Roxana Kreimer
No es el
todo improbable que el cuento de Borges Funes
el memorioso se haya gestado al amparo de la siguiente analog�a postulada
por Nietzsche en De la utilidad y de los
inconvenientes de los estudios hist�ricos para la vida[1]:
(Imaginemos) �a un hombre que estuviera absolutamente desprovisto de la
facultad de olvidar y que estuviera condenado a ver en todas las cosas el
devenir�.[2]
Tras caer de un caballo, en lugar de perder la memoria Funes ha perdido la
capacidad de olvidar. Dotado con la visi�n prof�tica de �un Zaratustra cimarr�n
y vern�culo�, lo pensado una vez ya no pod�a borr�rsele.[3]
� Conoc�a,
por ejemplo, las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de
abril de mil ochocientos ochenta y dos. Le costaba dar fe al s�mbolo gen�rico perro, ya que abarcaba a demasiados
individuos dispares de diversos tama�os y formas; Funes juzga a que el perro de
las tres y catorce (visto de perfil) no pod�a tener el mismo nombre que el
perro de las tres y cuarto (visto de frente). Incapaz de olvidar diferencias,
de generalizar y abstraer,� Funes �no
era muy capaz de pensar. (...) En su abarrotado mundo no hab�a sino detalles
inmediatos�.[4]
� Imagina Nietzsche
que un hombre incapaz de olvidar �no creer�a ni siquiera en su propio ser�.[5]
Cada vez que se mira al espejo, Funes se sorprende al encontrar novedosa su
propia cara.[6] Tal hombre,
contin�a Nietzsche, �acabar�a por no atreverse a mover un dedo�.[7]
Ex�nime, paralizado por la abrumadora catarata de su memoria, Funes �no se
mov�a del catre�. Pasaba las horas mirando �la higuera del fondo o una
telara�a�.[8]
� �Un hombre
que pretendiera sentir de una manera puramente hist�rica �escribe Nietzsche- se
parecer�a a alguien a quien se obligase a no dormir�.[9]
A Funes le era muy dif�cil dormir porque el recuerdo le imped�a distraerse del
mundo. �De espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada
moldura de las casas precisas que lo rodeaban�.[10]
��Aunque Nietzsche reconoce que los estudios
hist�ricos son imprescindibles por cuanto han contribuido enormemente a la
comprensi�n del mundo[11],
advierte asimismo que su excesivo predominio por sobre otras formas de
conocimiento o de experiencia �perjudica al ser vivo y termina por anonadarlo,
se trate de un hombre, de un pueblo o de una civilizaci�n�.[12]
As� como la memoria prodigiosa convierte a Funes pr�cticamente en un muerto en
vida, Nietzsche se�ala que los estudios hist�ricos que quedan reducidos a meros
fen�menos de conocimiento est�n muertos para quien los estudia.[13]
� En De la utilidad y de los inconvenientes de
los estudios hist�ricos para la vida Nietzsche traza un cuadro de la
modernidad en analog�a con el abatimiento que padece un individuo incapaz de
pensar; Funes �el memorioso� es quien encarna esta par�bola sobre los saberes
residuales de la modernidad, sobre el conocimiento que se ha desvinculado por
completo de la experiencia directa de la vida.[14]
Funes es �el solitario y l�cido espectador de ese mundo multiforme, instant�neo
y casi intolerablemente preciso�.[15]
El anonadamiento que Nietzsche refiere a la memoria de Occidente en su
conjunto, Borges lo circunscribe, tal como sugiere la misma analog�a de
Nietzsche, al anonadamiento de un individuo sofocado por la vana memoria de los
detalles balad�es.
