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MANUEL ANTONIO ALVARADO MURILLO

 

                

 

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ALGUNOS ASPECTOS BÁSICOS SOBRE MITOLOGÍA

Manuel Antonio Alvarado Murillo

DEFINICIÓN:

 

Definir el mito resulta una tarea bastante compleja. De acuerdo con Kattia Chinchilla, "la acepción usual de mito conlleva ideas erróneas, claros juicios de valor peyorativo que en nada se acercan al concepto utilizado por los especialistas. Los laicos entienden por mito una ficción, un cuento, una invención, una mentira... Contrariamente, como manifestación de lo sagrado, el mito denota una historia acaecida in illo tempore, en tiempos míticos. Es una historia primordial, verdadera, sagrada, ejemplar, repetible, revelada, significativa, por ende, de inapreciable valor. El mito es una realidad cultural de extrema complejidad, que puede ser abordado e interpretado de múltiples maneras; sin embargo, después de Eliade y con la metodología que él presenta, sabemos que el mito no es una explicación para satisfacer ninguna curiosidad intelectual, sino que es un relato que hace revivir una realidad original, la cual atiende a una necesidad religiosa profunda: expresar las vivencias, garantizar la eficacia de las ceremonias rituales y ofrecer reglas para su uso. El mito, una vez degradado, se convierte en leyenda, pero mantiene intacta su estructura mítico-simbólica" (1989: p.p. 12-13).

 

ETIMOLOGÍA:

 

La palabra "mito" proviene del término griego "μυ̃θος", que significa "palabra, discurso, razón, relato, noticia, relato imaginado, invención, leyenda, fábula, cuento"; pero en sus orígenes, como arriba lo afirma Kattia Chinchilla, no tuvo nada de falsedad, de ficcionalidad, sino que fue una verdad apodíctica. Esta verdad de carácter religioso comenzó a perder su credibilidad -al menos en Grecia- a partir del siglo VI a.C., cuando hace su aparición la filosofía, que viene a ver y a evaluar todo con los ojos de la razón. En este momento la historia mítica sagrada y verdadera deja de tener estas prerrogativas y pasa a ser simplemente "mito", es decir, un cuento, una leyenda, una explicación de los antiguos que todavía no habían desarrollado sus capacidades racionales. Y con este nuevo concepto, la mayoría de la gente sigue considerando al mito.

 

HIEROFANÍA:

 

El mito es el relato de una hierofanía (ʿιερός = sagrado + φανός = luz), es decir, de una manifestación de lo sagrado, de la divinidad. Esta manifestación sucedió in illo tempore, en el tiempo primordial, y se dio en un lugar determinado y utilizando algún elemento natural. Así, por ejemplo, tenemos hierofanías uránicas, solares, selénicas, telúricas, acuáticas, vegetales y líticas, dependiendo del elemento que la deidad tomara para manifestarse: el cielo, el sol, la luna, la tierra, el agua, las plantas o las piedras. Esta manifestación acaecida en los comienzos fue dada a conocer o revelada a un homo religiosus, a un hombre cargado de fe que se encargó de transmitirla a los demás hombres, para que estos siguieran el ejemplo de lo que el ser supremo había hecho, repitieran el hecho cada cierto tiempo y lo tomaran como modelo para sus vidas. Por eso decimos que el mito es repetible y paradigmático.

 

"IN ILLO TEMPORE":

 

Esta expresión latina que se traduce por "en aquel tiempo" nos remite inmediatamente a los conceptos de "tiempo sagrado" y "tiempo profano". El tiempo sagrado fue aquel momento en que la divinidad se manifestó al hombre. Este momento fue en el principio, pero el hombre lo sigue actualizando mediante los ritos que reviven el tiempo primordial. En su aspecto estructural, el tiempo mítico es homogéneo, ya que constituye un eterno presente que se revive periódicamente; en su aspecto cualitativo, el tiempo mítico es heterogéneo, pues las sacralidades y los rituales son muchos. Este tiempo mítico o tiempo sagrado se opone al tiempo profano que estructuralmente es heterogéneo, pues en él ocurren cosas distintas cada día y que cualitativamente es homogéneo, porque sus divisiones -horas, días, años- tienen siempre la misma duración, siempre es igual.

 

EL ESPACIO SAGRADO:

 

El espacio sagrado es la zona geográfica donde se manifestó la sacralidad. Este espacio, anterior a la hierofanía, era un espacio profano, igual a cualquier espacio; pero a partir del acontecimiento sagrado ocurrido en él, pasó a ser un sitio distinto. Así pues, este espacio sagrado constituye una fuente inagotable de fuerza que permite al individuo que se encuentre dentro de él, comulgar con la sacralidad.

 

Todo espacio sagrado es un centro, un ʾονφαλός κόσμου, un umbilicus mundi, donde existe una fuerza creacional, donde tuvo que comenzar la creación, donde está la fuente de vida y donde se unen los tres niveles cósmicos: el inframundo, la tierra y el cielo. El simbolismo del centro se refiere a la realidad absoluta, a la fuente de vida, a la sacralidad misma; alcanzar el centro equivale a tener el poder, a llegar a la divinidad, a ser inmortal.

 

Los espacios sagrados han sido simbolizados con una montaña, una selva, un círculo, un árbol cósmico (siete ramas), un árbol milagroso, un árbol de la vida, un árbol del conocimiento o bien, con una piedra. Estos espacios sagrados no son escogidos por el hombre, sino que éste los descubre como manifestación de la divinidad: Rómulo funda la ciudad de Roma en el lugar donde doce pájaros revolotearon sobre su cabeza; los mexicas fundan Tenochtitlán donde encuentran un águila devorando una serpiente sobre un nopal. El acceso a este espacio sagrado y a su centro siempre es difícil, pues las regiones son casi siempre inaccesibles y hay monstruos que las protegen. Vencer estos obstáculos es el destino de los héroes.

