Este informe fue presentado el 18 de noviembre de
2008 a:
·
Daniel Giacomino,
Intendente de
·
Carlos Vicente,
Viceintendente de
·
Daniel Eduardo Rey,
Secretario de Desarrollo Urbano de
·
Maria José Manfredi,
Secretaria de Salud de
·
Fernando Cámara,
Subsecretario de Ambiente de
·
Carolina Lacerra,
Directora de Ambiente de
·
Concejala Graciela
Villata, Presidenta del Bloque Frente Cívico y Social.
·
Concejal Ramón
Mestre, Presidente del Bloque Unión Cívica Radical.
·
Concejala Olga
Riutort, Presidenta del Bloque Movimiento de Acción Vecinal.
·
Concejal Juan
Rufeil, Presidente del Bloque Unión por Córdoba.
·
Raúl Costa,
Secretario de Ambiente del Gobierno de Córdoba.
·
Gustavo Caranta,
Subsecretario de Defensa Civil del Gobierno de Córdoba.
Foro Ambiental Córdoba
Apuntes
para una propuesta de adaptación y mitigación del cambio climático global en la
ciudad de Córdoba en el siglo XXI
Por:
Sandra Díaz
Dra. en Ciencias Biológicas. Premio
Nobel de
El cambio climático global es un
conjunto de alteraciones en el clima del planeta producido por el aumento de la
concentración de dióxido de carbono en la atmósfera y otros procesos asociados,
a consecuencia de las actividades humanas de los últimos siglos, principalmente
la quema de combustibles fósiles y la destrucción de la vegetación natural
(IPCC 2007). Últimamente se prefiere hablar de cambio ambiental global, dado
que estos cambios en el clima no se están dando de forma aislada, sino
asociados con cambios en el uso de la tierra, pérdida de biodiversidad
biológica y avance de plantas y animales invasores, que interactúan con los
cambios en el clima de modo complejo y difícil de predecir (IEM 2005). Si bien
los cambios por causas no antrópicas, como las glaciaciones, han ocurrido a lo
largo de los tiempos geológicos, la velocidad con que estarían ocurriendo en la
actualidad no tiene precedentes en la historia humana.
Para tratar de averiguar cómo
será el clima en el futuro, se cuenta con proyecciones basadas en modelos
climáticos complejos. Estos estiman un aumento de la temperatura media del
planeta de 0.2° C por década con respecto a la temperatura de la época
pre-industrial, o sea algo más algo más de 2° C hacia el fin del siglo XXI
(IPCC 2007). Esto puede parecer un aumento modesto pero, a modo de comparación,
en lo más profundo de la última Edad del Hielo la temperatura media del planeta
era sólo 5° C menor que la actual. Nótese también que esta es la proyección
media, para todo el planeta, existiendo grandes variaciones entre regiones y
posibles escenarios futuros, con algunas proyecciones bastante más dramáticas
que la mencionada. A modo de ejemplo, durante las últimas décadas del siglo XX,
en la región pampeana bonaerense la temperatura mínima en la primavera ha
aumentado a una tasa de 5.8° C por siglo (o sea, casi el triple de la media
proyectada para el planeta para nuestro siglo), y las lluvias de verano han
aumentado entre un 20 y un 40% (Magrin 2008).
Las proyecciones climáticas globales para las próximas décadas tienden
a coincidir en un aumento de la frecuencia de eventos extremos. Es
decir, se proyecta una mayor frecuencia de lluvias torrenciales por un lado y
períodos de sequía por el otro, episodios de frío intenso, incluyendo heladas,
alternados con olas de calor. Estos episodios tendrían mayor impacto en las
zonas donde existe una proporción considerable de población viviendo en
condiciones sociales, económicas y sanitarias deficientes, asentadas en áreas
ambientalmente marginales e inestables, como ocurre en América Latina (Magrin
& Gay García 2007). Las áreas geográficas cercanas a los límites de
distribución de enfermedades transmitidas por vectores animales son
particularmente vulnerables a cambios de temperatura y precipitación. Por
ejemplo, hay áreas de Argentina con riesgo significativo de aumento de la
incidencia del dengue y la malaria, transmitidos por mosquitos (Magrin &
Gay García 2007) y también de encefalitis viral ocasionadas por el Virus
Encefalitis de San Luis y el Virus del Oeste del Nilo (Almirón 2003) y
leishmaniasis.
