PROYECTO NACIONAL
Un aporte a nuestra cultura hist�rica y "quiz�s" una probable soluci�n a los problemas que vive la Argentina.

 

PRIMERA PARTE

FUNDAMENTACI�N

CAP�TULO 3

ANTECEDENTES HISTORICO-POLITICOS QUE CONDUCEN AL MODELO ARGENTINO

Las ense�anzas del proceso hist�rico mundial

De dos fuentes proviene el crecimiento econ�mico de los pa�ses m�s avanzados. Por un lado, de sus propios recursos tecnol�gicos y acumulaci�n de capital. Por el otro, del acceso a las riquezas y el trabajo de los pa�ses colonizados.

El traspaso de las riquezas de estos �ltimos pa�ses a las grandes potencias, se efectu� de muy diversas formas. De acuerdo con las circunstancias, se utiliz� desde el procedimiento de la apropiaci�n f�sica hasta el de la remesa de beneficios para las inversiones imperiales, pasando por las etapas intermedias de ambos extremos.

De esa manera, muchos pa�ses colonizados expandieron su producto pero no su ingreso, mostrando al mismo tiempo un aparente progreso que, en realidad, encubr�a su miseria.

Para mantener este sistema se necesit� de la dominaci�n pol�tica. El arma empleada para ello, tambi�n se adecu� a las circunstancias.

Fue as� como se acudi� al empleo de las fuerzas militares, en intervenciones directas o indirectas; al copamiento de gobierno o de sectores claves del pa�s; a la complicidad de los grupos dirigentes; a la acci�n sutil de las organizaciones que sirven a intereses supranacionales; a los empr�stitos, que bajo la forma de ayuda atan cada vez m�s a los pa�ses dependientes. Es decir, se recurri� a cuanto procedimiento fuera �til para los fines de dominaci�n perseguidos.

Esta ha sido una evoluci�n particularmente notable del sistema imperialista durante casi todo el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En su transcurso, las espaldas de los trabajadores de los pueblos sometidos �tanto del mundo oriental como del occidental� han sobrellevado, en buena medida, la carga del progreso de las metr�polis imperialistas.

Pero la situaci�n internacional est� sufriendo profundas conmociones: los pueblos comienzan a despertar, motivando que los pa�ses dependientes se vean obligados a tomar partido frente a dos elecciones:

- Por un lado, elegir entre neocolonialismo y liberaci�n. Para nosotros la elecci�n resulta obvia, y cuando dijimos que hab�a que construir el "Tercer Mundo" no hicimos otra cosa que dar un nombre y un sentido al camino de liberaci�n elegido.

- Por el otro, se presenta la elecci�n entre capitalismo y comunismo como opciones inevitables. Nosotros percibimos el error de considerar, como �nicas alternativas, a dos posiciones extremas que han servido para la dominaci�n. As� surgi� la "Tercera Posici�n".

Venimos sosteniendo estos conceptos desde hace tres d�cadas. Consecuente con ellos. Argentina inici� un proceso de cooperaci�n latinoamericana para lograr la liberaci�n. Ya la idea de Comunidad Latinoamericana estaba en San Mart�n y Bol�var. Ellos sembraron las grandes ideas y nosotros hemos perdido un siglo y medio vacilando en llevarlas a la pr�ctica.

Ahora, para corregir el rumbo que equivocadamente tomamos, debemos profundizar, entre otros lazos de uni�n, la l�nea de los tratados de complementaci�n econ�mica, que, como el firmado en Santiago de Chile, hace 25 a�os, entre este pa�s y la Argentina, est�n abiertos a la adhesi�n de los dem�s pa�ses del �rea con la finalidad de alcanzar una integraci�n econ�mica sudamericana.

Este proceso arroja algunas ense�anzas que es conveniente no desaprovechar en una acci�n futura. Podemos sintetizar tales ense�anzas en las siguientes consideraciones:

Uni�n Latinoamericana. Cada pa�s participa de un contexto internacional del que no puede sustraerse. Las influencias rec�procas son tan significativas que reducen las posibilidades de �xito en acciones aisladas.

Es por ello que la Comunidad Latinoamericana debe retomar la creaci�n de su propia historia, tal como lo vislumbr� la clarividencia de nuestros libertadores, en lugar de conducirse por la historia que quieren crearle los mercaderes internos y externos.

Lo repito una vez m�s: "El a�o 2000 nos encontrar� unidos o dominados". Nuestra respuesta, contra la pol�tica de "dividir para reinar", debe ser la de construir la pol�tica de "unimos para liberamos".

Reacci�n Imperialista. Tenemos que admitir como l�gica la acci�n de los imperialismos en procura de evitar que la uni�n de nuestros pa�ses se realice, ya que ello es opuesto a su inter�s econ�mico y pol�tico.

En consecuencia, debemos admitir que la lucha es necesaria. Pero nosotros tambi�n aprendimos a reducir el costo social de la lucha.

Verdad y Justicia. Puede discutirse mucho acerca de si existe o no determinismo hist�rico. Pero yo tengo, al menos, la certeza de que existe una constante en el hecho de que el hombre tiene sed de verdad y justicia y de que cualquier soluci�n de futuro no podr� apartarse del camino que las satisfaga.

Trabajar con los Pueblos. Para tener �xito en esta empresa, lo esencial reside en trabajar con los pueblos, y no simplemente con los gobiernos; porque los pueblos est�n encaminados a una tarea permanente, y los gobiernos muchas veces a una administraci�n circunstancial de la coyuntura hist�rica.

Fin de las oligarqu�as y burgues�as. La historia muestra tambi�n que est� terminando en el mundo el reinado de las oligarqu�as y las burgues�as y que comienza el gobierno de los pueblos. Con ello, el demo liberalismo y su consecuencia, el capitalismo, est�n cerrando su ciclo. El futuro, realmente es patrimonio de los pueblos.

La brecha tecnol�gica. Las diferencias que nos separan de las grandes potencias han sido ahondadas por la brecha tecnol�gica.

Debemos, entonces, desarrollar tecnolog�a. Pero ello exige una m�nima dimensi�n econ�mica que s�lo pocos pa�ses del Tercer Mundo pueden elaborar sobre la base del esfuerzo nacional. Adem�s, tampoco podr�n abarcar la totalidad de la gama tecnol�gica.

Esta es otra de las causas que exigen la uni�n de los pa�ses que quieren liberarse.

Falsas virtudes de los extremos. Hemos aprendido tambi�n  que "occidental y cristiano", "occidental y libre", "capitalista y creativo", "comunista e igualitario", son muchas veces, asociaciones declamatorias,

Sabemos que en ambos sentidos, las falsas virtudes de un extremo fertilizan la potencia del otro extremo, y que no debemos seguir admitiendo que la tarea se reduce a enfrentar a los dos modelos extremos. Es �sta otra raz�n que justifica la creaci�n de nuestro propio modelo.

Acercamiento de los extremos. Los extremos se tocan cada vez m�s. En efecto, mientras en las econom�as capitalistas es creciente el grado de intervenci�n del Estado y el contenido de la sujeci�n de la libertad individual a formas programadas superiores, por el otro lado, en algunas econom�as colectivistas se introduce el beneficio como motor de incitaci�n para incrementar la eficiencia.

La cruel realidad de los Imperialismos. Cuando se expresaba, hace algunos a�os que "el imperialismo no perdona", se estaba tambi�n afirmando que ning�n imperialismo perdona. La experiencia de la d�cada del 60 ha sido suficientemente dura en estos aspectos, y el mundo aprendi� mucho de ella.

