RINCÓN LITERARIO


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de autoría de los socios


"TITO"

(Por Manuel Torrado / Relato recopilados por el autor - ver nota al pié de pagina)



Aquel domingo fui al Club “liviano de equipaje”. Con el barco en el varadero y mi familia desparramada en actividades terrícolas, quedé en un añorado estado de “libertad condicional” del cual decidí gozar dándome el gusto con cosas simples. Emprendí, entonces, una distendida y solitaria gira que empezó por los almacenes navales de San Isidro y terminó con una escala en la librería náutica de Hernán. Luego, fui a cerciorarme de que el pintor estuviera avanzando en tiempo y forma con el fondo. Mi asombro fue mayúsculo al comprobar que, lejos de encontrarme con retrasos o excusas, en una semana podría estar nuevamente en el agua.

Así fue como se hicieron las dos de la tarde y el hambre llamó a mi puerta sin mayores sofisticaciones, quería algo sencillo…que tal un rico, simple y dorado pollo al horno con papas?.

Subí las escaleras hacia el comedor del Club saboreando de antemano el platillo elegido. Me senté en una mesa chiquita, un poco escondida, con vista al Río. No quería acompañantes casuales ni charla ajena inútil. Ese iba a ser un momento dedicado a mi espíritu: el pollo y yo a solas, con las papas y un vinito como únicos testigos, claro. Día perfecto como pocos!!!

Lucas, el mozo, estaba desbordado, más o menos como siempre. Hace mucho lo apodamos La Cigüeña: “porque no sabes que te va a traer, ni cuando”…Advirtiendo la espera Tito, el concesionario, acudió en mi auxilio sin perder un minuto.

Para los que no lo conocen, vale la pena detenerse en describir a Tito. El, cuando alguien osa hacerle sugerencias sobre su servicios, se defiende definiéndose como un “hombre de oficio”. La realidad es que es un “hombre de oficios”. Al igual que Don Quijote contra los molinos de viento, le ha arremetido a la vida con cuanta ocupación a uno se le pueda ocurrir…todas sin éxito. Había hecho de todo antes de recalar en nuestro Club..y un maldito día varó en nuestras costas. Si se les viene a la mente la imagen de algo que llega maltrecho a la playa (resaca) a merced de las olas, están comprendiendo la estructura que pretendo darle a su biografía, especialmente a su llegada al mundo náutico.

Locuaz y sabelotodo, Tito es capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa, inclusive a grupos de gente demostradamente coherente. Mediante una rara hipnosis verbal logra que, todavía, muchos piensen que puede llevar adelante un restaurante.

Su frase predilecta es: “un día voy a ser Comodoro de este Club”...y lo peor es que lo cree.

No puedo olvidarme de la mañana en la que, con tono firme y expresión segura, convenció a una parejita novata, propietaria de un Grumete, de que el Pronóstico y lo que opinábamos TODOS los socios estaba equivocado. Una vez que en el Club estábamos TODOS de acuerdo con algo!!! Recuerdo sus palabras:

- Que Pampero ni Pampero... - dijo luego de largar una carcajada digna de una opera - Chicos, acá hay muchos que hablan y muchos que temen.... Esta barra es la Universidad de la Calle. Si yo no supiera mucho de Meteorología viviría ensartado, comprando mercadería de más para que después me termine lloviendo los fines de semana. Yo al Río lo miro y lo intuyo......al cielo lo leo, al clima lo presiento. No va a haber Pampero, hoy es un día para navegar!!!

Bueno, para el que le gusta navegar con 40 nudos de viento del SW, indiscutiblemente, era el día. Fue un milagro que la parejita volviera sana y salva, con el barco en una sola pieza (y más milagro aún que siga navegando). Cuando retornaron de su “aventura” fueron en demanda de algo caliente para tomar.

Tito, para evitar la trompada, los atajó a tiempo:

- Esos son navegantes!!!. A ver.... que aplaudan los que están sequitos y cómodos, che!!!

Lo asombroso es que logró que un grupo aplaudiera, lo cual hizo que se dibujara una sonrisa en los pálidos rostros de sus jóvenes víctimas. Y fue por más:

- Chicos míos!!!!- dijo, mientras abrazaba a los sobrevivientes - lo que tomen ahora corre por mi cuenta, hoy los invito yo. Esa es mi gente!!! Cuando sea Comodoro los quiero en la Comisión.

Pero volvamos a mi pollo al horno con papas. Tito me palmeó y me dijo (usando su clásico plural que lo incluye en cosas a las que no se lo invita):

- Hoy no navegamos Jefe?
- No, hoy no – le contesté en forma cortante, como para que entendiera que ese día pretendía estar poco comunicativo con él.
- Que le servimos Don Manuel?. Hoy tenemos una Milanesa a la Napolitana para no olvidar y...
- No Tito, gracias, yo quiero un pollo al horno con papas...

El hombre se quedó inmovilizado, como si fuera un actor que, de pronto, se olvida el libreto. Después de unos segundos de mirarme fijo, me preguntó:

- Bue.....que parte del pollo quiere?
- Pechuga.
- Se la debo, puede ser muslo?
Como una nubecita que va creciendo en medio de un inmenso cielo celeste, la respuesta de Tito comenzó a empañar ese espléndido día.