Los modelos que producen
proyecciones de cambio climático a escala planetaria tienen una resolución
espacial baja (su unidades mínimas son grandes superficies asumidas como
homogéneas) y se basan en datos obtenidos por estaciones meteorológicas en el
presente y en el pasado. Es posible producir modelos regionales de mayor
detalle, más adaptados a las condiciones de áreas geográficas más restringidas,
como ser países y aún regiones dentro de un país. Sin embargo, para esto es
preciso contar con datos climáticos cada vez más detallados, o sea provenientes
de un mayor número de estaciones meteorológicas y de secuencias temporales
largas. En Argentina se están realizando algunos modelos regionales, de los
cuales se obtienen proyecciones de mayor temperatura media anual y mayor
precipitación total anual para el centro del país, incluyendo Córdoba (Núñez et
al. 2006 citado por Magrin 2008). Esto es coincidente con las tendencias
observadas hasta ahora: en
Sin embargo, es importante
destacar que la incertidumbre que de por sí tienen las proyecciones climáticas
a futuro (Pearce 2008) aumenta aún más en el caso de
Ante el desafío planteado por el
cambio climático, caben dos estrategias complementarias. Por un lado, la
adaptación, a fin de minimizar sus impactos. Por el otro lado, la mitigación, o
sea contribuir a disminuir las causas que lo producen.
1.
Algunas medidas de adaptación al cambio climático: planificar para la
resiliencia
La situación descripta más
arriba, en la cual hay amplia incertidumbre sobre la magnitud, efecto combinado
y aún dirección del cambio de factores ambientales en el futuro, es un típico
caso donde es preciso aplicar el concepto de “planificación para la
resiliencia” (Folke et al. 2002). Una planificación para la resiliencia
consiste en incorporar al sistema urbano y su entorno la mayor flexibilidad
posible, a fin de que pueda adaptarse dinámicamente a cambios en varias
direcciones, absorbiendo sus impactos de modo que cause la menor cantidad
posible de disrupciones al funcionamiento de la ciudad. Cabe destacar que los
casos documentados que existen, muestran que el costo integral de planificar
para la resiliencia frecuentemente resulta mucho más bajo que el de afrontar
las consecuencias de eventos extremos en caso de no tomar medidas (Carpenter et
al. 2006, ICSU-UNESCO-UNU 2008).
A continuación se mencionan
algunas medidas que contribuirían a aumentar la resiliencia de la ciudad de
Córdoba ante el cambio ambiental global:
1.1. Garantizar
una provisión de agua satisfactoria para una población creciente y ante la
posibilidad de una menor disponibilidad debida a episodios de sequía o
temperaturas altas. Para ello es preciso:
Maximizar la captación y acumulación y
proyectar la futura demanda: Esto se puede realizar con medidas a
corto-mediano plazo, como la acción conjunta con el gobierno provincial y otras
municipalidades para el correcto manejo ambiental y administración de las
cuencas altas captadoras de precipitación y de los reservorios de los cuales se
obtiene agua para la red domiciliaria de la ciudad de Córdoba. Al respecto, es
de importancia fundamental la protección de la vegetación de las Sierras,
incluyendo la profundización de incentivos como por ejemplo, que un mínimo
porcentaje de la tarifa del servicio de agua se destine a planes de
conservación y desarrollo sustentable en las sierras (del tipo del implementado
para sostener los planes de prevención de fuego por parte de
También
es preciso tener en cuenta la peligrosidad de posibles proyectos de bajar las
cotas máximas de los reservorios, tal como sucede con la actualmente vigente
Resolución 395/01 de
También
es importante analizar la factibilidad hídrica y los costos indirectos para el resto
de la población que ocasionarían los nuevos emprendimientos suburbanos de alto
consumo de agua (grandes superficies edificadas, piletas, grandes superficies
con riego profuso, etc.), a fin de determinar si son viables en el futuro,
tanto para sus residentes como para el resto de la ciudad.
