Publicado en "Revista Argentina de Política y Teoria" Nº 42 (Diciembre de 1999)
El maoísmo y la cuestión agraria argentina
Eugenio Gastiazoro
En la revista teórica trotskista En defensa del marxismo de enero de 1999, se publica un artículo de José Benco, dirigente del partido Política Obrera (PO), bajo la referencia: "El maoísmo y la cuestión agraria argentina", titulado "La base teórica de una política contrarrevolucionaria".
Antes de entrar al desarrollo de su crítica, el articulista lanza una serie de improperios contra su "oponente", de manera tal de que el lector no se atreva a identificar con quien tendría tan negros antecedentes. Tan recargada de adjetivos es esa descalificación del Partido del Trabajo y del Pueblo (o Partido Comunista Revolucionario, concede por única vez), que se convierte en su contrario. Adjetivaciones como "sabotaje sistemático", "subordinación permanente", "apoyo incondicional", hacen pensar que el articulista acordaría con esas "políticas" que nos atribuye de sabotaje, subordinación o apoyo, de no ser por su carácter sistemático, permanente o incondicional. Tras esto asoma un procedimiento verdaderamente policial-feudal: primero hace el prontuario (así lo define el articulista) y, después que ha condenado, recién pasa a "explicar".
El mismo procedimiento sigue para descalificar el "fundamento teórico", comenzando por "asimilar" nuestras posiciones "a la teoría stalinista de la revolución por etapas", presentándo a ésta en la versión revisionista de los socialdemócratas para hacer pasar sus tesis trostkistas. El articulista escamotea la teoría de Marx, desarrollada luego por Lenin, de la revolución ininterrumpida y por etapas, para atribuirnos una línea seguidista de la burguesía nacional en la revolución necesaria en nuestro país para acabar con el latifundio y la dependencia y abrir paso al socialismo y al comunismo. Como los revisionistas, el autor pone una muralla entre la revolución democrática popular, agraria y antiimperialista, y la revolución socialista, para calificar de contrarrevolucionaria a la línea marxista-leninista de hegemonía proletaria en nuestra revolución. Así mete en la misma bolsa de "filo-stalinistas" tanto a revisionistas como a verdaderos marxistas.
Modo de producción
Después de esa "introducción", José Benco pasa a analizar "el pensamiento agrario del PTP", tomando como punto de partida un libro mío (Argentina hoy) en su edición de 1972, que todavía mantiene el erróneo concepto de capitalismo dependiente -concepto que mezcla la categoría de modo de producción con la de sistema económicosocial-. Benco se hace el ignorante sobre el origen de nuestro análisis en ruptura con las posiciones del Partido Comunista revisionista, que todavía en los años ’60 atribuía un predominio a las relaciones feudales en el agro argentino, y que en esa crítica se nos "metió" ese concepto cocoliche de capitalismo dependiente. Cuestión sobre la que nuestro Partido hizo la crítica ya en 1973, en su Tercer Congreso, precisando que la "Argentina es un país dependiente, oprimido por el imperialismo, en el que predominan relaciones de producción capitalistas deformadas por la dominación imperialista y por el latifundio de origen precapitalista." (Programa del PCR, aprobado por el III Congreso, 2 y 3 de marzo de 1974, el subrayado es mío, E.G.).
