En mi catedral no anidan las cigüeñas, sólo las palomas han hecho sus habitáculos entre la tablazón suprimida, la que ocultaba las oquedades de las vigas de tea y la piedra basáltica del entablamento, cuasi renacentista, que enmarca un templo neogótico o ecléctico, engañando la vista de su interior, que se configuró un día, de cualquier mes de comienzos de siglo, en hormigón armado. Había sido mi Catedral, la iglesia de Los Remedios, con cinco naves con retablo flamenco, venido allá cuando la peste embarcó en Rotterdam y maduró en la Isla, arrebatando centenares de almas que jamás vieron el milagro de la catedral posterior ni siquiera gozaron del remedio de Los Remedios. Allí enlosados de piedra caliza, paramentos verticales henchidos de roquedal y argamasa calcárea. Blancos con grises. Cubierta de artesonados mudéjares, ya despojados de su ropaje oriental y liberados del encorsetamiento de las graves lacerías, sólo luciendo los pares y nudillos, algún que otro rayo de Júpiter y la zalamería incógnita de un anclaje en cola de milano. Todo aquello cayó un día, harto de soportar centurias y manos de inexpertos y lluvias y tormentas y, sobre todo, harto de ser sólo una iglesia que teniendo vocación de catedral, alguien se la había hurtado. Se tomaron la licencia de copiar a Ventura Rodríguez en Pamplona. El clero, unido a la corona a través de la confesión, hizo posible que un cura de mi ciudad intimara, en el sacramento, con Fernando VII, del que tuvo muchas venturas, de entre ellas la consolidación de la Universidad y los planos que, desde el norte, llegaron a la ultraperiferia, al sur, a Canarias. Y a pesar de que en mi catedral no anidan las cigüeñas, surge alta y esbelta y singular, invitando a las aves migratorias, a que descansen en paz su dilatada huelga de contaminación y su abstención de nidificar en alta mar, para que lo puedan hacer en las altas torres de los singulares campanarios entre sus ojos de buey y sus arcos y sus bronces y su alisio, que refresca la atmósfera, anunciándoles el camino, la ruta de su migración. Altas crecen las torres. Determinan la skyline de mi ciudad, cinco veces centenaria. La Catedral, con su impronta ecléctica y sintética en góticohormigón, no se cuestiona añoranzas y muestra su camino de futuro a los que, habitualmente, asistimos al culto, a recordar a nuestros muertos o celebrar las conmemoraciones. Allí se escuchó el gregoriano anunciado en los libros de horas, desde el coro de barbuzano, semimate, de un radiante neoclásico, en los dos pisos de sillerías molduradas, ausentes del barroquismo agotador, inhabitual en mi ciudad, que llegó tarde al gótico y tuvo sólo el contrapunto de la luz y las sombras del barroco, en los navíos de la emigración, con el sol siempre en naciente y, en el poniente, que fue siempre el futuro, la luz tamizada del atardecer. Altas son las columnas de hormigón que se me antojan despieces de piedras molineras, donde el vaciado artificial de angelotes y grecas simulan tallas de finas escodas y cinceles. Amplios son los arcos fajones que en ese popurrí culto de románico y gótico, mal entendido en el siglo XX, llevaron al papel las manos del ingeniero de caminos Rodrigo Vallabriga aunque por mor de la legislación fuera Mariano Estanga el que oficialmente, como arquitecto, figuraba ante la sociedad civil, aunque la placa conmemorativa, de muchos años después, recuerde al ingeniero en su labor, sin duda arriesgada y hasta en cierta medida certeramente comprometida. Las bóvedas de arista, los arcos apuntados, las capillas laterales y absidales. La solución del deambulatorio donde se permite la entrada a la sacristía y a las Casas Capitulares, el púlpito de mármol francés barroquizado. La cruz latina, manca, de su planta a la que se le hurtó el brazo izquierdo, tapiado, singulariza un templo dislocado, que confunde y sin embargo se acepta porque en el otro brazo se dispuso el magistral retablo flamenco de Los Remedios y en la amputación, el clásico y reflexivo cuadro de ánimas que disimula ausencias. Altas son las cúpulas sobrepasadas por el cimborrio de la torre del ábside, semiesfera con nervios sobre tambor que se repite en una hijuela que se alza sobre ella en otra semiesfera con nervios sobre tambor, rematando un colosal