 

Una casa, un templo, un palacio, una ciudad, han sido vistos por el hombre como espacios sagrados, como images mundi, como microcosmos, cuyos umbrales los separan del espacio profano. En la construcción de cada uno de ellos, se lleva a cabo un rito que imita la cosmogonía primordial: Rómulo entierra frutos, hace un altar y traza una muralla con un arado jalado por un buey y una yegua blanca; Cadmo, por orden del oráculo, sigue un buey (o vaca) que tiene en el flanco una marca en forma de luna, y en el lugar donde éste se acuesta funda la ciudad de Tebas, capital de Beocia < βόεος = bovino; Israel está donde Jacob tuvo el sueño con la escalera que subía hasta el cielo (Gén. 28, 12-19). En este último ejemplo, y para su mejor comprensión, hay que tener presente que el nombre "Jacob" proviene de בקָע [iaqb] = terreno torcido, accidentado y que "Israel" proviene de רֱשי [isher] = rectitud; "bethel" se formó a partir de תִיֶּב [bet] = casa y לֶא [el] = dios. Babilonia, Jerusalén, La Meca, Sión, Sinaí, Gólgota, Tabor, Olimpo, Bethel han sido tomados como "ombligos del mundo". También se toman en este sentido el laberinto, la telaraña y el mandala tántrico.

 

En el caso del laberinto, llegar al centro del mismo es muy importante; pero lo es más salir indemne. Cuando se logra salir del laberinto, el héroe conoce el secreto del centro, tiene el poder, se ha consagrado, se ha iniciado. Las romerías, los peregrinajes hacia los lugares santos constituyen verdaderas iniciaciones, pues en ellos se sufre una serie de vicisitudes hasta alcanzar la meta. Ahora bien, ¿por qué el hombre ha deseado siempre alcanzar el centro del espacio sagrado? Porque en él hay una nostalgia del paraíso.

 

LA NOSTALGIA POR EL PARAÍSO PERDIDO:

 

El paraíso fue el espacio sagrado primordial, donde se dio toda la creación, donde el hombre no tenía ningún tipo de sufrimiento porque estaba en comunión con la divinidad. Por alguna razón, llamada "pecado" en el cristianismo, el primer hombre fue expulsado de este espacio perfecto, y desde entonces, siente ese deseo de volver a él, que es la condición humana de encontrarse siempre y sin esfuerzo en el corazón del mundo, de la realidad, de la sacralidad. Por esta razón, el hombre busca la forma de crear nuevamente este espacio paradisíaco con lo que esté a su alcance: monte, árbol, fuente, roca, laberinto, etc.: ésta es una nostalgia de las formas trascendentes.

 

Los espacios sagrados, al igual que todo el fenómeno de lo sagrado, se deben estudiar desde su propia ambivalencia: son accesibles e inaccesibles, son únicos y repetibles, atraen y repelen, son útiles y peligrosos. Aquí nos internamos en otro aspecto de lo mítico: la coincidentia oppositorum.

 

LA COINCIDENTIA OPPOSITORUM:

 

La coincidencia de los opuestos es la condición propia de toda divinidad. Esto quiere decir que los dioses, como seres perfectos que son, reúnen en sí los opuestos: son buenos y malos, premian y castigan, atraen y producen miedo, tienen el principio masculino y el femenino. En síntesis, al reunirse todo en ellos, resultan paradigmas de perfección o la perfección misma.

 

De acuerdo con los mitos androgónicos, el primer hombre fue andrógino, es decir, era una totalización que luego fue dividida, apareciendo así el hombre y la mujer (Platón, El banquete, 189e, p. 362 y s.). Por esta razón, el matrimonio se ha tomado como el volver a ser el hombre primordial en el sentido de alcanzar la totalidad perfecta de aquél; buscar la compañera es buscar "la mitad que me faltaba". En este sentido, el hombre es imperfecto, mientras que los dioses son perfectos.

 

EL CAOS Y EL COSMOS:

 

En todos los mitos cosmogónicos se nos habla de un caos inicial. La palabra "caos" proviene del término griego χάος que se entiende por desorden. En sí, el caos es el momento que antecede al cosmos en el sentido de que todo está ahí, pero en desorden. El cosmos, que proviene del verbo griego κοσμέω, es decir "ordenar, arreglar, disponer", se refiere al ordenamiento de los elementos que ya estaban en el caos. En el cosmos aparecen las jerarquías, todo va a tener un orden. Este orden tiene que llegar algún día a su final, pero éste no será definitivo, sino que será la antesala de un nuevo cosmos; así, asistiremos a una cadena infinita de caos-cosmos-caos-cosmos: todo principio nos lleva irremediablemente a un final, y éste será el nuevo comienzo que tendrá luego que terminar. Por esa razón, y siempre en el mismo sentido anteriormente tratado del deseo humano de volver al momento primordial, el hombre, por medio de los mitos escatológicos, habla de dicho fin; es decir, se muestra anhelante de terminar para regenerarse y volver a comenzar. Este fin resulta ser un regreso al caos inicial, donde las jerarquías cósmicas se rompen; es un regressus ad uterum, un volver al paraíso.

 

El hombre revive este fin apocalíptico cada día, al terminar su labor y llegar la noche, con la serie de transformaciones que este momento del día trae en el comportamiento de los humanos; también lo celebra cada final de año, con una fiesta, a veces desenfrenada, que lo lleva a eliminar las jerarquías; las fiestas de carnaval y las fiestas populares tienen los mismos fines: volver el mundo al revés, romper las jerarquías, regresar al momento inicial cuando todo era diferente y mejor, cuando el mundo se veía desde el otro lado del espejo.