Las invasiones militares en que los dos imperialismos han incurrido en los �ltimos quince a�os, a contratiempo de la historia, han constituido un poderoso factor para que el Tercer Mundo asuma la necesidad de su autodefensa.

Adem�s, esto evidencia la creaci�n de un derecho no escrito, en el plano mundial, que fortifica los principios de autodeterminaci�n y de no intervenci�n de los pueblos. Ello tendr�, tarde o temprano, que encontrar el eco adecuado en las Naciones Unidas para que �stas adquieran un efectivo poder de arbitraje.

Autodestrucci�n de los Imperios. Las coaliciones imperialistas no impiden que se cumpla una constante hist�rica: los imperios se autodestruyen. Ya est�n a la vista algunos signos de una seria p�rdida de la capacidad hegem�nica en los imperialismos hasta ayer dominantes.

Complicidad de sectores internos. Surge, tambi�n, una experiencia importante para nuestros pa�ses: hay sectores internos cuyos objetivos coinciden con los de los imperialismos. Obviamente, la capacidad de decisi�n de estos sectores debe ser debilitada o anulada.

Imperialismo y Tercer Mundo. La din�mica mundial no obedece s�lo a los designios de los poderosos. Ahora responde a una articulaci�n que encuentra imperialismos por un lado y Tercer Mundo por otro.

Repito en este aspecto: las ideologas van siendo superadas por las necesidades de la lucha por la liberaci�n.

El Tipo de Democracia. No siempre los pa�ses han definido con exactitud la democracia que desean, ni han calificado la democracia en la cual viven. Hemos aprendido que ocultar el tipo de democracia que se quiere, constituye la mejor manera de preservar el tipo de democracia que quieren los dem�s.

El ego�smo y la sociedad competitiva. En el transcurso del tiempo, hemos venido progresando de manera gigantesca en el orden material y cient�fico, pero veinte siglos de cristianismo parecen no haber logrado, suficientemente, hasta ahora, la superaci�n del ego�smo como factor motriz del desarrollo de los pueblos. La sociedad competitiva es su consecuencia.

Esto arroja luz sobre el hecho de que la cooperaci�n y la solidaridad son elementos b�sicos a considerar en el futuro.

El Materialismo. El pragmatismo ha sido el motor del progreso econ�mico. Pero tambi�n hemos aprendido que una de las caracter�sticas de este proceso ha sido la reducci�n de la vida interior del hombre, persuadi�ndolo a pasar de un idealismo riguroso a un materialismo utilitario.

El mundo debe salir de una etapa ego�sta y pensar m�s en las necesidades y esperanzas de la comunidad. Lo que importa hoy es persistir en ese principio de justicia, para recuperar el sentido de la vida y para devolver al hombre su valor absoluto.

Necesidad de una Etica. La historia nos indica que es imprescindiblemente necesario promover la �tica individual pri-
mero, desarrollar despu�s la consecuente conducta social y desprender finalmente de ellas la conducta econ�mica. La libertad se instala en los pueblos qw poseen una �tica y es ocasional donde esa �tica falla.

Pensamiento y Acci�n. No puede haber divorcio alguno entre el pensamiento y la acci�n, mientras la sociedad y el hombre se enfrentan con la actual crisis de valores, acaso una de las m�s profundas de cuantas se hayan registrado. Es posible que el pensamiento haya perdido, en los �ltimos tiempos, contacto directo con las realidades de la vida de los pueblos. Pero es cierto tambi�n que ha llegado "la Hora de los Pueblos" y que ella exige "un pensamiento en acci�n".

El Imperativo de la Comunidad Organizada. Es por esto que las grandes alternativas que presenta la historia a nuestro pa�s, terminan deduci�ndose y no postul�ndose. Como deducci�n de la experiencia que viene de la historia cada d�a se ahonda m�s el imperativo moderno de la Comunidad Organizada como punto de partida de toda idea de formaci�n y consolidaci�n de las nacionalidades.

Tercer Mundo y Tercera Posici�n. Asimismo, se deduce la consolidaci�n del Tercer Mundo, y la Tercera Posici�n como resultantes hist�ricas definidas. La Tercera Posici�n como unidad conceptual, y el Tercer Mundo, como entidad pol�tica.

Sectarismo y Liberaci�n. Finalmente, la m�s importante de las ense�anzas, es la revelaci�n de que los sectarismos no nos conducir�n jam�s a la liberaci�n. Las diferencias de ideas son positivas en tanto est�n abiertas a la confrontaci�n sincera y honesta en busca de la verdad.

Encerramos en nuestras ideas y procurar imponerlas por el peso de una fuerza circunstancial, significar�a caer en el mismo error por el que han transitado aquellos a quienes hoy enfrentamos.

LA SITUACI�N HIST�RICA ARGENTINA

Si queremos realizar entre lodos un proyecto del pa�s que anhelamos, creo necesario tomar previamente conciencia de nuestra situaci�n actual. Por ese motivo, har� una breve rese�a de la evoluci�n hist�rica argentina en los diferentes �mbitos.

En el �mbito Pol�tico

En nuestro pa�s se han dado dos procesos paralelos, �ntimamente interrelacionados, que el advenimiento del Gobierno Popular est� frenando decididamente: una creciente intervenci�n externa y una vacilante pol�tica interna.

La intervenci�n externa fue cambiando de forma a lo largo del tiempo consistiendo sus �ltimas exteriorizaciones en condicionamientos impuestos a nuestra libertad de decisi�n.

Por su parte, la vacilaci�n pol�tica interna fue influida principalmente por los siguientes factores:

- Las plataformas pol�ticas no siempre definieron fines conjuntamente con los medios para alcanzarlos. Esto trajo como consecuencia que los ciudadanos carecieran de la informaci�n completa para ejercer su derecho al voto y a la cr�tica constructiva de los actos de gobierno

- Se pretendi� diluir el poder del Justicialismo, acudi�ndose a sistemas como el de la representaci�n proporcional, estimulando el aumento de los partidos pol�ticos y limitando la relevancia de Cada uno de ellos.

- La proscripci�n se utiliz� para contrarrestar la vigencia de los grandes movimientos nacionales.

- La violencia fue ejercida para reprimir las corrientes que luchaban por un proceso transformador.

- El concepto de democracia pocas veces fue debidamente especificado con claridad suficiente para que el Pueblo supiese de qu� se trataba.

- El nacionalismo fue declamado al tiempo que se destru�a lo aut�ctono y se copiaban apresuradamente moldes extranjeros re�idos con nuestra idiosincracia.

- La participaci�n externa en las decisiones que afectaban al pa�s fue creciendo consciente e inconscientemente.

Sin embargo, los valores permanentes afloran siempre. En el Pueblo argentino estaba latente el sentimiento de independencia nacional, lo que tarde o temprano habr�a de provocar el enfrentamiento contra la distorsi�n del contenido social de la democracia y contra la tendencia a la desnacionalizaci�n progresiva.

La historia se encarga de formular una severa advertencia a quienes pretenden debilitar la vigencia de los valores permanentes de un Pueblo. El intento de desv�o no hace sino demorar el progreso de la Naci�n, pero no logra impedir esa realizaci�n que lleva consigo la supresi�n de cuanto obst�culo se le interponga.