� Al igual
que la modernidad en su conjunto, �Funes tiene m�s recuerdos que los que
tuvieron todos los hombres desde que el mundo es mundo"; �nadie hab�a
percibido el calor y la presi�n de la realidad tan infatigable como la que d�a
y noche converg�a sobre �l�.[16]
Sin embargo, su abrumadora percepci�n no solo lo priva de la posibilidad de
pensar sino tambi�n de la de sentir. Funes no se asombra por nada, enumera con
voz mon�tona aquello que sus sentidos est�n en condiciones de percibir pero no
de sentir; su anestesia y su inmovilidad son las que aquejan al sujeto moderno
ante el continuo desfile de iniquidades del pasado y del presente. �Tanto las
grandes dichas como las peque�as �se�ala Nietzsche- son siempre creadas por una
cosa: el poder de olvidar o, para expresarme en el lenguaje de los sabios, la
facultad de sentir�.[17]
� Olvidar no
significa aqu�, vale la pena reiterarlo, que Nietzsche niegue el beneficio de
la memoria hist�rica. Si bien �toda acci�n exige el olvido, del mismo modo que
todo organismo tiene necesidad, no solo de luz, sino tambi�n de oscuridad�[18],
el olvido debe dar paso a la memoria, escribe Nietzsche, por ejemplo para poner
en evidencia �la injusticia de un privilegio�.[19]
� Si Funes
encarna la memoria superflua, sofocante, otro escrito de Borges, El hacedor, pone en evidencia otra
variedad de memoria, la memoria imprescindible del bardo �hacedor� �en la
figura de Homero o en la de las m�ltiples personas que congregamos en su
nombre- que labra los cimientos de una cultura.[20]
Al poeta que representa el �hacedor� la ceguera le depara el tesoro de la
prehistoria oral. La memoria necesaria configura una identidad, la memoria
superflua la quita. Otro cuento de Borges, La
memoria de Shakespeare, refiere a la riesgosa mutaci�n de Herman Soergel,
quien habiendo aceptado sumar la memoria de Shakespeare a la suya, comprueba
que la operaci�n amenaza y casi anega su �modesto caudal�. �Ya que la identidad
personal se basa en la memoria, tem� por mi raz�n�, recuerda Soergel.[21]
�
�
�
�
�
II
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� La
profusi�n moderna de estudios hist�ricos a menudo lleva a olvidar que, como
se�ala Benjamin en su quinta Tesis sobre
la filosof�a de la historia, al pasado solo se lo puede retener como una �imagen
que relampaguea para nunca m�s ser vista�.[22]
�Cu�nta individualidad tuvo que ser deformada y violentamente generalizada
�subraya Nietzsche- para dar forma al conocimiento hist�rico�.[23]
� En
consonancia con esta l�nea de an�lisis, en El
diferendo Lyotard asocia el conocimiento del pasado con el sentimiento de
lo sublime, que es el sentimiento que surge frente a aquello que supera nuestra
sensibilidad y nuestra capacidad de representaci�n porque aparece de un modo
amenazante y desmesurado. Lyotard se vale del sentimiento de lo sublime para
indicar que si bien no se debe cejar en el af�n de testimoniar lo
irrepresentable, el silencio de las v�ctimas de Auschwitz establece l�mites
inexorables a nuestra capacidad de representaci�n: se trata de poner en evidencia
que algo puede ser concebido pero no visto ni hacerse visible, de traslucir la
tensi�n de aquello que se deja sentir pero no representar ni expresar.[24]
Ambos cometidos parecen opuestos tanto a la esfera perceptual de Funes como a
la de la modernidad en su conjunto. El sentimiento de lo sublime ocupa los
intersticios vac�os de percepciones, aparece all� donde la raz�n se consterna
frente a una valla infranqueable. Abrumado por la catarata de su memoria, Funes
es incapaz de sentir lo irrepresentable: su memoria-vaciadero-de-basuras lo ha
condenado al letargo y a la analgesia.