 

EL CIELO, EL SOL, LA LUNA Y LA TIERRA:

 

"Allí donde está el cielo, allí está también Dios", dicen los ewe del África. Las creencias en un ser divino celeste, creador del universo y garantizador de la fecundidad por medio de las lluvias son casi universales; esto por cuanto el cielo siempre se le ha presentado al hombre como una región infinita, altísima, inalcanzable y peremne.

 

En todas las mitologías, los dioses uránicos instauraron los rituales y las leyes y se manifiestan por medio del rayo y del trueno. Así, estos dioses tienen estrecha relación con las ideas de gobierno, poder, mando y soberanía. En algunos casos también crearon al hombre, estuvieron un corto tiempo en la tierra, enseñaron los misterios y luego se retiraron a su morada en el cielo. A este dios uránico que se retira se le ha llamado "deus otiosus" y por eso es poco importante en las religiones y, en muchos casos, carece de culto.

 

En la mayoría de las culturas, el dios uránico por mantenerse tan alejado de los hombres, es sustituido por otras deidades: demonios, dioses, espíritus, fetiches, mana, dios solar, divinidad lunar, chamanismo, animismo o totemismo.

 

Muchos dioses uránicos son asexuados (andróginos), ya que representan la totalidad, la integración en un solo ser de los principios contrarios.

 

Entre los principales dioses uránicos podemos mencionar a Anu (Asia Central), Puluga (Archipiélago Andamanés, Asia), Nin (egipcios), *Diêus (indoeuropeos), Yahvé ( hebreos), Zeus (griegos), Júpiter (latinos), Esus o Teut (druidas), Dyaus > Varuna (indios), Ahura Mazda (iranios), Odín (escandinavos), Taramis (celtas), T'ien (chinos), Baal (semitas), Hadad (fenicios), Ometecutli (mexicas), etc.

 

La montaña es el símbolo del cielo: ella es alta, trascendente, dominio de las hierofanías atmosféricas y domicilio de los dioses. Se ha considerado a la montaña como el punto donde se encuentran el cielo y la tierra, tiene la significación del "centro", es un "axis mundi". Muchas culturas tienen montañas sagradas: Tabor (palestinos), Sión (hebreos), Gólgota (cristianos), Olimpo (griegos), Meru (indios), Sumbur (uroloaltaicos) y Haraberezaiti (iranios). Entre los sumerios se acostumbró a hacer unos edificios de siete pisos que ellos llamaron "Ziqqurat", cuyo significado es "monte visible desde lejos".

 

Por el distanciamiento que los dioses uránicos mostraron con respecto al hombre, por la indiferencia que mostraron, estas deidades fueron sustituidas por un dios atmosférico y fecundador, esposo de la gran madre telúrico-lunar-vegetal.

 

Los cultos solares no fueron tan universales como los uránicos, sólo se practicaron en Egipto, Asia y Europa. En América, practicaron cultos solares los aztecas y los incas.

 

Los orígenes de los dioses solares son variados: unas veces el dios uránico se convirtió en dios solar, en otras ocasiones se da una coalescencia entre el dios uránico y el solar (el sol es el ojo de dios o bien es el sol mismo), y finalmente, también puede darse que el dios solar sea el hijo del dios uránico. En cualquier caso, el dios supremo es sustituido en las fiestas por el dios solar.

 

El sol es el prototipo del "muerto que resucita cada mañana". El sol, como dios, atraviesa sin morir el reino de la muerte y reaparece a la mañana siguiente, eterno, siempre el mismo. Cuando el sol deja su experiencia religiosa como fecundador, se valoriza por su itinerario predestinado a la región de los muertos, pero sin morir. Aquí, el sol adquiere un prestigio funerario y presenta una doble función (ambivalencia): actúa como psicopompo (< ψυ̃χους πομπός, guía de las almas) asesino, es decir, mata a los hombres y lleva sus almas a la región infernal; y como hierofante iniciático, al llevar las almas a una muerte simbólica y hacerlas renacer al nuevo día. En este sentido obsérvese el mito de la muerte y resurrección de Cristo: Jesús muere, desciende a los infiernos, resucita al tercer día y sube al cielo. De acuerdo con esto, los dioses solares presentan una polaridad: luz-oscuridad, solar-ctónico, que son realmente alternancias de una misma realidad. Por esta razón, en la mitología griega, Helios es el abuelo de Medea y el padre de Circe.

 

Son símbolos solares la aurora, el crepúsculo, el fuego, los rayos, el carro, la barca, las ruedas de los carros, la rueda del año, la rueda de la fortuna, la rueca, la corona, etc.

 

En una estrecha relación con los dioses solares encontramos los mitos heroicos. En ellos, el héroe es obligado a participar en un rito de iniciación, que consiste en una muerte simbólica, en un descenso a las regiones del inframundo, en pasar una serie de pruebas para luego, si las vence, salir victorioso, resucitar como el sol lo hace cada mañana y convertirse en héroe civilizador o ascender al cielo (apoteosis).

 

Entre los dioses solares podemos mencionar a Ruwa (bantúes), Sing-Bong (bengalíes), Upulero (indonesios), Jesús (cristianos), Ra (egipcios), Helios (griegos), Apolo (griegos), Sûrya (indios), etc.

 

Si el sol, como hemos visto, siempre permanece igual, la luna está sometida, en cambio, al devenir universal: crece, decrece y desaparece, al igual que el hombre. La luna le reveló al ser humano el tiempo concreto, la realidad biocósmica: lluvias, mareas, siembra, ciclo menstrual, etc. Las hierofanías selénicas revelan la vida que se repite rítmicamente. Por esta razón, la luna se relaciona con las aguas, ya que éstas están sometidas a los ritmos y son germinativas; igualmente la luna se relaciona con las catástrofes acuáticas, pues en ellas se manifiesta la destrucción periódica de las formas agotadas. Los diluvios que aparecen en numerosas mitologías corresponden a los tres días de oscuridad (muerte de la luna después del cuarto menguante), pero este cataclismo no es definitivo, porque se da bajo los signos de la luna y de las aguas (germinación y regeneración) y va a producir la aparición de un "hombre nuevo".