Benco obvia que en este tema ha habido y hay "dos desviaciones: la exageración de lo feudal que llevó al Partido Comunista de la Argentina a la cola de la burguesía liberal, y, por otro lado, la del llamado ‘capitalismo dependiente’, que exagera el desarrollo capitalista de nuestros países y, al igual que hizo históricamente la socialdemocracia en América Latina, no diferencia a los terratenientes (dueños de latifundios de origen precapitalista y que conservan muchas relaciones de producción de ese origen) de la burguesía –llamaron y llaman a los terratenientes ‘burguesía terrateniente’- y niegan la existencia de la renta absoluta de la tierra en nuestros países y la validez, en ellos, de las tesis de Marx sobre este tema" (Otto Vargas: "Reflexiones sobre una charla del camarada Mao", en Política y Teoría, Nº 27, agosto de 1993). Así afirma que planteamos "el carácter semi-feudal o precapitalista de la explotación agraria argentina". Y para "demostrarlo", Benco cita a Marx haciendo un esquema propio para decir que, en el capitalismo, el terrateniente detenta una propiedad al servicio de la acumulación capitalista. Así hace desaparecer la contradicción entre la propiedad territorial y el capital, haciendo desaparecer la diferencias entre lo que es un terrateniente y un burgués en este sistema (con las consecuencias que veremos enseguida, al analizar el tema de la renta). Después trata de impugnar nuestro análisis histórico, deteniéndose en un párrafo en el que particularizamos algunas diferencias entre el desarrollo del agro argentino y el norteamericano:
a) Dice que mentimos cuando señalamos las diferencias en la afluencia inmigratoria entre Estados Unidos y Argentina, pero no da las cifras para el primero cuya inmigración fue más de diez veces superior (ver Eugenio Gastiazoro, Historia Argentina. Introducción al análisis económico-social, tomo III, Ediciones Agora, Buenos Aires, 1986, pág. 147). Además, particulariza con el alto porcentaje de inmigrantes que había entonces en la ciudad de Buenos Aires, cuando ésta no es el campo. La pregunta que no responde es: ¿por qué la mayoría de los inmigrantes se tenía que quedar aquí o en otras ciudades, y no podía asentarse en el campo como sucedió en Estados Unidos?
b) La respuesta al anterior interrogante, la diferencia no solo cuantitativa sino sobre todo cualitativa, surge del segundo punto donde Benco nos critica que hablemos principalmente de restricciones institucionales, como si la diferencia entre los sectores hegemónicos en las clases dominantes en uno y otro país hubiera dado lo mismo. Es más, engloba en esta crítica no solo lo que sería la superestructura del sistema imperante, sino nuestro análisis de la propia base económica, es decir las relaciones de producción (de propiedad, de trabajo y de distribución) existentes en el campo argentino, sobre la que se produjo la introducción de los inmigrantes y de la tecnología moderna.
En definitiva Benco, aunque se dice marxista, no tiene en cuenta en su crítica las condiciones sociales de producción, concretas, políticas y económicas, en que se produce la inserción de la economía argentina, y del agro en particular, en la economía capitalista mundial, ya en la época del imperialismo, con los terratenientes hegemonizando aquí el poder. Como analiza nuestro Partido: "el latifundio terrateniente es la base del poder de la oligarquía que ‘asocia’ el país a los imperialistas, pues necesita de ellos para su subsistencia y desarrollo. Impone la carga de la renta a los obreros rurales y campesinos arrendatarios y mantiene, aún en el marco general de relaciones de producción capitalistas, relaciones precapitalistas tales como: relaciones de dominación en estancias y fincas, puesteros, pastajeros, aparceros y tanteros, contratistas de viña, arrendamientos familiares, etc. Así el latifundio terrateniente constituye una rémora (por la carga de la renta parasitaria y el atraso relativo del campo) que condiciona y deforma todo el desarrollo del país." (Programa del PCR, VIIIº Congreso Nacional, 10, 11 y 12 de abril de 1997.)
La cuestión de la renta
En este punto nuestro "crítico", preocupado por embellecer a los terratenientes termina embelleciendo al capitalismo, convirtiendo sus contradicciones en armonías. Al hacer desaparecer la contradicción que existe en el propio capitalismo entre la propiedad territorial y el capital, hace desaparecer también la contradicción entre la renta y la ganancia, que se rigen por leyes distintas. Claro que para esto tiene que poner como "esencia" del sistema capitalista a la propiedad privada de los medios de producción, cuando el capitalismo puede existir bajo otras formas de propiedad, incluso estatales: lo que define a un sistema son las relaciones de producción (las relaciones de propiedad forman parte de ellas, pero la forma institucional de la propiedad puede variar, no necesariamente tiene que ser privada, sino de determinadas clases sociales, que pueden disponer de ella individual o colectivamente).
