Hace escasamente dos semanas recorrí, en solitario, las cuatro salas que contienen la exposición "La Laguna: imagen de identidad" que el Ayuntamiento tuvo la feliz idea de patrocinar dentro de los actos conmemorativos del quinto centenario de esta Ciudad. La oportunidad de una tarde adecuada al perfil más característico de La Laguna, una tarde de neblina y de leve lluvia, abrigado y con la luz del temprano crepúsculo de esta época, propiciaron el ambiente ideal para hacer una meditación, acompañado con las imágenes que se iban desgranando de sala en sala. No es una casualidad que la primera de estas dependencias estuviera en la Plaza del Adelantado y se fuera derramando por el camino que va a Santa María, pasando de la ermita de San Miguel, a la de los Capitanes Generales y acabando en la Villa de Arriba, en la misma planta de la torre que hoy es señal y signo de la Ciudad. Desde finales del verano había estado trabajando en las páginas de un libro de soliloquios, de memorias vividas, de recuerdos imborrables de esta ciudad, que me ha acogido durante algo más de seis décadas y que espero que pronto vea la luz. Me parecía que no debería dejarme influenciar por el tesoro documental que Carmelo Vega había tenido la feliz ocurrencia de unir en el complejo rompecabezas, que consiguió organizar y cerrar, con un éxito del que me siento muy feliz, por lo que he dejado unas buenas semanas para adentrarme, ya dos veces, en la memoria colectiva de esta ciudad, vivida y representada por otros que supieron captarla y sentirla. Enhorabuena a él y a quienes con él colaboraron y felicito al Ayuntamiento por haber patrocinado uno de los mejores exponentes de la cultura de la ciudad, que es La Ciudad misma. No es casualidad, tampoco, que después de más de un mes de haberse abierto la muestra, se presente el catálogo y no es porque no estuviera en su momento, sino que es como debe ser. Me explico: el catálogo es lo que queda después de que la muestra desaparezca, de que vuelvan los cuadros a ocupar los antiguos lugares donde han estado muchas décadas colgados y las fotografías regresen a sus archivos, sabiendo que muchas de ellas duermen en sus negativos bien protegidos y cuidados. Pero hay algo más importante que el libro y eso es precisamente la muestra expuesta, porque tras de ella hay mucho tiempo empleado, pensar la propuesta, idearla, mucho tiempo en búsquedas, diálogos con propietarios, seguros, transportes, organización mental de las salas, plasmación de las intenciones, rectificación de escenarios, modulación de la misma propuesta y finalmente el montaje y siempre quedan los yo hubiera... que son la constante del perfeccionista, del profesional que quiere dar lo mejor que tiene, porque sabe que lo que está intentando es básico para entender el pensamiento, de quién ha concebido el hecho y sobre todo para mostrar de forma coherente el hilo conductor del desarrollo de esta ciudad que Carmelo ha mimado en la selección de cuadros, en sus textos en sus montajes y en su catálogo. En más de una ocasión he conversado con el profesor Vega, muy de mañana, en el primer café del día, en la Universidad. Fue antes de montar la exposición cuando me explicó, por encima, lo que pretendía y también hablé después de inaugurarse y, como es natural él defiende, en primer lugar, el trabajo de búsqueda del que este libro, más que catálogo, es la consecuencia final, pero todo el trabajo intermedio y en él la exposición con sus contenedores, montaje, señalética, discurso y distribución, es el auténtico trabajo creativo y en el que a él le apetece que la gente entre, disfrute, comente, se identifique y se complazca en los centenares de retazos de historia que aparecen traídos de la mano y de los objetivos de ciudadanos o de visitantes de hace más de siglo y medio. Y en eso tendremos que estar de acuerdo todos: la exposición es la obra, el libro su consecuencia. Carmelo nos ha aportado La Laguna como trayecto y como escena de la vida cotidiana urbana y rural, donde pueden sorprendernos parajes insólitos, con toda la frescura y la lozanía de una vega, permítaseme la expresión, inmaculadamente vegetal, una ciudad virginalmente de piedra y cal, unas calles de cantos rodados o adoquines, unas plazas de tierra