- Bueno, que sea muslo - respondí corto, como para no dar pie a más charla.
- Muy bien. Hombre de decisiones rápidas Don Manuel!!!, no como los amigos de la Comisión Directiva, ja,ja,ja. Eso si, más que muslos son muslitos. Los pollos me vinieron flacos. Además en Balcarce hubo una nube de no se que gas y las papas que me entregaron salieron chiquitas y duras. Se me va morir de hambre patrón!!!
El diablo existe y se representa en estos personajes y en estos momentos. Por supuesto que continuó hablando y dijo:

- Porque no me hace caso y prueba la Milanesa Napolitana? Mire...si no le gusta no se la cobro.

Luego de decir esto se quedó quieto, una vez más mirándome fijo y sonriendo...Decidí darme por vencido y aceptar precozmente antes de llegar, de todos modos, a la Milanesa Napolitana pero mucho más desgastado. Tito se marchó desbordante de alegría, una vez más había hecho lo que se le antojaba.

Miré a mi alrededor y mi sorpresa fue mayúscula. En TODAS las mesas estaban comiendo Milanesa Napolitana!!! Un niño de un año comía Milanesa Napolitana. Carlos Fraschi (que vive a régimen) estaba comiendo Milanesa Napolitana. Lucas Del Valle (que es vegetariano) estaba comiendo Milanesa Napolitana...

Me di cuenta de algo terrible. Tito iba a ser Comodoro algún día.

Nota: Recibí este relato. No conozco al autor, por lo que no tuve oportunidad de pedirle permiso para su publicación, pero me pareció que vale la pena incluirlo en la página. Espero que Manuel Torrado no lo tome a mal, y se ponga en contacto con nosotros.

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Se permite la reproducción citando la fuente: www.lagazeta.com.ar
 


 

K   U   K   O

 
   Venía caminando por Avda. Elcano en dirección a mi casa. Eran las 21 hs. Luego de terminar mi jornada de labor. Nunca había querido ir por el veredón del cementerio y menos de noche, por cierto recelo que me impedía cruzar desde el costado del ferrocarril hacia el mismo.
Veo avanzar en dirección opuesta a un hombre de figura enigmática.
Cuando pasé a su lado me tomó suavemente del brazo:
-Muchacho, tengo un negocio para ofrecerte; no debes poner nada más que tu decisión. Si lo haces hay quinientos pesos para vos.
Sorprendido por la insólita propuesta de un desconocido, a esa hora y en ese lugar, atiné a balbucear:
-¿De qué se trata?
Inicialmente pensé en un rechazo automático pero la imagen del oferente hizo picar mi curiosidad.
-Mirá, pertenezco a una agencia de publicidad y estamos haciendo la siguiente encuesta: cuántos hombres aceptarían cruzar en la oscuridad este cementerio de punta a punta. ¿Qué te parece? No me digás que no es un gran negocio: hacés un paseo y te ganás cinco gambas. Seguramente gran parte del sueldo que te pagan por trabajar hasta esta hora.
-Bueno sí, redondeo mil pesos haciendo dos horas extras. La fábrica donde yo trabajo es aquella que vd. ve cruzando la vía.
-Entonces, no cabe duda; te repito: negocio redondo. Sólo es necesario que nos encontremos en una de esas puertas, entrás y salís por Jorge Newbery (entrada principal) donde te estaré esperando para pagarte lo que te ofrezco.
-Bueno, vea, esto no es como para decidirlo así, de golpe. Tendría que pensarlo.
- Si pensás, perdés, el asunto es contestar ya por sí o por no. Yo te facilitaré todos los medios para entrar y salir, incluso irás con una linterna grande con pilas recién cargadas.
Además podés tomarte todo el tiempo necesario. No es preciso que lo hagas en... digamos... una hora. El cementerio de punta a punta es muy grande pero por tu juventud podrías tansitarlo en ese tiempo, más o menos, siempre en medio de la noche callada.
-¿No corro el riesgo de que se me cruce alguien por el camino, por ejemplo un guardia y me acuse de violación de un lugar sagrado?
-Quedate tranquilo, no pasa nada, ya está todo arreglado y nadie va a interferir, tenelo por seguro.
-Bueno, mire, la oferta es buena: ¿no podría venir con mi bicicleta?
-No, es a pata, esta formalidad no se puede cambiar. Oíme, si tenés miedo, olvidate. El miedo paraliza, sin embargo es necesario. ¿Qué te puede pasar?
-Y... bueno, que salga un muerto de su tumba, por ejemplo.
¿Y?
-Se me paraliza el bobo, me da un infarto y fui.
-Escuchame: tenés que razonar. ¿Cómo es posible que un muerto pueda salir de su tumba? Eso en primer lugar. Segundo: ¿por qué el cadáver te va a agredir o querer matar, por ejemplo? Tercero: vos sos joven y livianito: salís rajando y no te alcanza nunca; un cadáver es una bolsa quebradiza de huesos.
-Pero, hay profanadores de tumbas, le cortaron las manos a Perón y, vd. sabe, que son bandas de delincuentes capaces de cualquier cosa.
-¡Sí, claro! Resulta que las bandas de delincuentes te van a estar esperando a vos. ¿Para qué, para liquidarte? ¿Qué representás vos como móvil de un crimen?
-Bueno... yo no sé si un cadáver me puede ahogar con sus garras ahí mismo, ¿vd. vió la película “El regreso de los muertos vivos”?
-Nada que ver. Esas películas son del cine de terror, algo tienen que inventar para vender cualquier cantidad de entradas. Esto no existe. Además, fijate: hay gente que jura que al morir se desprende una especie de humo con forma. Sería el espíritu del muerto que se va para el cielo o el infierno. Desaparece de este planeta. Sólo queda un montón de carne y huesos podridos ¿Sabés que estas haciendo?: razonando como un niño. Si vos lo mandás a un pibe de tres o cuatro años, ¿qué preguntará?: “¿y si viene el Kuko?”
¿Qué es el Kuko?: una simple creación sugestionadora de los padres, o de los otros niños, e incluso, de las maestras del jardin, puede ser. La cuestión es que el chico se asuste, que agarre miedo. Es lo que te pasa a vos. Que no sos un nene. El tiempo del Kuko para vos ya pasó; sin embargo guardás en un rincón de tu mente esa figura fantasmagórica.
-Es cierto: yo, a esta altura del partido, no puedo temerle al Kuko.
-Un personaje inexistente. ¿Sos creyente?
-Sí, todos los domingos voy a misa. Creo en Dios y en todo lo que enseña mi religión.
-Razoná entonces: el Kuko es como Dios, con la diferencia que a Dios lo vas conociendo de a poco; a medida que madurás, tu mentalidad adquiere sentimiento religioso. Pero al hombre (y a la mujer, por supuesto) les infunde respeto y, más que eso miedo. Somos consumidores de miedo. Dios pasa a ser el Kuko a medida que crecemos.
No estuviste nunca con el supuesto Kuko, de chiquito lo imaginabas y, ahora, de grande, no viste jamás a Dios.
-Pero sé que existe. Todo el mundo o, casi todos, creen en él. Además es el creador. No existiríamos sin el Dios fundador de la Tierra.
-Bueno, pará; yo todos esos argumentos, digamos, teológicos, los conozco desde hace muchos años. Pero hay una función que omitiste: Dios premia o castiga. Y en el castigo está el miedo. Por eso a Dios hay que amarlo o temerle. Y, además, someterse a su          arbitraria voluntad. El miedo es el alimento de nuestro principal instinto, el de conservación.
-Sí, pero eso es la ley divina.
- Perfecto, ¿qué es para vos la ley?
- Y... sería un conjunto de normas destinadas a regular la vida de los hombres que deben cumplirse bajo pena de castigo.
-Muy buena definición: correcto, las leyes son instrumentos de orden y represión. No serían absolutamente nada o, mejor dicho, inservibles, si no contuvieran elementos punitivos. Meten miedo. Que es lo que te pasa a vos. No te alcanza tu fe en Dios para meterte en el cementerio y ganarte unos buenos pesos. ¿Conocés el dicho: el que no arriesga no gana?. Si tenés sexo con una mujer sin su consentimiento, vas preso y te pueden tocar veinte años de cárcel, o algo así, por violación. Pero no solo has violado a la víctima, también has violado la ley. Es muy bonito, queda bien, decir desde un curioso idealismo: “no reprimir”. Pero volvamos a lo dicho: la represión libera de impotencia a las leyes porque, como dije: mete miedo. A través de la Justicia terrenal, sin esperar a la justicia divina.
-¿Entonces el miedo es bueno?
-Efectivamente, el miedo actúa como materia prima para que nosotros podamos vivir en sociedad, en paz y, si es posible, en armonía o amándonos los unos a los otros como predican las religiones. El temor a Dios es una fuerza muy poderosa a pesar de que nunca hemos visto al señor. Si a vos eso te sirve, pues seguilo utilizando. Es un arma utilitaria.
-Ese razonamiento no lo tenía en mis planes: simplemente confiaba en la justicia divina y humana.
-Pues bien, mi amiguito, debes seguir razonando ya que no existen verdades absolutas. Por eso, como están las cosas, vas a decir que no. Ha sido un gusto conocerte.
-Mirá, ahí viene una chica. Como la encuesta va dando negativo con todos los hombres intentaré con la mujer que muchas veces es más valiente que el macho.-
 