En lugar de analizar la contradicción entre la ganancia y la renta, Benco considera a esta última como algo natural, un "costo de producción" más, que, en todo caso, solo afecta al conjunto haciendo más caros los alimentos (que esto lo ponga bajo el subtítulo de renta absoluta, no muestra más que la ignorancia de Benco, ya que dicha renta en el capitalismo "puro", al contrario de la diferencial, no surge de un mayor precio de los productos sino de una mayor explotación de los obreros rurales, como analizaremos enseguida). Es más, según Benco la renta sería algo beneficioso para la producción porque "va a parar al sistema financiero" y así "contribuye, a través del sistema de créditos, a la inversión y la acumulación del capital en todas las ramas de la economía."
Benco destaca "el enorme desarrollo tecnológico, en cuanto a maquinaria, técnicas de riego, etc., que caracteriza al agro argentino", para santificar el sistema de arrendamientos y aparcerías de nuestro país, el camino latifundista, en contraposición al camino democrático norteamericano de los granjeros. Lo dice con todas las letras y subrayándolo: "la condición necesaria para lograr este enorme desarrollo es la propiedad latifundiaria", con el mismo argumento de los terratenientes: aprovechar "economías de escala".
El tercer punto que califica de "disparate" para amedrentar al lector, muestra precisamente hasta qué punto Benco, que dice ser un economista marxista, no ha estudiado siquiera a Marx, por lo tendría que tomarse un tiempo para ver los capítulos sobre la renta que éste escribe en el tomo III de su obra principal. Así por lo menos comprendería por qué hubo economistas burgueses, cuando la burguesía todavía tenía rasgos revolucionarios, que propiciaban la nacionalización de la tierra. Así, y observando la realidad del campo argentino, también comprendería que la modernización de nuestros grandes terratenientes y la introducción de las tecnologías más modernas, aun cuando hayan llegado a predominar las relaciones capitalistas de producción, hace que los latifundios sigan siendo manejados con un criterio terrateniente (regido principalmente por las leyes de la renta -no por una "mentalidad feudal", como dice Benco-) antes que con un criterio capitalista (regido principalmente por las leyes de la ganancia). Y el origen feudal inmodificado de ese latifundio hace que, a la vez, se mantengan y recreen relaciones precapitalistas -relaciones de dominación en estancias y fincas, puesteros, aparceros y tanteros, contratistas de viñas y frutales, arrendamientos familiares, etc.- y que tras el barniz burgués de nuestros terratenientes reaparezca siempre el patrón feudal en la relación con los peones y campesinos pobres y semiproletarios. "El pasado nos sujeta, nos tiene agarrado por miles de manos", como le decía Lenin a Bujarin en un debate sobre el programa del Partido de 1919 (Lenin, Obras Completas, tomo 29, pág. 163), y no se puede eludir la realidad con afirmaciones generales sobre el desarrollo capitalista, si uno quiere en verdad hacer un análisis marxista.
De Inglaterra a la Argentina
Según el análisis de Marx en El Capital (tomo III), el régimen típico de la producción capitalista en el campo, existiendo la propiedad privada de la tierra, implica la existencia de tres clases fundamentales: terratenientes, capitalistas arrendatarios y obreros rurales. En estas condiciones, la renta absoluta proviene exclusivamente de la explotación de los asalariados, es decir de la extracción de plusvalía. El terrateniente alquila al capitalista el uso de la tierra, para que éste a su vez la haga trabajar por obreros rurales. El arrendatario capitalista paga al obrero rural el equivalente al trabajo necesario y retiene el equivalente de todo el trabajo excedente, la plusvalía. Y este valor tiene que cubrir la renta absoluta exigida por el terrateniente, una vez que el arrendatario capitalista ha cubierto el costo de producción y la ganancia media. Así la renta absoluta es un excedente sobre la ganancia media. Excedente que surge de la superexplotación de los asalariados rurales por el mayor atraso relativo del capitalismo en el campo, que se perpetúa con relación al desarrollo del capitalismo en la industria por la traba que impone la propiedad terrateniente (y su exigencia de renta) al acceso del capital al campo.
