En abril de 1829, no se podía decir en
modo alguno que el Perú estaba enfrentando una guerra perdida. Muy al
contrario.
El ejército evacuado del Ecuador se había reorganizado en los diversos campamentos de Piura, y nuevas tropas frescas venidas del sur estaban afluyendo.
Nuestra escuadra mantenía
el bloqueo de toda la costa colombiana y estaba firmemente posesionada de
Guayaquil, que privaba a la región sur
de
Por otra parte, le inquietaba la existencia del ejército peruano en Piura, que podía intentar un reingreso al Ecuador para atacar al ejército sitiador de Bolívar, por la espalda.
Pero todo esto demandaba mucho gasto de
dinero al Perú, y eso era lo que no siempre se tenía disponible, por cuyo
motivo se tuvo que recurrir a la generosidad de los piuranos pudientes, para
que proporcionaran préstamos al ejército, a los jefes y al mismo presidente
Sobre estos préstamos, nos da Miguel Seminario Ojeda una interesante información.
Así tenemos que Francisco Távara, con la
previa garantía del general Gamarra proporcionó a
También José Lama, prestó a
Pero hay también la prueba de que
Francisco Távara dio dinero en préstamo al presidente
Paita, 8 de junio de 1829.
Señor Carlos Lison.- Lima.
Mi estimado paisano, voy a embarcarme y
sólo tengo tiempo de decir a Ud. que si ha llegado a cobrar alguna cantidad de
los sueldos que se me deben, se sirva ponerlos a disposición del señor don
Francisco Távara, y los mismos que Ud. logre percibir.- Es de Ud. muy
afectísimo amigo. José de
Así con esta breve y apurada nota, el
honrado y noble
Cuando recién se
iniciaron las acciones de guerra, en Paita había dos hospitales que pronto se
congestionaron con los heridos de las acciones navales y luego, por los que
provenían del frente de Guayaquil. En Piura el hospital Belén y otro de campaña
atendía a los heridos y enfermos del ejército
expedicionario. El investigador histórico Seminario Ojeda, ha establecido que
el 8 de octubre de 1828 se fusionaron los hospitales en uno solo. Era
contralor-administrador Vicente Otoya, sangrador Ignacio Olarte, cocinera Pascuala Escobar, empleado doméstico José Castillo. Se
crearon en 1829 una olaza mas de servicio y una de
lavandería. Aparte actuaban los médicos y auxiliares de enfermería.
Cuando el ejército peruano dejó Loja, el
mariscal
Entre el personal que recomendaba Gamarra
para que se rindieran honores y se les tributaran distinciones, no figuraban
los jefes divisionarios. El presidente
Estando ya en Piura, Gamarra supo que el presidente
Mientras tanto el famoso batallón Zepita,
formado por cuzqueños y puneños con 900 soldados debía de llegar de un momento
a otro a Paita. Los oficiales y los soldados eran muy adictos a Gamarra. Este
para evitar el sofocante calor que aún reinaba en Piura, a gente que venían de
la sierra sur, dispuso que desembarcaran en Lambayeque, pero
El 11 de abril, el comandante general de la segunda división, comunicó al general Agustín Gamarra la suspensión del subteniente Manuel Salazar desde el 31 de marzo de 1829. Igualmente avisaba de la deposición de los sargentos José Domínguez, Andrés Galeano y Pedro Vizcarra desde el 12 de abril por faltas graves.
Gamarra dio su aprobación a la medida
disciplinaria y más tarde
Seminario Ojeda, relata como fue el problema suscitado con el subteniente Salazar.
En Quiroz, estaba acampado el batallón “Ayacucho” bajo el mando del sargento mayor Pablo Fernandini, el mismo que años mas tarde fuera fusilado por Santa Cruz en Arequipa.
Este jefe, el día 28 de marzo de 1829, cursó al jefe de la segunda división un informe contra el subteniente Salazar. Lo acusaba de llevar una conducta ajena a la delicadeza que correspondía a un oficial, que tenía en Quiroz como amante a una “mujer negra” a la que tildaba de prostituta. Continuaba el mayor Fernandini, de que había llamado la atención al subteniente en una forma decorosa, pero que a pesar de todo, seguía ridiculizando su grado.
En realidad el problema surgió cuando el capitán de la compañía a la que pertenecía Salazar se quejó al mayor Fernandini, el cual de inmediato tomó cartas en el asunto. El subteniente Salazar se había negado a formular el informe escrito que le había solicitado el capitán de la comisaría, y no sólo eso, sino que se había embriagado en tal forma, que se atrasó y quedó rezagado en la marcha de Macará a Quiroz, reincorporándose a la unidad seis horas mas tarde por haberse quedado dormido en el camino.
Parece que Fernandini y demás oficiales lo que mas los mortificaba era el hecho de que la amante del oficial fuera una negra, lo que muestra un sentimiento de racismo en las filas del ejército peruano. Es posible que la causante de tanto problema fuera una de las muchas mujeres de color que hay en la zona de Las Lomas y Quiroz; pero Fernandini quería mantener una severa disciplina para evitar ciertos brotes que ya se habían manifestado. En efecto, a la altura de Cariamanga, sancionó fuertemente al sargento Galeano, por haber descuidado la vigilancia de dos soldados castigados encomendados a su control, los que habían desertado.
Para evitar que los campesinos dieran posada y amparasen a los desertores, el 28 de abril se dio una disposición general mediante la cual serían declarados cómplices y sancionados severamente, los dueños de casas en donde fueran encontrados desertores.
Habiendo
Desde Piura dispuso el reforzamiento de la guarnición de Guayaquil y del bloqueo de la costa colombiana. Gamarra se oponía a eso, bajo el pretexto de que era conveniente reiniciar las operaciones por Loja tan pronto como las lluvias cesaran. El astuto e intrigante general cuzqueño sólo quería ganar tiempo.
Después de Saraguro y antes de la acción de Portete el general Juan Illingort que se había retirado de Guayaquil a Daule, había tratado de sostenerse en esa población pero no pudo hacerlo porque las enfermedades, las deserciones y los ataques continuos a que estaba sometido, le hicieron insostenible la situación. A mediados de febrero había sufrido un descalabro cuando grandes canoas tripuladas por 200 soldados colombianos fueron capturadas por barcos de la escuadra cuando se dirigían a capturar Samborondon que estaba en poder de los peruanos.
El 23 de febrero, Illingort se retiró de Daule. En el lugar dejaron cuatro cañones y se vieron precisados a arrojar al río 600 fusiles y municiones, de donde fueron rescatadas por soldados peruanos. En los hospitales de Daule quedaron 80 soldados enfermos. En su precipitada huída hacia la sierra para juntarse con Sucre una gran cantidad desertaban para unirse a las partidas lanzadas en persecución.
Al finalizar febrero, y después de la batalla de Portete de Tarqui, estaban en poder de las tropas peruanas las poblaciones de Daule, Samborondon, Palenque, Babá, Pueblo Viejo, Bodegas, Yahuachi, Machala, Balao, Puná, Morro, Santa Elena, Chanduy y Chongón.