y un monte que parece necesario desbrozar para caminar por sus senderos. Y es que la imagen que se ha ofrecido y que se ha seleccionado es la imagen heredada de más de cuatro siglos, con toda la pureza de sus arquitecturas y con toda la carga emocional que muchos siglos más tarde nos han transmitido los textos publicados, sobre las impresiones de los viajeros. Entrar y salir de las salas de exposiciones y encontrarse con la escena real, para luego quedarnos inmersos en la escena virtual allí representada me llevaban, de inmediato, a reflexiones y juegos sólo explicables desde la Teoría de la Comunicación, donde el trayecto de la ciudad es diacronía y la escena sincronía. En el trayecto nos paramos y a nuestro alrededor sigue estando la escena contemporánea o histórica y de ese ir y venir surge la reflexión, sobre todo en los que por edad pudimos alcanzar muchísimas de aquellas escenas representadas. Toda la magia que tiene la ciudad, cualquier ciudad, todo ese recuerdo que te viene urgentemente, las gentes, los sonidos, el olor, el frío y las edades vividas, va y viene de sala en sala y te conmueve y te apasiona y te emociona. Posiblemente para entender la ciudad haya que recordar el pasado y colocar las cosas en su sitio, memorizar los encuentros de infancia, revivir la historia personal, dar un frenazo a la actividad cotidiana y, en algún momento, dar rienda suelta a la memoria individual para tratar de hacer ese recuento de sucesos y acontecimientos de nuestra vida que, siempre, han tenido como escenario la ciudad de la infancia y de la juventud. Y esto es necesario para marcarnos pautas, para reconocernos como seres humanos, para identificarnos como profesionales, porque la ciudad nos ha dado la realidad de su escenario ante el cual, como actores, hemos representado parte de la comedia o del drama que nos ha correspondido. Cada sala o sencillamente cada página de este libro nos irá dando pautas para ir haciendo un recuento de sucesos, un reconocimiento de otros o sencillamente un aprendizaje de otros muchos desconocidos. Y se puede hacer desde la misma poesía expresada en algunos versos, desde un lienzo de Valentín Sanz o en una fotografía más moderna de Agustín Guerra o de Enrique de Armas. Ahora, en este recuento de actos íntimos, con la búsqueda de ese catastro, bucólico o poético, podemos colocarnos ante aquel escenario que, aunque virtual, servirá para ver pasar las escenas cotidianas en las que evolucionará nuestra vida, desde la ensoñación y los recuerdos infantiles que regresan, a la realidad de los años presentes. Dice Gastón Bachelard que "las antiguas moradas se reviven como recuerdos imborrables, por lo que las moradas del pasado son en nosotros imperecederas". Si bien esta reflexión está hecha desde el pensamiento filosófico de la morada como casa donde vivir, o desde la morada como útero materno, en definitiva como elemento acogedor y protector. A nadie se le escapa que las ciudades pequeñas, donde casi todos nos conocemos, donde huimos de los lugares del frío, de las zonas ventosas, de aquellas aceras eternamente hundidas, de las paredes en que nacen los líquenes, o de los tejados donde crecen verodes o, quizás, donde los pretiles están más altos, y nos refugiamos en nuestras esquinas y zaguanes, en nuestros lugares de encuentros cotidianos, en los amplios portales o en alguna tasca de las afueras o de un callejón perdido son, precisamente, las ciudades de nuestra historia y de nuestra memoria. Llegamos a dominar su estética, el amueblamiento urbano y los rincones más insólitos; seguimos con la mirada a aquellos viejos profesores, a las chicas de la acera de enfrente, las que conocimos en los paseos del pueblo que fuimos, al guardia municipal o al comerciante que pasa el cerrojo a su tienda. De esta forma estas ciudades son nuestras moradas, y las casas, nuestros rincones, nuestras conchas. Por eso las ciudades del pasado y aún de nuestro presente, si son las mismas, tienen recuerdos imperecederos. Y esos recuerdos están ahí porque ahí está nuestra casa de infancia, con su sótano y su buhardilla, con sus pisos y su escalera, con su patio y sus salones, con sus tejas y goteras, con sus muebles y sus pertrechos domésticos, incluso con sus fantasmas. Son