El análisis que realiza Marx de la renta absoluta, llamada "inglesa" por algunos revisionistas (pretendiendo que se trata de una peculiaridad exclusiva de ese país), tiene una gran vigencia en el caso de nuestro país por el peso que tiene aquí la gran propiedad territorial. Lo que se ve reforzado por el origen feudal inmodificado de nuestro latifundio, pese a los "recortes" que históricamente le han impuesto las luchas de los obreros rurales y campesinos chacareros (particularmente durante el gobierno peronista de 1946-55, con el estatuto del peón, el control de precios, la rebaja y congelamiento de los arrendamientos y algunas expropiaciones). Estos "recortes" y limitaciones, si bien afectaron al latifundio, no lograron cambiar en lo fundamental la base del poder terrateniente, pues no implicaron una reforma agraria profunda como la que se necesita en nuestro país, y ese poder se siguió imponiendo económica, social y políticamente (para un mayor desarrollo, ver Eugenio Gastiazoro, "Terratenientes, imperialismos y renta agraria", en Revista Argentina de Política y Teoría, Nº 13, setiembre de 1987).
Pese al avance operado en el capitalismo en nuestro país -y al predominio adquirido por la industria sobre el agro-, la introducción de mejoras tecnológicas en el campo argentino, al mantenerse en lo fundamental la gran propiedad terrateniente inmodificada, recién se operó en una magnitud significativa -siempre con retraso y limitadamente con relación al total de tierras fértiles que dispone nuestro país- cuando los terratenientes tuvieron la posibilidad (a través de los aumentos de los arrendamientos) de que las mejoras tecnológicas se tradujeran rápidamente en mayores rentas, con el consiguiente aumento del precio de la tierra y del poderío terrateniente. Con la dictadura de Onganía, a partir de 1966, se liberaron totalmente los arrendamientos rurales (ley Raggio) favoreciéndose una más acelerada reconstitución del latifundio -que se venía operando desde el golpe de Estado de 1955-, con la expulsión de miles de chacareros que todavía podían acogerse a las prórrogas de la ley de arrendamientos peronista. Así "surgió" el sistema de los contratistas por una cosecha, que volvió a dar a los terratenientes la mayor movilidad especulativa en el uso de la tierra. La mayoría de estos contratistas, ex arrendatarios con máquinas y tractores, se vieron así obligados a tener que pagar de año en año arrendamientos más elevados (o a entregar porcentajes mayores de la cosecha) sin poder amortizar siquiera sus equipos, con lo que el valor de éstos también pasaba a formar parte de la renta terrateniente. Es decir que pasaron a convertirse en verdaderos aparceros (el pago en especie ya no ocultaba simplemente una relación capitalista).
Esto nos lleva a otras formas que adquiere la renta absoluta en nuestro país, que expresan la explotación no solo de los obreros rurales sino también de numerosos campesinos trabajadores. Estos, cuando son arrendatarios, ni siquiera cubren la ganancia media y no obstante deben abonar pesadas cargas en concepto de renta. Lo que el campesino arrendatario abona al terrateniente en este caso proviene también de su trabajo y el de su familia. Así se acrecienta el peso de la renta absoluta sobre el campo argentino con el acople de formas de renta que esconden relaciones de producción típicamente precapitalistas.