�
�
III
�
�
�� Nietzsche
postula en este escrito tres formas de estudiar la historia que deber�an
guardar cierto equilibrio entre s�. Como el ser humano sufre y tiene necesidad
de consuelo, la historia monumental
suministra ejemplos, recuerda que lo que ha sido sublime en el pasado podr�
volver a serlo en el futuro, hace presente las desgracias de otros tiempos y,
si bien sirve para soportar con firmeza las veleidades de la fortuna, tambi�n
obra a favor del cambio como remedio contra la resignaci�n.[25]
� El exceso
de �ejemplarismo� de la historia
monumental, no obstante, propaga �la creencia, siempre nociva, de que todos
somos retardados, ep�gonos�, advierte Nietzsche.[26]
Con apenas diecinueve a�os, el prodigioso y �ejemplar� Funes, a quien Borges
justamente describe poco menos que como un retardado, es �monumental como el
bronce, m�s antiguo que Egipto� y �anterior a las profec�as y a las pir�mides�.[27]
� La historia anticuario conserva y venera,
hace posible que la historia de una ciudad se convierta en la propia historia y
permite �sentir y presentir a trav�s de las cosas�.[28]
Mientras la utilidad de la historia
anticuario es la de conservar testimonios de la vida del pasado, la de la historia monumental encuentra en la
ejemplaridad un impulso para el cambio. El exceso de historia anticuario, no obstante, supone el conformismo de quien
venera mediante la �bagatela bibliogr�fica� y la curiosidad vana.[29]
An�logamente, el fasto de Funes se revela en sus cartas floridas y
ceremoniosas, en su curiosidad vana, en su emumeraci�n de casos de memoria
prodigiosa, en la forma diferenciada en que percibe cada racimo de uva y en su
devoci�n por la taxonom�a, que lo lleva a lamentarse de que no le alcance la vida
entera para clasificar los recuerdos de la ni�ez.[30]
� El exceso
de historia anticuario se vincula
tambi�n con la cr�tica al academicismo, un t�pico recurrente tanto en Nietzsche
como en Borges, que escribe en La memoria
de Shakespeare: �Comprob�, no s� si con alivio o con inquietud, que sus
opiniones eran tan acad�micas y tan convencionales como las m�as (...) soy el
profesor em�rito Hermann Soergel; manejo un fichero y redacto trivialidades
eruditas�.[31]
� En De la utilidad y de los inconvenientes de
los estudios hist�ricos para la vida Nietzsche cifra en la edici�n de
libros cada vez m�s voluminosos, rebosantes de �sabidur�a podrida�, un s�ntoma
de la excesiva profusi�n de estudios hist�ricos.[32]
Con una idea an�loga la voz narrativa del relator presenta la historia de
Funes: �Mi testimonio ser� acaso el m�s breve y sin duda el m�s pobre, pero no
ser� menos imparcial que el volumen que editar�n ustedes�.[33]
� En tercer
lugar Nietzsche postula la necesidad de una historia
cr�tica, la historia de quien, angustiado por el presente, �quiere
desembarazarse de la carga� y por consiguiente �juzga y condena�.[34]
� La
duod�cima Tesis de filosof�a de la
historia de Benjamin incluye el siguiente ep�grafe, extra�do del desarrollo
que hace Nietzsche en torno a la historia
monumental: �Necesitamos de la historia, pero la necesitamos de otra manera
que como la necesita el holgaz�n mimado en los jardines del saber�.[35]
Resulta significativo que Benjamin no extraiga la cita del desarrollo de la historia anticuario, cuyo fin es
exclusivamente el de la conservaci�n de un patrimonio cultural. La historia monumental, aquella que se
nutre de la fuerza para el cambio en el ejemplo a imitar, en �la posibilidad de
que lo que alguna vez fue sublime vuelva a serlo"� para Benjamin
representa la transformaci�n que suscita una lucha de clases que debe abrevar
en el recuerdo y en el dolor por los antepasados esclavizados y no en la imagen
menos vigorosa de los descendientes liberados. Benjamin invierte la flecha
progresista disparada al futuro por la socialdemocracia alemana, que en su
opini�n ha desarticulado las fuerza de la clase obrera sepultando las
injusticias pasadas en nombre de un futuro incierto. El Angelus Novus vuelve su rostro hacia el pasado; querr�a despertar a
los muertos y recomponer la ruina de cat�strofes que se amontonan a sus pies.
Justamente la historia monumental
tipificada por Nietzsche y en la que se inspira Benjamin es la historia que
hace presente las desgracias de otros tiempos al hombre que sufre y tiene
necesidad de consuelo[36]:
no es �sta una historia de doblegamiento e conformismo, no se trata de la
conservaci�n ni de la veneraci�n de la historia
anticuario sino de la combinaci�n de lo que Nietzsche denomina historia cr�tica, una historia que juzga
y condena las iniquidades del pasado, con una historia monumental que obra a favor del cambio como remedio contra
la resignaci�n.[37]
� Es en este
contexto, y en el del exceso de ejemplarismo de la historia monumental, en el que el ep�grafe de Nietzsche incluido
por Benjamin evoca al holgaz�n (Funes en el catre) mimado en los jardines del
saber (la vana sabidur�a del memorioso) que concibe a la historia como mera
par�frasis de lo existente, una historia que inmoviliza (Funes permanece
est�tico e inconmovible) y que se resiste al cambio en la promesa de un
incierto futuro.