Bouchard, el jefe de la escuadra peruana
en Guayaquil dispuso que el comandante Ignacio Mariátegui, al mando de la
“Monteagudo” limpiara la costa de Ecuador y del sur de Colombia de lanchas y
barcos enemigos, labor que se realizó en el mes de marzo. Mientras tanto a
Boterín se le ordenó la captura de la goleta colombiana “Tipuani” que armada en
corso hostigaba a barcos mercantes peruanos. Se le suponía en Panamá y hacia
allá se dirigió Boterín con los bergantines “Arequipeña” y “Congreso”. Sólo
pudieron capturar a la goleta “Francisca”. Llegaron hasta
Mientras tanto Bolívar había llegado al Ecuador con refuerzo de contingentes pues las tropas que antes combatían a Obando y a López en Pasto y Popayán había quedado libres tras de acogerse estos a la amnistía decretada por Bolívar.
En Guayaquil habían 2,100 soldados peruanos, pero dominaban todos los accesos fluviales de tal modo que nada podían hacer los 5,000 soldados que Bolívar tenía en torno de la zona peruana. Era una desesperante guerra estacionaria en la que los soldados colombianos expuestos a la intemperie resultaban enfermos en gran cantidad. La situación desesperaba a Bolívar que se veía impotente de proceder.
Otros 5,000 soldados estaban llegando al norte del Ecuador y en Pasto, pero consumían y nada podían hacer.
El 10 de mayo de 1829 el general Mosquera le escribía a Bolívar que entre Pasto y el sur del Ecuador habían 10,500 soldados mas algunos cuerpos de milicias, pero que las rentas de los departamentos del sur (Ecuador y Pasto), no daban sino 950 mil pesos de los que 500 mil producía Guayaquil que estaba bajo el control de los peruanos y que era necesario tener el puerto para “continuar la guerra como opinaba Flores, hasta el Perú”.
El 11 de marzo, el comandante de la
escuadra Hipólito Bouchard le enviaba una comunicación al ministro de guerra y
marina del Perú don Rafael Jimena. Era este guayaquileño, que en tiempos en que
Sucre llegó al puerto para incorporarlo a Colombia, se opuso, por cuyo motivo
tuvo que asilarse en Paita. Luego se radicó en Lima y
Bouchard decía a Jimena que había recibido
copia del Convenio de Girón y que en él habían puntos referentes a la entrega
de la plaza de Guayaquil, por cuyo motivo celebró una junta de guerra con jefes
de la escuadra y del ejército, resolviendo no desamparar el departamento de
Guayaquil hasta la resolución del supremo gobierno, ya que suponían que el
general en jefe (
Comentaba Bouchard, que aprobar el convenio sería una eterna vergüenza. Que por diversas noticias se sabía “que el ejército peruano contaba aún con 5,000 hombres y que el ejército contrario ha sufrido gran destrozo, sin que sea comprensible el motivo que ha obligado a tales capitulaciones”. Luego dice “en estas circunstancias, estamos persuadidos que sería muy mal visto siguiésemos los movimientos del ejército y desistiésemos con la ignominia de la empresa que con tanto entusiasmo y honor de la nación se nos ha confiado para sostenerla y conserva sus derechos”.
Luego expresa que se le había ordenado replegar la escuadra a Paita, y que sólo en caso necesario enviaría los barcos necesarios para el transporte de tropas, para seguir conservando y controlando Guayaquil.
Tras de Portete de Tarqui y de las arrogancias de Sucre, nada se había avanzado. El Convenio de Girón era un simple papel, pues la guerra seguía en Guayaquil favorable a los peruanos.
Eso intranquilizaba a Bolívar. Ya desde que le anunciaron el Convenio, pensó que a Sucre se le había ido la mano y que posiblemente los peruanos se negarían a cumplirlo, por eso exclamaba ¡Dios quiera que los peruanos sean fieles al tratado! . No se recataba en decir que la paz era necesaria a todo trance, porque no juzgaba a Colombia capacitada para seguir la lucha.
El 19 de marzo se quejaba de que la situación hacendaria era deplorable y que no sabía de donde lograr arbitrios para mantener el ejército hasta que se arreglase el tratado definitivo del Perú.
El 1° de abril, el Libertador le escribía desde Rumipamapa al general José María Córdova (él de ¡Paso de Vencedores!) lo siguiente: “Hablo a Ud. con ingenuidad: deseo cordialmente la paz dificulto que los peruanos deseen nuevamente emprender la guerra; creo que no estén de acuerdo el gobierno y el pueblo. Por que aunque el último cuerpo del Perú repasaba el Macará el 15 de marzo, pudieron tal vez moverse nuevamente sobre Loja, batir nuestras fuerzas en detalle; reforzar a Guayaquil, rechazar los cuerpos opuestos que intenten recuperar aquella plaza, en fin despedazarnos miserablemente y por pequeño que fuese el triunfo les diésemos, sería contra nosotros de incalculable trascendencia”.
Luego escribía a Urdaneta el 6 de abril:
“Yo quiero la paz a todo trance, más nuestros
enemigos nos desesperan con su cruel obstinación”.
Estaban ya muy lejos esos tiempos en que se menos preciaba al solidado peruano y que se decía que un colombiano valía por cuatro peruanos (Sucre y O´Leary lo habían tomado como lema). No obstante los resultados de Portete, se sabía que no era muy fácil vencer a nuestros soldados. Por lo pronto y no obstante contar con fuerzas superiores en torno a Guayaquil, sus golpes se estrellaban.
Bolívar sabía que ya no valía ni surtía
ningún efecto el exagerar los triunfos. Al respecto se recuerda que le escribía
el 13 de enero de
El general Flores tenía prácticamente inmovilizados a 5,000 soldados en torno a Guayaquil. Ante esa situación ensayo la intriga. En la armada peruana había marinos extranjeros, a los que en forma general Bolívar trató mal cuando estuvo en el Perú.
Flores, en forma zalamera pretendió iniciar una correspondencia secreta con algunos marinos y oficiales de Guayaquil para írselos ganando.
Fue así como el 29 de marzo escribió desde
Bobahoyo una carta al capitán de fragata Guillermo
Prumier que comandaba la fragata “Presidente” que se estaba arreglando en los
astilleros de Guayaquil. El intrigante general decía al marino que el
Libertador al llegar a Quito el 17 de marzo, había hecho muy buenas referencias
de él y lo había titulado su amigo.
Luego pasaba a
ofrecerle el astillero de Guayaquil, para que pudiera reparar la fragata
“Presidente” a su mando y aún recursos pecuniarios, para que Ud. concluyera su
trabajo, sin que la entrada de nuestras tropas, obste para que Ud. permanezca
con la fragata en la ría”.
Después de hacer
tan ofensiva proposición, terminaba: “Suplico a Ud. para concluir, reserve el
contenido de este papel si no quiere contestarlo...”