El hecho de que la renta exigida por los terratenientes sea elevada, tan elevada como permite su monopolio real y la necesidad de productos agropecuarios que tiene el país, hace que nos encontremos con que, junto a la introducción de las más modernas tecnologías, persistan o se recreen relaciones precapitalistas de producción, donde la renta terrateniente proviene principalmente del trabajo del campesino y su familia. Así ocurre no solo en zonas alejadas del interior sino incluso en torno a los grandes centros urbanos del Litoral, como en los cinturones hortícolas y florícolas del Gran Buenos Aires, La Plata y Rosario, donde se observa un gran avance en el uso de invernáculos, la llamada "revolución del plástico", pero sobre la base de un aumento considerable de la mediería. Lo mismo ocurre en los grandes y modernos tambos en los que para el ordeñe se siguen empleando tamberos medieros, que de medieros solo les queda el nombre, ya que en esos tambos tienen que trabajar por el 9-10 % de la leche extraída. Los obreros rurales y campesinos pobres, e incluso medios, como no tienen otra alternativa para trabajar, tienen que someterse a las condiciones que imponen los terratenientes.
La traba al desarrollo de las relaciones de producción capitalistas en el campo que implica el monopolio de la propiedad territorial, también facilita en nuestro caso el sometimiento, en las estancias y fincas, de los peones, puesteros, etc., a relaciones semiserviles, en las que se basa otra parte de la renta. Y de conjunto las condiciones de atraso del campo, engendradas por el latifundio, permiten que junto a la plusvalía "normal" capitalista se adose una plusvalía extraordinaria, pagándole a los peones y obreros rurales relativamente mucho menos que lo que se paga a un obrero industrial. Así los terratenientes, explotando directamente peones u obreros rurales o haciendo actuar a los capitalistas agrarios como sus intermediarios, haciéndoles "exprimir el paño" a los obreros rurales gracias al monopolio de la propiedad de la tierra de que disponen (que les permite exigir elevadas rentas), "engorda" en nuestro país la renta terrateniente en desmedro incluso de la ganancia capitalista.
En definitiva, la carga de la renta absoluta en nuestro país implica una mayor explotación de los obreros rurales y peones, la opresión del campesinado (cuando no su explotación directa) e incluso de los capitalistas agrarios. De ahí que los primeros, aun cuando su relación inmediata sea con los chacareros y burgueses agrarios, tengan también como enemigo principal a la oligarquía terrateniente, pues en la base del poder de ésta, en la propiedad latifundista, reside hoy principalmente el atraso que determina su superexplotación.
La renta diferencial
Benco dedica un párrafo a la cuestión de la renta diferencial, pero no analiza el tema. Solo dice que es una característica del capitalismo, pero esto lo hace tramposamente. Pues lo importante es que se produzca para un mercado, lo cual también se puede hacer con el trabajo de esclavos, de siervos o de artesanos. Por más que el producto se mercantilice, eso no quiere decir que en estos casos las relaciones de producción sean capitalistas. Y, en el caso de nuestro país, deja de lado el "pequeño detalle" de que los terratenientes argentinos nunca se preocuparon por el desarrollo interno del capitalismo, no por "ignorantes" sino porque adscribieron las tierras pampeanas al mercado mundial capitalista. Así se ha mantenido el latifundio de origen feudal en el campo, con el consiguiente retraso en el desarrollo de las relaciones capitalistas de producción y la permanencia y recreación de relaciones semifeudales -incluso utilizando la tecnología moderna cuando la libertad en los arrendamientos y los precios del mercado mundial lo permitieron-, con la Argentina convertida en un país dependiente, parte del conjunto de países coloniales, semicoloniales y dependientes oprimidos por los países imperialistas.
Equiparando producción para el mercado capitalista con producción capitalista, Benco obvia analizar las condiciones concretas de cómo se produce y cómo se distribuye lo que se produce. De esta manera da por "ganado" el debate, aunque eso se dé de bruces con la realidad del campo argentino. Y lo que es peor, vuelve a encubrir así también el papel retrógrado que, incluso en condiciones del capitalismo "puro", tiene la propiedad territorial con relación a las posibilidades de capitalización que podrían ofrecer los excedentes de las mejores tierras, si no fuera que se transforman en renta diferencial a favor de los terratenientes, tanto más rápidamente cuando más breves sean los contratos de arrendamiento (para mayor detalle se puede ver mi Historia Argentina ya citada, págs. 71/81).