 

La luna también va a tener relación con la fertilidad, pues sus relaciones con la lluvia y la vegetación se observaron desde el descubrimiento de la agricultura (7000 años a.C.). El conjunto luna-agua-vegetación lo encontramos en ciertas bebidas de origen divino: soma (indios), haoma (iranios), ambrosía (griegos), kykeoón (eleusinos), amrita (egipcios), peyote (aztecas), chicha (bribris), etc. El bálsamo de Fierabrás que elabora don Quijote se encuentra dentro de este conjunto, por eso es capaz de regenerar. La embriaguez sagrada permite participar, fulgurante e imperfectamente de la modalidad divina, es decir, se es inmortal y se vive como mortal al mismo tiempo.

 

La luna también gobierna la fecundidad y el ciclo menstrual. En este sentido se personifica y se convierte en amo de las mujeres: se acopla con ellas y les produce la fertilidad. Como se puede observar, la luna puede representarse en forma masculina; los australianos la consideran como el primer esposo de las mujeres. También se la representa con forma ofídica < (ʾόφις, serpiente). En Guatemala, Australia, India y África, se tiene la idea de que los niños son traídos por las serpientes. La serpiente es el símbolo de la sabiduría profunda, de la regeneración, de la tierra, es decir, se refiere a todas las realidades trascendentes.

 

Para los antiguos, la luna era el primer muerto. Según los órfico-pitagóricos, los muertos iban a los Campos Elíseos, que estaban en la luna para regenerarse y volver a nacer (transmigración, reencarnación o palingénesis). La luna era, pues, el país de los muertos y a ella se llegaba por la Vía Láctea (camino de leche) o camino de Santiago. También se consideraba a la luna como una etapa en un camino de ascención. Decía Plutarco (escritor griego, I s. d.C.) que cuando una persona moría, su cuerpo (σω̃μα) se iba a la tierra, su alma (ψυχή), a la luna donde se purificaba y su razón (νου̃ς) volvía al sol. El proceso de nacimiento se daba a la inversa. De todo esto el hombre desprendió que la muerte no era definitiva, puesto que la luna volvía a nacer regenerada y por eso, la Semana Santa tiene que caer en la luna llena del equinoccio de primavera, pues en ella, se le alienta al hombre su deseo de rebasar la condición humana, o sea, reintegrarse al origen, abolir los principios opuestos y renacer nuevamente: esto es el mito del eterno retorno.

 

En algunos rituales de iniciación, el μύστης o iniciado se fragmenta en pedazos simbólicamente, para así representar al dios muerto que tiene el emblema de la luna nueva.

 

Por otra parte, la luna tiene también que ver con el destino, ya que ella es la dueña de las cosas vivas, es decir, "teje" su destino. "Tejer" significa predestinar, reunir cualidades diferentes y crear, hacer salir de la propia sustancia, como la araña. Entre los griegos, Atenea, Aracné, Ariadna y Penélope tejen. También tejen las Moiras: Cloto (carda), Láquesis (hace el ovillo) y Átropos (corta el hilo). Todas ellas son divinidades lunares. Las palabras "rueca" y "destino" en alemán provienen de la raíz indoeuropea *uert (hacer girar).

 

Son divinidades lunares Sin (babilónicos), Ishtar (egipcios), Amaitis (iranios), Tlaloc (mexicas), Coatlicue (mexicas), Teccistécatl (mexicas), Hécate (griegos), Dioniso (griegos), Selene (griegos), Perséfone (griegos), Ártemis (griegos), Hermes (griegos), etc. Entre los símbolos lunares tenemos el laberinto, la espiral, la serpiente, la concha, el caracol, el cuerno del bovino, el oso, la rana, el perro, el puñal plateado, las brujas y las hadas.

 

En cuanto a la tierra, los griegos antiguos la consideraban como la primera diosa, inclusive ella parió a Uranos y luego se unió a él (primera hierogamia) y de su vientre nacieron todos los dioses. Esto es un recuerdo de las antiguas sociedades matriarcales.

 

La tierra fue adorada porque daba luz a todos los hombres, los alimentaba y luego recibía su germen fecundo, porque daba y recibía. Desde el principio, la tierra fue fuente inagotable de existencias. La creencia religiosa basada en la tierra, si no es la más vieja, es de las que mueren difícilmente. Por esta razón, la iglesia católica tuvo que introducir los dogmas sobre María: siglo IV, María Madre de Dios; siglo VIII, María Virgen; siglo XIX, María Inmaculada Concepción y siglo XX, la Asunción de María. La figura de María vino a llenar el campo que habían dejado las antiguas diosas telúricas, ctónicas y lunares.

 

En un principio se creyó que los hombres provenían de la tierra (mito androgónico del hombre hecho de barro). También se tuvo la idea de que si un niño se abandonaba a la tierra y ésta lo protegía como madre que era, ese niño adquiría una nueva condición, la de héroe, rey o santo. En este sentido deben recordarse los mitos de Perseo, Ión, Atalanta, Anfión, Zetos, Edipo, Rómulo y Remo y Moisés. Estos niños "renacidos" de la tierra coinciden con un momento auroral, con la aparición de un nuevo cosmos, con una nueva etapa histórica.

 

Existieron en la antigüedad ritos donde se enterraba simbólicamente a una persona con el fin de que renaciera de nuevo. El mismo sentido tiene el entierro de los muertos que hacemos actualmente. La vida y la muerte son dos momentos diferentes del destino total de la madre-tierra. La vida es un desprenderse de las entrañas de la tierra, la muerte es un volver al "hogar". Por eso, la mayoría de las personas desea que las entierren en el lugar donde nacieron; esto constituye una forma de autoctonismo mítico.