                                                                              TITO  (16/2/07)

             


  “E L  C O G E D E R O”

(Narrativa)

I

“Paternal de mis amores”, hermoso tango de Jorge Caldara que evoca al barrio donde nació “el pibe de La Paternal” – Osvaldo Fresedo. En una de esas casas bajas, que configuraba un paisaje homogéneo, fuimos a vivir allá por los años 40. Durante varias décadas formamos parte de sus pobladores; un día me fui. Pero, continuando con este arranque tanguero, me inclino por hacer mío el lamento reivindicatorio del “gordo Troilo”: “dicen que me fui de mi barrio, pero … ¡cuando me fui … si siempre estoy llegando!”.  Jamás podemos irnos de “la patria chica”, aunque nos mudemos a Australia. Porque el lugar donde pasamos la infancia deja en nuestra memoria marcas imborrables; hoy, en la era de la PC podemos anular archivos con un aparatito electrónico, pero en esa computadora que es nuestro cerebro esto es imposible. La etapa bisoña de nuestra vida queda marcada a fuego y no porque lo digan los psicólogos. Cuando pasamos de lo instintivo a lo consciente, formamos nuestros sentimientos, pensamientos y conocimientos. Pero el instinto maneja primariamente los actos de los albores ciudadanos, genera emociones y expectativas; debutamos, desde la intuición,  en esa inserción social inevitable, en el ámbito de adopción que se nos impone cuando niños y allí establecemos nuestras primeras relaciones sociales extra familiares: primero los amigos, luego los compañeros del colegio; ambos quedan registrados en forma indeleble porque fueron nuestros iguales al conjuro del desarrollo de la propia personalidad.