La existencia de la propiedad territorial hace que el terrateniente se apropie, a través de mayores arrendamientos, sea en especie o en dinero, del mayor excedente que puede surgir de la diferencia de fertilidad y/o distancia de los mercados entre las tierras mejores, y las peores que los precios permitan poner en producción. Lo mismo ocurre si existe la posibilidad de un beneficio diferencial por alguna obra pública (por ejemplo, un canal de riego o un camino asfaltado) o aun cuando sea el resultado de mejoras realizadas por el propio arrendatario. La liberalidad de los contratos (habiéndose eliminado la legislación peronista que, aunque sea con plazos mínimos y prórrogas, protegía a los arrendatarios), permite a los terratenientes apropiarse rápidamente de esas diferencias, a través de exigir arrendamientos más elevados. De la misma manera ocurre cuando hay una coyuntura internacional de precios favorables si no hay restricciones para los contratos ni retenciones impositivas a las exportaciones, como sucedió con la liberación menemista que permitió que sus principales beneficiarios hayan sido los terratenientes y no los capitalistas contratistas.
Aquí es bueno recordar que esto es muy diferente a como ocurrió con el desarrollo del capitalismo en el campo en Inglaterra, subsistiendo la propiedad territorial anterior. Allí, como analizó Marx, esa propiedad territorial pasó verdaderamente a estar subordinada al capital, expresándose esto institucionalmente en la extensión de los contratos de arrendamientos (¡de hasta 100 años!), de manera tal que la mayor parte de los beneficios provenientes de los mayores precios generados por la expansión del mercado interno inglés (protegido por las leyes de granos) no se transformaban en renta a favor de los terratenientes sino que quedaban como ganancia extraordinaria en manos de los capitalistas arrendatarios, favoreciendo de esta manera una verdadera capitalización del campo.
Los "récords" del menemismo
La cosecha récord de 1997/98 demostró que habíamos subestimado las posibilidades de aumento de la producción agraria en nuestro país, en particular en la pampa húmeda, bajo la actual estructura basada en el latifundio y la dependencia. ¿Quiere decir esto que hubo un gran avance del capitalismo en el campo argentino y que el latifundio y la dependencia ya no son más una traba para su desarrollo?
El extraordinario aumento de la producción agrícola argentina de la década de 1990 se dio inducido por el mercado externo, con el considerable aumento de los precios de los granos y semillas oleaginosas producido entonces en el mundo. En este sentido, lo sucedido en los últimos años en nuestro país es equiparable a lo ocurrido también aquí a comienzos de este siglo. Por eso hay quienes hablan de "segunda revolución en las pampas". La característica de la primera fue la expansión territorial, mientras que la segunda se caracteriza por la expansión tecnológica: la rápida adopción de los equipos e insumos (semillas, fertilizantes, herbicidas) desarrollados en el Primer Mundo.
El que esta extraordinaria expansión de la producción agrícola argentina se haya dado en función del mercado externo, de por sí no define nada. Después de todo eso es lo que ocurrió también en los Estados Unidos a fines del siglo pasado. La diferencia es que allá la expansión de la producción agraria fue consecuencia de un desarrollo capitalista autónomo, sobre la base de pequeñas y medianas explotaciones agropecuarias a expensas de la gran propiedad terrateniente y del feudalismo, mientras que aquí fue y es el producto de la consolidación del latifundio de origen precapitalista y de la profundización de la dependencia al imperialismo. Por lo tanto, mientras que en los Estados Unidos la expansión de la producción agraria resultó en la formación de un poderoso mercado interno, en nuestro caso no sucedió, ni sucede así, precisamente porque no está en función de un desarrollo capitalista interno sino de un reforzamiento del latifundio y de la dependencia.