En nuestra Patria, siguiendo el proceso natural de maduraci�n pol�tica, fue aumentando la participaci�n de los ciudadanos en las urnas. Con ello, las elecciones han adquirido un significado de legitimidad distinto al de la legalidad: hoy la elecci�n legalmente realizada pero con alta abstenci�n �cualquiera sea la forma de tal abstenci�n� es legal pero no otorga un poder leg�timo. La legitimidad viene del Pueblo en su totalidad y no solamente de aquella parte del pueblo que acepta reglas del juego que, como la proscripci�n restringen la voluntad popular. Voto con proscripci�n puede otorgar legalidad; pero legitimidad nunca.

Crecieron tambi�n la sensibilidad y la capacidad pol�tica, al impulsa de la mayor participaci�n del ciudadano.

Pero esta mayor capacidad de intervenci�n pol�tica de la ciudadan�a, m�s all� de su participaci�n en las urnas, fue bastante mal usada. Se pusieron frente a ella los �rboles que no dejaron ver el bosque. Se satur� el panorama pol�tico nacional con cuestiones menores, y el ciudadano no lleg� a formarse una concepci�n general de la problem�tica nacional que abarcara suficientemente todos los campos de sus actividades.

As�, el Pueblo fue comprendiendo que no deb�a permanecer indiferente ante los problemas pol�ticos nacionales y adopt� la decisi�n de ser protagonista de su historia, rompiendo con los esquemas tradicionales que intentaron relegarlo a la simple condici�n de espectador. 

El "cambio'' ya no consiste en una abstracci�n vac�a. El Pueblo todo quiere conocer el signo, el sentido y el contenido preciso de una expresi�n. Es que el Pueblo advierte con claridad que si el cambio no es nacional, no responder� a sus reales necesidades.

Finalmente, cabe una reflexi�n respecto del poder de decisi�n: a lo largo de nuestra historia, dicho poder se ha ido limitando, teji�ndose una red de compromisos pol�ticos que representan a diferentes intereses.

Tales intereses pueden ser internos o externos. Si las alternativas son neocolonialismo � liberaci�n, y si hemos optado por la liberaci�n, el ajuste de ese poder es indispensable para lograr que responda a nuestros intereses.

En lo pol�tico, liberaci�n significa tener una Naci�n con suficiente capacidad de decisi�n propia, en lugar de una Naci�n que conserva las formas exteriores del poder, pero no su esencia. La Naci�n no se simula. Existe o no existe.

En s�ntesis, el problema actual es eminentemente pol�tico y sin soluci�n para otros sectores en particular.

En el �mbito Econ�mico

El pa�s ha producido siempre en funci�n del beneficio, sin disciplinar cabalmente su producci�n en funci�n de las necesidades esenciales de la poblaci�n.

Es indudable que se perdi� tiempo y que los recursos no fueron convenientemente utilizados.

Sin embargo, en la actualidad tenemos un ingreso por habitante razonablemente elevado y, adem�s, el pa�s se est� industrializando aceleradamente. Esta realidad me permite afirmar que no somos un pa�s subdesarrollado.

La distribuci�n del ingreso familiar no es aun la m�s adecuada y mucho debe hacerse para vigorizarla. En realidad, hacia 1955, se hab�a llegado a un nivel en la distribuci�n y en la participaci�n del salario en el ingreso nacional, que satisfac�a las necesidades de la poblaci�n.

Desde all� las soluciones econ�micas no siguieron a las soluciones pol�ticas y la participaci�n del salario en el ingreso disminuy�.

Es imposible mantener una distribuci�n socialmente aceptable si las decisiones econ�micas no acompa�an a la pol�tica social que se desea imponer. Cuando las decisiones econ�micas siguen un patr�n inadecuado, la distribuci�n del ingreso queda subordinada al mismo, m�s all� de los buenos deseos de cualquier gobierno. En consecuencia, lo que llamamos "Justicia Social" tambi�n requiere para su materializaci�n efectiva participaci�n del gobierno
y elevada eficiencia del mismo.

Se produjo, por otra parte, un decisivo retroceso en el terreno de las decisiones econ�micas. Hasta 1943, con industrializaci�n incipiente, dichas decisiones estaban adaptadas a los intereses del campo. Buscamos establecer un sano equilibrio para promover la industrializaci�n y una organizaci�n del poder de decisi�n para nuestro sector industrial. En 1955 no se hab�a alcanzado a afirmar la existencia de un empresariado industrial argentino como factor
contribuyente al desarrollo nacional, pero se estaba en el camino.
Desde entonces la industria creci� con alto apoyo extemo, pero el capital extranjero se concentr�, en gran medida, en el aporte tecnol�gico y tambi�n en la compra de empresas existentes en el pa�s.

Debemos tener en claro que lo esencial con respecto a los objetivos que debe perseguir una actividad radicada en el pa�s, es que �stos deber�n atender tanto el aporte a la econom�a nacional como el beneficio del empresario. Esto debe dormir una conducta coherente respecto de los intereses nacionales y los del empresariado.

Pero si se trata de obtener tantos beneficios como sea posible, consolidando intereses que est�n en el exterior, los aportes a la econom�a nacional se alejar�n considerablemente de lo que resulta conveniente para el pa�s.

En esta materia no basta con lograr soluciones apresuradas para las grandes cuestiones, pensando que todo lo dem�s ha de resolverse por s� solo. No basta tampoco con elaborar soluciones a medias, tomando decisiones sobre la inversi�n externa sin establecer claramente la actividad en la cual han de insertarse. Hay que establecer pol�ticas diferenciales, en todos los campos, y fijar con precisi�n suficiente la forma de preservar los objetivos nacionales.

Tambi�n se comprueba que no hubo una conciencia adecuada sobre la utilizaci�n de los recursos financieros del pa�s, por cuanto no se alcanz� a determinar con claridad si la masa de capital memo disponible posibilitaba el desarrollo y la expansi�n, o si era necesario su incremento con el aporte de capital extranjero para alcanzar tales objetivos.

Igualmente, es necesario tener en cuenta que no existe similitud entre concentraci�n de capital y concentraci�n empresaria.

Eso debe conducirse armoniosamente de acuerdo con las reales necesidades nacionales.

Analizando el proceso, se ve �en otro tipo de problemas� que cuando una sociedad incrementa el grado de sofisticaci�n del consumo, aumenta a la vez su nivel de dependencia. Esto es, en gran medida, lo que ocurri� entre nosotros.

Por un lado, el ciudadano se ve forzado a pagar por la tecnolog�a de lo banal; por otro, el pa�s gasta divisas en un consumo innecesario.

Pero a la vez, es impostergable expandir el consumo esencial de las familias de menor ingreso, atendiendo sus necesidades con sentido social y sin formas superfluas. Esta es la verdadera base que integra la demanda nacional, la cual es motor esencial del desarrollo econ�mico.

El proceso econ�mico ha mostrado, adem�s, que el pa�s acumula m�s ahorro del que usa. En otras palabras, que lo que gana con sus exportaciones, excede a lo que necesita gastar a trav�s de sus importaciones y otros conceptos. No obstante ello, tal posibilidad fue insuficientemente explotada, ya que a la par de incrementar la deuda p�blica no se logr� el desarrollo nacional requerido por el pa�s.

Tuvimos todo tipo de experiencias en este sentido y ahora, entre otras cosas, sabemos combatir establemente un mal como la inflaci�n, y ello se consigue s�lo cuando hay capacidad pol�tica para usar el remedio natural dado por una pol�tica de precios e ingresos.

Es evidente que las "recetas" internacionales que nos han sugerido bajar la demanda para detener la inflaci�n, no condujeron sino a frenar el proceso y a mantener y aumentar la inflaci�n.