espacio policromo y luminoso, seguramente en memoria de la polifonía de Palestrina o de Victoria, entonada por la tradición coral de la ciudad, por las voces graves y blandas de jóvenes seminaristas, el Sábado de Gloria, o por los coros mixtos, con orquesta, de las celebraciones. Mi Catedral llegó tarde a los vitrales, a los geniales vitrales del gótico flamígero. Los tocó con la punta de los dedos y se les fueron de la mano, por su tardía partida de nacimiento. La iglesia de cinco naves de Los Remedios, sólo cedió un solar y un perímetro a los fieles. La ciudad cedió un viejo callejón al deambulatorio. Hacia arriba se tomó las libertades que quiso, o que pudo, y creció en sus bóvedas y en sus cúpulas y en sus veletas en sus crucerías. La plaza es de los niños y de las palomas; fue de los limpiabotas y la recuperaron los kioscos de periódicos y las paradas de autobuses. La plaza enlosada en piedra caliza y bordes de basalto, es rememorada por todos aquellos visitantes que, en los siglos, deambularon las viejas callejuelas preñadas de escudos nobiliarios y casonas solariegas y vetustas, donde la humedad dejó prendida en las hendiduras de los viejos revocos, y en las centenarias tejas, inamovibles, los líquenes y otras vegetaciones que se han hecho reiteradamente endémicas. Los sones rotundos de sus bronces, recuerdan las horas y la oración, anuncian con sus dobles la muerte de un vecino o vibran enloquecidas en los repiques de las festividades. Son el tornavoz que avisa con implacable rotundidad que habitas una ciudad, que anuncia sus celebraciones a coro de tañidos. Bronces rotundos con timbres diferentes, redondos, distintivos de la torre del sur que tuvo la fortuna de verse acabada en piedra y soporta el reloj de la ciudad. La otra torre gemela, acabada en hormigón y hierro, muestra la herida del tiempo en el agrietamiento de su cúpula, envuelta en una malla que evita la caída de cascajos, hasta que alguien lo remedie. La gran cúpula del cimborrio desnuda ya, a pesar de su erróneo recubrimiento en plomo, se desgarra en cascos de naranja enseñando el orín de la oxidación y la corrosión del hormigón. Las cupulillas, que en decenas se arremolinan como ulceraciones en un cuerpo enfermizo, muestran sus pústulas al sol y a la lluvia. Ahora comprendo por qué las cigüeñas no forman sus nidos allá arriba. Yo quiero que vuelvan, incluso que se queden en sus inmensos nidos, aunque sea por ese simbolismo tradicional de ser los transportes de la natalidad. Abajo hay muchos niños, en torno al viejo estanque de los patos, porque la Catedral es la fuente vital. La Catedral siempre fue el centro geográfico de la Ciudad de los Adelantados. Allí en su plaza, se ubicó el corral de la Villa en 1500. Allí se hicieron los pregones del Cabildo. Por allí pasó el Camino que va a Santa María y el que parte a las Fincas del Obispo. En sus inmediaciones siempre estuvieron los bares y las paradas de taxis y autobuses. Siempre fue el núcleo de reunión y despedida. Los comercios, los Bancos se ubicaron en su derredor. Por eso hoy cuando se dan cita los jóvenes, quedan en la Catedral, aunque no vayan a rendir culto al santo patrón o a la misa dominical. La Catedral es un todo morfológico y urbano, sala de estar y de paciencia, lugar de citas y de tertulias, centro neurálgico de la ciudad, que se desparrama villa arriba y villa abajo. Dentro está el culto, fuera está la ciudad. En medio, la Catedral. La Catedral, mi catedral, está en peligro. Sé que es un góticohormigón, un falso histórico, en el estricto sentido estilístico y conceptual. Pero es mi Catedral, la única que tengo y que tiene mi isla. Es la Catedral que no se compara con las que Fulcanelli narra en sus Misterios de las catedrales, ni las que describe Le Corbousier en Cuando la catedrales eran blancas. Es la Catedral de La Laguna, ciudad que allá por junio, con San Miguel, cumplió medio milenio, que tampoco está mal. Cuando las cigüeñas vengan a anidar, sabremos que los hombres de hoy han saneado ese gran misterio hierático, ecléctico y rotundo que señala, inconfundible, las horas y los hechos de mi vida. Entonces todos volveremos a renacer, un poco, cada día.

La catedral herída
Adrián Alemán de Armas
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