el lugar de las vivencias añoradas, ya que la casa natal es más que un cuerpo de vivienda, es un cuerpo con vida. Cada uno de sus reductos fue un albergue de recuerdos insólitos. Lo mismo pasa en la Ciudad que nos permitió tener rincones de encuentro, lugares de imperecedera memoria: la escuela, la iglesia, la plaza, el bar, el teatro, el paseo. Todos, hoy, lugares de memorias creativas de una infancia o de una juventud, que se cimentaron y crecieron en ella, entre su cultura y su propia poética Y esa cultura y esa poética y esas escenas y esas casas y esas calles, están recogidas en la muestra que ahora comentamos y en este libro que también ahora presentamos, porque son señas de identidad, memoria colectiva aprisionada en las cuatro esquinas de nuestro cerebro, brotando en nuestras miradas y balbuceando en ese soliloquio que la intimidad nos presta a la hora de reflexionar. La memoria colectiva y la vivencia personal nos va aportando un enorme caudal de información de sala en sala, o de página en página y cuando salgo de la Casa de los Capitanes, de contemplar la segunda sala, recuerdo que allí estaba el depósito de material sanitario y maderas de la ferretería de Andrés Acuña o la bodega y depósito de sal de Andrés Fernández y me suenan sus voces y veo a Juan el grillo o a José el carrero y enfrente a mi padre y a Sanabria y en la puerta del colegio al hermano Ramón y se me escurre la memoria cinco décadas atrás y veo la ciudad como la presentí. Las horas de colegio nos enseñaron a caminarla, casi en sus límites, desde la plaza del Cristo a Herradores, desde la Concepción al Tanque de Abajo. Y es ahora al cabo de los años, cuando comprendo que por esa infancia permanente conservamos la poesía del pasado. Jamás seremos lo suficientemente viejos como para perder esa ilusión infantil por seguir recordando los antiguos rincones. Al pasar por ellos, volverán las voces de los amigos muertos, de los ancianos que doblaban las esquinas camino de su casa y a los que no volveríamos a ver más. Esa infancia permanente nos devuelve la Ciudad en la que nacimos y en la que permanentemente nos hemos enriquecido. Siempre habrá un rincón o un encuentro fortuito, que nos reproduzca la memoria perdida y nos lleve de nuevo a ensoñar la Ciudad. Seguramente la ciudad no existe; con los años, se nos antoja que es el cúmulo de nuestra cultura sobre ella, lo que fue y lo que es, esa ciudad cambiante que desordenadamente, y por impulsos sociales, se va transformando, mutándose como un ser vivo que nace, crece y se desarrolla. Sin embargo toda ella y, por lo tanto, su evolución en el tiempo se ha convertido en memoria colectiva, donde cada hito topográfico nos pertenece y sus amputaciones nos desnortan y su total desaparición nos pierde en un espacio diferente, donde la anarquía puede convertirse en una constante y donde la nueva arquitectura puede repudiar a la propia estética por su falta de sinceridad, de contenidos y de invariantes culturales. Mi visión personal de la ciudad se ve enriquecida paseando esta muestra y ahora que esto escribo, pasando de nuevo las páginas de un libro lleno de textos en los que me identifico totalmente. Textos de antiguos personajes que pasearon hace mucho tiempo la ciudad en sus límites y la describieron. Los límites de esta Ciudad estaban muy bien definidos. Apenas se contradecían con los que diseñó Torriani o los que conoció Elizabet Murray e incluso los que narró don Miguel de Unamuno. Límites que no sobrepasaban el barranco de Juana Blanca que partía el territorio desde San Benito hasta el Tanque de Abajo y se encontraba allí con el antiguo e histórico Gonzalianez o barranco de la Carnicería. Sólo unos pontones, maltrechos, permitían el paso por San Juan al cementerio y por Nuñez de la Peña a los Molinos. En el Tanque de Abajo se había hecho uno formidable, de estructura de hierro, para conectar el camino de Santa Cruz con la calle de Herradores, por donde transitaba el tranvía que desde allí subía, jadeante, hasta Tacoronte. El resto de las calles se mantuvieron iguales y los límites de la Ciudad fueron creciendo, lentamente, sin aspavientos hasta bien entrado los años cincuenta en que se construye el puente de Magistral don Heráclio y el de la Trinidad, y