A más
largo plazo, es preciso un plan estratégico de nuevos reservorios, canales y
reservorios menores anexos, a fin de garantizar una provisión de agua acorde
con el tamaño y progresión de crecimiento futuro de Córdoba.
Minimizar la pérdida innecesaria:
algunas medidas que tienden a este sentido son el monitoreo y reparación de los
canales maestros, los canales de riego del cinturón verde y la red
domiciliaria.
Otra
medida es desalentar el consumo privado desmedido y la construcción de nuevos
emprendimientos públicos que se basen en alto consumo de agua (grandes fuentes,
etc., ver también más adelante).
Asimismo,
son necesarias campañas amplias y creativas para concienciar a niños y adultos
sobre la importancia de cuidar el agua, incluyendo sugerencias prácticas de
cómo hacerlo en su vida cotidiana.
En el
ámbito público y privado, es necesario favorecer el riego nocturno por sobre el
diurno y favorecer el riego por goteo o por aspersión controlada por sobre otros
sistemas (ver más adelante).
1.2. Preparar la ciudad para una rápida evacuación de agua y un mínimo
impacto sobre construcciones en caso de crecientes e inundaciones. Los
eventos de lluvia torrencial no pueden ser evitados y frecuentemente tampoco
pueden ser anticipados. Por ello, es fundamental contar con mecanismos que
permitan minimizar los daños que causan. En este sentido, se recomienda un sistema de desagües pluviales capaz de
evacuar rápidamente caudales considerablemente mayores que los actuales.
Cabe destacar que el sistema actual rápidamente produce anegamiento de varias
zonas de la ciudad vuelve intransitables arterias importantes, ante eventos de
precipitación de mediana intensidad.
Otras medidas incluyen
desalentar emprendimientos públicos que impliquen el uso de grandes cantidades
de agua para fines no imprescindibles, por ejemplo la construcción de
monumentos y paseos con grandes instalaciones de agua.
Un aspecto fundamental de
adaptación es realizar un ordenamiento y
acondicionamiento de las riberas del Río Suquía, maximizando su acceso
público, favoreciendo la cobertura por vegetación e impidiendo nuevas
construcciones dentro de los límites donde han llegado crecidas históricas como
mínimo, e idealmente en un rango más amplio. En el caso de construcciones
existentes, considerar posibilidades de remoción (si están fuera de uso) o
reubicar a zonas de menor riesgo. La protección, dominio público y no
urbanización de las costas y riberas son señaladas como aspectos fundamentales
para disminuir daños a la salud y al patrimonio de los residentes de zonas
urbanas y periurbanas (McGranahan & Marcotullio 2005, Magrin & Gay
García 2007). Para la ciudad de Córdoba, existe un estudio, con su respectivo
mapa, sobre geomorfología y riesgo geológico de inundaciones por avance urbano
sobre riberas y paleocauces, como también por el colapso de suelos (Quintana
Salvat & Barbeito).
1.3. Controlar y
eliminar focos de agua estancada en la ciudad y sus alrededores. Si las
condiciones climáticas cambian, es posible que aumente el riesgo de
enfermedades transmitidas por vectores animales. En particular, condiciones más
cálidas y húmedas favorecerían la proliferación de mosquitos transmisores de
enfermedades tropicales. Por ello, se recomienda una campaña para disminuir la
acumulación de agua estancada en pozos, charcos, cunetas, bajos, envases,
cubiertas en desuso, etc. Un mejoramiento de las redes de provisión de agua y
de desagüe pluvial (ver más arriba) contribuirían directamente a este objetivo.