 

Tanto en el agua como en la tierra hay gérmenes de vida, sólo que en la tierra estos gérmenes se engendran sin cesar, mientras que en el agua no. El agua se encuentra en el principio y fin de todo ciclo cósmico; la tierra se encuentra en el principio y final de toda vida. Cuando las formas vitales se separan de las aguas se rompe todo lazo vital; en cambio cuando las formas engendradas por la tierra se separan de ella, siempre siguen manteniendo un lazo mágico con la madre.

 

En las sociedades agrícolas siempre se estableció un lazo muy estrecho entre la gleba y la mujer. En esta síntesis ritual se asimilan la mujer con la tierra, el arado con el falo y el trabajo agrícola con el acto generador. En este sentido recordemos que en el mito griego de Edipo se habla de que el hijo de Layo siembra en el surco sagrado donde él se formó. También debemos tener presente que en el quinto canto de la Odisea se cuenta que Deméter se unió con Jasón a la orilla de un surco recién hecho, cuando empezaba la primavera.

 

También la tierra tiene un carácter oracular, pues es toda sabiduría y como tal, puede profetizar. Debemos recordar el hecho de que muchos oráculos se encontraban al lado de las grietas.

 

Entre las divinidades telúricas tenemos a Gaia o Gea (griegos), Rea (griegos), Hera (griegos), Deméter (griegos), Némesis (griegos), Themis (griegos), las Erinias (griegos), Cibeles (frigios), Rangi (maoríes), María (cristianos). De todas ellas podríamos afirmar como lo dijo Eurípides: "Es la tierra... ¡Llámala como quieras!".

 

CARACTERÍSTICAS DEL MITO:

 

Es una verdad religiosa de carácter apodíctico, es decir, que no tiene necesidad de ser demostrada, pues se acepta por medio de la virtud teologal llamada fe.

 

Es una historia primordial, que sucedió "in illo tempore", o sea, en el tiempo de los comienzos.

 

Es una historia verdadera, ya que se refiere a algo existente (el bien, el mal, el amor, la traición, el orgullo, el incesto, la belleza, la audacia) en el hombre o en el cosmos.

 

Es una hierofanía, pues en un momento determinado, la divinidad se manifestó a un "homo religiosus" o bien, se presentó en un espacio determinado, cargándolo así de "mana" o fuerza sagrada. Este lugar pudo ser un campo, un árbol, una piedra, etc.

 

Es una historia ejemplar porque fija modelos o paradigmas que han de repetirse "ad infinitum". El hombre utiliza los mitos como normas de conducta.

 

Es una historia repetible, pues el acontecimiento primordial se revive constantemente por medio del rito, el cual se define, precisamente, como la recreación del mito primordial.

 

Es una historia significativa, narrada en un lenguaje connotativo, simbólico.

CLASES DE MITOS:

 

Mitos cosmogónicos (κόσμος = orden y γένος = origen): narran el origen del cosmos, del universo; explican cómo este mundo llegó a ser. Ejemplos: el Génesis bíblico, el mito hesiódico, el Enuma Elish, el mito maya, etc.

 

Mitos cosmológicos (κόσμος = orden y λόγος = explicación): al igual que los anteriores, narran el origen del cosmos, pero sólo son conocidos por una élite o sociedad de iniciados. Ejemplos: el mito órfico-pitagórico, el mito de los masones, el mito de los rosacruces, etc.

 

Mitos etiológicos (αʾιτία = causa y λόγος = estudio): narran los hechos que indican cómo llegó a existir una ciudad, una roca, un volcán, una nube, una fuente, etc. Ejemplos: el mito del volcán Irazú, el mito de la Piedra de Aserrí, el mito de los volcanes Iztacíhuatl y Popocatépetl, etc.

 

Mitos teogónicos (θεός = dios y γένος = origen): narran la forma en que fueron creados los dioses y los héroes. Ejemplos: la Teogonía de Hesíodo, el mito de Quetzalcóatl, etc.

 

Mitos androgónicos (ʾανέρ, ʾανδρός = hombre y γένος = origen): narran la forma en que fueron creados los hombres. Ejemplos: el mito de Adán y Eva, el mito de Prometeo, el Popol Vuh, el mito de Sibú y del vampiro Píquiro, etc.

 

Mitos soteriológicos (σωτήρ = salvador y λόγος = explicación): narran las hazañas de un salvador o redentor de la humanidad. Ejemplos: el mito de Jesús (cristiano), el mito de Mitra (Irán), el mito de Mahoma (islam), el mito de Buddha (India), el mito de Krishna (India), etc.

 

Mitos escatológicos (ʾεσχατιά = fin, límite y λόγος = explicación): narran el final del cosmos o de la humanidad. Ejemplos: los apocalipsis judeocristianos (el Libro de Daniel, el Apocalipsis Joánico, el Libro de Enoc), el Corán, el mito azteca de los cuatro soles, el mito griego de las cuatro edades, etc.

 

Mitos heroicos (ʿήρως = héroe): narran las hazañas grandiosas realizadas por hombres poseedores de características sobrenaturales. Ejemplos: Heracles (Hércules), Sansón, Teseo, Perseo, el Rey Arturo, etc. Este mito se manifiesta constantemente en la narración de nuestras propias aventuras.

ARQUETIPOS Y CADENA ARQUETÍPICA:

 

Frente al inconsciente individual descubierto por Sigmund Freud, Carl Gustave Jung implanta la novedad del inconsciente colectivo, zona mental común a todos los hombres de cualquier época y de cualquier espacio geográfico, es decir, una zona de convergencia donde coinciden todos los seres humanos. En esta área, al igual que Freud había encontrado en el inconsciente individual los complejos, Jung va a encontrar los arquetipos, o sea, concentraciones energéticas que están presentes en la configuración de un ser humano genérico. Estos arquetipos son, por así decirlo, huellas primitivas que quedaron asentadas en la mente desde el nacimiento de nuestra raza, se transmiten de generación en generación y no existe la posibilidad de que aparezca otro arquetipo. Los mitos son el producto de estas huellas primitivas, por lo tanto constituyen expresiones simbólicas colectivas, de ahí que Otto Rank los llame "los sueños de los pueblos".