La Paternal reconoce lugares emblemáticos, algo así como instituciones barriales: nuestra Asociación Atlética (porque muchos no saben que Argentinos Juniors no es un simple club), el puente de la Avda. San Martín, y un sitio obsesionante, que para los criados en sus calles configura la categoría de monumento ciudadano y, como veremos, en gran medida, justamente, paternal (fábrica de padres y, por extensión, de madres).

II

Concurríamos a la escuela de la calle Álvarez Jonte, “la de Jonte”, según la designábamos, porque en aquella época no tenía nombre; ahora le designan como “Fray Justo Santa María de Oro.  No existía el castigo de los dobles turnos y era colegio solo para varones. A la tarde, después de hacer los deberes, mamá nos daba permiso para salir a la vereda a jugar con algún pibe vecino en los inocentes  entretenimientos de la edad (7,8 añitos). Del fútbol teníamos noticias porque sábado por medio pasaba la gente que iba a la cancha  (Argentinos estaba en 2º, hoy primera B) y, por otro lado, nuestros padres eran hinchas de cualquiera de los equipos grandes. No existía la enorme irresponsabilidad de ciertos cretinos que llevan a los riesgosos partidos a sus nenes, disfrazados con los “gloriosos colores”, aún siendo bebés. Pero el griterío emanado en los tablones, que estaban a tres cuadras, nos atraía de manera tal que yo no veía el momento de que mi vieja diera el “okey” para ir hasta Boyacá y Juan Agustín García. Durante la semana las madres nos vigilaban porque los papás estaban todo el día en sus trabajos. Por ejemplo, se consideraba prohibido –por muy peligroso- cruzar la calle. Vivíamos en Punta Arenas, a pasos de Terrero: frente a mi casa pasaban varias líneas de colectivos y todo el tránsito que desembocaba en el puente; o venía de allí porque en esos años era doble mano.

Cansados de tanta “mancha venenosa” o “las escondidas”, al ir creciendo empezamos a “jugar a la pelota”. Primero la hacíamos de papel, atado con un hilo o, cuando mucho, conseguíamos una media vieja que rellenábamos con trapo (¿recuerdan “Pelota de Trapo” con Armando Bó?). Cuando caía a la zanja, la sacábamos pringando un líquido viscoso, pero no importaba, seguíamos pateando y se iba secando. El problema era cuando rodaba al medio de la calle; no faltaba la mamá –ninguna trabajaba fuera del hogar- que nos gritara: “¡cuidado nene, que viene el colectivo!”. A la vuelta, Terrero era un remanso, bien asfaltada y lisita, aparecía como una pista de patinaje, para intentar nuestras primeras incursiones en bicicleta por la calle y, en primer lugar, porque imaginábamos que entre  Punta Arenas y Linneo estaba la cancha diaria de nuestros sueños. Además, tenía escaso tránsito vehicular, no tan poco según veremos, y el gallego Don Julián se ocupaba de juntar la bosta para abonar los árboles.

Ergo, el piberío se juntaba en la que –para nosotros- es legendaria esquina de Terrero y Punta Arenas: allí se fue aglutinando la barra, que no era brava, pero tampoco estaba formada por angelitos. Había un almacén y luego vino Don Arón, el viejo de Mauricio, a instalar la sastrería donde me hizo la primera pilcha de pantalón largo. Era punto de referencia porque en muchas esquinas se juntaban los vecinos, grandes o chicos “del barrio”, lo que constituía una fragmentación territorial. A la vez, nos daba una precisa identidad de pertenencia: “yo soy de Punta Arenas y Terrero”.

El conglomerado iba creciendo, ya venían chicos que estaban un poco más lejos de esa confluencia callejera (cuadra o cuadra y media como máximo). Los matrimonios,  obreros o de clase media baja, ofrecían una particularidad: casi todos tenían sólo hijos varones. Las pibas escaseaban y, de todos modos, si a nosotros nos cuidaban, pueden imaginarse que pasaba con las mujercitas, apenas salían por las tardecitas luciendo algún vestido nuevo. Pero las pocas hermanas de nuestros compinches eran sagradas. Éramos los proyectos de “los machos de Buenos Aires”, una sociedad que hoy –pese a todas las transformaciones a puntualizar- no ha dejado de ser machista.

Estos eran los “piqueteros” que poco a poco fueron copando la circulación de Terrero, cuando se hizo inevitable para los padres que la pasión por la pelota fuera convirtiéndose en auténticas confrontaciones futboleras con las reglas y códigos apropiados a esos niños que iban creciendo y desarrollándose con incontenible vitalidad. PABLO (mi mejor amigo de entonces) – KUKI – SALVADOR – ANGELITO – RICARDO (“Manzanita”) – ENRIQUE y FERNANDO (que eran primos hermanos, más hermanos que primos), ELIO – BETO – Carlitos GALLO – TOTITO – MAURICIO, los dos JORGES (Gómez y Tagliabue) – los dos HÉCTOR (Caranci y Lateulade), en fin, creo no olvidarme de ninguno. A estos se fueron incorporando, al compás del crecimiento, una segunda generación: POCHO – CHIQUITO – CHICHE – JUANCITO – HORACIO (“Bananita”) y mi único hermano CARLOS. Todos habremos pensado que podíamos ser convocados por Guillermo Stábile, cuando triunfáramos en el deporte argentino más popular. Los chicos veíamos a los jugadores como los ídolos de la isla de Pascua; eran gigantes que imponían tal respeto que no atinábamos a saludarlos, los héroes de cien batallas que defendían con honor la camiseta roja, vivos blancos, de los “Bichitos Colorados de LA PATERNAL”.