se urbanizan estas dos vías que pretenden ser ordenadoras de un tráfico que se iba haciendo complejo, ya, en los años sesenta. A pesar de todo, aquellos límites perviven en la poética histórica. Las calles, con sus roturas y sus añadidos, siguen sus trazados centenarios, donde sólo ha cambiado la piel de las aceras y calzadas, y en las que por alguna sinrazón, la piqueta ha desgarrado el tejido urbano para ofrecernos regustos de posmodernidad La historia que ahora cuento es la de una vivencia infantil. Las calles de los recuerdos, las casas de los sueños que formaban la Ciudad que ahora me las ha recordado Carmelo Vega, desde el misticismo de una obra que existía y que ha tenido que recopilar y desde su propia poética, al disponerla de una manera coherente, nos vuelca sus quinientos años de un vistazo y comprobamos que siguen existiendo suficientes retazos, como para recomponer sólidos capítulos, aunque haya que salvar ausencias que pondremos como notas al pie. Creo que no somos nunca verdaderos historiadores, somos siempre un poco poetas y esto lo ha demostrado la sensitiva muestra que comentamos y nuestra emoción, tal vez, sólo traduzca la poesía perdida. Pero si se es poeta pueden recomponerse los versos que, aún faltándole palabras, serán lo suficientemente coherentes como para dejarse entender. Si leemos a los viajeros que a esta Ciudad han llegado, si interpretamos los versos de nuestros poetas singulares, si descodificamos el mensaje de sus calles y de sus edificios, tendremos que estar de acuerdo con esta premisa, porque es en los poemas, tal vez más que en los recuerdos, en los que llegamos al fondo de la ensoñación del espacio de la casa, que ahora interpreto como ciudad. El que no haya mirado los aleros y se haya detenido ante los tubos de aguas pluviales de los que se derraman culantrillos y musgos; el que no comprenda la vitalidad de unas hierbas endémicas y sepa que gracias a que la Ciudad está situada aquí, y no en otro sitio, han podido nacer y renacer y hacerse endémicas, y casi por eso vale la pena tener frío en los inviernos, no ha llegado a calar en el alma de la Ciudad. La Ciudad hay que sentirla y soñarla y vivirla y amarla. Nos da nuestra identidad, su historia nos configura, su morfología nos obliga, su dialéctica urbana nos manda. Su clima nos permite ser diferentes a los que disfrutan otros más cálidos o más templados, pero nos aviva y nos despierta y nos da otra forma de ser y de existir, otros hábitos y otras costumbres, sin dejar, nunca, de ser contemporáneos. Nos da gran parte de nuestra personalidad porque se ha adueñado de nosotros, de nuestros cuerpos y de nuestras mentes, y nos moldea a su capricho. Y lo aceptamos porque como dice Bachelard "los centros de ensueño bien determinados son medios de comunicación entre los hombres de ensueño, con la misma seguridad que los conceptos bien definidos son medios de comunicación entre los hombres de pensamiento" . Y sin duda, ahora Carmelo, me ha hecho revivir la Ciudad y quiero apresarla como creo que la sentí y la palpé. Rocé con las manos las paredes caleadas, interpreté las texturas de sus maderas, contemplé los desniveles de sus aleros, pisé las hierbas nacidas entre los adoquines y los empedrados, me iluminé con sus luces guía. Conocí a gentes de otras generaciones que ya no están entre nosotros, aprendí de ellos lo que se aprende en los pueblos pequeños. Y al revivirla, parece que he vuelto a nacer en esta Ciudad tranquila de los conventos y de las huertas del poeta.. Mi Ciudad es tranquila, aunque sea ruidosa, sus calles son serenas, a pesar de la agresividad de algunos ambientes y sus casas son conchas donde me refugio, o nidos donde me cobijo, a pesar de los fríos inviernos. Así la siento, así la sueño, así la vivo. Mi Ciudad es una abuela de quinientos años y como nieto la mimo y la atiendo. Porque los recuerdos y las vivencias de las antiguas ciudades se reviven en la memoria; las ciudades del pasado serán en nosotros imperecederas y en ellas deben encontrarse, también, nuestros descendientes. Gracias Carmelo por este regalo que has hecho a la ciudad. Le has devuelto su memoria, le has quitado de un plumazo su arteriosclerosis y le has evitado un alzeimer, al inyectarle directamente