La semana nos sorprendió, a su comienzo, con la destitución del Director General de Patrimonio del Gobierno Regional que por lo visto era una compensación al grupo AHI, por sus votos en el parlamento. No es para menos mantener un Director General, varios años, sin que tuviera competencias a las que atender, ya que fueron transferidas por Ley a los Cabildos hace años. Así y todo la figura no desaparece, muy al contrario se le asigna a otro hombre de CC, que se había quedado descolgado de la alcaldía de Candelaria y ahora se le da mesa y silla para que mate su ocio ante una Dirección General, que sigue sin competencias conocidas. Así nos sigue yendo con el Patrimonio Regional. Hace más de quince años la Dirección General de Cultura consiguió llevar a Consejo de Gobierno, entre otros temas, la incoación como Bienes de Interés Cultural (BIC) a los caseríos de Masca e Icor, entre otros expedientes. Acciones posteriores tendrían que concluir los citados expedientes y llevarlos a su DECLARACIÓN como tales. Esta es la fecha que ni la Dirección General, ni la Consejería de Cultura del Cabildo Insular, o acciones individuales de esa importante pléyade de intelectuales que componen las comisiones de patrimonio, hayan sabido o querido retomar los expedientes y declarar dichos recintos rurales, que han sido ejemplos del buen hacer y de los modos culturales de nuestros antepasados. Cuando se quemó la iglesia de San Agustín, se recaudaron unos cuantos millones, destinados a su restauración y que el obispo de turno destinó, por el contrario, a la construcción del enorme Seminario Diocesano en la Verdellada y donó el incendiado solar de la iglesia, a la congregación de los Betlehemitas a la sazón venida de Latinoamérica de la mano del padre Luis Alvarez. En los primeros años de la década de los ochenta, palas mecánicas allanaron el solar resultado del incendio y se llevaron los restos al vertedero de Santa Cruz, en el Cabo-Llanos, sin revisión arqueológica, para la recuperación de restos sagrados o de imágenes o los huesos del historiador Núñez de la Peña que terminaron en el mismo vertedero, como ha sucedido con casi toda la historia arquitectónica de la ciudad que una vez demolida, fue volcada en los grandes terraplenes junto al mar. La historia ha seguido por caminos complejos; aquella iglesia que ahora nos dejan ver en Viernes Santo, se ha convertido en un gallinero en las inmediaciones de donde estaba el altar del Cristo de Burgos y en simiente de alguna calabacera, próximo a donde se veneraba el Señor de la Cañita o el Nazareno, que eran los tronos que nos enseñaron a acompañar en aquella infancia ya tan lejana y tan dolorosamente sufrida. Seguiría contando historias de obispos o de curas, de alcaldes o de concejales, de directores generales o de consejeros de cabildos, pero seguro estoy que habría alguien que dijera que pertenezco a los periodistas que critican, ahora, a los obispos, creando un ámbito más que se une al de gescartera o al de los profesores de religión. Nada más lejos de la realidad. Mis respetos por la autoridad eclesiástica y política están fuera de toda duda. Sin embargo lo que está pasando con el Patrimonio en La Laguna no tiene otra alternativa que la de proceder a denunciar los desmanes, los errores, los infortunios y por supuesto los desastres que se están produciendo por falta de criterios técnicos y por falta de interés social. El Ayuntamiento de La Laguna, a través de la concejalía de Patrimonio ha organizado unas visitas de escolares a la ciudad. Supongo que los técnicos que han propiciado los encuentros y han elaborado los dossieres correspondientes, sabrán que de seguro así, con la dejación demostrada por unos y por otros, el patrimonio se va a resentir inmediatamente. Que alguien ponga remedio para que las futuras generaciones puedan disfrutar de un legado cultural que se degrada sin remisión. Espero que el ICOMOS, tenga ya noticias de lo que aquí se cuece, el lunes se lo vamos a preguntar a su presidenta, en Madrid, doña María Rosa Suárez-Inclán y ya comentaremos por donde van los tiros.

Escrito desde la decepción
Adrián Alemán de Armas
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