En esta cuesti�n no se acertaba con la soluci�n adecuada. Por �pocas se baj� la demanda p�blica a trav�s de la contenci�n del gasto �olvidando el sentido social del gasto p�blico�; se baj� la demanda de las empresas a trav�s de la restricci�n del cr�dito �olvidando tambi�n el papel generador de empleo que desempe�a la expansi�n de las empresas�; y se baj� la demanda de los trabajadores a travs de la baja del salario real.

Pero como al mismo tiempo no se adoptaban las medidas para que todos participaran en el sacrificio, en dormitiva fueron las espaldas de los trabajadores las que soportaron el peso de estas pol�ticas de represi�n de demanda para combatir la inflaci�n que el pa�s acept�, y que repiti� aunque su ineptitud qued� bien probada por la propia historia.

Es �sta una experiencia muy importante derivada de nuestro proceso; y puesto que necesitamos evitar la inflaci�n para seguir adelante con autentica efectividad, debemos tenerla permanentemente en cuenta.

Por otra parle, se puede ver que hubo una insuficiente utilizaci�n de recursos, especialmente del recurso humano que ha sido deficientemente incorporado en los �ltimos lustros, de acuerdo con la evidencia surgida de las lasas de desempleo. Lo mismo aconteci� con el recurso formidable que significa el capital intelectual, cient�fico y t�cnico nacional, emigrando por falta de oportunidades de trabajo en el pa�s.

A esto se lleg� por carecerse de planificaci�n, ya que cuando se planifica adecuadamente, puede lograrse una utilizaci�n total de los recursos disponibles.

Para que la planificaci�n sea efectiva no bastan los planes de mediano o largo plazo. Las decisiones concretas de pol�tica econ�mica requieren tambi�n planes de corto plazo, que deben ser los reales propulsores de la actividad. Es a trav�s de ellos que la coyuntura puede ser manejada en funci�n de su verdadero valor de instrumento para conducir la econom�a en el mediano y largo plazo.

Realizada la planificaci�n en tales t�rminos, es posible actuar realmente con la eficiencia necesaria para lograr la mayor parte de la expansi�n f�sica que el pa�s debe producir a�o a a�o.

En gran medida, en los �ltimos lustros nos hemos manejado con nombres y no con programas; y�salvo en algunos per�odos que deben ser rescatados por la seriedad de conducci�n� la pol�tica que result�, ha sido de neto corte liberal.

La conducci�n en el campo econ�mico est� en excelentes condiciones para alcanzar sus objetivos, cuando su contexto aparece definido en programas de acci�n claramente concebidos.

En �ltima instancia, la experiencia de lo que hace a la planificaci�n en este campo es tambi�n definitiva; el gobierno en lo econ�mico no tiene otra forma de conducirse. La planificaci�n es consecuencia necesaria de la organizaci�n, e instrumento para la conducci�n concreta.

En el �mbito Social

En materia social, nuestro proceso ha sido muy significativo y aporta experiencias de cambio realmente aleccionadoras.

Veamos separadamente los distintos aspectos de esta cuesti�n:

Caracter�sticas socio-demogr�ficas generales:

Las caracter�sticas socio-demogr�ficas b�sicas de nuestro pa�s son bien conocidas:

- Escasa poblaci�n, frente a su dilatada extensi�n;

- Tasas bajas de crecimiento vegetativo;

- Alta esperanza de vida;

- Concentraci�n urbana con macrocefalia del �rea metropolitana;

- Alta tasa de alfabetizaci�n con elevada deserci�n escolar;

- Ausencia de conflictos raciales o religiosos;

- Amplia difusi�n de los medios de comunicaci�n masivos con limitaciones en cuanto a su calidad intr�nseca;

- Nivel elevado de salubridad pero con desequilibrios regionales que se verifican en la tasa de mortalidad infantil,
       que a�n es elevada, etc�tera.

La movilidad social y los l�deres:

La movilidad social fue y sigue siendo alta en el pa�s. El hijo del trabajador m�s modesto puede llegar a ser Presidente de la Rep�blica.

No son muchas las sociedades que en el mundo ofrecen esta posibilidad.

Sin embargo, en la pr�ctica se obstaculiz� reiteradamente esta movilidad. Los l�deres naturales encuentran un camino dif�cil: hay una maquinaria aplastante que cuesta mucho desmontar.

La supuesta igualdad de oportunidades ha sido determinada, en ciertas circunstancias, por la capacidad econ�mica, de la cual siguen dependiendo en gran medida las posibilidades de formaci�n.

La misma forma de emerger de muchos l�deres, no ha asegurado una alta calidad de liderazgo en todos los casos. As� se comprende que haya habido cierto "elitismo", en la medida en que el grupo que ten�a poder, oportunidad e influencia, se auto identificaba como m�s apto para imponer su voluntad a los dem�s.

Por otra parte, durante casi dos decenios funcionaron mecanismos que coartaron la posibilidad de expresi�n de los l�deres que se mantuvieron fieles a las concepciones doctrinarias existentes hasta fines de 1955. En este terreno se ech� mano a la discriminaci�n directa. Por lo dem�s, el proceso mont� sistemas de promoci�n que en grado apreciable dependieron de la adscripci�n ideol�gica de los l�deres a las pautas pol�ticas del �mbito liberal dominante por entonces.

En consecuencia, no puede asegurarse que todos los l�deres hayan surgido de los dos requisitos fundamentales requeridos: vocaci�n de servicio al pa�s y capacidad.

Para no caer en la trampa liberal, en el futuro deber� emprenderse con inteligencia y honestidad la formaci�n de l�deres, particularmente para que los l�deres intermedios en los campos pol�ticos y sociales completen su informaci�n y cultiven sus valores personales en forma mel�dica y sistem�tica.

El mismo mecanismo de promoci�n de l�deres tiene que sentarse, en todos los cuerpos pol�ticos y sociales, sobre una verticalidad institucionalizada que transporte la corriente de poder desde la base.

De este modo, el l�der resulta un verdadero conductor, con mandato real y capacidad probada por el Pueblo, del cual, adem�s de representante, debe ser autentico y permanente interprete.

La Familia:

Una de las experiencias m�s fecundas que surgen de nuestro proceso, es el hecho de que la sociedad argentina ha sabido preservar a la familia como la c�lula social. Es claro que hay fisuras inevitables cuando los cambios son demasiado r�pidos y es obvio que la dimensi�n de las fisuras puede agrandarse en la medida en que el cambio se acelere, o asuma una direcci�n equivocada.

En las sociedades altamente competitivas devoradas por el consumo, se debilit� el n�cleo familiar y aparecieron diversas desviaciones, de las cuales las drogas y el alcoholismo son dos manifestaciones lamentables.

Nuestra Patria todav�a est� a tiempo de preservar a la familia, ya que si bien no todas han conservado su integridad ante la agresi�n externa motivada por el sistema liberal, afortunadamente, la mayor parte de ellas ha salvado firmemente su contextura.

Medios de comunicaci�n masiva y promoci�n del consumo:

Los medios de comunicaci�n masiva se incrementaron, pese a ser sometidos a restricciones selectivas que respond�an a los intereses de las filosof�as dominantes.

As�, dichos medios se convirtieron en veh�culos para la penetraci�n cultural.

El pa�s debe establecer principios espec�ficos y claros no s�lo en lo referente al nivel de intercambio sociocultural con el exterior, sino tambi�n respecto de cu�les han de ser las condiciones para salvaguardar la identidad cultural argentina.