También las campañas de concientización masiva, la reparación de calles y la
limpieza de baldíos y espacios urbanos no habitados permanentemente. Cuando sea
imposible o inapropiado eliminar las acumulaciones de agua (p. ej. laguna del
Parque Sarmiento), se recomienda el control de larvas de mosquitos en las
lagunas permanentes mediante la siembra de peces denominados orilleros,
tosqueritos o madrecitas del agua (en este sentido, conviene
dar prioridad a las dos especies nativas que tenemos, que son Jenynsia multidentata y Cnesterodon decenmaculatus respecto a
1.4. Conservar, poner en valor y aumentar la superficie de espacios
verdes dentro y alrededor de la ciudad. Los espacios verdes urbanos y
periurbanos proveen beneficios ambientales como el mejoramiento de la calidad
del aire, la regulación del microclima, la reducción del ruido y de la
escorrentía de agua superficial (Daily & Ellison 2002). Asimismo, estos
espacios verdes sirven de reservorio genético y favorecen la persistencia de la
biodiversidad animal y vegetal nativas dentro de un paisaje en acelerado
proceso de artificialización, contribuyendo de ese modo a la salud ecológica y
a la preservación y el mejoramiento del capital natural de las sociedades (Díaz
et al. 2005, 2006, IEM 2005). También brindan obvios beneficios de tipo
psicológico, social y cultural. Estos beneficios se vuelven aún más esenciales
ante la perspectiva del cambio global desde varios puntos de vista, como el ahorro de energía utilizada en
climatización artificial, la salud
física humana y la protección de la
biodiversidad e integridad de los ecosistemas (Salvador Palomo 2003,
McGranahan & Marcotullio 2005, IPCC 2007). Por un lado, la conjunción entre
el aumento poblacional y el aumento de la temperatura acentuarían el efecto
“isla de calor urbana”, a través del cual las grandes ciudades resultan
considerablemente más calientes en general y ante olas de calor en particular,
que las áreas rurales. Esto aumenta el consumo de energía y el riesgo de
apagones, disminuye el bienestar de la población y pone en riesgo vidas humanas
por golpes de calor y otras dolencias, tal como ha sido documentado para
ciudades europeas (Fischlin & Midgley 2007) y la ciudad de Buenos Aires (de
Garín & Bejarán 2003). Los espacios
verdes urbanos ejercen un papel fundamental en la regulación de las condiciones
ambientales locales. Disminuyen significativamente la temperatura media y
las variaciones entre temperaturas extremas. También mejoran sustancialmente la
calidad del aire, lo cual es de gran importancia en áreas con topografía de
tipo “cuenco” como el centro de nuestra ciudad, sobre las cuales, ante
determinadas condiciones atmosféricas, la circulación de las capas de aire
queda fuertemente reducida. Es importante destacar que el efecto regulador de
la vegetación sobre el clima local y regional es más que directamente
proporcional a la superficie que ocupa, es decir, algunos de sus efectos
benéficos disminuyen dramáticamente, abruptamente, si su tamaño se reduce por
debajo de determinado umbral (Thompson et al. 2004). Teniendo en cuenta esto y
también el hecho de que los sectores de la población más vulnerables a olas de
calor son los de menor acceso a medios de transporte propio (los ancianos, los
niños, los pobres), es fundamental mantener y aumentar el área de pulmones
verdes urbanos en el corazón mismo de la ciudad.
Por el otro lado, numerosos
estudios han mostrado que algunas poblaciones de animales y plantas responden a
cambios en el clima desplazando su distribución geográfica hacia sitios cuyas
nuevas condiciones son más favorables para su desarrollo. De este modo, las
poblaciones, en vez de extinguirse, simplemente cambian su distribución
geográfica. Para que esto pueda ocurrir, debe existir conectividad de
ecosistemas adecuados a lo largo del paisaje. Cuando ésta queda interrumpida,
la migración no puede proseguir y los animales y plantas quedan “atrapados” en
zonas de clima desfavorable. En el caso de una ciudad tan extendida como
Córdoba, rodeada a su vez por un área de agricultura industrial cada vez mayor,
si no se prevén corredores verdes que la atraviesen, ésta constituirá un
obstáculo insalvable para ciertas poblaciones. El modo de garantizar la conectividad es preservar espacios existentes
y agregar otros, de tamaño suficiente y suficientemente conectados entre
sí, como para garantizar un amplio refugio de dichas poblaciones silvestres, y
proveer corredores de migración a lo largo del paisaje. De acuerdo con la
teoría de islas (MacArthur & Wilson 1967, Small 2002) la capacidad de los espacios
verdes para mantener y favorecer la biodiversidad es mayor cuanto mayor es su
superficie y menor es su distancia a otros espacios verdes.