�
�
IV
�
�
� Anegado de
pasado y de presente, el hombre desprovisto de la facultad de olvidar con que
Nietzsche ejemplifica el exceso moderno de estudios hist�ricos, tambi�n �est�
condenado a ver en todas las cosas el devenir�.[38]
No casualmente Borges ubica a Funes el�
registro prof�tico del Zaratustra. La excesiva profusi�n de saberes
ex�nimes referidos al pasado aparece de este modo desbordando la compuerta que
lleva injustificadamente a prejuzgar el porvenir mediante el art�culo de fe del
progreso.
� As� como
los economistas irlandeses manifestaron su fe en el progreso vincul�ndolo al
modo de subsistencia; as� como el Iluminismo vincul� el progreso a la autonom�a
de la raz�n, Compte lo relacion� con la ciencia, Spencer con la libertad y
numerosos fil�sofos del siglo XIX con el poder del Estado Nacional, en este
escrito Nietzsche descree de todo par�metro que revele la confianza en el
advenimiento de una felicidad inexorable, impl�cita en el ideal iluminista de
progreso. El hombre hist�rico �llega a creer que la felicidad se esconde detr�s
de la monta�a hacia la que camina�.[39]
La confianza en que el g�nero humano progresa hacia lo mejor da al historiador
la ilusi�n de ser m�s justo que los sujetos cuyas acciones estudia; sin
embargo, advierte Nietzsche, en rigor su �nica �virtud� es la de haber nacido
m�s tarde.[40] Ni la
historia est� de modo inmanente pre�ada de promesas para el porvenir, ni las
promesas son fiables cuando la historia es desvinculada de la praxis y reducida a mero fen�meno de
conocimiento.[41]
� Continuador
de las cr�ticas que Nietzsche formulara al progreso (por ello son
significativos los cruces de estos dos textos que refieren al tema), Benjamin
�que en este punto se separa de Nietzsche- asigna al continuo de la historia a
las clases dominantes y las discontinuidades a las clases oprimidas. Porque en
aras del progreso industrial se sacrific� el progreso social, se�ala Benjamin,
en la revoluci�n de julio se disparaba simb�licamente a los relojes para
detener la marcha del tiempo homog�neo de la opresi�n y de la acumulaci�n.[42]
La memoria del �cronom�trico� Funes expresa la inexorable marcha del tiempo
lineal en encarnaciones de la t�cnica que se manifiestan por doquier: como una
radio, como los letreros que recomiendan la hora desde la pantalla del
televisor, como el cuarzo en la mu�eca de cada ciudadano, como el tel�fono y la
computadora, como el ne�n de la publicidad callejera, Funes �sab�a siempre la
hora, como un reloj�.[43]
� La cr�tica
al tiempo lineal es un t�pico recurrente en Borges, quien previno que las
fechas esenciales pueden ser, durante largo tiempo, secretas, y elogi� a los
hind�es por ignorar su propia edad, carecer de sentido hist�rico y preferir el
examen de la ideas al de los hombres y las fechas de los fi�sofos.[44]
�No dir� el lugar ni la fecha; s� harto bien que tales precisiones son, en
realidad, vaguedades�, declara el hombre que acepta la memoria de Shakespeare.[45]
En su af�n por negar la implacable sucesi�n temporal, Borges �al igual que
Nietzsche- no cej� en una �fatigada esperanza� de eternidad que se sabe re�ida
con el car�cter sucesivo del lenguaje[46]:
�Negar la sucesi�n temporal, negar el yo, negar el universo astron�mico, son
desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia
del infierno de Swedemborg y del infierno de la mitolog�a tibetana) no es
espantoso por irreal, es espantoso porque es irreversible y de hierro�.[47]
� La par�bola
de Funes es en cierto modo la del� Bouvard y P�couchet de Flaubert: ambas
ironizan sobre el saber residual de la modernidad, sobre los despojos en los
que el mismo Funes se reconoce cuando confiesa sin pesar que su memoria ha
devenido un vaciadero de basuras. Alienado del conocimiento y de la acci�n,
