves de la madre priora y la portera, como cuando subíamos al monte los jueves de recreo. Si aquellas antiguas tejas están allí, y lo están porque así es, volveríamos a escuchar desde el tornavoz de su concavidad las voces inconfundibles, en la línea del cielo del siglo XVIII, de los contertulios de Nava, ilustrados maestros en una Francia camino del progreso, aprendices de conspiradores en una España absolutista y mísera. Y como están allí, auténticamente ciertas, utilizándolas como trompetillas pegadas al oído, sentiremos las voces de los plenos del Cabildo y las lamentaciones de los encarcelados y el llanto de aquel caballero que va a ser ajusticiado por haber raptado a una novicia del convento de enfrente. Pináculos, linternas, chimeneas y cruces. Muros altos donde pueden anidar las cigüeñas, incluso los canarios y mirlos, en las concavidades de gárgolas y aleros. Los vacíos dejados por los patios, claustros con columnas rojizas, amorfas, desgastadas y sin embargo erguidas, soportando las grandes escuadrías de tea en las que descansan los pares y las tablas. Allí la vegetación, abrigada por el soco claustral, amenaza los cimientos y arrebata revestidos y tablas y repta por tejados, confundiendo su verde con las cerrajas lechosas de los bordes. Desde lo alto una palmera sacude sus hojas entre el piar de crías, y una araucaria acuchilla la bruma que enmohece las losas y los muros. El magnolio deja caer sus rosas que se tiñen de marrón, y la madreselva, ocre y blanca, palidece su perfume ante el hiriente aroma del jazmín. Las casas colindantes se toman en préstamo sillares. Unas son hijas de las otras en sus morfologías. Las piedras de aquel patio sirvieron a este claustro y las maderas enquistadas en muros de refuerzo, se tornaron molduras de puertas principales. Por eso nada tiene de extraño escuchar, entre los libros franceses del Marqués, alguna plegaria o un gemido salido de la garganta virgen de un cuerpo flagelado. Es posible intuir la Marsellesa a través de la celosía del ajimez del convento cercano y en una celda de oración aparecer la sombra de un ahorcado. Y es que cuando las ciudades ya cumplen tantos años, las piezas vuelven a su lugar de origen, tumbo tras tumbo, han hecho un largo caminar y al fin, rodando, se encuentran encajando en el rompecabezas primigenio. Por eso quiero contemplar las ciudades desde arriba, donde pueda percibir las formas e intuir estructuras. Oler el pan en los amaneceres, percibir el aroma del café y escuchar el canto gregoriano o la polifonía.