Prunier, contestó con altivez y con mucha
dignidad a tan deshonestas proposiciones, dándole al colombiano (en realidad Flores
era nacido en Venezuela) una verdadera lección.
Le decía que
hubiera deseado no contestar su comunicación, pero que lo hacía porque se
consideraba en el “deber de desimpresionarlo de una equivocación, que a la
verdad deshonra mi persona ante V.S. y a mis propios ojos”.
Luego decía:
“Dirigirse V.S. Sr. general, a un jefe subalterno
como yo, para tratar privadamente asuntos del más alto interés, y que no están
dentro del pequeño círculo de mis atribuciones, es en mi opinión ofender mi
delicadeza como caballero, mi honor como militar y los respetos que se deben
entre si, los súbditos de diversos gobiernos”.
Luego le
expresa, que sabiendo que es el capitán de navío Hipólito Buchard el jefe de la
fuerza naval peruana, es a el a quien debe dirigirse en los ofrecimientos sobre
la fragata...””no hacerlo así, sólo puede aparecer como un medio de seducción y
ya verá V.S. Sr. general, que yo no podré concebir
esa idea sin que me sienta gravemente injuriado”.
Después
refiriéndose a los elogios que Flores decía le había hecho Bolívar, el altivo
marino peruano, expresaba que no lo comprendía pues en 1825 le dio muy duro
tratamiento deportándolo ignominiosamente y si culpa, “del país que me honro en
reconocer como patria”.
Rebate Prumier la afirmación de Flores sobre los resultados de la acción de Portete de Tarqui, expresando: “... las esperanzas y los recursos de una nación como el Perú, no se destruyen, ni con aún la más completa victoria sobre uno de sus ejércitos; que el combate de Tarqui no tiene ciertamente toda la importancia que V.S. pretende darle, y que ni los jefes de Guayaquil hicieron otra cosa que suspender temporalmente los preliminares de Girón, ni ahora mismo hacen más, defendiendo el territorio que ocupan; que llenar las órdenes expresas de su gobierno”.
Por esas cosas del destino, la fragata “Presidente” se incendió y el gobierno de entonces bajo control de Gamarra, instauró juicio a Bouchard, a Prumier y a otros marinos.
El general
En la cuidad de Piura y en sus alrededores habían casi 4, 000 soldados. Las divisiones se habían rehecho y armado, y estaban completamente listas como para entrar en campaña.
La intención de
Para dirigir las operaciones en Guayaquil, el general
En el periódico “El Interior”, de Paita se daba la noticia de que el
19 de abril había salido hacia Guayaquil el general Mariano Necochea, nombrado
como nuevo jefe de la plaza. Un día antes o sea el 18, había zarpado rumbo al
mismo puerto la corbeta “Pichincha” y el bergantín “Mercurio” conduciendo a
bordo 700 soldados del batallón 1° de Ayacucho. El día 20 salieron de Paita, “
La goleta “Serena” con Necochea a bordo llegó a Guayaquil el 22 de abril, el 23 el general Flores le enviaba una comunicación pidiéndole la entrega de Guayaquil. El general Necochea el 24, lanza una proclama al pueblo de Guayaquil y les reitera el deseo de los peruanos de liberarlos de la dictadura de Bolívar. Luego lanza otra proclama para las tropas, para el 1° de mayo rechazar el pedido de Flores el cual tenía su cuartel general en Daule.
En Guayaquil y
en el ejército de ocupación, bien pronto se tuvo conocimiento del criterio de
Gamarra con respecto a la terminación de la guerra y la conducta dudosa que
había seguido en todo momento. Dentro de la oficialidad joven, había un
sentimiento de repudio, lo cual se patentizó con la aparición del periódico “El
Atleta de
Día a día era mayor el número de ecuatorianos y de colombianos adversarios de Bolívar que se incorporaban al ejército peruano.
Bolívar vio que era imposible sancionar a todos los que habían colaborado con el Perú en Cuenca y en Loja porque entonces hubiera tenido que reprimir a miles y optó entonces por el perdón y el olvido. Fue así que el 27 de abril de 1829 manifestaba: “ He dado un indulto a los habitantes del Azuay que se habían hecho cómplices de los peruanos. Con esto no puede nadie quejarse de la falta de clemencia”.
En Guayaquil habían formado una gran cantidad de cuerpos auxiliares. Algunos habían ya iniciado operaciones de guerra. Es así como un 30 de abril un oficial peruano escribía: “Con cien hombres sin paga y totalmente desnudos, nos hemos mantenido constantemente en campaña desde que llegamos a este departamento. Con ellos hemos tenido varios encuentros con el enemigo. Los hemos sorprendido diferentes veces, siempre hemos triunfado y en todo les hemos hecho 150 prisioneros, matándoles más de 60 hombres, entre los primeros u comandante, un capitán y 4 subalternos; y entre los segundos un general y dos subalternos”. Estos colombianos luchaban por el Perú.
Con la llegada del general Necochea el entusiasmo aumentó y se formó
con guayaquileños el batallón Guayas con 500 soldados y sobre la base de los
soldados que comandaba el coronel colombiano Bustamante, se constituyó el
batallón N° 10 de 600 soldados. Una gran cantidad de estos soldados estaba
constituida por los de
El coronel José Bustamante desplegó gran actividad en el frente de lucha de Guayaquil. Con los soldados a sus órdenes llevó a cabo acciones victoriosas en las zonas Yahuachi, Samborondón, Babá y Balao, habiéndoles causado a los contrarios entre muertos, heridos y prisioneros no menos de 400 bajas.
El 4 de mayo, el coronel Bustamante con 120 soldados entre peruanos y colombianos marchó sobre Naranjal para sorprender la guarnición allí existente de 80 soldados colombianos, pertenecientes al batallón Yahuachi. Para atacar a los defensores viajaron en dos canoas, y a las 12 del día atacaron, causando una total derrota, tomándoles 9 prisioneros. El comandante enemigo el teniente coronel Gutiérrez murió en la acción. Al siguiente día Bustamante atacó Balao y logró una nueva victoria, ocupándolo. El 19 de mayo hizo Bustamante otra salida de Samborondon y atacó Babá, habiéndose atrincherado los enemigos en el cuartel como último refugio; teniendo que rendirse los 50 soldados que quedaban y sus 4 oficiales.
Estas acciones y las enfermedades, así como también las deserciones tenían muy contrariado a Bolívar que por primera vez hacía frente a una guerra de desgaste a la que no estaba acostumbrado.
Los peruanos controlaban Guayaquil y numerosos pueblos de los alrededores, lo cual ponía bajo su mando apreciable territorio. Bolívar tenía 5,000 hombres al asedio pero el frente de lucha se había estabilizado, y sus hombres tenían que acampar a descubierto, mientras los peruanos estaban en las ciudades. El ejército colombiano sufría el efecto de las enfermedades que les causaban muchas bajas que había que reponer, pero lo que más preocupaba a Bolívar, era el gasto de mantener a cinco mil hombres sobre las armas y no disponer de recursos. Sabía el Libertador que no podría resistir así mucho tiempo, y necesitaba urgentemente la paz.