Funes encarna el hast�o de Bouvard y P�couchet recorriendo esa pluralidad de
saberes modernos que, como apunta Nietzsche, no emparentan al sabio con �una
naturaleza armoniosa� sino con una �gallina agotada�, �saberes podridos� de
quienes, hastiados de galopar sobre las ruinas de la historia, ya no se
asombran por nada ni por nadie.[48]
El hombre moderno �arrastra consigo una enorme masa de guijarros de indigesto
saber que en ocasiones hacen en sus tripas un ruido sordo�.[49]
Nietzsche juzga residual al conocimiento que ya no obra como motivo
transformador y permanece en �una suerte de interior� que con particular
fiereza remite a lo que el moderno califica como �la intimidad que le es
particular�.[50] Es
inevitable la resonancia de la und�cima tesis marxiana sobre Feuerbach: �Los
fil�sofos no han hecho m�s que interpretar de diversos modos al mundo, de lo
que se trata ahora es de transformarlo�.[51]
El moderno �escribe Nietzsche, en sinton�a con Marx- se atiborra hasta la
indigesti�n de �pocas ajenas y consigue ser una enciclopedia ambulante de saberes muertos que lo �elevan� a esferas
por completo desvinculadas de la experiencia directa de la vida.[52]
� Expresi�n
individual de Occidente la memoriosa,
Funes encarna no solo la fragmentaci�n del conocimiento (y su imposibilidad de
ser abarcado en forma reflexiva por un solo individuo) sino la figura del
sujeto moderno como espectador, como p�blico
bombardeado sin prisa ni pausa no solo por una pl�tora de estudios hist�ricos
sino tambi�n por un torrente inform�tico que a menudo obstaculiza toda posibilidad
de pensamiento reflexivo. El espectador moderno es el holgaz�n mimado en los
jardines del saber del que habla Benjamin vali�ndose de la cita de Nietzsche, y
tambi�n es Funes, que contempla el fluir de una memoria que en su abrumadora
perfecci�n lo condena a la anestesia y a la ignorancia.
� Nietzsche
clama por que �el hombre aprenda, ante todo, a vivir�, y por que �no utilice la
historia m�s que para ponerla al servicio de la vida�[53],
una vida que no aparece como fen�meno dado sino como un aprendizaje del que los
estudios hist�ricos son condici�n necesaria pero no suficiente: es preciso
volver a educar en el arte tal como lo hicieron los antiguos, se�ala Nietzsche,
ya que el arte excede el est�mulo racional y se nutre de ejemplos extra�dos de
la esfera de la experiencia.[54]
En consonancia con las Cartas sobre la
educaci�n est�tica del hombre de Schiller, Nietzsche no desestima ni la
historia ni la pol�tica, que compiten con la ciencia por la hegemon�a de
intereses, sino la pretensi�n de que sean erigidas en destino �nico y
excluyente de la humanidad.
�
Inconmovible y mudo espectador del desplazamiento de la voluntad de
transformaci�n al torbellino del universo inform�tico, Funes es afectado
exclusivamente por el torrente perceptual de lo ef�mero y vacuo. Privado de
olvido, juego, sue�o y distracci�n, su sopor personifica una contradicci�n
primordial del individuo moderno, que es quien se cree en mejores condiciones
para conocer el pasado ��Funes tiene m�s recuerdos que los que tuvieron todos
los hombres desde que el mundo es mundo�[55]-
pero que al mismo tiempo es quien m�s lejos se encuentra de la posibilidad de
modificar las condiciones de su entorno efectivo. Si el pasmado Angelus Novus con el que Benjamin
cepillaba la historia a contrapelo volv�a su rostro hacia una historia esquiva
que amontonaba incansablemente ruina sobre ruina, Funes y el �holgaz�n� no
lamentan una parsimonia an�loga a la del ingenuo que, sentado junto al
incesante fluir del r�o, aguardaba pacientemente que dejara de correr. La inmovilidad
y la anestesia son el precio que deben pagar por una memoria que se arroga
�infalible�.