Por todas estas razones y
teniendo en cuenta la escasa proporción de espacio verde por habitante en
nuestra ciudad (
En este sentido, la acelerada
enajenación y ocupación con construcciones del espacio público observada en los
últimos años (Búffalo 2007), en particular aquél de mayor capacidad de
regulación ambiental (Heinzmann 2003, 2007), disminuye seriamente la capacidad
de implementar una estrategia de adaptación coordinada por parte del gobierno
de la ciudad.
Un aspecto complementario acerca
de los espacios verdes urbanos es la puesta
en valor de los ya existentes. En este sentido, su valor regulador se
potenciaría si mejorara su cobertura vegetal. Esto se puede hacer a través de
esfuerzos de plantación de árboles. Las especies a priorizar debieran ser
aquéllas de amplia tolerancia climática y baja susceptibilidad a plagas y
enfermedades emergentes (por ejemplo, la llamada “muerte de los cipreses” es
una patología en expansión y su avance parecería estar relacionado a ciertas
condiciones climáticas extremas, por lo que no serían recomendables para
plantaciones nuevas; los ceibos son sensibles a las heladas, por lo que tampoco
serían candidatos ideales, etc.). El ayudar al establecimiento y manutención en
momentos críticos de las arboledas y cobertura verde de suelo puede justificar
en algunos casos la instalación de mecanismos de riego. Los mismos, sobre todo
si se trata de riego por goteo, acequias bien planeadas o aspersión nocturna
programada según las condiciones ambientales, posiblemente compensarían su
costo en agua y energía a través del efecto regulador de la vegetación
instalada. Cabe destacar, por ejemplo, que algunas “rachas” de sequía
particularmente severa pueden precipitar la muerte de arboledas de muchas
décadas de antigüedad. Su reemplazo lleva gran cantidad de tiempo y esfuerzo.
El contar con mecanismos de riego de emergencia, como camiones tanque de riego,
que puedan ser activados rápidamente en estas situaciones podría impedir estos
efectos. Del mismo modo, los espacios cubiertos por hierba verde, una vez que
la cubierta está bien arraigada, retienen más agua e irradian menos calor que
aquéllos con suelo descubierto. Para que la puesta en valor de los espacios
verdes sea realizada en conjunto con la comunidad y se cuide lo realizado, es
imprescindible la realización de programas educativos específicos (p. ej.
Programa Educar Forestando, realizado por
1.5. Mejorar el sistema de aislamiento térmico y climatización de las
construcciones de uso público y privado. Existe una serie de medidas, de
diversa complejidad y costo, que permite acercarse a condiciones ambientales
confortables tanto ante temperaturas muy altas como muy bajas y a la vez reduce
la necesidad de utilizar alternativas de climatización que consumen grandes
cantidades de gas o energía eléctrica (aumentando en el segundo caso el riesgo
de apagones por exceso de consumo). La nuevas alternativas pueden ser
favorecidas a través de campañas de concientización, pero su adopción por parte
de la población aumentaría si se sumaran incentivos o mecanismos de
regulación/disuasión más contundentes, como
normativas que obliguen a su uso en nuevas construcciones, particularmente
las grandes construcciones corporativas públicas o privadas, planes de
vivienda, incentivos para reemplazar por alternativas mejor adaptadas, etc.