Felipe Santiago Salaverry, valiente y audaz, sólo tenía 23 años
cuando era teniente coronel. En el conflicto con Colombia actúo como ayudante
del general
En la acción de Portete de Tarqui, el general Gamarra le encomendó
en un momento crítico que escalara una escarpa, que no pudo lograr por el
nutrido fuego enemigo y por la confusión que crearon los dispersos de la
división del general Plaza, que acababa de ser diezmada en el Portete de
Tarqui.
Cuando la retirada del ejército peruano, el general
En
La cuna del
nacimiento de Carlos Augusto, se la han disputado Sullana (
Cuando el niño nació, su padre Felipe Santiago
Salaverry había sido trasladado a Tacna, e ignoraba tal suceso, pero en su agitada vida de caudillo militar,
volvió otra vez de huída por
En la actualidad, algunos de los parajes que
pudieron haber servido de marco al idilio de la sullanera con el joven y
brillante militar, yacen en el fondo de la represa de Poechos.
Los restos del poeta Carlos Augusto, reposan
desde 1964 en un mausoleo de mármol en el cementerio de Sullana.
La fragata “Presidente” que se llamara “Prueba” cuando pertenecía a
España, se encontraba anclada en el estuario del Guayas el día 18 de mayo de
1829. Era su comandante el capitán de fragata Guillermo Prunier, el mismo que el
general Flores trató inútilmente de conquistar.
A las 12 del día se produjo un incendio a bordo,
según se presume por descuido de un marinero. El personal encargado de sofocar
el fuego, no lo hizo con la eficiencia necesaria y el incendio se propago. Tanto
Bouchard con Prunier se constituyeron a bordo y con la tripulación trataron de
aislar
De esa forma se perdió el mejor barco de la
escuadra y si bien es cierto que ésta siempre mantenía su dominio en el
Pacífico, sin embargo su poder ofensivo había bajado grandemente. El Perú tenía
todavía 7 barcos de guerra y estaba por culminar la compra de otro a Chile, era
la corbeta “Independencia” uno de los barcos preferidos de Lord Cochrane por su
maniobrabilidad.
La pérdida de la fragata “Presidente” causó
conmoción en Piura en donde estaba el presidente
Colombia tenía en el Atlántico dos fragatas
potentes y dos corbetas. Era sin duda una poderosa fuerza naval, pero habiendo
Bolívar hecho ejecutar al almirante Padilla, el mejor marino colombiano, ahora
se encontraban escasos los jefes. Por otra parte la travesía del Atlántico al
Pacífico, no solo era larga sino también muy peligrosa pues había que pasar por
el Cabo de Hornos, en donde muchos barcos zozobraban. Con todo, en el Perú se
temía la llegada de esos barcos, lo que estaba también en los planes de
Bolívar, para el caso de haberse prolongado la guerra.
El 3 de junio de 1829 se encontraba Bolívar en Riobamba, listo a embarcarse para la zona de batalla de Guayaquil. De este lugar escribió al general Rafael Urdaneta que se encontraba como jefe militar de Bogotá.
Bolívar se refería largamente a la necesidad de
contar en el Pacífico con las fragatas que Colombia tenía en el Atlántico. Daba
la noticia de la voladura de la fragata peruana “Presidente” y lo hacía en
forma muy alborozada. También pedía las dos corbetas que estaban en la zona del
Caribe. Expresaba textualmente: “... si pueden venir todas las cuatro, es mejor
porque los peruanos tienen muchos y arman todos los días muchos buques... este
retardo nos va a perjudicar infinitamente, tendremos que sufrir seis meses más
de campaña en el maldito clima de Guayaquil y cuando venga el invierno (la
época de las lluvias), nos volveremos a encontrar en el mismo estado en que
estamos ahora. Quiero decir que ¿quién sabe si por este retardo de los buques
nos vuelve a coger el invierno (lluvias) sin haber ocupado Guayaquil?... Es
verdad que no lo se, y lo que se es bien triste. Los peruanos harán fuego
constantemente contra nosotros y nosotros sin un cañón. Destruirán la ciudad y
tal vez nuestro ejército a fuerza de combates y por el mal clima. No hay
reemplazo para el ejército, porque estos paisanos (los reclutas de Bolívar)
huyen como liebres y no se coge uno, y cuando llegue la hora del combate, todos
serán como en Tarqui. Esto quiere decir que necesitamos de más tropas y que Ud.
tiene que hacer más sacrificios por causa de la tercera división de Santander,
los negociadores de Girón y el general Illingworth. Todos ellos dirán que la
culpa es mía y puede ser que así sea.
“Anoche ha venido Mosquera donde Flores. El me
ha traído la respuesta de este general y además noticias de que viene (a
Guayaquil) el general
Como se puede apreciar, Bolívar desesperaba de
poder tomar Guayaquil y toda su esperanza radicaba en que hubiera un golpe de
estado en el Perú. En eso no andaba desacertado, pues ya en el sur del Perú
había estallado una revolución alentada por Santa Cruz, mientras que en Lima
estaba en vísperas el golpe de
Otra cosa que queda confirmado en esta
comunicación de Bolívar, es que en la batalla de Portete de Tarqui, casi al
final de la misma se produjo un tremendo desbande de reclutas en forma tal que
Sucre no estaba en condiciones de reiniciar una acción militar contra las
tropas peruanas que en las pampas de
Tarqui estuvieron formadas en orden de batalla. Fue sólo la audacia de Sucre,
lo que lo llevó a proponer el Convenio, como si estuviera dominando la situación,
guardando celosamente el secreto de la deserción que había sufrido para que no
se supiera eso en el campo peruano. Además había el riesgo de que mas soldados
del ejército colombiano, pudieran desertar en una nueva acción. Eso se vio por
ejemplo en los combates que se desarrollaron en torno a Guayaquil, en donde
diariamente se producía deserciones en el ejército colombiano y no por cobardía
pues cuando se pasaban al bando del Perú, luchaban con valor.
Al iniciarse el mes de abril de 1829, un barco francés llevó al Callao el texto del
Convenio de Girón, cuyo contenido fue de inmediato de conocimiento público.