Teníamos las figuritas, los carritos de rulemanes, las carreras de autitos TC rellenados con masilla, en una pista sinuosa trazada con tiza al costado de la calle, y otras distracciones varias. Siempre dentro de los límites constreñidos a lo que reconocíamos como “nuestro barrio” y nunca lejos de las miradas verificadoras de las madres que no autorizaban una reducida expansión de nuestros dominios “imperiales”. Porque, virtualmente, esa mayoría de párvulos, que ya pasaban de 4º a 5º grado, se habían hecho dueños de la cuadra, o, mejor dicho de LA CANCHA, porque esa fiebre pasional por el fútbol crecía a medida que en las casas levantaban la veda y todos íbamos a integrar la hinchada infantil de “nuestro club”, porque ya éramos socios gritones de los goles que conseguían aquellos gladiadores.

Pero así como habíamos invadido pavimento y veredas (usurpados, según algunos vecinos que nos comenzaban a sufrir como a una plaga), con el desarrollo de los “clásicos” de todos los días, que después se fueron propagando “barrio contra barrio”, tendríamos que soportar  trastornantes perturbaciones exógenas que interrumpían la felicidad y el pleno goce de las gambetas, los rechazos, las atajadas, los pases cortos o profundos, los cabezazos, y todas las variantes que nos permitía arribar al “clímax orgásmico” del GOL. Allí seguían las efusivas felicitaciones o los reproches y, vuelta a empezar, desde la mitad del asfaltado terreno para llegar a los arcos formados por un árbol y la línea simétrica que terminaba en la pared, (cómplice de gambetas poco ortodoxas, cuyo especialista era Salvador).

III

El primer problema de complicada solución era comprar la pelotita de goma que valía un peso con veinte centavos. Los más caraduras de la pandilla, se paraban en las esquinas y a cada uno que pasaba le rogaban: “Señor, me daría diez guitas pa·la pelota”; necesitábamos doce contribuyentes, pero la cosa se facilitaba cuando venía el padrino de Salvador, un tano que lo adoraba y siempre le dejaba cincuenta centavos de regalo. Entonces, nuestro “socio capitalista”, en un acto de maravilloso desprendimiento, abría la colecta con casi la mitad del patrimonio colectivo. Corríamos a lo del Petiso, un gallego que explotaba su kiosco – librería en la avenida, casi esquina Linneo, y volvíamos eufóricos para empezar la contienda; eso sí, no sin antes mojar la pelota en la zanja porque existía la teoría de que sino se pinchaba. El drama colateral tenía varios episodios: cuando algún bartolero la tiraba dentro de una de esas casas de bajas paredes: “señora, me da la pelota”; en la Don Julián perdíamos el tiempo y al esférico: el viejo cabrón te lo cortaba con un cuchillo y nos tiraba los pedazos en la cara; Samuel también la negaba, hasta que venía Carola (su hija menor) y pese a los rezongos del viejo la reintegraba transmitiendo un enojo más fingido que real; la pobre nos quería en silencio descartando la reciprocidad por razones que no vienen al caso; y en la de Don Pizarro, un viejito con aires de patriarca, la angustia se renovaba: porque era un chalecito con rejas y el dueño era inflexible; pero estaba el recurso de que algún audaz saltara la verja y rescatara el tesoro. No era fácil la decisión, suerte que no había perro y esto ayudaba a que el héroe de turno se decidiera. Las pérdidas eran virtualmente irreparables, porque había que volver a la colecta sin el refuerzo del sacrificio salvadoreño.

La segunda peripecia angustiosa era cuando avizorábamos al “autito”: vivíamos mirando hacia Jonte o Gavilán para alertar que, a lo lejos, aparecía la cana, que hacía el recorrido por esas tardes en unos Fords a bigote, pintados de negro. Cuando escuchábamos la voz de alerta, “nos hacíamos humo”, porque los malditos nos- llevaban a la Comisaría 41 en caso de podernos cazar. Luego, cuando le subía la tanada a “Spiantuque”, un símil de Mussolini que nunca podía roncar su siesta, se iba a buscar al “Chinito”, el policía de parada en Linneo y Avda. San Martín; a este personaje no me voy a referir porque ya lo ha hecho mi querido amigo Angelito en un exacto e insuperable cuento que tuvo la delicadeza de obsequiarme. Sólo diré que era “un botón de aquéllos” y con esos no se jodía.

Pero, el verdadero dilema eran los taxis. En esos años no eran negros y amarillos, lo que hacía, para los más ingenuos, ignorar la causa de por qué pasaban tantos por Terrero; no sólo interferían el partido, eran el terror de las madres que los veían circular entre sus pibes y, ¡sacrilegio!, podían pinchar la pelota si la pisaban. Nosotros sabíamos que eran autos de alquiler por el reloj con la banderita roja y letras blancas que siempre estaba baja. Pero lo más sugestivo era que sus pasajeros, invariablemente, fueran dos: una acaramelada pareja; y siempre iban en dirección al Norte. Yo, desde esos 8 o 9 años no me explicaba esta presencia invasiva con idénticas características, hasta que un día, fastidiado, pregunté: ¿por qué joden a cada rato los taxis”. Kuki, uno de los más piolas, me contestó: “tarado, no sabés que son los que van al cojedero”. Esta palabra era nueva para mis oídos. Le pregunté a Pablo: “¿qué dice éste?” “nada, Tito, son los tipos que van a coger al hotel de Lascano”. ¿”Qué hacés, no jugás más”?, me dijo Salvador. Yo había quedado como absorto ante el impulso que había cobrado repentinamente mi fantasía. “Sí, ya voy, … pasala Elio”.

