Las declaraciones de los responsables de la Catedral, en relación con las opiniones vertidas por determinados medios radiofónicos, televisivos o escritos, han sido mal entendidas, sobre todo teniendo en cuenta que se han ocultado, durante casi tres meses, los informes del Instituto Eduardo Torroja que sin hacer definitivos los ensayos, las pruebas y las correspondientes catas, anuncian un importante deterioro en un edificio de un siglo de existencia que, sin duda, afecta a una sociedad que lo ha disfrutado, que lo utiliza y que lo ha hecho suyo, porque además está singularizado en el centro geográfico del trazado urbano. Las autoridades eclesiásticas han ido a matar al mensajero por haber dicho lo dicho y tener que cerrar un edificio que puede peligrar en su estabilidad, antes del 17 de septiembre, fecha que ellos tenían prevista, cuando realmente tenían que haberlo cerrado el 30 de marzo o el uno de abril, una vez conocido el informe del Eduardo Torroja, que sólo añade categoría técnica a lo que otros han visto y revisto durante los últimos años, donde se ha procedido a remendar las cubiertas y tratar de paliar los problemas que se van agudizando con los años, con las sobrecargas y con la corrosión. Cuando no se da cumplida información a una sociedad expectante, el rumor se acrecienta y la verdad se sale de control. Las medias verdades no conducen a ningún lado. De ahí que haya que lamentar la falta de rigor informativo, y que un problema tan grave se convierta en reunión de sacristía en lugar de un debate en Salas Capitulares. Y si seguimos empeñados en insistir en las cosas de la Iglesia, por supuesto en las cosas materiales, es porque tenemos sobrados argumentos para disentir con los técnicos que amparados en su excelsa arrogancia, desoyen y actúan con la impunidad de siempre. Ejemplos los tenemos en la limpieza al chorro de arena del Palacio Episcopal o en la que ahora preparan en el viejo frontispicio de la misma Catedral, donde han hincado profundos pernos en las viejas piedras de dinteles, columnas y jambas para soportar un enorme andamiaje; en la rehabilitación lamentable de la iglesia del Convento de Santa Clara, donde quien fuera el desastroso restaurador, no dudó en colocar un pavimento de "porcelanosa" a un templo mudéjar y retocar con purpurina y barniz deslumbrante, amplias zonas de los distintos retablos barrocos, en lugar de reponer el pan de oro como corresponde a obras que, aunque modestas, son de una época, de un estilo y de una categoría singularísima, que se han visto machacadas por la voluntad de algún ocioso aventurero, que se ha adentrado en el patrimonio de la iglesia y lo está machacando sin pudor, ya sea con licencia del Cabildo Insular, del Ayuntamiento o por la propia iglesia, que siempre se ha caracterizado por ocultar, demoler y tapar, y cuando no, regalar o vender, viejos recuerdos, viejas historias, que luego fueron sustituidas por "formicas", plásticos o cortinitas de percal. Por eso desde las más altas instancias de la curia, se buscan culpables de todo, en aquellos que dan la información que tienen; menosprecian o ignoran a los que osamos opinar sobre lo que por oficio conocemos y se convierten en personajes altaneros rodeados de una pléyade de figurones que hacen cierta aquella cofradía de la "conjura de los necios". Y esto hay que decirlo porque son ellos los que han pregonado siempre el amor al prójimo y hoy se ofende a ese prójimo, como si siempre estuvieran a la altura del púlpito. Esa historia ya se ha terminado. El informe del arquitecto Importante, analítico, completo y veraz, me ha parecido el informe del arquitecto Márquez Zárate, de fecha 25 de junio, donde no se para en exceso en las aportaciones de los técnicos del Instituto Eduardo Torroja que, con fecha 30 de marzo, comunican al Dean de la Catedral el resultado de sus pruebas analíticas. El Arquitecto que ahora lleva el Plan Director del templo, hace referencias importantes a cuestiones delicadas y no duda en dejar en el aire detalles en los que no puede, obviamente, entrar por carecer de análisis, de pruebas contundentes, incluso de planos de obra que le den orientación sobre las formas de las estructuras, hoy cubiertas de hormigón. Supone que arcos fajones o torales pueden estar armados con hierro dulce, no lo puede afirmar; se puede desprender de su informe la carencia de cimentaciones adecuadas; se intuye que las mezclas de áridos no son las apropiadas, pero desconcierta al que lee