La reacción fue instantánea y general, pues
tanto en los círculos del gobierno como en la ciudadanía, fue rechazado y todos
pedían que la guerra continuara tal como lo estaba haciendo
Pero los conservadores del grupo de Gamarra no
estaban quietos. Capitaneados por Pando iniciaron una campaña periodística de
desprestigio contra

El intrigante Pando actuando también de acuerdo,
pidió en forma pública el 4 de junio que
El día 5 el general
Ante el aparato de fuerza todo cedió. El
municipio de Lima asumiendo una representatividad que no le correspondía, puso
al Consejo de Gobierno en manos de
Los vehementes deseos de Bolívar de que
estallara un motín militar en el Perú que detuviera la guerra, se veían
cumplidos. Sobre todo se alegró mucho que los cabecillas fueran de
Durante los días del complot,
En los primeros días de junio
El padre Vargas relata del siguiente modo la
deposición del general
Al día siguiente de la deposición de Salazar y Baquíjano (en Lima); a las 7 de la noche, una compañía de
cazadores del batallón Pichincha, rodeó en Piura la casa de
Con sobrada razón pudo decir Nemesio Vargas
(historiador) después de transcribir esta malhada carta: “¡Cuanta perfidia! El
que huyó en el Portete hace gala de estar dispuesto a sacrificar la vida. El
que pisoteó todos los derechos, se queja de esclavitud. El cobarde, apostrofa
al heroísmo. Se exhibe como portador del cáncer social, el que llevaba el
germen de las innumerables revoluciones de su período de gobierno”.
También inculpaba Gamarra a
suyo.
Leída la carta a
La carta que el día 8 le remitió Gamarra es lacónica y comienza por
hacerle responsable de la desmoralización del ejército, cosa que no era verdad;
y de haber tramado revoluciones que jefes de mas juicio han estorbado y luego
dice que estará fuera del país por dos meses (carta a
Bemúdez). A un revolucionario e intrigante no se impone una pena tan leve. Por
lo demás, apenas llegado a Costa Rica (el P. Vargas se refiere a Bermúdez)
recibió un pasaporte para que volviese cuando quisiera.
El coronel Llerena con una escolta acompañó los
desterrados. A
Desde su retiro
El padre Rubén Vargas, da en “Historia General
del Perú” parte de la infame carta que Gamarra envió a
Dice así Gamarra:
“Muy querido general y amigo:
Es llegado el momento preciso da hablar a Ud. con la última verdad. Más disimulo en estos lances sería un crimen imperdonable, cuando la salud de la patria implora el sacrificio de sus hijos y demanda una crisis que de otro modo es de esperar.
La esclavitud que tanto detestan los pueblos, va
a ser el resultado de la anarquía en que nos hallamos, si medidas fuertes y
extraordinarias, no cortan con el cáncer que ha corrompido hace tiempo los
resortes principales de nuestra administración.
Por todas partes no se oyen más que clamores
contra los desaciertos, con que el destino persigue al gobierno y a Ud. con
desgracias. Partidos abierta y francamente pronunciados, dividen el estado y
aún alguna pequeña parte de las fuerzas de nuestro ejército. La desconfianza
mutua de individuos que por su instrucción debían de estar convencidos de la
lealtad de sus compañeros, es el primer fruto de esos incendiarios papeles y
mezquinas intrigas que han salido del palacio de Ud., más un nimio recelo de
perder amistades que jamás le han hecho honor, ha sido quizá el miserable
motivo de que se haya Ud. resuelto a proteger, a los que han puesto al Perú al
borde del abismo en lo que miramos. Ha hecho Ud. propósito firme de procurarse
un buen nombre a todo trance y este sistema ha desplomado la máquina política y
entregado la suerte de los pueblos al capricho de una facción que domina a
hombres de Ud., y oprime al que no se suscribe a sus temerarias arterías. Miles
de hombres gimen bajo el peso del despotismo de Luna y Pizarro que, semejante
al hijo de Temístocles, se ha hecho el regulador de nuestros destinos y el
patriarca de esas nocturnas sesiones donde se juzga de todo, se dispone en jefe
ordena y manda. Los dóciles peruanos han sobrellevado esta enorme carga, por
consideraciones, que al fin se han agotado. Si señor, los departamentos del sur
están conmovidos y Ud. lo ignora. Los documentos que mantengo, manifiestan que
no he tenido parte en sus agitaciones”.
Hasta aquí, lo que reproduce el historiador, el
padre Rubén Vargas y ha sido gracias a la acuciosidad y al afán investigador de
Miguel Seminario, que hoy damos a conocer, integra esta carta del 7 de junio,
que no por infame deja de ser tan interesante, porque pinta de cuerpo entero a
los hombres de la época, sigue así:
“Los peruanos no son los que eran cuando Ud.
después de Ayacucho conoció. Sus producciones públicas, las observaciones que
continuamente hacen el gobierno, cuyo prestigio ha desaparecido hace tiempo, el
rigor con que se desoyen sus votos, gustando de que se devoren los ciudadanos y
se anulen muy particularmente los patriotas, todo da a conocer que no está el
pueblo en consonancia con el sistema de Ud., ni el gobierno con las
circunstancias del día y mucho menos con el adelantamiento de las luces, que
tiene avanzado demasiado terreno, como para que Ud, lo pudiera alcanzar. No son
los incautos jóvenes a quienes Ud. ha persuadido ideas subversivas, altaneras y
desorganizadoras los que van a contener el desenfrenado paso con que trata la
república de dejar sus quicios y verter sangre de sus propios hermanos. El Perú
se ha cansado de tolerar tan desventajosa administración y he tomado la palabra
a instancias de su apurado sufrimiento. Ud. nada sabe porque desgraciadamente
se halla rodeado de personas, que solamente ponen en su conocimiento, lo que
está en sus particulares intereses. Cumpliendo con los deberes de nuestra
amistad, se lo he indicado a Ud. infinitas veces, más la añeja prevención con
que recibe mis observaciones, le ha hecho concebir un celo, que jamás debió Ud.
tenerlo conmigo. Este ha sido trascendental a los intereses del ejército y no
ignora Ud. ya que los jefes de los cuerpos se quejan de tamaña imprudencia. Así
que recibo diario, reclamos demandando mi sacrificio y asegurándome que no
variando los negocios de aspecto, debemos ser presa de nuestras intestinas
diferencias las que al frente de un enemigo victorioso, y otro que ataca los
principios sagrados de nuestra independencia por Méjico, nos llevarán
indispensablemente al coloniaje de la execrable dominación peninsular.
Esta es nuestra situación, y por más que
aduladores informes bajo la máscara de patriotas aleguen a Ud. con noticias
falsas, con esperanzas vanas, con consejos malignos y últimamente con el voto
del pueblo que Ud. no lo disfruta, lo cierto es que el Perú está en una
efervescencia, que en breve nos dirá cual es su carácter y nos desengañará de
que no sufra por más tiempo el ultraje de su constitución, y la desfachatez con
que se han reducido a teorías las leyes fundamentales de la nación. El Perú ha
querido desde ahora, tras 15 meses que sancionó su carta, ser regido por un
hijo suyo, Ud. no lo es y es preciso que no menosprecie la voluntad nacional,
al tiempo mismo que ella ha emitido su primer fruto. Protesto a Ud. Que no soy yo el que trata de sucederle, pero
hablando francamente, quiero que en cumplimiento, del artículo 85 que hemos
jurado, sea el último de los peruanos que presida a los pueblos de este estado,
que hasta hoy no ha podido ver realizada su soberana voluntad. Respete Ud. mi
general ese código que está timbrado con su nombre y no haga a los hijos del
país, el agravio grande de considerarnos incapaces de sostener nuestras leyes,
nuestro territorio, nuestra libertad. A presencia de Ud. todo nos falta, porque
su personería pública es azarosa a los pueblos de quienes todo esperamos. Sea
Ud. generoso como lo ha ofrecido mil veces: renuncie Ud. el destino que lo
mantiene anticonstitucionalmente y deje Ud. que los verdaderos interesados y
los que tenemos una natural obligación, de sostenernos y defender nuestro
suelo. Respondamos a nuestros hermanos de la suerte de esta república, que sin
Ud. habría sido ya feliz. No más insultos, no más desconfianzas. Queremos hacer
una familia y saber lo que somos; y pues que mis compatriotas, ponen en mi su
confianza, me encargo desde luego de satisfacerlos exclusivamente a su vez con
el resultado de mi acreditada buena fe. Soy de Ud. obsecuente servidor q.b.s.m.a Gamarra.”