Por otra parte, es interesante observar lo que sucede con la comunicaci�n de los grupos postergados o aislados de la sociedad, como en la pr�ctica aconteci� con el Movimiento Justicialista durante casi 20 a�os. La respuesta no dej� lugar a dudas: cuando se observa una profunda fe en ideas y valores, la coerci�n externa no puede impedir que se desarrollen mecanismos informales de comunicaci�n directa. Puede destruir los medios formales, pero no puede hacer lo mismo con aquellos cuya energ�a de transmisi�n nace del poder de la ideolog�a del grupo.

La opini�n p�blica del pa�s est� lo suficientemente preparada para criticar las informaciones que recibe. En algunos sectores sociales se pens� que esa opini�n hab�a sido confundida con informaci�n tendenciosa, pero no fue as�. A pesar de que pr�cticamente los dos tercios de la opini�n ciudadana soport� d�cadas de pr�dica destructiva, mantuvo una monol�tica unidad de convicci�n.

No es posible "vender" ideas al Pueblo. Menos a�n cuando, como en nuestro caso, se encuentra en �l una incontenible sed de verdad.

En otro orden de cosas, se ha buscado promover actitudes profundamente negativas, incrementando artificialmente un consumo voraz de productos in�tiles.

Directos responsables de esta situaci�n han sido quienes instrumentaron los medios de comunicaci�n masivos para aniquilar la conciencia del Pueblo.

Es decir, se procur� motivar un consumo prescindible, excitando los sentidos. Ese sistema es incompatible con la forma nacional y social a la que aspiramos, en la que el hombre no puede ser utilizado como un instrumento de apetitos ajenos sino como punto de partida de toda actividad creadora.

No se puede ignorar que el sistema empleado incrementa la demanda de bienes, provocando una actitud competitiva que incita al aumento de eficiencia. Es evidente, adem�s, que ambos factores constituyen el impulso del progreso econ�mico. 

Pero una cosa es el progreso econ�mico y otra muy diferente es el desarrollo social del pa�s en pro de la felicidad del hombre que lo integra. 

Es por eso que ser� necesario corregir ciertas pautas de con sumo que no responden a las reales necesidades de nuestro Pueblo. Este necesita liberarse de los moldes prefabricados que hacen de la exhibici�n de bienes una cuesti�n de prestigio, premiando diversas formas de parasitismo social.

Precisamente el consumo artificialmente estimulado unido a la mentalidad competitiva ha actuado como factor desestimulante de determinaciones fundamentales de la creatividad del hombre, como son, por ejemplo, la ciencia y el arte.

Los Factores del Cambio:

No extra�a, pues. que una evoluci�n de la escala de valores vigentes hasta el momento, incluya el aprecio por "tener" y la "seguridad".

Sin embargo, el "querer seguridad" no implica necesariamente resistencia al cambio; s�lo se oponen a �l determinados grupos tradicionales de poder de la sociedad argentina.

La actitud frente al esfuerzo no se ha perdido, y tal vez sea �ste uno de los mejores capitales que import� el pa�s con los inmigrantes que lo construyeron. Pero debemos emprender una buena organizaci�n que atienda a la realidad altamente compleja del sistema social del pa�s; que reactive apropiadamente el conjunto de elementos que entran en �l, y que ofrezca resultados simples y adecuados a la concepci�n del ciudadano.

Pese a todo, es posible evaluar que nuestra sociedad ha mantenido una alta capacidad de desarrollo interno. Configura una estructura moderna, en la cual la demanda de un cambio que reubique valores est� adoptando ostensiblemente la forma de un mandato.

En consecuencia, es preciso determinar los factores de cambio con los cuales pueda actuar nuestra comunidad en bien de su propio desarrollo social. Al respecto, se pueden contemplar varias posibilidades:

- Confiar en la evoluci�n espont�nea del propio cuerpo social;

- Procurar formas cruentas de cambio, confiando, por ejemplo, en el valor purificador de la destrucci�n, de la
  violencia y el caos;

- Proponer una elaboraci�n sistem�tica y racional, que permita fijar las cualidades que se anhelan para la comunidad
  argentina y comprometer el trabajo necesario para llevarla a cabo.

El proceso parece ense�ar que librada la sociedad a una evoluci�n espont�nea, resulta inexorablemente v�ctima de pautas externas. Permite concluir, asimismo, que las formas cruentas conducen a un est�ril y doloroso sacrificio de vidas humanas. Por lo tanto, no tenemos derecho a eludir el compromiso �tico e hist�rico de crear un modelo l�cido, que no s�lo sirva a las generaciones adulta e intermedia, sino que constituya un eje de orientaci�n para la juventud argentina.

Naturalmente, la conformaci�n del Modelo tendr� que tender hacia una s�ntesis entre lo que elaboramos racionalmente y lo que la propia comunidad quiera.

Insisto en que es fundamental determinar la forma de alcanzar el cambio deseado. Hace muchos a�os pod�a apelarse emotivamente a la Patria o a la tradici�n; m�s tarde se apel� al bienestar. Ya eso no basta.

Hay que levantar ahora, adem�s, y con gran vigor, el poder del esp�ritu y la idea, teniendo en cuenta que el bienestar material no debe aniquilar los b�sicos principios que hacen del hombre un ser libre, realizado en sociedad, y valorizado en su plena dignidad.

Para ello, entre otras medidas, debe limitarse el consumismo sofisticado, estableciendo el camino apropiado para reconstruir al hombre argentino.

Debe ser valorizada en toda su intensidad la gran coincidencia expresada en la comunidad argentina en 1973; de un lado, est�n los que quieren el cambio y del otro, los que no lo quieren.

Los que quieren el cambio constituyen el 90 por ciento del pa�s. En principio a ellos est� destinado este Modelo, cuyo prop�sito es el de responder fielmente a un mandato otorgado en las urnas.

En el �mbito Cultural

Resulta imprescindible realizar un breve balance de la situaci�n en Argentina hasta el momento actual en el terreno cultural. La importancia que cobra este �mbito en la conformaci�n de una comunidad madura y aut�ctona es enorme, al punto que me atrevo a decir que constituye una suerte de red que conecta los �mbitos econ�mico, pol�tico y social.

En el terreno cultural se incluye tanto a la formaci�n human�stica (filosof�a y ciencias del hombre) como a la actividad art�stica, pues lo cient�fico-tecnol�gico ser� expuesto en un p�rrafo aparte.

Un examen somero permite eslabonar varias reflexiones, que se concentran en una conclusi�n central: el proceso argentino de las ultimas d�cadas evidencia un creciente desarrollo de la penetraci�n cultural. La consolidaci�n de una cultura nacional se ha enfrentado con el serio obst�culo de la reiterada importaci�n de determinaciones culturales ajenas a la historia de nuestro Pueblo, as� como a la identidad que como comunidad organizada necesi-
tamos definir.

Dos han sido los fundamentales agentes desencadenantes de tal penetraci�n:

- En primer lugar, la desaprensiva �o interesada� utilizaci�n de los medios de comunicaci�n masivos como
  eficaces factores del vasallaje cultural.

Ya me he referido a este problema. Solo quisiera a�adir algunas ideas. Me parece evidente que la indebida utilizaci�n de tales mecanismos de difusi�n cultural enferman espiritualmente al hombre, haci�ndolo v�ctima de una patolog�a compleja que va mucho m�s all� de la dolencia f�sica o ps�quica. Este uso vicioso de los medios de comunicaci�n masivos implica instrumentarla imagen del placer para excitar el ansia de tener. As� la t�cnica de
difusi�n absorbe todos los sentidos del hombre, a trav�s de una mec�nica de penetraci�n y la consecuente mec�nica repetitiva, que diluyen su capacidad cr�tica.