�
�
BIBLIOGRAFIA
�
�
Benjamin, Walter. Discursos interrumpidos. Taurus. Madrid. 1990
Borges. Obras
completas. Emec� 1994
Lyotard, Jean-Francois. El diferendo. Gedisa. Barcelona 1988
Nietzsche. Consideraciones
intempestivas. �De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios
hist�ricos para la vida� Aguilar. Madrid. 1967
�Quesada. Un pensamiento intempestivo. Ontolog�a
est�tica y pol�tica en F. Nietzsche. Anthropos. Barcelona. 1988
Vermal. La
cr�tica de la metaf�sica en Nietzsche. Barcelona 1987
�
[1] El hecho de que la evidente relaci�n entre ambos textos a�n no haya sido se�alada quiz� obedezca a la circunstancia de que este trabajo de Nietzsche pr�cticamente no ha circulado en la Argentina. Borges, en cambio, lo hab�a le�do: entre sus libros de filosof�a se encontr� este ensayo subrayado y anotado en los m�rgenes con su pu�o y letra.
[2] F. Nietzsche. Consideraciones intempestivas. De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios hist�ricos para la vida. Traducci�n de Eduardo Ovejero y Maury. Aguilar. Madrid. 1967 p.69
[3] J. L. Borges. Ficciones. �Funes el memorioso�. Alianza. Madrid. 1978 p.122
[4] Ibid p.130-131
[5] Nietzsche. Op. Cit� p.90
[6] Borges. Op. Cit p.130
[7] Nietzsche. Op. Cit p.91
[8] Borges Op. Cit p.124
[9] Nietzsche Op. Cit p.91
[10] Borges Op. Cit p.131
[11] Nietzsche Op. Cit p.98
[12] Ibid p.91
[13] Nietzsche Op. Cit p.97
[14] Ibid p.98
[15] Borges Op. Cit p.131
[16] Ibid p.128
[17] Nietzsche Op. Cit p.90
[18] Ibid p.91
[19] Ibid p.109
[20] Borges. La cifra. Emec�. Buenos Aires. 1981 p.49
[21] Borges. Obras completas. Emec�. Buenos Aires. 1994. Tomo III. La memoria de Shakespeare p.398
[22] Walter Benjamin. Discursos interrumpidos, I. Tesis sobre la filosof�a de la historia. Taurus. Madrid. 1990. Tesis 5 p.180
[23] Nietzsche. Op.cit. p.101
[24] Jean-Francois Lyotrard. El diferendo. Gedisa. Barcelona. 1988 p.74-76
[25] Nietzsche Op.cit p.98-99
[26] Ibid p.118
[27] Borges. Funes el memorioso p.132
[28] Nietzsche Op.cit p.105
[29] Ibid p.107
[30] Borges Op.cit p.124-130
[31] Borges. Obras completas. Tomo 3 p.395 y p.399
[32] Nietzsche. Po.cit p.138-139
[33] Borges. Funes el memorioso p.122
[34] Nietzsche Op.cit p.104
[35] En rigor, la frase de Nietzsche que incluye Benjamin en el ep�grafe que encabeza la duod�cima tesis (Benjamin Op.cit. p.186) no dice exactamente �Necesitamos de la historia, pero la necesitamos de otra manera que como la necesita el holgaz�n mimado en los jardines del saber� sino �La vida tiene necesidad de los servicios de la historia (...). El que ha aprendido a interpretar as� el sentido de la historia debe entristecerse de ver (...) al desocupado �vido de distracciones o de sensaciones (que) se pasea por all� como entre los tesoros de una pinacoteca�. (Nietzsche. Op.cit. p.98) Es plausible que Benjamin, que redact� muchos de sus escritos lejos de su biblioteca, haya citado de memoria y reformulado una met�fora que expresa la misma idea desarrollada por Nietzsche.
[36] Nietzsche Op.cit p.98 y 110
[37] Ibid p.99
[38] Ibid p.90-91
[39] Nietzsche Op.cit p.95
[40] Ibid p.118
[41] Ibid p.97 y 100
[42] Benjamin Op.cit p.189
[43] Borges Op.cit p.123
[44] Borges. Otras inquisiciones. �El tiempo y J.W. Dunne�. Alianza. Madrid 1979 p.27
[45] Borges. La memoria de Shakespeare. Op. Cit p.393
[46] Borges. Obras completas. Historia de la eternidad p.353
[47] Borges. Obras completas p.764
[48] Nietzsche. Op.cit p.137 y 139
[49] Ibid p.111
[50] Ibid.
[51] Marx. Tesis sobre Feuerbach. Pueblo y educaci�n. La Habana. 1982 p.37
[52] Nietzsche Op. Cit p.98
[53] Ibid p.161
[54] Ibid p.134
[55] Borges. Funes el memorioso p.128