Pasados unos días de la tragedia, Santa Cruz parece comenzar a revivir y lo hace casi sobre sus propias cenizas; es como amar en tiempos de cólera; es la contradicción de la propia vida; es el sin sentido de sentimientos encontrados. Sin duda es como volver a empezar. Hace unos semanas mi amigo Govea vino a verme para que presentara esta exposición, y como amigo no me puedo negar, aunque como miembro de una colectividad herida, me resista a hacer celebraciones hasta que no se restañen las fisuras por donde hemos sangrado, sin que nuestra sangre haya servido como sangre de donante. Pero aunque estemos celebrando una exposición de arte, cuando aun no se han olvidado las imágenes del caos, hay que aprovechar los mensajes colgados en esta sala para rememorar la vieja historia local, aquella historia paisajística. Desde siempre, los acuarelistas en particular y los pintores de Canarias en general, han tomado el paisaje rural, el paisaje bucólico, como una constante que vuelcan, una y otra vez, en sus papeles, en el difícil arte del agua o, en sus lienzos, en la complejo técnica del óleo. Es y ha sido una cuestión de sentimientos lejanos, de rebuscar en la mente el pasado isleño, de aventurarse por los senderos del pensamiento íntimo, de homenajear a las viejas generaciones por haber estado ahí y haber conseguido que esto sea como fue, aunque después ha sido como es. De ahí que me sienta gratificado por este recuerdo a la historia, que es donde nos podemos remirar con orgullo, para evitar tener que encontrarnos con el presente que es, y al parecer estamos condenados a que siga siendo, un rubor permanente, donde nadie parece ser responsable y donde todos eluden sus culpas. Yo no puedo ignorar, en estos momentos, mi condición de periodista aunque quisiera hablar de arte e ignorar la actualidad de ahí fuera. Ayer le decía a mi amigo Govea que venir hoy aquí me resultaba un esperpento, mientras ahí mismo hay gente que sufre, hay gente que llora, hay gente que clama. Y no creo que esta exposición deba ser mirada y comentada desde la frialdad de una obra hecha en la placidez de un día de domingo, en cualquier bello rincón. Hay que contemplarla desde el sufrimiento de quienes han conseguido mantener esos paisajes o disfrutar de estos bodegones, y lo han hecho con la sangre, el sudor y las lágrimas, producto de un esfuerzo por mantener intacto su propio paisaje, asentado y discreto, frente a quienes han querido alterar las entrañas de la tierra, con movimientos soterrados, con palas mecánicas que vierten sobre los riscos sus sobrantes, que luego se convierten en solares y en ellos se cimenta un edificio que terminará colgado o abatido por las escorrentías, y en ellos se van las pertenencias, las ilusiones y lo único que tenían sus propietarios. Y esto tanto en los lugares de edificios de lujo, como donde se han construido las casas clandestinas o mejor ilegales, pero a las que la administración ha propiciado luego carreteras, alumbrados, agua y teléfonos, consagrando la ilegalidad, sin pensar que el legítimo propietario, el tiempo, las inclemencias de la naturaleza, vendrá a cobrar su impuesto, como así ha sido. Estamos viendo una exposición de arte, obras realizadas por artistas que nunca soñaron que pudieran vivir momentos como los del pasado domingo, porque ellos mismos hacen desaparecer, de los papeles o de los lienzos, aquellos errores, o aquellos estorbos que se han ido apoderando del paisaje, para hermosear una obra plástica, que desean dejar para el futuro. Pero este arte, desgraciadamente, poco tiene que ver con la realidad aunque pretenda ser un reflejo de ella. Estamos, en suma, en un acto que da fe y testimonio de unas épocas, de unos hechos y de una cultura. Pero también estamos celebrándolo en una ciudad que quiere dar testimonio de su cultura y ser aglutinadora de toda la cultura de la isla, en sus notorias edificaciones, en la ampulosidad y el lujo de sus novedosos edificios, ante la grandiosidad de los acontecimientos más notorios que se han de celebrar en el futuro. Pido que serenemos nuestros ánimos y desde la humildad más absoluta, se repartan los bienes culturales de forma equitativa, que se mediten las acciones y se reparta el bien estar en todos los ciudadanos. A estos tres artistas, pedirles disculpas por mi posible inoportuno discurso, pero yo soy yo y mis circunstancias. Les garantizo que he puesto pie en el freno para no decir todo lo que pienso sobre lo que ha sucedido y esto a torpedeado mi propio pensamiento que se ha visto impedido para dar una visión más placentera ante las magníficas obras aquí expuestas y sobre todo ante el manifiesto deseo de agradar que han mostrado los artistas que hoy nos acompañan. Otro año será diferente. Muchas gracias.