 

Después de todos sus trabajos analizando los sueños de miles de pacientes, Carl Jung propone una cadena arquetípica que va a arrancar con una macro unidad: el concepto o idea de "Dios" (propio de la raza humana y campo energético sin salida). Esta noción de "Dios" parte del principio de la coincidentia oppositorum y da como resultado una serie de conceptos opuestos: lo masculino y lo femenino, lo uránico y lo telúrico, la luz y la oscuridad, lo bueno y lo malo, lo ordenado y lo caótico, el gobernante y el gobernado.

 

A la par de esta cadena arquetípica están los símbolos o signos evocadores de una realidad sugerida o representada por ellos. Esta realidad trasciende el objeto simbolizante y comporta un sentido oculto y misterioso que apela al fondo irracional del inconsciente, del sentimiento y de la emoción. Es por esto que en el término simbolizante no se percibe o intuye directa ni racionalmente, el término o el concepto simbolizado. Entre las funciones del símbolo, de acuerdo con el Psicoanálisis y la Psicocrítica, están: la gnoseológica (conocimiento), la develadora, la comunicativa y la unificadora. En los mitos, se evidencian redes de asociaciones simbólicas, ya que son manifestaciones del inconsciente y por ello, modelos del pensamiento simbólico. El mito no simboliza nada, es por sí mismo; pero hay que descubrir en él la materia vedada u oculta.

 

 

DIOS

 

 

Deus (dios) Dea (diosa)

Cielo Tierra

Sol Luna

Hombre Mujer

Padre Madre

Anciano sabio Anciana sabia

Brujo Bruja

Mago Hada

Héroe Heroína

Sacerdote Adivina (pitonisa)

Rey Reina

Presidente Presidenta

 

 

DEMONIO

 

Atributos masculinos: Fuego, luz, antorcha, corona, diadema, cetro, trono, color azul, color amarillo, color rojo, oro, hacha, bastón, trípode, disco, espada, flecha, águila, león, toro, cordero, caballo, pavo real, gallo, cabrón, dragón, lobo, aguja, vino.

 

Atributos femeninos: Velo, corona, espiga, maíz, escudo, arco, lo curvo, lo hueco, caja, cueva, vaca, osa, loba, serpiente, caracol, tortuga, hilo, color rosa, moneda, collar.

 

UNA OJEADA A LA MITOLOGÍA CLÁSICA:

 

Aunque todos los pueblos del planeta han tenido y siguen teniendo sus propias mitologías, los griegos, por un don especial tenido y que los hizo sobresalir en todos los aspectos del conocimiento humano, supieron elaborar unos mitos que, pese a su antigüedad, siguen inspirando a casi todos los poetas y continúan siendo el disfrute de todos los que tienen relación con ellos. El mito griego, que se formó a partir de creencias autónomas, de otras venidas del Asia Menor y unas terceras traídas por las migraciones indoeuropeas, tomó su forma definitiva en la tierra balcánica y de ahí pasó a Roma, donde se fundió con antiguas creencias etruscas y con otras nacidas en la tierra del Lacio. Todo este conjunto mítico es el que conocemos con el adjetivo "clásico" o "grecolatino".

 

En este apartado vamos a realizar un somero repaso de las principales divinidades de la mitología clásica, daremos sus nombres griegos (los más conocidos) y sus correspondientes latinos o romanos; pero debemos indicar que el sincretismo entre estas divinidades no fue total, razón por la que los dioses romanos, aunque se han considerado homólogos a los griegos, conservan sus rasgos particulares y difieren de aquellos en muchos aspectos. Sin embargo, esos resultan asuntos más profundos, que en este corto trabajo no vamos a tratar.

 

LOS REINOS DIVINOS:

 

La morada de los dioses, según los griegos, estaba en una montaña ubicada al Norte del país heleno: el Olimpo (ʾΌλυμπος), una especie de "cielo" cristiano. Ahí pasaban los dioses en una vida muy similar a la humana, con excepción del trabajo; al fin y al cabo, los mortales eran imitación de los inmortales.

 

Los dioses griegos eran antropomórficos, es decir, tenían no sólo la forma humana, sino también algunos defectos y virtudes pertenecientes a los hombres: amaban, odiaban, sentían placeres sexuales, se encolerizaban, sentían celos, traicionaban a sus compañeras o compañeros, disfrutaban de banquetes, comían, bebían, tejían, cantaban, etc. Además, las divinidades eran andróginas, rasgo que resulta común a cualquier deidad de cualquier mitología. La androginia o posesión de los principios masculino y femenino en forma conjunta equivale a la perfección, puesto que resulta ser la "coincidentia oppositorum" o conjunción de los opuestos en un solo ser, como anteriormente lo explicamos. En este aspecto sí eran diferentes a los mortales, ya que el hombre era percibido como un ser "incompleto", que a través de su vida buscaba la perfección o completud (yang-yin = masculino-femenino, en la filosofía taoísta). Los dioses, por otra parte, eran inmortales, y en esto también se diferenciaban de los hombres. La inmortalidad era un don divino, pero a su vez, la mantenían con una bebida olímpica que se llamaba ambrosía (ʾαμβροσία) o néctar de los dioses.