El 9 del mismo mes, Gamarra escribía al general
Orbegoso que estaba de prefecto en
Era así como Gamarra falseaba la historia, y a
su infame golpe, lo llamaba cambio pacífico y decoroso, tratando de hacer
aparecer como renuncia de la presidencia, lo que era una deposición violenta y
como retiro voluntario lo que fue una apurada deportación.
Gamarra puso todo lo que se le ocurrió en la
carta, pero no se atrevió ponerse frente a frente ante su víctima.
El general cuzqueño, desde el momento mismo que
Sólo su heroica muerte años más tarde en Ingavi,
hizo posible lavar lo que lo que fue un verdadero baldón.
Los mismos participantes y protagonistas
principales como el coronel Lira y el general Echenique, trataron más tarde en
sus memorias de lavarse las manos, amparándose ambos en las circunstancias de
que por ser militares no podían discutir ni desobedecer ordenes superiores, aún
cuando al ejecutarlas dañaran su propio honor.
El general José
Rufino Echenique que llegó a ser presidente de la república, relata en
“Memorias para
Echenique no era
muy adicto a
Pero veamos lo que dice Echenique en su
participación en el golpe de Piura.
Simple capitán yo entonces, es claro que no
podía tener conocimiento de lo que se pensaba, ni estar al cabo de los planes o
proyectos que tenían lugar entre generales y principales jefes. Inocente y
ciego de lo que se proyectaba, me dijo una tarde como a las cinco de ella, el
jefe de mi cuerpo que lo era entonces, el que después fue general San Román,
que en la noche a las ocho me presentara en la casa del general Gamarra, jefe
de estado mayor general, a recibir ordenes suyas. No quiero darla de inocente y
por de tan poca malicia que no comprendiera fuese aquello para alguna cosa
grave.
Cumpliendo la orden, acudí donde el expresado general
a la hora que se me señaló y encontré ya allí a mi jefe. En presencia de este,
me dijo el general que en esa noche se pondría a mis ordenes
una fuerza y con ella cumpliera con exactitud las órdenes que me diera mi
comandante. Aumentó esto mi malicia, pero yo no podía entrar en examen de lo
que disponía el jefe de estado mayor, en presencia y por conducto de mi jefe, y
mi deber era sólo obedecer. Como a las doce de la noche me ordenó mi jefe que
tomara veinticinco hombres de mi compañía y que fuese con ellos a casa del
ministro de guerra y le intimara orden de arresto en su casa, como a todos los
que estuvieran en ella, cubriéndola de modo que nadie pudiera salir y
conservara las cosas así hasta nueva orden. Verifiqué lo que se me mandó
cumplidamente, pero guardando al ministro como a los demás jefes que estaban
con él, los respetos y atenciones que debían.
Al mismo tiempo que yo verificaba esto, mi
comandante San Román en persona destituía del poder y ponía en prisión al
general
Tal lo expresado por Echenique, que busca de
justificar su incalificable y desleal proceder amparándose en la norma de que
todo militar debe obedecer al superior sin dudas y murmuraciones, como un ente
irracional y mecánico, incapaz de discernir y sin siquiera tener en cuenta que,
quien iba injuriar era nada menos que a un jefe de más alto rango en lo
militar, y la suprema autoridad civil del país.
Fácil expediente para algunos militares, que
traten de escudar su falta de valor moral, en aquello que su deber es sólo
obedecer, como si fueran simples robots.
Santiago Távara en “Historia de los Partidos”
dice:
El atentado de Piura, no se cometió sin que en
el ejército mismo, que servía de instrumento, se manifestaran síntomas de
oposición y muy notables en el pueblo... los oficiales.... del ejército del
norte, al saber el atentado que se cometía, se alarmaron, y el coronel Nieto,
jefe de una parte de la caballería y multitud de paisanos de la ciudad,
trataron de oponerse, pero su intento fue contenido por las fuerzas del sur,
conservadas en buena organización, intactas y superiores al ejército del norte,
desorganizado por los contrastes de la campaña, en cuyo estado se le conservó
de intento”.
El general historiador Manuel Mendiburu, en sus
Memorias, cuenta que; “Dormíamos en una habitación el mayor Castañeda, el
graduado Sauri y el capitán de fragata d. Carlos Postigo (el héroe del
malecón). Serían las doce y media de la noche, cuando entró con tropa el
capitán Echenique del batallón Zepita, diciéndonos que quedamos arrestados.
“Esto indudablemente fue en el local que servía de Ministerio de Guerra.
El coronel Lira, como primer ayudante de estado
mayor era subordinado del coronel Pedro Bermúdez.
En sus Memorias, Lira manifiesta un profundo
resentimiento contra varios jefes de los cuáles dice que no le hicieron
justicia y lo postergaron en sus ascensos.
Fue Gamarra, contra quien más acerbas críticas
formuló. Otra amargura que constantemente le roía el alma, era el que muchos
militares que habían sido subordinados suyos, se convirtieron por azares de la
vida en sus superiores jerárquicos. De su jefe el coronel Bermúdez da a
entender que era un holgazán y un inepto que sólo se ocupaba en acicalarse,
dejándole a él (a Lira) todo el peso del trabajo.
A Lira se le enrostró siempre el acto inicuo de
haber comandado el grupo que apresó a
Su narración en muchas veces enredada, ampulosa
y difícil de entender, pero constituye un valioso documento histórico.