En la medida en que los valores se vierten hacia lo sensorial, el hombre deja de madurar y se cristaliza en lo que podemos llamar un "hombre-ni�o", que nunca colma su apetencia. Vive atiborrado de falsas expectativas que lo conducen a la frustraci�n, al inconformismo y la agresividad insensata. Pierde progresivamente su autenticidad, porque oscurece o anula su capacidad creativa para convenirse en pasivo fetichista del consumo, en agente
y destinatario de una subcultura de valores triviales y verdades aparentes.

- El segundo factor desencadenante del colonialismo cultural tiene su origen en la vocaci�n elitista y extranjerizante
  de diferentes sectores de la cultura argentina.

Pese a enarbolar distintos fundamentos ideol�gicos, tales sectores se han unido en la actitud expectante y reverente respecto de la "civilizaci�n" encarnada por pautas culturales siempre externas a nuestra Patria y su creciente b�squeda de conformaci�n del ser nacional.

En muchas ocasiones me he referido a la sinarqu�a, como coincidencia b�sica de grandes potencias que se unen �a despecho de discrepancias ideol�gicas� en la explotaci�n de los pueblos colonizados.

Estoy convencido que asimismo existe una sinarqu�a cultural. Obs�rvese que las grandes potencias exhiben sugestivas semejanzas culturales; el mismo materialismo en la visi�n del hombre el mismo debilitamiento de la vida espiritual, el mismo desencadenamiento de la mentalidad tecnocr�tica como excluyente patr�n de cultura, la creciente opacidad del arte y la filosof�a, la distorsi�n o aniquilaci�n de los valores trascendentes.

Un examen superficial de los dos polos principales del poder mundial s�lo alcanza a captar las diferencias ideol�gicas; ahondando en el an�lisis, surge �entre otras determinaciones igualmente importantes� la cultura como evidencia cierta de la unidad sin�rquica.

Todo argentino que, a trav�s de una actitud libresca y elitista, asimile las pautas culturales de ambas potencias, ya sea asumiendo una visi�n competitiva y tecnocr�tica del hombre, como una interpretaci�n marxista de los valores de la cultura, trabaja deliberada o inconscientemente para que la sinarqu�a cercene irreparablemente nuestra vocaci�n de autonom�a espiritual y obstruya interminablemente la formaci�n de una autentica cultura nacional.

En el �mbito Cient�fico- Tecnol�gico

El desarrollo de la ciencia y la tecnolog�a argentina ha sido hasta ahora fecundo, pero insuficiente.

Fecundo, por el efectivo nivel de acumulaci�n de conocimientos cient�ficos y tecnol�gicos alcanzado, principalmente impulsado por cuatro factores:

1 - El crecimiento de las universidades.

2 - La incorporaci�n de tecnolog�a proveniente del exterior. 

3 - La investigaci�n nacional aplicada particularmente al sector agropecuario.

4 - El avance de la investigaci�n de postgrado.

Insuficiente, porque los elementos disponibles para el avance cient�fico y tecnol�gico est�n escasamente aprovechados y porque no se han creado las condiciones b�sicas para que exista una consagraci�n plena del hombre a la investigaci�n cient�fica y tecnol�gica.

Insuficiente, tambi�n, porque el pa�s a�n no ha organizado convenientemente vinculaciones estables y verdaderamente productivas entre el sistema cient�fico-tecnol�gico, el gobierno, el sistema de producci�n f�sica y el sistema financiero.

Ello ha contribuido a dispersar la investigaci�n, a no permitir una demanda de ciencia y tecnolog�a estable y creciente y a incrementar el conocido drenaje de inteligencia.

La incorporaci�n de tecnolog�a aliada al capital extranjero, particularmente para el sector industrial, cre� compromisos tecnol�gicos onerosos en divisas.

No obstante ello, la acumulaci�n de conocimientos tecnol�gicos ha sido efectiva y acelerada por la misma naturaleza de la producci�n industrial.

El costo de la tecnolog�a que venimos empleando es muy alto, principalmente porque el ingreso del conocimiento tecnol�gico no ha sido programado ni administrado con sentido nacional, preservando los intereses del pa�s.

Prueba de ello es el ingreso de tecnolog�a extranjera en terrenos en los que se mantienen ociosos recursos materiales nacionales capaces de producir la misma tecnolog�a que se importa.

Es natural que empresas de capital extranjero est�n ubicadas especialmente en actividades m�s densas en tecnolog�a for�nea.

Por otra parte, la selecci�n de t�cnicas no ha sido siempre afortunada. En numerosas oportunidades se han incorporado t�cnicas obsoletas poco adaptadas a las condiciones locales. Por a�adidura, en muchos casos hubo restricciones tales como la prohibici�n de exportar art�culos producidos con tecnolog�a importada y el establecimiento de determinados controles, realmente inaceptables.

Ahora se trata de aprovechar la experiencia pasada y corregir desv�os cuyos efectos resultan sumamente costosos.

Sin embargo, se ha hecho efectivo un fuerte aporte nacional a la tecnolog�a aut�ctona, particularmente en los sectores agropecuario e industrial.

Estamos valorando muy alto nuestra capacidad para originar una tecnolog�a propia; s�lo debemos ponerla en movimiento, conect�ndola con la producci�n concreta, con las decisiones de gobierno y con los apoyos financieros.

La comunidad cient�fica argentina es todav�a reducida con relaci�n al ingreso por habitante que el pa�s posee. La mitad del personal de investigaci�n trabaja en ello s�lo parte de su tiempo �til. La mayor�a de los instituios son peque�os y no llegan a una capacidad de investigaci�n tal que permita un verdadero trabajo interdisciplinario.

Hay miles de proyectos en ejecuci�n al mismo tiempo, lo cual, por un lado. hace que cada proyecto larde demasiado en fructificar y, por el otro, dificulta la materializaci�n de nuevos proyectos por falta de continuidad en los recursos.

Los institutos est�n pr�cticamente concentrados en el �rea metropolitana y pampeana. Adem�s, la remuneraci�n de los investigadores es tan limitada que s�lo una vocaci�n acendrada puede retener el talento en esta actividad.

Me parece claro que no existe hasta el presente una pol�tica cient�fica y tecnol�gica centralmente dise�ada y de f�cil realizaci�n. Tampoco se posee una base institucional suficientemente coherente como para lograr una necesaria centralizaci�n de conducci�n y descentralizaci�n de operaci�n.

Las mentalidades cient�ficas y t�cnicas especializadas fueron emigrando sin que el pa�s encontrara un mecanismo que preserve su conexi�n con los intereses nacionales.

En el �mbito Ecol�gico

Ya el hombre ha tomado conciencia de su capacidad para alterar el medio en que vive, como tambi�n del uso indebido del avance tecnol�gico respecto de dicho medio.

El tema no es nuevo. La concientizaci�n mundial s�.

Factores tales como la poluci�n, el sobrecultivo, la deforestaci�n, la acumulaci�n de desperdicios, entre otros, indican claramente el perjuicio que ocasionan a los seres vivos.

El ser humano, como simple eslab�n del ciclo biol�gico, est� condicionado por un determinismo geogr�fico y ecol�gico del cual no puede sustraerse.

Estamos, pues, en un campo nuevo de la realidad nacional e internacional, en el que debemos comprender la necesidad �como individuos y como Naci�n� de superar estrechas miras ego�stas y coordinar esfuerzos.