 

Debajo del Olimpo estaba la tierra (Γη̃), que era la morada de los mortales y de algunas otras divinidades menores como Pan, las ninfas y los sátiros. Y más allá de la tierra, en sus profundidades remotas, estaba el Hades (ʾΑΐδης) o región subterránea. Los gobernantes del Hades eran Hades (Plutón) y su esposa Perséfone (Proserpina). A este lugar iban todos los hombres cuando morían y allí se transformaban en un εʾίδωλον, es decir, en una especie de fantasma que poco a poco iba perdiendo la memoria. Como se puede observar, la religión oficial griega no era una creencia de salvación, pues independientemente del comportamiento y de las buenas o malas acciones hechas durante la vida, todo mortal terminaba en la sima del Hades. En esta región estaban también algunos mortales cumpliendo castigos eternos, tales son los casos de Sísifo, Tántalo e Ixión. Parece ser, según lo que los griegos nos han transmitido en sus textos, que el Hades era un lugar temido; pero no al estilo del infierno cristiano: tal vez para el griego ya era suficiente castigo perder la vida y la memoria. Una vez que la persona moría, su alma debía atravesar el río Aquerón (ʾΑχέρων) en una barca manejada por Caronte (Χάρων), viejo horrible y vestido de harapos; luego debía pasar por el umbral de la región subterránea, el cual estaba vigilado por Cerbero (Κέρβερος), un perro tricéfalo cuya cola era una serpiente y de cuyo dorso se erguían muchas cabezas de serpiente; finalmente llegaba a una gran sala donde estaban los tres jueces del Hades: Minos (Μίνως), Eaco (Αʾιακός) y Radamantis (ʿΡαδάμανθυς), quienes pronunciaban la sentencia correspondiente y definitiva.

 

El mar (θάλαττα) era otro de los reinos divinos de los griegos. Para comprender esto, debemos tener en cuenta que los primeros griegos, los aborígenes de la península Balcánica, han sido llamados por los estudiosos, los "pueblos del mar"; de hecho, su relación con el gran mundo marino fue muy estrecha y de ahí, su visión de él como un ente hierofánico. El dios del mar era Posidón (Ποσειδω̃ν) [Neptuno], que se caracterizaba por su furor indomable, por su irracionalidad, por llevar siempre su tridente y montar sobre un hipocampo. Su esposa era la diosa Anfitrite, y junto a ella, estaba una serie inmensa de divinidades marinas menores.

 

LOS DIOSES:

 

El gobernante del Olimpo era Zeus (Ζεύς) [Júpiter], el padre de los dioses y divinidad máxima. Había llegado al trono olímpico después de una serie de derrocamientos (Uranos, Cronos, Zeus), y por lo tanto, vivió siempre con el temor de ser derrocado. Era hijo de Rea y Cronos, y hermano de Hades, Posidón, Hera y Deméter. El animal que lo representaba era el águila, y sus armas eran el trueno, el rayo y la centella. Era benigno y maligno a la vez, al igual que todas las demás divinidades. Casó con su hermana Hera y con ella tuvo tres hijos: Ares, Hebe e Ilitía. Fue padre de un sinnúmero de hijos, tenidos con otras divinidades y también con mortales. Además, por ser poseedor de la androginia, tuvo él mismo a Atenea y terminó la gestación de Dioniso. Tuvo también amores con el jovencito Ganimedes (Γανυμήδης), hijo de Tros, rey de Frigia, al que raptó convertido en águila y trasladó al Olimpo. Como éste era un mortal y Zeus no podía deificarlo, lo catasterizó y lo convirtió en la constelación de Acuario.

 

Hera (ʿΉρα) [Juno] era la esposa oficial de Zeus y señora del Olimpo. Según la mitología clásica era la protectora del matrimonio y del hogar. Se caracterizó siempre por sus celos y por los fuertes castigos que proporcionaba a las concubinas de su esposo, tal es el caso de Leto, la madre de Apolo y Ártemis; de Semele, la madre de Dionisos y de Ío (Isis), la madre de Épafos. También ha sido proverbial el castigo que le proporcionó a la ninfa Eco, por distraerla para que Zeus tuviera amores con sus amantes.

 

Atenea (ʾΑθηνα̃) [Minerva] era, como ya se dijo anteriormente, hija de Zeus; nació de su cabeza, y por eso era la diosa de la sabiduría, de la razón. También era una diosa guerrera y participaba en las batallas; pero a diferencia de su hermano Ares que actuaba por medio de la violencia y la fuerza, ella lo hacía con las estrategias de la razón. Muchas ciudades le rendían culto, pero la principal era Atenas, donde se encontraba su máximo santuario: el Partenón (Παρθενών = templo de las vírgenes). Esta ciudad había sido ganada por la diosa a Posidón, quien estaba empeñado en ser su protector; a partir de entonces, estas dos divinidades se presentarán siempre como enemigas (lo racional contra lo irracional). Atenea no tuvo amores, puesto que la razón no da para ello; pero sí protegió a algunos héroes, tal es el caso de Odiseo o Ulises. Los dones de Atenea eran apetecidos por muchos; sin embargo, no todos se veían beneficiados con ellos. Su principal festividad se celebraba en el mes ʾΑνθεστήριων (mayo, apoximadamente), lo cual nos lleva a pensar que realmente Atenea, dentro de sus múltiples hierofanías, también tenía que ver con la tierra, la vegetación, la renovación de la naturaleza.

 

Ares (ʾΆρης) [Marte] era el dios de la guerra, de la matanza. En este sentido pareciera ser una divinidad perversa; sin embargo, el griego no lo creía así, puesto que la guerra era necesaria. La guerra u odio (νει̃κος) era uno de los elementos que ayudaban a mantener el equilibrio de la naturaleza y del cosmos en general. Si todo fuera paz (εʾιρήνη) y amor (φιλότες), la ley de los contrarios se rompería y el orden cósmico caería en el caos total. Ares se unió amorosamente con Afrodita, aunque esta diosa había contraído matrimonio con Hefestos.