Dice Lira:
El día 6 de junio me fui temprano a la oficina a
trabajar, y dejar las cosas con el día, porque habían llegado varios propios y
concebí habría mucha labor. En efecto fue así y hasta las dos de la tarde todo
lo puse al corriente, más el jefe estaba en el lecho de su descanso (Bermúdez),
de su inercia. Recordele, le hice notar la hora y le
pedí material para la orden general. Con los ojos entre abiertos me ordenó que
fuera a tomarlos de su excelencia el general presidente (
Fuíme a mi oficina, mas como el tiempo se había
perdido en estas estaciones, coloquio y soliloquios, me avanzó la hora, cuando
ocurrí al convite (Gamarra lo había invitado a cenar), ya encontré despejando
la mesa en la que en ese día se apuraron botellas (dice Lira que Gamarra no fue
borracho). Yo que iba más por condescender que por otra cosa; no quise entrar a
componer el papel de burlado y como tenía mi triste dieta, me encaminé a mi
casa, alimenté mi miserable existencia, tomé mi pluma para hacer mis
apuntaciones y creí deber disculparme por la no asistencia (Lira llegó al
alojamiento de Gamarra y como lo manifiesta, no ingresó). Ordene a mi criado
fuera donde el general (le llamaba ex-general) a decirle que había tenido un
pequeño impedimento, pues aún estaba convaleciente y bien extenuado, por cuyo
motivo no concurrí a su convite y que se dignara dispensarme. Regresó (el
criado) con una contestación cual demandaba mi urbanidad y juzgue quedara en
eso. Continué mis apuntaciones y a pocos momentos entra en mi alojamiento con
sus ayudantes los comandantes Elejalde, Arrisueño y otros a verme... Como me hallase en la posición
en que me encontró, me disculpe como pude, por supuesto sonrosado, por que no
hay cosa que me avergüence mas, que se me tome en una mentira (Lira de a
entender que fue el mismo general Gamarra el que fue a verlo). Me convidó a
paseo y salimos... nada me habló sobre lo que en la noche tenía proyectado
hacer. Lo acompañé hasta las ocho de la noche, hora en que me retiré a mi
alojamiento. Gamarra nada me dijo, ni aún me dio motivos de sospechar para
inferir lo que haría. Ojalá me hubiera hablado como he dicho antes. Entonces
quizá le evitaría ese negro borrón, con que ha ennegrecido también su vida
pública.
Continuaré refiriendo los lamentables acontecimientos de la funesta noche del 6 de junio. A la diez, cuando me disponía a meterme a la cama, viene un asistente a llamarme a nombre del general (Gamarra). Inmediatamente me fui tomando solo un capote y medio desnudo. Al verme, me dijo que no se me necesitaba en ese traje, sino en el que me correspondía. Regresé a tomar mi casaca, sombrero y espada, pues era tal en el que se me indicó y a la vuelta los encontré dispuestos a salir a la calle con toda su comitiva, compuesta de los señores general Blas Cerdeña (el que no supo defender a Paita ante Lord Cochrane), coronel Lastres, comandante del batallón segundo Ayacucho, y coroneles Llerena, San Román, Allende y sus ayudantes.
Dirigímonos todos como para la plaza, sin saber yo cual era el objeto –exceptuando al señor coronel Lastres que de la puerta se fue a poner a la cabeza de su cuerpo-, hasta la primera encrucijada de donde se tomaba la dirección a los cuarteles de los batallones de Pichincha y Zepita, el primero al mando del coronel San Román y el segundo, al de don Francisco Alvariño, a quien esa noche también se le puso preso. En ella se me dio la orden de acompañar al señor Cerdeña y señor San Román, quien al momento apuró los pasos y tomó la delantera. Llegamos al cuartel y ya encontramos la guardia y una compañía sobre las armas y todo el resto que a voces se le mandó alistar. Separó un piquete, que desfilando continuó el movimiento con dirección al alojamiento del general presidente. Pocos pasos antes se le ordenó hacer alto.
Me llamó el señor Cerdeña y me dijo, con el tono de voz con que manda siempre al que es su inferior: “Usted, acompañado del comandante San Román, llevará esta carta a su excelencia”. Como era horrible ese modo de dar ordenes, me sorprendió y le dije “¿Qué contiene?” A lo que me repuso: “En ella le dice el general en jefe, que haga su renuncia, porque ya no se puede sufrir, que por sus caprichos de llevar adelante la guerra con Colombia y que por odio particular al Libertador, arruine al Perú; Ud. la oirá y le hablará para persuadirlo, que no le queda más partido que tomar”. Confieso que el ángel de mi guarda me desamparó al oír que no le quedaba a un presidente más recurso que rendirse a ley tan injusta, degradante y rigurosa, como sujetarse a los caprichos de un imbécil y detestable ambicioso. Dígame ahora, aún el más encarnizado enemigo y detractor ¿qué hubiese hecho?. Diríanme Uds. que era un militar que debe de perder la vida, antes de contribuir a deponer al primer magistrado de la república, (luego dice Lira que solo Bruto o Solón pudieron hacerlo, pero que él no era Bruto).
Entré pues al
aposento del ilustre
Lira asegura en
sus Memorias que la carta se rodó del bufete, y que él respetaba mucho al
depuesto presidente como para ponerse a luchar con él por tal documento y menos
representar el papel de salteador, por que en tal caso no lo hubiera entregado
a
Asegura Lira que
el general
Asegura Lira que
algunos amigos del general
Gamarra había
montado en cólera cuando Estrada le fue a pedir pasaporte para viajar
acompañando a
En años
posteriores cuando a Lira lo hostilizaban como “amarrador” de
También Lira
menciona en sus Memorias, al que más tarde fue el infortunado general Felipe
Santiago Salaverry, pues cuando Lira asumió por encargo
Recuerda Lira,
que años más tarde cuando tuvo que enfrentar a Luna y Pizarro, éste le enrostró
el mal proceder que había tenido como captor de
Lira de todos
modos fue premiado, pues se le dio la jefatura interina de Estado Mayor, de lo
que dice “destino que por muchos años lo había desempeñado por mí sólo (como
ayudante), para que otros se llevasen los premios, no podía lisonjearme, por
que aún mi salud no era la mejor (en marzo había estado muy enfermo) y por que
el trabajo debía ser duplicadísimo para reparar el desgreño en que estaba esa
oficina... El señor general
Lira sólo estuvo en el cargo 60 días y luego volvió a sentirse postergado, aumentando su resentimiento contra Gamarra.
Fue don
Francisco Vegas Seminario un hombre verdaderamente polifacético. Había nacido
en Piura, en la calle Lima. Dentista de profesión, se desempeñó sin embargo
como diplomático. Destacó como periodista, escritor e historiador muy fecundo.
Entre sus muchas obras tiene una titulada “Cuando los Mariscales combatían”. En
ella narra la vida del mariscal
La llegada de
El historiador
Vegas Seminario menciona a Tomás Cortés del Castillo, hermano del héroe
inmolado en Junín, Miguel Jerónimo Seminario y Jaime, Juan Miguel de
Los vecinos de
Piura, dieron muy buen recibimiento a
Tomás Cortés del
Castillo, condujo a
La primera gran
recepción que se le brindó a
Para Vegas
Seminario, los amores de Panchita Otoya y el mariscal
Mucho se
discutió entre la oficialidad, si
Sin haberse
empeñado en ninguna acción de guerra y sólo tras de algunas pequeñas
escaramuzas, llegó a Loja cuando llovía intensamente en la ciudad, lo cuál no impidió que la
población se lanzara a las calles para aclamarlo. Indudablemente no lo
consideraba como un enemigo. Cientos de soldados colombianos desertaban de su
ejército y se plegaban a las fuerzas del Perú. A fines de enero de 1829 llegó
Gamarra con el ejército del sur y casi de inmediato planteó a
El historiador Vegas Seminario, relata todas las incidencias de la guerra y el desleal papel que le cupo a Gamarra.
