¿Qué es lo que más cuesta enseñar? A mí, personalmente,
lo que más me cuesta es que los alumnos entiendan qué es y cómo
funciona ese pedal maléfico y terrible llamado “embrague”.
Los errores más comunes, aún en los alumnos avanzados,
es que cogen vicios inventados por ellos mismos, que les resultan
más cómodos de utilizar pero que presentan inconvenientes y que van
en contra de lo aprendido anteriormente, durante las primeras
clases.
Y uno de esos es el embrague que lo utilizan como el
interruptor de la luz: encendido o apagado. O lo piso o lo suelto,
pero lo de tenerlo a medias... Como que cuesta un poco explicarlo.
Buscar el punto de fricción es fácil y lo pillan enseguidita pero
eso de controlar la velocidad con el medio embrague, eso cuesta más.
Lo más común es controlar la velocidad con el freno.
Llegamos al típico resalto en la calle y ¡catapún! Piso el freno que
es más cómodo. El coche siempre va en el filo de la navaja, a
puntito de calarse, pero como tienen ya cierta soltura no sobrepasan
ese límite. Yo les digo que eso es peligroso porque cualquier cosa
les puede hacer calar el coche. Pero nada. La solución que tomo es
pisarles más el freno y de repente, ¡Voilá! Pisan instintivamente el
embrague y evitan que se cale.
- ¡Anda!, ¿Porque pisas ahora el embrague?
- ¡Es que si no se me cala!
- Pero, ¿Es que no ves que antes ya estaba a punto de
calarse?
- Ya, pero no se calaba.
- Pero vas frenando, calentando excesivamente las
pastillas, que como te acostumbres, me lo vas a hacer bajando
Navacerrada, vas gastando combustible y estas a punto de calarlo y
eso lo nota el examinador. Eso denota falta de control. El coche te
lleva a ti, no tu al coche.
- Pero es que…
Y así excusas hasta el infinito.
Otra cosa que me hacen es invertir la secuencia
embrague – freno. Yo les hago entender porque unas veces es freno –
embrague (pendientes descendentes, alta velocidad…) y otras embrague
– freno (baja velocidad). Y ellos mismos me contestan.
En una pendiente:
- Si pisas ahora el embrague primero para detenernos en
el semáforo, ¿Qué pasa?
- Se lanza el coche y no retiene.
- Entonces, ¿Qué has de pisar primero?
- El freno para sujetar y lo mantengo mientras reduzco.
Al detenernos en un semáforo en rojo, circulando
despacito:
- Y si ahora pisas primero el freno, ¿Qué pasaría?
- Que se cala, por eso primero piso el embrague.
Y el caso es que razonan y durante bastante tiempo lo
hacen correctamente pero de buenas a primeras, cuando ya controlan,
pasan a hacerlo siempre embrague – freno con el consiguiente susto
en las pendientes o cuando vamos más deprisa.
Cuando nos metemos por las calles estrechas que
requieren cierta pericia en el uso del medio embrague y coordinar el
giro de volante con la velocidad a la que circulamos nos pasa lo
mismo.
Vamos frenando para girar pero cuando medio enfilamos
el coche y soltamos el freno, si vamos en segunda, el coche sale
disparado y como no nos lo esperamos, nos faltan manos para girar
mientras el coche se acerca al que está estacionado y donde su
dueño, que casualmente se estaba montando en él, ve pasar su vida en
diapositivas.
- ¡Buf, que susto!
- Claro, ¿Por qué regulas con el freno?
- Pues como tú me has dicho.
- ¿Yo? ¿Cuándo?
- Si, tu me dices que frene para reducir y después el
embrague.
- Pero, ¿Cuándo vamos deprisa o despacio?
Y así más excusas.
Otra prueba que les hago pasar para que aprendan a
controlar la velocidad con el embrague es hacerles circular por unos
estacionamientos que hay en la universidad donde hay que controlar
el medio embrague. Cuando están girando les acelero suavemente y
cuando notan que no les da tiempo a girar, enseguida pisan el
embrague. Reaccionan instintivamente y lo hacen bien. ¿Por qué no lo
hacen voluntariamente cuando necesitan ir más lentamente?
Si veo que van regulando con el freno, les levanto el
pedal y al coger más velocidad el coche, pisan el embrague.
Coordinar los movimientos de las manos al volante y los
pies en los pedales necesita cierta práctica, como aprender a tocar
la guitarra. No te sale a la primera porque es un ejercicio que
jamás hemos hecho. Pero, ¡Que difícil es que te hagan caso!