Cuando volví a mi casa, a tomar la leche, mi vieja me notó algo retraído, porque era común que les contara a ella y a mi hermanito los goles que había hecho, si habíamos ganado o perdido. ¿A quién indagar sobre el asunto del cogedero? Allí era imposible, y mi gran timidez me reprimía para preguntarle a mis mañaneros compañeros de grado. Escuchábamos a “Peter Fox”, enigmático personaje policial que todo lo sabiaaaa…, a los Pérez García, auténtica familia candorosa de un barrio como el nuestro y al “Glostora Tango Club”, mientras cenábamos; luego, salíamos un ratito a la puerta, pero como hacía fresquito, nos guardamos en las camas. Me costó dormirme, porque eso del “cogedero” me tenía demasiado intrigado.

   Al día siguiente, a la tarde, volvimos al “entrenamiento” que, en verano, duraba hasta la noche. Pero sucedió la peor de las desgracias, un camión nos pinchó la pelota; volvimos desencantados con los restos que hubiéramos preferido enterrar antes que tirarlos. Era lo que quedaba del objeto más venerado. Alguien propuso hacer una de trapo, pero el desconsuelo nos había quitado las ganas. La barrita se fue disgregando por ese día. Quedamos en la esquina Beto, Kuki, Totito y yo. “Che, y si vamos hasta el cogedero”, propuso Beto. “Dale”, dijo Kuki, vamos, metámosle, mirá cuantos taxis estan pasando” apuró Toto. “¿Y vos no venís?”, me regañó Kuki, que para mí era una especie de referente en cuanto a que se las sabía todas: lo prohibido y lo permitido. “¡Estás loco! … si se entera mi mamá me faja”. “Bueno, si sos tan cagón, quedate, no sabés lo que te perdés”. Kuki, a pesar de tener mi misma edad, era como un hermano mayor para mí; hicimos todos los grados de la primaria juntos, lo que no es poca cosa; además, a mi hermano le llevaba cinco años y con él no podía, ni mamado, hablar de ciertos temas. El “ruso” me había tocado el amor propio, me planteaba la trasgresión. “A ver, esperá … ¿a cuantas cuadras queda el cogedero?” “Y… a ver: Linneo, Biarritz, Carranza, Lascano y el puente, cinco” dijo, mostrándome los dedos. “¿Cuánto vamos a tardar?”… “Que sé yo, algo tenemos que ver, no vamos a ir y venir”. “Bueno, Tito, dejate de joder …, ¿venís o no venís? me intimó Totito. Negarme sería un escarnio, hasta me iban a considerar maricón.

 Marchamos hacia el hotel, yo iba adelante proyectado por la ansiedad; cuando doblamos la esquina de Terrero y Lascano empezó a latirme el corazón. Fuimos reduciendo el paso a medida que nos acercábamos al edificio misterioso, esperando que viniera algún taxi, apareció uno y nos paramos cerca de la puerta observando a los pasajeros (no existían los vidrios polarizados). El tipo, de bigotes y sombrero era bastante mayor que la chica. “Seguro que se levantó un yiro”, comentó Beto, Kuki miraba con su cara sobradora, Toto agrandaba sus ojos y yo, me ponía colorado. El coche entró y ya no podíamos ver más por la penumbra del garaje. Todo lo que pudiera pasar corría por cuenta de nuestra infantil imaginación que iba perdiendo su inocencia. Cruzamos las sendas de entrada y salida, nos paramos en la esquina, esperando el taxi siguiente. Entonces salió un flaco grandote que acercándose nos dijo: ¡rajen de acá!  “¿Por qué? … la calle es de todos”, quiso guapear Beto que era el más alto de nosotros. “¡Porque lo digo yo … acá no pueden estar … se van o los cago a patadas!”. A regañadientes, Kuki nos indicó: “Crucemos para el puente”. El histórico puente que pasaba sobre las vías del Ferrocarril San Martín, tenía escaleras de ambos costados; por arriba circulaban y paraban tranvías y colectivos, ello lo convertía en lugar muy transitado. “¡Hijo de puta!”, blasfemó Toto, testimoniando la mayor de las indignaciones que nuestras personalidades contenían. Yo, estaba resignado, y sólo pensaba volver a casa y lo que podría explicarle a mi vieja como excusa. Totito era un hiperactivo, la ardilla de la barra, no paraba nunca. “¡Ya va a ver ese turro!, dijo juntando dos piedras y trepándose al pilar del puente. “¿Qué hacés, loco, a ver si te matás”, le advirtió Kuki. “Dejame … nos la va a pagar ese alcahuete de mierda”, y con bastante buena puntería le tiró las piedras al individuo que alcanzó a esquivarlas. Entonces corrió hacia las escaleras para agarrarnos, vana ilusión. Salimos como alma que se la lleva el diablo, Toto siempre corriendo por las cornisas que unías los pilares; abajo, el vacío. Yo estaba cagado por dos motivos: pensaba que si Totito caía no se salvaba, por lo menos iba a parar fracturado al Hospital Alvear, donde trabajaba el padre y, además, porque pensaba que el esmirriado zancudo nos podía alcanzar … o quizá llamar a la cana. Beto, con sus piernas largas encabezaba la huída y Kuki, más gordito que yo corría a la par mío. Había sido mi primera aventura en el despertar sexual;  Beto era el emblema en ese sentido por razones que no voy a mencionar en precio a su querida memoria. Al llegar a casa, mamá me interrogó: ¿Dónde te habías metido?, me hiciste asustar”. “Nada má, fuimos con los pibes a ver que daban en el cine Sena”. “¡Hasta allí te fuiste, tenías que pedirme permiso … cruzaste la calle Jonte!”, “la próxima, cobrás, tomate un poco de leche que ya viene la hora de comer”. Esa noche, mis erecciones incipientes se incrementaron a pesar de la culpa que me pesaba por el pecado cometido. Según lo que había explicado el cura en el catecismo, casi seguro era un “pecado mortal”.