Cuando
Piura estaba repleto de oficiales, muchos de los cuáles llegarían con el correr del tiempo a ser presidentes del Perú. Se podían mencionar a Gamarra, Bermúdez, Orbegoso, San Román, Vivanco, Vidal, Echenique, Salaverry, Nieto y Torrico.
Ahora vamos a
relatar el apresamiento de
Dice que cuando Lira y San Román irrumpieron en la casa de la calle San Francisco en donde sin mayor protección dormía el presidente, el primero en salir al ruido que hacían los soldados, fue el coronel Bermúdez jefe de estado mayor, el que llegó al patio abotonándose la chaqueta, intentando interceptar a los asaltantes al mismo tiempo que encarándolos les decía “Que quieren aquí? – El Mariscal duerme”. De inmediato San Román dio orden a dos soldados lo recluyeran en una habitación.
Titubeando, Lira
empezó: ¡Mariscal, disculpe...!
“Me lo figuraba
–dijo
Lira en sus memorias asegura que cuando entraron en la habitación el presidente todavía dormía, lo que discrepa con lo afirmado por Vegas Seminario.
La primera
exclamación de
Luego tomó papel y escribió nerviosamente en forma breve. Al terminar dijo: Está bien, he firmado mi renuncia.
Lira dijo entonces, “se la llevaré al mariscal Gamarra”.
No se moleste,
fue la respuesta de
“Mariscal....” balbuceó San Román al mismo tiempo que avanzaba.
“Me extraña se haya prestado Ud. para apresarme”.
“No he hecho más que cumplir órdenes mariscal, mis deberes militares me lo imponían”.
“Ordenes, órdenes, barata disculpa. Soy víctima de una iniquidad”.
El reproche se parecía al de don Francisco de Miranda, cuando a causa de la traición de Bolívar fue capturado por los españoles.
Al poco rato llegó Lira, para hacer conocer que el mariscal Gamarra rehusaba acercarse.
Las cosas no pasaron en realidad así como las narra el historiador Vegas Seminario, pues el que partió en busca de Gamarra fue San Román y Lira quedó con el prisionero con el cual sostuvo un coloquio.
Al saber
Presa de cólera,
San Román
intervino y con energía le dijo a
Desde hace rato
lo estoy –replicó
“Su deseo será cumplido, esta madrugada partirá a Paita” contestó San Román.
“Así es que todo lo tenían previsto”.
“Tal vez” fue la breve respuesta de San Román.
Su ordenanza
Merino, un fiel ayabaquino, le arreglo su equipaje y luego le llevó una carta
de
Eran las tres de
la madrugada, y la comitiva avanzaba por la calle San Francisco, para de allí
seguir por la calle Real a
Cuando la comitiva pasó frente a la casa de la familia Otoya; salió Panchita envuelta en lágrimas y en plena calle tuvieron una breve y emotiva despedida. Sería la última vez que se verían con vida. Ella regresó llorando a su casa.
El viaje a Paita fue difícil. Al amanecer llegaban al puerto y las sencillas gentes sin imaginar lo que pasaba, vitoreaban al presidente. Pronto se dieron cuenta de lo que sucedía y el puerto se alborotó. Allí se había vivido la guerra a ritmo intenso. Habían visto embarcar y desembarcar soldados. Sólo hacia pocos días habían despedido a Necochea llenos de gran fervor patriótico.
La estancia del presidente en el puerto fue breve. Se preparó todo para embarcarlo en la “Mercedes”. Era esta un a vieja goleta con los fondos podridos, y era criterio de todos de que no llegaría ni a diez millas de Paita sin riesgo de hundirse. Sin embargo navegó hasta Costa Rica. En Paita, algunos vecinos con unos pocos oficiales pensaron en dar un golpe de mano asaltar a la guardia y rescatar al presidente, pero parece que algo se supo porque las autoridades estuvieron más vigilantes y se redobló la guardia, optando por abreviar los preparativos del viaje.
Fueron muchos los que quisieron acompañar al mariscal en su destierro, pero sólo se permitió que fueran el coronel Bermúdez, su asistente y los seis esclavos.
Los paiteños le brindaron un emotivo adiós a su presidente. La gente lloraba en la playa y permaneció allí hasta que la goleta “Mercedes” se convirtió sólo en un punto.
Cuando todo el ejército peruano se replegó del Ecuador y se volvió a concentrar en piura, sus diferentes batallones y regimientos se repartieron en toda la comarca.
En la localidad de Monte Castillo a unos
Este había destacado nítidamente en la batalla de Junín y todos
están de acuerdo en que a él se debió la victoria, al modificar una orden del
general
Fue por eso, que al conocer el golpe de Piura, el joven mayor mantuvo una actitud de rebeldía contra Gamarra, y se constituyó en un foco de resistencia, que preocupó mucho al general rebelde, el que evitó utilizar la fuerza porque sabía que eso podía alentar otras resistencias, como las que ya se habían manifestado en la propia ciudad de Piura.
Fue por tal motivo que Gamarra envió como parlamentario suyo al capitán José María Arellano (que fue cadete en la batalla de Pichincha) que no fue recibido por Rázuri.
Por fin el leal mayor sanpedrano, se allanó a recibir a una
delegación. Algunos escritores han asegurado que la presidió el general
Se esgrimió ante Rázuri, lo funesto que sería una lucha entre peruanos cuando el enemigo acechaba tras la frontera, y se invocaron los altos intereses del país.
Al fín Rázuri aceptó ceder, pero lo hizo como un jefe militar que
capitula con honor. Por eso rechazó todas las ofertas que se hacían a su favor
entre las que estaba un ascenso. Al contrario, asqueado por todas las cosas, decidió desde ese momento dejar las filas del ejército, y
no encontrando a quien entregar su espada que hasta ese momento había llevado
con tanto honor, creyó que a nadie mejor que a la persona que tanto había amado
a
El joven militar, no se retiró de Piura, pues durante su estancia en la ciudad y en el campamento de Tambogrande, se había enamorado perdidamente de la linajuda dama doña Josefa Echandía Ramos, rica propietaria de tierras en Tambogrande, con la cual se casó pocos años más tarde.
Doña Josefa era hermana de doña Ignacia casada con Juan Seminario del Castillo que fueron padres del famoso Coronel . Fernando Seminario Echandía, siendo por lo tanto sobrino político de Rázuri. También tenía doña Josefa un hermano que fue José Antonio que se casó siendo muy joven con doña Josefa del Castillo, matrimonio que ya hemos relatado, originó tales problemas en la época de las luchas por la emancipación. que hasta intervino el obispado de Trujillo y el congreso instalado en esa ciudad.
Muchos historiadores aseguran que como consecuencia del golpe contra
En realidad Salaverry había sido nombrado por el propio