la hormona del recuerdo que le permite revitalizar todos sus miembros y ver y oír y andar por sí sola. Ahora tu y yo, y quién se quiera unir, tenemos que librar una dura lucha para conseguir junto con todos los ciudadanos bien nacidos, que no nos destruyan esta ciudad que tu nos has devuelto. Que los planificadores sepan que no se debe hurgar en un cuerpo anciano, que está preparado para soportar su historia otros quinientos años, pero que difícilmente soportará amputaciones, prótesis, lifting y cirugías de cualquier tipo. Lo que se tenga que hacer debe hacerse por auténticos expertos, los aprendices y los osados no pueden tener cabida. Los que quieran experimentar que resuelvan sus frustraciones en casitas de papel. Y que nuestros políticos sean conscientes de que no son ni dueños, ni herederos, sólo son inquilinos y en el contrato de alquiler, no se permiten reformas, sólo breves reparaciones y puestas a punto para poder seguir viviendo dignamente. Señor Alcalde, señor Concejal de Cultura y Patrimonio, hoy hemos venido a hablar de un bello libro y de una formidable muestra que nos ha devuelto la ilusión por la ciudad vivida, y seguramente no es momento de expresar sinsabores ni alzar la voz para clamar por esta Ciudad nuestra a la que le han colocado sobre sus tejados la espada de Damocles, con la muestra de un Plan Especial de Protección y Reforma Interior, cuya información pública concluye el próximo lunes. Espero escuchar de sus bocas, y en su momento, una justificación o una crítica para el Plan Especial de Reforma Interior del casco lagunero. Sus palabras, para ese entonces, nos darán la medida que puede justificar esta revisión iconográfica que nos ha regalado Carmelo Vega. De nada nos vale recordar lo bucólico, rememorar una historia ya perdida, añorar el pasado, si no aprendemos la lección de que gran parte de lo que aun nos queda, puede ser fruto de una obligada exposición de recuerdos, dentro de pocos años. El PEPRI, no va a consagrar la historia urbana de esta ciudad, su destrucción inminente, su irreversible destrucción, siempre quedará unida a quienes la propiciaron. En un reciente trabajo, Rem Koolhaas, titulado ¿Qué fue del urbanismo?, y publicado en Revista de Occidente del pasado mes de octubre, dice que "Los profesionales de la ciudad son como jugadores de ajedrez que pierden contra ordenadores. Un perverso piloto automático burla constantemente todos los intentos de aprehender la ciudad, agota todas las ambiciones de definirla, ridiculiza las más apasionadas aseveraciones sobre su presente fracaso y su imposibilidad futura, y la empuja implacablemente en su huida hacia adelante. Cada desastre anunciado queda absorbido de algún modo por la extensión infinita de lo urbano" Espero que no tengamos que arrepentirnos, jamás, por no haber actuado. No tenemos ningún derecho a producir el desastre. Pero tampoco quiero concluir mis palabras sin un horizonte esperanzador y quiero afirmar que, a pesar de todo, creo en las en las mujeres y en los hombres de mi generación y estoy seguro, y hoy lo ratifico con énfasis, que las autoridades que ahora rigen la corporación mirarán muy seriamente ese Plan Especial y seguro estoy que van a detectar la ruina inminente que le acecha. Estaremos expectantes y llegaremos a lo más alto para impedirlo. Por eso, doblemente te doy las gracias, Carmelo, primero por haber hecho el gran esfuerzo de síntesis que estamos presentando y después por haberme propiciado el estar esta tarde aquí y poder decir, donde hay que decirlo, lo que he dicho. Y te pido disculpas por haber introducido un final de discurso desconsolado, agrio y desesperado, pero la Ciudad que tu me has enseñado es la que vivió mi generación y tu has sido el motivador, aunque no el responsable, de estas últimas palabras, Solo me queda una petición, adquiramos todos el compromiso de proteger la ciudad, en ello nos va nuestra propia memoria y seguro, también, nuestra propia identidad. Señor Alcalde, suya es la palabra. Denos la oportunidad para seguir creyendo y para seguir viviendo ilusionadamente, porque su ayuntamiento, que también es el mío, ha pedido a la Unesco, que nos declare patrimonio de la humanidad, y se me hace muy difícil comprender ese doble lenguaje.