IV

 La niñez –y luego la adolescencia-, en Buenos Aires, se vivía en un medio cuyo entorno ponía un acento riguroso en las prohibiciones. La dictadura militar del 43 amenazaba con cortar de raíz cualquier trasgresión a principios morales victorianos. Por ejemplo, las mujeres con polleras algo cortas eran detenidas y en la comisaría se les agregaba un ruedo de papel hasta la mitad de la tibia . En los empleos públicos debían observar severas normas que impidieran mostrar –aún casi imperceptibles- atractivos femeninos inquietantes, a riesgo de perder el puesto. No podía utilizarse el lunfardo porteño ni en los tangos que debían modificar sus letras, cambiando esas expresiones por las correctas del idioma castellano.  Las películas basaban sus guiones en moralinas constructivas, desterrando por completo la posibilidad de incluir escenas con algún giro escabroso. Perón instituyó la enseñanza religiosa católica en las escuelas mediante un sistema que constituía una terrible discriminación: como había chicos de comunidades diferentes, por ejemplo, en nuestro barrio había muchas familias israelitas, debían estudiar moral. Los no creyentes tenían también esa opción: Beto, de ascendencia itálica, decía que participaba de las clases de moral porque el padre era socialista y, por ende, no creyente en los cultos oficiales. Esto incitaba a la separación en bandos opuestos a una edad en que los chicos podían desarrollar una cultura basada en el desprecio hacia el otro a quién no consideraban “del mismo palo”. Se fomentaba con toda irresponsabilidad el desprecio por desemejanzas religiosas o raciales: una barbaridad que conducía a la intolerancia mediante la diferenciación antojadiza de valores peculiares. Pero el nacionalismo militar de derecha tenía esas pautas y el gobierno peronista representó una continuidad del espíritu sagrado que apuntaba –mediante connotaciones nazis- a institucionalizar modelos excluyentes de los “impuros”.

Este puritanismo tenía una incidencia rotunda en las costumbres que regían las relaciones sexuales. En la realidad, el sexo era un tema tabú. Cuando hoy escucho hablar de educación sexual, recuerdo mi infancia. La información sobre las alternativas de los naturales actos carnales se confundían con el estigma de la lascivia; de manera alguna podía exteriorizarse la homosexualidad porque los señalados en esa categoría eran considerados poco menos que leprosos. Nosotros nos enterábamos de “como era la cosa” por versiones antojadizas de algunos amigos mayores o inventos propios donde abundaban las leyendas distorsivas de la realidad que se absorbían como verdades absolutas. El acceso a las chicas no podía escapar a reglas de una formalidad intransigente. Se las conocía en los bailes a los que concurrían custodiadas celosamente por sus madres. Se promovían noviazgos generados por afinidad vecinal o alentados por “celestinas” familiares o de íntima amistad: era un procedimiento que se llamaba “hacer gancho”. Ya en la adolescencia, las niñas creciditas no podían salir solas, más allá de los “mandados” a los negocios del barrio,  bajo apercibimiento de ser miradas como putitas que andarían atorranteando por ahí. Las mujercitas debían ser colocadas en un “mercado matrimonial” con la garantía de mantenerse vírgenes. Observando hoy los chicos de ambos sexos que forman barritas de sustancial afinidad, originadas en los colegios secundarios,  en los conciertos de música moderna  o en los boliches nocturnos, deduzco que en medio siglo habríamos transitado del blanco inmaculado al negro azabache. Pero son las reglas del juego ante las cuales hemos pasado a ser unos fósiles que: “nada que ver”; hemos perdido el derecho a opinar y en mucho mayor medida a oponernos. Los padres estamos obligados a decir siempre sí, en esta sociedad crudamente consumista, donde nuestros hijos no pueden vivir “inferiorizados” por lo que ellos consideran valores perimidos.

Retornando a  los preceptos prohibitivos de aquellos años: el divorcio prácticamente no existía; los matrimonios no se animaban a separarse porque ello constituía un baldón; vivían aguantándose y ocultando sus odios ante los hijos y vecinos o familiares. El amor simulado era moneda corriente y prevalecía un machismo absolutista. Los jóvenes, a la edad de la “colimba”, ya tenían su noviecita a la que visitaban rigurosamente los días establecidos, “franeleaban” en los zaguanes y, difícilmente, las cambiaban: terminaban casándose de blanco en los templos de pertenencia barrial. Ahora hemos debido acostumbrarnos sin chistar a las relaciones sexuales en nuestras propias casas o a las convivencias informales multicorpóreas; a las niñas embarazadas a los 14 o15 años y a las paternidades inmaduras. Las pibas trabajan o estudian en un plano de casi igualdad con los varones, y tienen los mismos derechos de disfrutar de expansiones que deben estar exentas de límites. Para no caer en  “sociologismo”, retomo la intención de practicar literatura mediante el relato evocador de episodios que, como todos los de la niñez y la adolescencia,  permanecen perennes en la memoria.