el informe cuando le dice a las autoridades eclesiásticas en sus conclusiones "que si el Cabildo Catedral así lo estima, el templo podía continuar abierto al culto durante los dieciocho meses que se estima durarán los análisis... siempre que se proceda a un apuntalamiento especial que libere sus naves y ocupe el espacio existente entre el tornavoz y su cubierta..." Y uno se pregunta si esto se haría antes o después de cumplir con los objetivos que él propone cuando presenta el programa operativo siguiente: 1 Cierre del templo con posible traslado de altar, bancos, lámparas y obras de arte, previsible protección del tabernáculo, retablos, vidrieras, coro, órgano, canceles, pila bautismal y aguamaniles. (Nosotros añadimos el púlpito). 2.- Protección total y completa del pavimento de mármol y sus peldaños para proceder a un apuntalamiento general del templo. ¿Comprenden ahora las autoridades eclesiásticas por qué entre seres humanos normales y corrientes salta la duda ante tales propuestas contradictorias?. Por supuesto que hay que llegar a acuerdos pero ya se sabe que la caída de una techumbre no avisa y la situación de un hormigón tan degradado no da muchas esperanzas de reparación. Entonces ¿lo protegemos primero y lo cerramos después, o a la inversa? El informe del Instituto Eduardo Torroja Las conclusiones a las que llegan los técnicos del Instituto, son de carácter científico sin contener ninguna recomendación específica de desalojo del templo. Son datos de laboratorio que ha de interpretar el arquitecto y responsables de la edificación, puesto que se trata de valores numéricos y de comportamiento de los materiales que ayudan a conocer el estado general de la edificación, pero que necesariamente precisan de mayor cantidad de catas para apreciar una amplitud de contenidos que determinen qué hacer y qué decisiones tomar. Sin embargo se desprenden de esos datos algunos aspectos importantes. Concretamente la granulometría de los áridos del hormigón, que ofrecen una gran disparidad de tamaños, e incluso abundancias de tierra. No hay que olvidar que hasta hace menos de veinte años los hormigones se hacían con "revuelto", procedente de los lechos de los barrancos, áridos aglomerados por arrastre desde zonas de cumbre con cantos rodados, trozos vegetales, piedras sin aristas, arenas de diversos tamaños a incluso tierra, sin que estos elementos estuvieran mezclados mínimamente, como así lo pueden recomendar las normas de la edificación. Estos revueltos eran mezclados a mano con el cemento y al parecer en el caso que nos ocupa con cal. Por supuesto que sólo un análisis exhaustivo y riguroso puede dar con claridad la situación en la que se encuentran esas cubiertas. Del informe Torroja se desprende, por un lado la inexistencia o ausencia de armaduras y por otro la existencia de un hormigón realizado con una granulometría compleja y, es de libro, que donde se han mezclado cementos y cales para formar un hormigón, se han podido producir reacciones químicas que pudieran dar lugar a un deterioro del material, no en vano la hidratación diferida de los óxidos cristalinos de calcio, cuando se encuentran en excesiva cantidad, pueden producir un importante deterioro del hormigón. Por su parte las aguas de lluvia ( y en La Laguna ha llovido en el último siglo) actúan como disolvente al iniciar la disolución de los compuestos que contienen cal. Finalmente en el hormigón se va a producir una disminución del Ph, pérdida de la masa, incremento de la porosidad y la permeabilidad y por último la caída de la resistencia mecánica. ¿Qué más podemos pedir a una estructura de comienzos del pasado siglo, cuando aun no se conocían muchos de los comportamientos del hormigón, ni sus técnicas de elaboración?. ¿Qué más podemos pedir a una sociedad carente de los conocimientos precisos, que sin embargo alzó un edificio de hormigón del tal envergadura?. Los edificios no son eternos y aunque nos hayamos acostumbrado a ellos y formen parte de nuestro pasado y de nuestro paisaje hemos de ser conscientes de su decadencia incluso de su desaparición. Pero a todos nos compete lo que en ellos se hace. El patrimonio de la iglesia, sus entendidos, sus técnicos exclusivos, su sabiduría de más de dos mil años, tienen ahora la oportunidad de diseñar y construir la iglesia catedral del siglo XXI, porque ya hubo una en el siglo XIX y otra en el XX. Que Dios les ilumine; aquí nos quedamos todos, o casi todos, esperando el santo advenimiento.