Algunos ejemplos son las construcciones mejor aisladas al frío y al calor, con
mecanismos pasivos o de tipo ventilador basados en la conexión con el exterior
para refrigerar, o los sistemas de calefacción de alta eficiencia. Existe una
amplia gama de alternativas y existen en Córdoba instituciones con excelente
trayectoria para proveer soluciones locales de bajo costo (p. ej. el Centro de
Estudios de
1.6. Establecer un plan de monitoreo comunitario participativo de
agua, clima y biodiversidad. Como se señalara anteriormente, la
disponibilidad de información de base aumenta muy significativamente la
capacidad de realizar proyecciones certeras sobre el futuro clima. Esto a su
vez brinda la posibilidad de adaptarse adecuadamente a él. La ciudadanía en
general tiene un gran potencial de contribuir a la acumulación de esta
información, a través de su participación en el monitoreo de cambios que se
vayan produciendo. Por ejemplo, los mejores registros de comportamiento de
animales y plantas acompañando cambios de clima en Inglaterra corresponden a
voluntarios que durante años realizaron observaciones de flores, aves y mariposas
en su tiempo libre. A través de campañas relativamente sencillas, sería posible
involucrar a la población en general y particularmente a las escuelas, en la
observación sistemática y coordinada de temperatura, precipitación, cotas de
agua, presencia de aves e insectos indicadores y fecha de inicio de floración
de plantas en jardines, parques y paseos, etc. Además de proveer valiosos
registros a escaso costo, esta tarea tendría un alto valor educativo y de
concientización de la gente acerca de los cambios que están ocurriendo.
2.
Algunas medidas de mitigación
Dado que el cambio global es
resultado de procesos a escala geográfica muy amplia, sería ingenuo pensar que
las acciones realizadas a escala local podrían tener un efecto significativo a
nivel de todo el planeta. Sin embargo, los esfuerzos de mitigación realizados a
nivel de grandes centros urbanos son relevantes a nivel regional. Esto es
particularmente evidente en países como Argentina, con una fuerte polarización
de la población entre zonas de muy baja densidad y un número reducido de
ciudades muy grandes. En este sentido, el potencial de Córdoba para acentuar o
mitigar los efectos del cambio global es muy significativo a nivel de
Argentina. Esta mitigación consiste en
favorecer todas aquellas medidas que disminuyan el gasto de energía generada
directa o indirectamente por combustibles fósiles, como petróleo, gas o carbón.
Se mencionan como ejemplos:
. Mejorar los sistemas de aislamiento térmico y climatización
(desarrollado más arriba), reduciendo así la cantidad de energía necesaria para
mantenerlos a temperatura deseable en verano e inviernos.
. Disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero provenientes
de vehículos, a través de la mejora sustancial del sistema
público de transporte, la restricción de la entrada de vehículos particulares
al corazón de la ciudad, la regulación estricta de las emisiones por parte del
transporte público. También podría incentivarse el transporte a través de
bicicletas, mejorando la red de ciclovías, en particular extendiendo y
ramificando su acceso a la zona central y mejorando su seguridad en las zonas
periféricas.
. Reducir el uso y favorecer el reciclado de plásticos, vidrio, metal
y papel. Para ello es preciso facilitar la disposición diferencial de residuos,
por ejemplo, ubicar receptáculos para los distintos tipos de residuo en lugares
convenientes para los diferentes barrios, tal como ha sido previsto en el nuevo
pliego de higiene urbana de Córdoba. También se puede reducir el uso
innecesario de bolsas de plástico a través de disuasión (p. ej. penalización
del uso de bolsas de plástico en comercios) y/o incentivos (p. ej. entrega de
“bolsas de compras” no descartables, acompañados de campañas de información).
Para el éxito de la separación domiciliaria de residuos para su posterior
reciclado, es imprescindible un componente educativo, tal como ya ha sido
incluido en el nuevo pliego de higiene urbana.
. Proteger y aumentar la superficie cubierta de vegetación, en
particular de árboles. Además de los beneficios y posibilidades de
adaptación al cambio climático discutidos más arriba, los árboles a través de
la fotosíntesis, producen oxígeno y extraen carbono de la atmósfera y lo
retienen en sus troncos y raíces y en el suelo circundante, mejorando la calidad
del la atmósfera.
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