La ampliación de la producción agraria en nuestro país tuvo y tiene que dar cuenta, en primer lugar, del extraordinario acrecentamiento de la renta terrateniente que la estructura latifundista impone para el acceso del capital a la tierra. Por ejemplo, un tercio de la cosecha récord está compuesto por soja, con 7 millones de hectáreas sembradas en la campaña 97/98. Y alrededor de la mitad de la soja sembrada se hizo a través de contratistas que tuvieron que pagar arriendos de hasta el 40% y más de lo producido (un récord solo equiparable al de los años previos al Grito de Alcorta de 1912; ver mi Historia Argentina ya citada, págs. 152 y 158). La posibilidad de semejante renta terrateniente fue garantizada en primer lugar a través de la liquidación de todas las conquistas laborales de los obreros rurales, ya que en la superexplotación de los mismos está la base de la renta absoluta. Después la liberalidad total en el plazo y las condiciones pactadas entre las partes en los contratos de arrendamientos y aparcerías rurales permitió que los beneficios de los mejores precios se trasformaran inmediatamente en mayor renta. Así, los contratistas agrarios tuvieron que ceder a los propietarios de la tierra prácticamente la mitad de lo producido, y con el resto tuvieron que hacerse cargo de todas las inversiones que implicó obtener el total de la cosecha (incluyendo la parte que tuvieron que entregar como renta). Si a esto se suman las elevadas tasas de interés que tienen que pagar por los créditos que necesitan tomar para poder producir, así como el mayor costo de los insumos (como semilla, herbicidas y fertilizantes) controlados por los monopolios imperialistas y los beneficios extraordinarios que se lleva el sector monopolista exportador, se comprenderá porque la cosecha récord también ha implicado una superexplotación récord de los obreros rurales y un endeudamiento récord de la mayoría de los productores agrarios, además de una concentración y extranjerización récord de la propiedad de la tierra.
Los elevados precios internacionales de los granos y oleaginosas, junto a la competencia entre los contratistas y la posibilidad de la mayor superexplotación obrera, hicieron afluir los capitales especulativos al campo (los "pooles de siembra), que posibilitaron el extraordinario incremento de la producción incorporando tecnología moderna, pese a la abultada renta terrateniente de la que hubo que dar cuenta. Pero todo esto, al final del ciclo, resultó en un empobrecimiento de los que hicieron el esfuerzo productivo, los contratistas agrarios y los obreros rurales. No hubo en consecuencia una verdadera capitalización del campo argentino, sino elevadas rentas para los terratenientes y grandes beneficios para los especuladores, quedando al final del ciclo el tendal de pequeños y medianos productores -incluso grandes capitalistas agrarios- y de obreros rurales.
Durante este proceso además de la introducción de mucha tecnología moderna (maquinarias, semillas, fertilizantes, herbicidas), hubo un cierto avance de las relaciones capitalistas de producción, con una mayor diferenciación de clase entre los "productores" (mayor proporción de obreros rurales y de capitalistas agrarios). Pero como resultado final no se puede decir que haya habido un desarrollo notable del capitalismo en el campo, al menos de una manera que haya llegado a subordinar a la propiedad territorial. El capital especulativo como vino se fue, y lo que han quedado son miles de burgueses agrarios con deudas usurarias que implican su ruina y decenas de miles obreros rurales sin trabajo, mientras han aumentado las formas atrasadas de trabajo como la mediería, tantería, etc., y ha aumentado la concentración y la extranjerización de la propiedad de la tierra. En definitiva, el resultado de este proceso ha sido un mayor peso del latifundio en la estructura agraria y un mayor peso de la dependencia externa, tanto en la propiedad de la tierra como en los insumos para la producción y en el mercado para la misma, como parte del desmantelamiento de la industria nacional y el achicamiento del mercado interno que resultó de toda la política menemista.
