Como caído del cielo
Prólogo
Desorientada
Las
cosas que mueren jamás resucitan,
Las cosas que mueren no tornan jamás.
¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda
Es polvo por siempre y por siempre será!
Cuando
los capullos caen de la rama
Dos veces seguidas no florecerán...
¡Las flores tronchadas por el viento impío
Se agotan por siempre, por siempre jamás!
¡Los
días que fueron, los días perdidos,
Los días inertes ya no volverán!
¡Qué tristes las horas que se desgranaron
Bajo el aletazo de la soledad!
¡Qué
tristes las sombras, las sombras nefastas,
Las sombras creadas por nuestra maldad!
¡Oh, las cosas idas, las cosas marchitas,
Las cosas celestes que así se nos van!
¡Corazón... silencia!... ¡Cúbrete de llagas!...
¿de llagas infectas? ¡Cúbrete de mal!...
¡Que todo el que llegue se muera al tocarte,
Corazón maldito que inquietas mi afán!
¡Adiós
para siempre mis dulzuras todas!
¡Adiós mi alegría llena de bondad!
¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas,
Las cosas celestes que no vuelven más! ...
En un arranque de frustración ella arrancó la página de su diario, haciéndola una bola y lanzándola al suelo igual que las demás que yacían regadas a su alrededor. Aunque había intentado drenar sus emociones a través de la tinta de su lápiz, no podía lograrlo. Esa sensación de desasosiego, de desesperanza continuaba atrapada dentro de su pecho, comprimiendo sus entrañas y quitándole el aliento.
Volvió su mirada hacia el espejo. Su reflejo parecía burlarse de ella con sus ojos vacíos y enormes ojeras circundándolos; sus mejillas ahuecadas y sin color se encontraban manchadas de lágrimas. Su cabello una vez dorado como los rayos del sol ahora lucía opaco y sin vida, al igual que su cuerpo, su piel tan pálida como la de un cadáver en su demacrado estado que su ropa no podía ocultar… Una espeluznante visión de sí misma.
Con un grito desgarrador lanzó el diario contra el espejo, haciéndolo añicos en el proceso, con el fin de hacer desaparecer aquella imagen grotesca y ofensiva. Inmediatamente se arrepintió de sus acciones; había destrozado aquel espejo que una vez había pertenecido a su madre, el mismo que había sido su favorito y en el que ella recordaba verla reflejada, siempre tan hermosa en su vestido blanco mientras se arreglaba para ir a misa todos los domingos…
Das lástima. Eres repugnante...
Afuera la lluvia arreciaba, el viento soplaba con fuerza sacudiendo las ramas de los árboles y desviando el curso de las gotas de agua que se estrellaban contra el suelo. El centelleo de los relámpagos era lo único que alumbraba la sombría habitación y el rugir de los truenos reverberaba entre las paredes. Las lágrimas empañaban sus hermosos ojos celestes así como las gotas empañaban el cristal de la ventana, impidiéndole ver con claridad su reflejo entre los fragmentos destrozados del espejo que reposaban en el suelo.
Mira lo que has hecho... No eres más que un maldito fenómeno, una loca desquiciada, una carga para los que están a tu alrededor...
Aquella voz hacía eco en su cabeza, aplacando el ruido de la lluvia y los truenos que provenían desde afuera. Ella se agachó lentamente y con las manos temblorosas tomó un pedazo del filoso vidrio con sumo cuidado. Ahogando un sollozo en su garganta, contempló por última vez su reflejo en el trozo de espejo antes de llevarlo hasta su muñeca. Ya pronto acabaría todo.
Sí, eso es lo mejor que puedes hacer, continuaba la voz en su cabeza persuadiéndola a que continuara, de esa forma te desharás de tu dolor y librarás a los demás de tu repulsiva presencia y de la pena de tener que cargar contigo y con tu desgracia. Es lo mejor...
“Es lo mejor.” Repitió ella y apretó los ojos, haciendo un poco más de presión sobre la delicada piel de su muñeca. Pronto ésta cedió ante el filo del vidrio y ella pudo sentir como cortaba y atravesaba su piel, tan suavemente como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla. El dolor era agudo y punzante, pero más insoportable era el dolor en su corazón, el sufrimiento de su alma por llevar aquella carga interminable e insoportable consigo. No era justo para ella y mucho menos para su padre.
No pasó mucho tiempo antes de que sintiera la sangre brotar de sus venas, pequeños hilos de tibio bermellón líquido que corrían por su antebrazo empapando y manchando su ropa y la alfombra. Sus manos estaban más temblorosas que antes, una fina capa de sudor frío cubría su frente y sus sienes y su corazón estaba tan acelerado que claramente podía escuchar los latidos en sus oídos. Por fin lo había logrado; después de varios intentos fallidos en los que el miedo había podido más que ella, lo había conseguido...
No supo exactamente cuanto tiempo permaneció allí inmóvil, contemplando como la sangre brotaba y la vida se le escapaba por las venas, hasta que los efectos de las píldoras que había ingerido con anterioridad, aunado al desangrado, comenzaron a manifestarse. Los latidos de su corazón comenzaron a desacelerarse y u visión se tornó borrosa, hasta que finalmente fue sucumbiendo a las tinieblas y desfalleció.