Hace casi treinta a�os, cuando a�n no se hab�a iniciado el proceso de descolonizaci�n contempor�nea, anunciamos la Tercera Posici�n en defensa de la soberan�a y autodeterminaci�n de las peque�as naciones, frente a los bloques en que se dividieron los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, cuando aquellas peque�as naciones han crecido en n�mero y constituyen el gigantesco y multitudinario Tercer Mundo, un riesgo mayor, que afecta a la humanidad, y pone en peligro su misma supervivencia, nos obliga a plantear la cuesti�n en nuevos t�rminos, que van m�s all� de lo estrictamente pol�tico, que superan las divisiones partidarias e ideol�gicas, y entran en la esfera de las relaciones de la humanidad con la naturaleza.

Creo que ha Llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a trav�s de la contaminaci�n del medio ambiente y la biosfera, la dilapidaci�n de recursos naturales, el crecimiento sin freno de la poblaci�n y la sobreestimaci�n de la tecnolog�a y de la necesidad de invertir de inmediato la direcci�n de esa marcha, a trav�s de una acci�n mancomunada internacional.

El ser humano no puede ser concebido aisladamente del medio ambiente que el mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biol�gica, y si contin�a destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra s�lo puede esperar cat�strofes sociales para las pr�ximas d�cadas.

La humanidad est� cambiando las condiciones de vida con tal rapidez que no llega a adaptarse a las nuevas relaciones: va m�s r�pido que su captaci�n de la realidad y no ha llegado a comprender, entre otras cosas, que los recursos vitales para �l y sus descendientes derivan de la naturaleza y no de su poder mental.
De este modo, a diario su vida se transforma en una interminable cadena de contradicciones.

En el �ltimo siglo ha saqueado continentes enteros y le han bastado un par de d�cadas para convenir a nos y mares en basurales, y al aire de las grandes ciudades en un gas t�xico y espeso. Invent� el autom�vil para facilitar su traslado, pero ahora ha erigido una civilizaci�n del autom�vil, que se asienta sobre un c�mulo de problemas de circulaci�n, urbanizaci�n, seguridad y contaminaci�n en las ciudades. \ que agrava las consecuencias de su vida
sedentaria.

Las mal llamadas "sociedades de consumo" son, en realidad, sistemas sociales de despilfarro masivo, basados en el gasto, porque el gasto produce lucro. Se despilfarra mediante la producci�n de bienes innecesarios o superfluos y, entre �stos, a los que deber�an ser de consumo duradero, con toda intenci�n se les asigna corta vida porque la renovaci�n produce utilidades. Se gastan millones en inversiones para cambiar el aspecto de los art�culos, pero no
para reemplazar los bienes da�inos para la salud humana, y hasta se apela a nuevos procedimientos t�xicos para satisfacer la vanidad humana. Como ejemplo, bastan los autom�viles actuales que debieran haber sido reemplazados por otros con motores el�ctricos, o el t�xico plomo que se agrega a las naftas simplemente para aumentar el pique de los mismos.

No menos grave resulta el hecho de que los sistemas sociales de despilfarro de los pa�ses tecnol�gicamente m�s avanzados funcionan mediante el consumo de ingentes recursos naturales aportados por el Tercer Mundo. De este modo el problema de las relaciones dentro de la humanidad es parad�jicamente doble: algunas clases sociales �las de los pa�ses de baja tecnolog�a en particular� sufren los efectos del hambre, el analfabetismo y las enfermedades, pero al mismo tiempo las clases sociales y los pa�ses que asientan su exceso de consumo en el sufrimiento de los
primeros, tampoco est�n racionalmente alimentados, ni gozan de una aut�ntica cultura o de una vida espiritual o f�sicamente sana. Se debaten en medio de la ansiedad y del tedio y los vicios que produce el ocio mal empleado.

Lo peor es que, debido a la existencia de poderosos intereses creados o por la falsa creencia generalizada de que los recursos naturales vitales para el hombre son inagotables, este estado de cosas tiende a agravarse. Mientras un fantasma �el hambre� recorre el mundo devorando 55.000.000) de vidas humanas cada veinte meses, afectando hasta a pa�ses que ayer fueron graneros del mundo y amenazando expandirse de modo fulm�neo en las pr�ximas d�cadas, en los centros de m�s alta tecnolog�a se anuncia, entre otras maravillas, que pronto la ropa se cortar� con rayos l�ser y que las amas de casa har�n sus compras desde sus hogares por televisi�n y las pagar�n mediante sistemas electr�nicos. La separaci�n dentro de la humanidad se est� agudizando de modo tan visible que parece que estuviera constituida por m�s de una especie.

El ser humano, cegado por el espejismo de la tecnolog�a, ha olvidado las verdades que est�n en la base de su existencia. Y as�, mientras llega a la Luna gracias a la cibern�tica, la nueva metalurgia, combustibles poderosos, la electr�nica y una serie de conocimientos fabulosos, mala el ox�geno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer, y eleva la temperatura permanente del medio ambiente sin medir sus consecuencias biol�gicas.
Ya en el colmo de su insensatez, mata al mar. que pod�a servirle de �ltima base de sustentaci�n.

En el curso del �ltimo siglo el ser humano ha exterminado cerca de doscientas especies de animales terrestres. Ahora ha pasado a liquidar especies marinas. Aparte de los efectos de la pesca excesiva, amplias zonas de los oc�anos, especialmente costeras, ya han sido convertidas en cementerios de peces y crust�ceos, tanto por los desperdicios arrojados como por el petr�leo involuntariamente derramado. S�lo el petr�leo liberado por los buques cisterna hundidos ha matado en la �ltima d�cada cerca de 600.000 millones de peces. Sin embargo, seguimos arrojando al mar m�s desechos que nunca, perforamos miles de pozos petrol�feros en el mar o sus cos�as y ampliamos al infinito el tonelaje de los petroleros sin lomar medidas de protecci�n de la fauna y flora marinas.

La creciente toxicidad del aire de las grandes ciudades es bien conocida, aunque muy poco se ha hecho para disminuirla. En cambio, todav�a ni siquiera existe un conocimiento mundialmente difundido acerca del problema planteado por el despilfarro de agua dulce, tanto para el consumo humano como para la agricultura. La liquidaci�n de aguas profundas ya ha convertido en desiertos extensas zonas otrora f�rtiles del globo, y los r�os han pasado a ser gigantescos desag�es cloacales m�s que fuentes de agua potable o v�as de comunicaci�n. Al mismo tiempo, la erosi�n provocada por el cultivo irracional o por la supresi�n de la vegetaci�n natural se ha convertido en un problema mundial, y se pretende reemplazar con productos qu�micos el ciclo biol�gico del sucio, uno de los m�s complejos de la naturaleza. Para colmo, muchas fuentes naturales han sido contaminadas; las reservas de agua dulce est�n p�simamente repartidas por el planeta, y cuando nos quedar�a como �ltimo recurso la desalinizaci�n del mar, nos enteramos que una empresa de este tipo, de dimensi�n universal, exigir�a una infraestructura que la humanidad no est� en condiciones de financiar y armar en este momento.

Por otra parte, a pesar de la llamada revoluci�n verde, el Tercer Mundo todav�a no ha alcanzado a producir la cantidad de alimentos que consume, y para llegar a su autoabastecimiento necesita un desarrollo industrial, reformas estructurales y la vigencia de una justicia social que todav�a est� lejos de alcanzar. Para colmo, el desarrollo de la producci�n de alimentos sustitutivos est� frenado por la insuficiencia financiera y las dificultades t�cnicas.

