En todo lo alto y ancho del edificio de la Catedral de La Laguna, que es por lógica la Catedral de Tenerife, se ha dispuesto un entramado de andamios y colgantes, de escaleras y puntales que, sin duda, anuncian una intervención profunda. Y eso, considerando el secretismo y la impunidad con los que se realizan las obras por estas geografías, preocupa a quienes interesa el patrimonio, aunque quien ejecute la obra sea un buen constructor y quién la dirige sea un buen arquitecto. Toda acción más o menos agresiva en el patrimonio cultural, preocupa a los ciudadanos sensibles, aunque obviamente no preocupe a los autores del desaguisado ni a los políticos que las autorizan y determinan, porque ya hay sobrados ejemplos de disparates y de contradicciones aplicadas al patrimonio local, que significan clamorosos hechos de acciones incontroladas que han ido marcando profundas heridas en la piel de la historia local y esas heridas nos afectan a todos porque, queramos o no, formamos parte de ella. La tarde del Día de Canarias, la pasé observando lentamente el andamiaje espléndido que han colocado frente a la gran fachada. Poco a poco fui observando los procedimientos de agarre que han sido dispuestos, por algunas decenas, anclados en las columnas, jambas, dinteles, círculos, molduras, de abajo a arriba y de norte a sur, que me habían anunciado vecinos cercanos, que vieron como se introducían profundas brocas, para instalar tacos especiales donde roscar largos vástagos, que terminan en anillo para disponer anclajes que surgen de puntas de tuberías, a su vez, ancladas a la inmensa estructura. La primera gran agresión ya se ha hecho. No sé si habrá otro procedimiento de sostén para la enorme estructura, pero está claro que ni Juan Nepomuceno Verdugo, como arquitecto de comienzos del siglo XIX, ni el alarife Ventura de la Vega, llegaron jamás a suponer que dos siglos más tarde, los nuevos técnicos de la posmodernidad osarán perforar donde fuera preciso, donde se le ocurriera al señor del taladro que precisa apuntalar el mecano que, a modo de montaña rusa, se ha instalado en la fachada que tantos esfuerzos costó diseñar, construir y terminar. Les invito a hacer un recorrido por las venturas y desventuras de este edificio, recogidas por el profesor Darias Príncipe en su libro "Arte religioso y sociedad en Canarias: la Catedral de La Laguna" Ayuntamiento de La Laguna 1997, porque encontrarán un profundo análisis por el que pasó la decisión de construir una nueva fachada a la Catedral de los Remedios, que venía sufriendo alteraciones y contradicciones arquitectónicas, como así sucedió a comienzos del siglo XX con el resto del edificio, que hubo de ser demolido y reconstruido por el ingeniero Rodrigo Vallabriga. La minuciosa capacidad intelectual de Pedro Bencomo, auténtico hacedor de la Catedral; las intervenciones de los integrantes de la Tertulia de Nava; los debates del Marqués de Villanueva sobre los estilos empleados; el rescate del edificio que había diseñado Ventura Rodríguez para Pamplona adaptándolo al que diseñara Nepomuceno, y la lista de maestros canteros, alarifes, carpinteros que intervienen para dar forma y consistencia a tamaña aventura arquitectónica, no debieron nunca conducir a la decisión, a la que se ha llegado, supliendo la coherencia y la amplitud de expertos maestros, a la actual asistencia de un arquitecto, de un aparejador, con sus limitados conocimientos de las formas de construir históricas y con una experiencia, seguramente larga, pero nunca suficiente y algunos albañiles que pueden saber algo de azulejos y tejas, incluso de revestimientos, pero que ninguno de ellos es maestro de la piedra como fueron los labrantes del primer tercio del XIX Vicente de Vega, Miguel González, y Pedro Herrera bajo la dirección de Ventura Vega y Pedro Pinto. Con ellos estaban los parederos Diego González y Gregorio de Armas y los 229 peones que se movían por andamiajes que no estaban, seguro, anclados de forma tan hiriente a la obra que ejecutaban con esmero y primor, acompañando a José Amaral que será el carpintero que elabore todo lo que allí se ejecuta en pavimentos y puertas. No pude contar el número de pernos profundamente anclados en las nobles columnas, en las jambas y dinteles, especialmente introducidos y percutidos en hendiduras y planos de cantería. Infinidad de huecos que ahora están rellenos de metal y que la ventisca, los esfuerzos cortantes, los movimientos oscilantes, la presión por dilatación y la tendencia al desgarro, de la mole que cubre la totalidad de la fachada, pueden producir alteraciones irreversibles. Luego habrá que rellenarlos con cementaciones adecuadas donde, seguramente, se producirán contradicciones entre los dos materiales que en su momento ofrecerán sus resultados. Y todo ello, seguramente también, para proceder a agredir con arenas de silicio lanzadas a 100 atmósferas de presión para "limpiar" el hollín, los lodos superiores, los líquenes, los estiércoles de palomas y los polvos que han ido quedando a lo largo de estos casi dos siglos de existencia, cuando en ciudades ya civilizadas, se está actuando de manera civilizada, utilizando cepillos de raíz, agua y buena voluntad, para evitar la agresión y el desgaste, a la que los técnicos locales quieren y van a someter un edificio que precisa de otras intervenciones más urgentes, como son las cúpulas y los cupulines y el cuidado de los cementos y hormigones, que pueden estar afectados por otros males y que precisan otras curas más diligentes. La iglesia, en la que ya faltan los hermanos Bencomo y los Moure y eso se nota; la sociedad donde ya no está el Marques de Villanueva y ni siquiera existen los ecos de la Tertulia de Nava; los oficios donde un libro de historia suple a un picapedrero; y la vanidad donde un técnico suple a un buen equipo de asesores y de especialistas. Cuatro pilares donde seguramente se han anclado demasiados pernos, donde se ha perforado y hurgado excesivamente y donde se han dejado oxidar las reflexiones, los deseos y la historia. Y para colmo de males ICOMOS, esa entelequia que propone y decide lo que será Patrimonio de la Humanidad y que luego no tiene ningún poder o quizás ningún deseo de contradecir a la Administración, a la Iglesia y a los Técnicos, con los que se reunirá en comidas de trabajo o en caras jornadas de exaltación patriótica, que ya se están convirtiendo en celebraciones de un cascarón corrompido y dañado por el abandono y por el desprecio de quienes han tenido el deber de hacerlo cuidar y de hacerlo revivir. Y así nos va.