Una modernización reaccionaria
Para hacer pasar sus tesis trostkistas, Benco asimila la introducción de tecnologías modernas en el campo con desarrollo capitalista. Pero, la modernización tecnológica no necesariamente implica una modernización en las relaciones de producción. La modernización menemista ha sido esencialmente reaccionaria, porque ha sido sobre la base de la profundización de la dependencia al imperialismo y de la consolidación del latifundio, con un aumento de formas atrasadas de trabajo como la mediería, tantería, etc., lo que ratifica lo acertado del análisis y conclusiones del Octavo Congreso del PCR de la Argentina (ver Resoluciones sobre la situación política internacional y nacional, abril de 1997, págs. 63-69). El poco desarrollo capitalista que hubo se dio en contradicción y subordinado al latifundio, y hoy lleva las de perder frente a la crisis. La "revolución" tecnológica no ha implicado un progreso en las relaciones de producción más atrasadas (ni en las relaciones de propiedad, ni en las de trabajo y de distribución) sino su mantenimiento y recreación, porque no se produjo sobre la base de la democratización de la propiedad de la tierra, de una verdadera reforma agraria, sino reforzando la estructura latifundista y dependiente del país.
Nuestra historia ofrece ejemplos de otras modernizaciones anteriores que se hicieron manteniendo e incluso ampliando el peso del latifundio de origen precapitalista. Por ejemplo así se dio el pasaje del predominio de la lana a la carne y los cereales a fines del siglo pasado. Toda la modernización que implicaron los ferrocarriles, el frigorífico, el telégrafo, etc., si bien de conjunto trajeron un avance de las relaciones capitalistas, en lo fundamental del campo argentino ese desarrollo fue limitado y lastrado de relaciones precapitalistas porque se hizo sobre la base del latifundio preexistente, de su ampliación y consolidación. Así la introducción del arado múltiple, las cosechadoras, el ganado refinado, etc., si bien significó un gran avance tecnológico en el campo no puede decirse que lo mismo sucedió respecto de los productores directos. Hubo sí cambios en éstos porque prácticamente desaparecieron los productores relativamente libres, mientras aumentaban los peones, puesteros, aparceros y arrendatarios y se daba un cierto desarrollo de la burguesía agraria y de los obreros rurales, sobre todo de los temporarios ("golondrinas") para la cosecha y la estiba de los cereales. También hubo cambios entre los terratenientes, fundiéndose muchos antiguos (sobrevivían los que se "modernizaban") y surgiendo muchos nuevos.
Medio siglo después, tras la crisis de 1930 y el advenimiento del peronismo, hubo un avance de las relaciones capitalistas de producción sin demasiada modernización tecnológica, con un aumento relativo de la burguesía agraria y de los obreros rurales, sobre la base de la limitación del poder de los terratenientes y el "recorte" de los latifundios. Proceso que se interrumpió con la restauración oligárquica de 1955 y la política de la dictadura de Aramburu-Rojas de favorecer la reconstitución del latifundio, sobre cuya base se produjo la posterior modernización frondicista, fundamentalmente en maquinarias y tractores, a partir de la crisis de 1959. Tecnificación que mostraría un nuevo momento de "desarrollo" con la liberación total de los arrendamientos por la dictadura instaurada en 1966.
Ahora, con la eliminación de las retenciones a las exportaciones por el menemismo y al impulso del extraordinario aumento de los precios internacionales de los granos y semillas oleaginosas, operado a mediados de los ’90, se produjo una gran introducción de tecnología moderna (ya no solo en equipos sino también en las formas de laboreo de la tierra –"siembra directa"-, semillas híbridas, fertilizantes químicos, etc.), sin que haya habido un cambio en la estructura latifundista y dependiente, sino todo lo contrario: su reforzamiento, como se puede ver en la creciente concentración y extranjerización de la propiedad de la tierra. Han desaparecido sí muchos viejos terratenientes y también arrendatarios clásicos, siendo reemplazados por nuevos terratenientes y por los "pooles" y los contratistas.