 

Afrodita (ʾΑφροδίτη) [Venus] era la divinidad de la belleza y del amor. Realmente no existió desde el principio, puesto que según Hesíodo, la primera divinidad del amor fue Eros (ʾΈρως), el tercer dios que aparece en su Teogonía. Afrodita nació cuando Cronos cercenó los testículos de su padre Uranos y los arrojó al mar; al caer, estos produjeron una espuma blanca (ʾαφρός) de la que nació la diosa. Ella, entonces, vino a ser una afinación del orden cósmico. Como tal, representó la fuerza del amor (la vida, el poder que une los contrarios). Su principal atributo era una red, en la que envolvía a sus víctimas. Sus animales preferidos eran las palomas. Safo, una poetisa del siglo VI a.C. la calificó como δολόπλοκε (trenzadora de engaños) e indicó que las aves que jalaban su carro eran gorriones. Afrodita era también una diosa guerrera, pero como Zeus se lo indica en la "Ilíada", su batalla no es la de Ares ni la de Atenea, su batalla es la del amor.

 

Dioniso (Διόνυσος)o Baco (Βάκχος) era otra de las divinidades importantes dentro del panteón griego. Realmente no era una deidad propia de los helenos, sino que había llegado proveniente del Asia Menor. Era hijo de Semele, que por culpa de un engaño de Hera, había muerto carbonizada cuando le faltaban tres meses para dar a luz; ante esto, Zeus, que era el padre del niño, se apresuró a sacarlo del vientre materno y se lo instaló en su muslo, donde Dioniso terminó el período de gestación. Esto ha servido para dar una de las posibles etimologías del nombre de la divinidad: el nacido dos veces. Los atributos de Dioniso son las uvas (βότρυς), el vino (οʾίνος), el tirso (θύρσος) y el falo (φαλλός), y generalmente se le ha considerado como dios del vino y de las borracheras. Sin embargo, la significación de Dioniso resulta mucho más profunda, puesto que representa la fecundidad, el triunfo de la vida (amor) sobre la muerte (odio). Sus festividades se daban en dos momentos del año: en el mes de γαμηλιών (enero-febrero), las pequeñas dionisíacas y en el mes de ʾελαφηβολιών (marzo-abril), las grandes dionisíacas. En estas últimas festividades, que duraban tres días, se representaban la pasión, muerte y resurrección del dios y se entonaba su canto, llamado διθύραμβος (ditirambo). Además, se sacrificaba un macho cabrío (τράγος), que era el símbolo del dios; luego, los iniciados en los misterios dionisíacos bebían la sangre y comían la carne del animal, con la finalidad de que el dios penetrara en el interior de sus cuerpos y les proporcionara la vida eterna. De estas festividades, tan extendidas en Grecia desde antes del siglo VII a.C., va a nacer la tragedia (τράγος = macho cabrío + ʾῳδή = canto), la primera forma del teatro occidental. En estas festividades, los iniciados llevaban falos de cera, con los cuales se invocaba la fecundidad.

 

Apolo (ʾΑπόλλων) era hijo de Zeus y de Leto y hermano gemelo de Ártemis. Según el mito nació en la isla de Delos (Δη̃λος = la brillante) y su padre le regaló una mitra de oro, una lira y un carro tirado por cisnes; estos últimos lo llevaron a la isla de Delfos, a la que llegó en pleno verano, en medio de fiestas y cantos. En esta isla Apolo mató con sus flechas a la serpiente Pitón, encargada de cuidar un antiguo oráculo de Temis y se apoderó del recinto sagrado. Se le consideraba dios del sol, de la música y de la poesía.

 

Ártemis (ʾΆρτεμις) [Diana] era hija de Zeus y de Leto, hermana gemela de Apolo. Esta diosa permaneció siempre virgen, eternamente joven, y se consideró el prototipo de la doncella arisca, que se complacía sólo en la caza. Su principal arma era el arco, así como de su hermano eran las flechas. Se caracterizó por ser una divinidad vengativa y se creyó que las mujeres muertas durante el parto habían recibido de ella el castigo. Ártemis era una diosa de la vegetación, aunque los antiguos también la tomaron como divinidad lunar, de ahí su relación con la magia y con Hécate.

Hermes (ʿΕρμη̃ς) [Mercurio] era hijo de Zeus y de Maya. Se le consideraba dios del comercio, de los ladrones y de los pastores; guiaba a los caminantes en las encrucijadas, era el mensajero de los dioses y, además, tenía la función de psicopompo, es decir, conductor de las almas al Hades. En la Odisea aparece en tres ocasiones, cuando le da a conocer a Ulises el moly (μω̃λυ) o planta mágica que lo librara de ser convertido en cerdo; cuando le comunica a Calipso la orden de dejar en libertad a Ulises y, finalmente, cuando traslada las almas de los pretendientes al Hades.

 

Hefesto (ʿΉφαιστος) [Vulcano] fue engendrado sólo por Hera, quien lo hizo por despecho, ya que Zeus por sí solo había dado vida a Atenea. Era el dios del fuego y siempre estaba en su taller de herrería, donde fabricaba las armas de los dioses y de los héroes. Era una divinidad deforme, ya que le faltaba una pierna; a la par de este defecto, no poseía la belleza singular propia de los demás dioses. Sin embargo, casó con Afrodita, tal vez la diosa más bella del Olimpo (monstruosidad y belleza unidos), aunque ésta no tardó en traicionarlo con Ares. La historia de esta traición y de la venganza del herrero divino se cuenta en la Odisea.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

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Chinchilla Sánchez, Kattia. 1989. "El binomio indisoluble Deméter-Perséfone: integración mítico-simbólica de dos deidades selénico-telúrico-vegetales". Tesis de Grado para optar al título de Licenciada en Filología Clásica. San José: Universidad de Costa Rica.

 

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García Gual, Carlos. 1994. Introducción a la mitología griega. Madrid: Alianza Editorial.

 

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