Por supuesto, todos estos desatinos culminan con una tan desenfrenada como irracional carrera armamentista, que le cuesta a la humanidad 200.000 millones de d�lares anuales.

A este complejo de problemas creados artificialmente se suma el crecimiento explosivo de la humanidad. El n�mero de seres humanos que puebla el planeta se ha duplicado en el �ltimo siglo y volver� a duplicarse para fines del actual o comienzos del pr�ximo, de continuar el mismo ritmo de crecimiento. De seguir por este camino, en el a�o 2.500 cada ser humano dispondr� de un solo metro cuadrado sobre el planeta. Esta visi�n global est� lejana en el tiempo pero no difiere mucho de la que ya corresponde a las grandes urbes, y no debe olvidarse que dentro de veinte a�os m�s de la mitad de la humanidad vivir� en ciudades grandes y medianas.

Es indudable, pues, que la humanidad necesita tener una pol�tica demogr�fica. Debe tenerse en cuenta que una pol�tica demogr�fica no produce los efectos deseados si no va acompa�ada por una pol�tica econ�mica y social correspondiente. De todos modos, mantener el actual ritmo de crecimiento de la poblaci�n humana, no es tan suicida como mantener el despilfarro de los recursos naturales de los centros altamente industrializados donde rige la
econom�a de mercado, o en aquellos pa�ses que han copiado sus modelos de desarrollo. Lo que no debe aceptarse es que la pol�tica demogr�fica est� basada en la acci�n de p�ldoras que ponen en peligro la salud de quienes las toman o de sus descendientes.

Si se observan en su conjunto los problemas que se nos plantean y que hemos enumerado comprobaremos que provienen tanto de la codicia y la imprevisi�n humana, como de las caracter�sticas de algunos sistemas sociales, del abuso de la tecnolog�a, del desconocimiento de las relaciones biol�gicas y de la progresi�n natural del crecimiento de la poblaci�n humana. Esta heterogeneidad de causas debe dar lugar a una heterogeneidad de las respuestas,
aunque en �ltima instancia tengan como denominador com�n la utilizaci�n de la inteligencia humana. A la irracionalidad del suicidio colectivo debemos responder con la racionalidad del deseo de supervivencia.

Estos conceptos, que tienen su origen en tomo a las reflexiones acerca del problema mundial de la ecolog�a, son v�lidos tambi�n para nuestro pa�s. Sin embargo, afortunadamente, tenemos una enorme ventaja. Nuestro extenso territorio con enormes reservas naturales, a�n no explotadas, nos permite albergar la esperanza de salvamos de muchos de los peligros mencionados a poco que evitemos cometer los mismos errores en que incurrieron las
grandes naciones.

De hecho, la soluci�n no surgir� solamente de lo que realicemos en el orden interno, sino que tendr� mucho que ver con lo que hagan los dem�s pa�ses en la materia. Es por esto que debemos insistir denodadamente ante el mundo para que se ponga freno a esta carrera que nos llevar� inexorablemente a nuestra autodestrucci�n.

En el �mbito Institucional

Las instituciones que aqu� analizo son las jur�dicas, es decir, las creadas por el Derecho.

El m�todo de creaci�n de las instituciones jur�dicas debe comenzar por establecer funciones. Para esto es necesario definir, en cada caso, c�mo se cumplir�n dichas funciones y cu�les ser�n las responsabilidades concretas a fijar. De esta forma, es posible caracterizar el marco jur�dico en el cual tienen que funcionar.

Pero este marco jur�dico debe incluir no s�lo la creaci�n y funci�n de los entes respectivos, sino tambi�n las relaciones entre los distintos entes y la naturaleza, caracter�sticas y forma de uso de los medios a utilizar. 

Lamentablemente, no siempre se ha trabajado con tal forma de programaci�n institucional. En su lugar, hemos encontrado numerosos ejemplos en sentido contrario. Es decir, que se dict� la ley primero, se crearon luego los entes, se les asignaron funciones y despu�s, en la pr�ctica, se verific� si las funciones asignadas estaban totalmente ajustadas a lo que se quena.

Este defecto metodol�gico tiene menor importancia en el Estado liberal, que conf�a principalmente en la acci�n privada.

Por eso, la forma juridicista de crear instituciones empezando por la ley, no es tan peligrosa para los designios de los conductores de ese Estado.

En cambio, para nuestro pa�s el problema es diferente. Necesitamos m�s gobierno y m�s eficiencia en el mismo, puesto que lo concebimos como un verdadero proveedor de servicios a la comunidad. Para ello tiene que programar funcionando, como un sistema de vasos comunicantes. En �l debe eliminarse el despilfarro de recursos, porque cada recurso desperdiciado representa un servicio menos que se le presta al ciudadano y al pa�s.

Por lo tanto, no podemos copiar el m�todo juridicista que ha sido �til para el Estado liberal.

El Estado liberal, mientras no tuvo necesidad de elevar al m�ximo la eficiencia del gobierno, pudo permitirse actuar con muchas instituciones formalmente establecidas y una burocracia adecuada a sus estatutos jur�dicos, pero sus servicios al pa�s no guardaron relaci�n con las verdaderas necesidades sociales.

Tambi�n se ha visto una interesante evoluci�n en el problema institucional.

En la �poca liberal, la intervenci�n estatal ha sido naturalmente escasa, porque ello respond�a a su propia filosof�a. Cuando el Justicialismo comenz� a servir al pa�s, nuestra concepci�n exigi� un incremento de la intervenci�n estatal. Junto a esto pusimos el peso que otorgaba la ley a la autoridad del Poder Ejecutivo. Este procedimiento fue criticado como "autoritarista". 

Fue necesario adoptar dicha actitud, porque ten�amos que forzamos en la obtenci�n de un justo medio que nos alejara de extremos indeseables.

Luego, cuando se produjo la reacci�n liberal, el nivel de intervenci�n estatal era elevado, precisamente por la naturaleza misma de los problemas que el Estado Argentino ten�a que afrontar.

Como el gobierno liberal que nos sucedi� no supo ver las razones de ese crecimiento, se encarg� de destruir la administraci�n p�blica y realiz� su labor golpeando muy especialmente sobre el servidor p�blico. Ahora tenemos que reconstruir una administraci�n p�blica adaptada a nuestras necesidades. Para ello, debemos hacer un serio esfuerzo para jerarquizar al funcionario p�blico, restituy�ndole la dignidad que el pa�s le hab�a reconocido.

Por supuesto no necesitamos saturamos de funcionarios. Debemos tener s�lo los que nos hagan falta, pero con el m�ximo nivel de capacidad y responsabilidad que corresponda a cada cargo.

Mi experiencia anterior me ha ense�ado que la conducci�n gubernamental necesita de una administraci�n p�blica vigorosa y creativa. De lo contrario, la labor de conducci�n no llega al ciudadano, por bien inspirada que est�.

Por otra parte, constituir las instituciones primero y conferirles funciones despu�s ha dado lugar al nacimiento de burocracias que, sin objetivos claros, concluyen siendo un fin en s� mismas y sirviendo s�lo a su autoconservaci�n.

Tales burocracias sirven exclusivamente para proponer lo que es visible para el gobierno de tumo. Debemos procurar, precisamente, lo contrario: ajustar las estructuras de poder a lo que el pa�s necesita.

Si no procedemos con esta mentalidad, ser� imposible introducir cambios de fondo, porque la eficiencia de la administraci�n p�blica resulta limitada por las propias restricciones institucionales y porque esas burocracias han aprendido que duran m�s los que menos deciden.


 

Hosted by www.Geocities.ws

1