V

 A pesar de los nuevos diagramas de los horarios que resultaban del pase de la escuela primaria al colegio secundario –con sus obligaciones consecuentes- la barra tardó varios años en dispersarse; el cambio de sede educacional, (ya no íbamos todos a la escuelita de Jonte),  constituía un motivo reduccionista para los contactos diarios de la niñez. Sin embargo, Punta Arenas y Terrero siguió siendo por casi dos décadas el ineludible punto de reunión de esos hermanitos de crianza que recibí por adopción y de otros que se incorporaban fugazmente y luego desaparecían junto* a los amigos entrañables fundadores de ese grupo de cómplices en las diabluras propias de la minoridad. Por otra parte, Argentinos Juniors era la institución deportiva aglutinante de entusiasmos y esperanzas vitales. Uno de los que se fue alejando poco a poco durante nuestra adolescencia fue Beto. De vez en cuando lo veíamos, conservaba su sitial de conmilitón primitivo, pero él estaba en sus cosas y al revés de mi caso, la participación en las largas tenidas de esa fraternidad formal  que predominaba en nuestros sentimientos, iba disminuyendo.

   A los 16 años, una tarde primaveral, subí al tranvía 85 que me trasladaba del colegio secundario hasta la avenida y Punta Arenas. Hoy recuerdo con nostalgia aquel medio de locomoción tan distintivo de esta ciudad. Al sentarme, observé junto* a la ventanilla de los asientos delanteros una cabeza de pelo negro engominado por la que identifiqué a mi amigo de la infancia; fui inmediatamente a sentarme con el pibe que, por su físico, parecía dos o tres años más grande que yo. ¿”Qué hacés Betito? … tanto tiempo que no te veo”. Me reconocíó con gran alegría para alguien de una personalidad poco proclive a las efusividades. “Y vos, que estás haciendo con esos libros … cierto, no me acordaba que vas al comercial”. “Sí, estoy en tercer año del turno tarde, ¿vos también venís del cole, del Moreno?. “No, yo voy de mañana”. “Y entonces…”. “Vengo de ver a una mina”. “¿Tan temprano? “Y, los viejos no quieren que nos veamos cuando se acerca la noche”. Seguimos charlando de bueyes perdidos (familia, fútbol y otras cuestiones irrelevantes), cuanto tuvimos que bajar: el trayecto era corto. Cruzamos San Martín hacia Punta Arenas y comencé la despedida: “Bueno Beto, a ver cuando venís por la esquina y te prendés en algún partido … los muchachos te extrañan”. “Pará, vení, acompañame hasta casa, tengo algo para contarte”. Comenzamos a caminar hacia Linneo y Beto no hablaba, lo que no me sorprendía porque, en general, era de pocas palabras. “¿Sabés una cosa? Ayer debuté en el quilombo”.

   A medida que íbamos creciendo habíamos sustituido la palabra “cojedero” por “quilombo”, lo que era incorrecto porque éste era sinónimo de prostíbulo. Y el auténtico cojedero de nuestra infancia era un hotel alojamiento con todas las de la ley, de los pocos y mejores que había en Buenos Aires, colocado en un lugar estratégico, como escondido a la sombra del inmenso puente lindero. Los encuentros de amoríos ocultos tenían allí un ámbito más seguro para esos actos casi ilícitos de imprescindible intimidad.

   Yo lo escuché sorprendido: “No me jodás, ¡si tenés dieciseis años y hasta los dieciocho no te dejan entar! “Mirá, si no me creés es cosa tuya, la cuestión es que ayer me cojí a una minita en “Los Lirios” … ¡cagate de risa!”. Como nos acercábamos a la casa que estaba cerca de la esquina con Terrero, le dije que parara un poco. Quería saber más sobre un hecho que lo convertía en protagonista de un heroísmo erótico. “Y bueno, que querés que te cuente, es un “telo” con todo lo que se necesita para encamarse”. “¿Y el baño?” pregunté con gran ingenuidad. “Privado, gil, está en un costado de la cama, que querés, que salgamos en bolas por el pasillo”. Ya llegábamos a su casa y no quería perderme detalles de una primicia que para mí era sensacional. “Escuchame un poco … decime: ¿hay espejos?” “Mirá Tito eso hay que verlo, vivirlo, que querés que te cuente, cuantos polvos me eché, algún día ya vas a entrar y te vas a dar el gusto … bueno, chau”. “Por lo menos decime quién es la mina, como la conseguiste y la convenciste para …”. Beto me frenó en seco: “No me preguntes más, secreto profesional” y se metió en el zaguán, dejándome con los entripados derivados. El hombre tenía sus códigos a pesar de ser tan pibe: no había que “batir a la mina”. Los verdaderos machos no alcahuetean sus intimidades. Y Beto siempre había sido para nosotros el prototipo del ardor sexual. ¿Quién sino él podía ser el líder que llegara primero a la cima de la montaña? Pero yo no pude con mi costado chismoso y confié a mis amigos más íntimos (dos o tres): “Te voy a contar algo, pero jurame que no lo comentás con nadie, ni con tu hermano: el Beto debutó en “Los Lirios”. En el final de este cuentito que ha pretendido ser infantil y casi cayó en la pornografía, Vds. deberían preguntarme: “¿Y vos, conociste “Los Lirios?” : “Secreto profesional”.

   Lo que puedo agregar es que en uno de mis sueños surrealistas, bomboncito freudiano, escuché que en el patio del colegio, en algún acto de conmemoración patria, cantábamos:

“Gloria y loor, honra sin par, al más grande entre los grandes, hotel Los Lirios, de La Paternal”.-

                 “TITO”


 

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