LA HIPÓTESIS GAIA DE JAMES LOVELOCK: LA TIERRA COMO UN ORGANISMO VIVO

Prof. JUAN ANTONIO RODRÍGUEZ-BARROSO (UPEL-IPB)

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

                Con  el planteamiento de la concepción “Gaia”, primero Diosa en la mitología griega y después hipótesis científica de la posmodernidad, se abre el camino del conocimiento o bien de una nueva política de vida, dejando de lado de forma muy  ácida  el planteamiento antropológico, en favor de una posición  biocentrista (aunque discutida en parte, en este brevísimo ensayo hermenéutico).

            El planteamiento de  la “Teoría Gaia” que tiene como autores a James  Lovelock  y Lynn  Margulis, no es mas que un modelo de una ecología de la mente para la dinámica planetaria y celular que debe proyectarse –según los autores- a un estado  elevado de conciencia, es decir, a la búsqueda de una nueva ecología, la “ecología de conciencia”.

EL FRACASO DE LOS METARRELATOS

            Toda actividad  humana  genera una narrativa verbal  o escrita  y nada más fascinante que las narrativas científicas arraigadas y es un hecho el acto inconsciente del investigador que cree que esta siendo racional con los datos observados cuando en realidad el científico no puede menos que heredar las tradiciones  adquiridas de las culturas precedentes.

            Se toma así, la oportunidad para citar al propio  Lovelock (1995) sobre el tema en cuestión:

“...Toda  narrativa  es una estructuración del tiempo  y, por lo tanto, todas están inevitablemente relacionadas con sistemas inconscientes de ordenamiento. De la sociología  del conocimiento creada por Feuerbach y Marx  hemos aprendido  cómo relacionar estas narrativas  con la situación económica y política de una cultura particular. Yo aceptaría sus intuiciones pero insisto en que exploraremos más profundamente. La organización  del conocimiento y la organización de la sociedad  están relacionadas a niveles más profundos que los de la organización de la percepción y de la conciencia. Uno puede ser kantiano y considerar sean “puros conceptos del entendimiento”, o puede ser platónico  y considerar que sean formas arquetípicas del mundo inteligible las que determinan los fenómenos del mundo sensible. Yo me inclino un poco más hacia el lado platónico  y considero que estas narrativas están   determinadas por ideas  arquetípicas de orden. Pero también me han enseñado nuestros colegas budistas, presentes aquí  esta noche, que estas ideas platónicas  no se deberían materializar en un empíreo celestial, que está  demasiado implicadas  en una “organización  sujeta a códigos”, que están vacías  toda solidez absoluta.

Toda cosa se funde en “sunyata”, pero no todas a la misma temperatura. Un objeto  se funde bastante rápidamente, pero un arquetipo se funde más despacio  y a una temperatura mucho más alta. Por lo tanto como pueden observar, soy marxista platónico y budista, un verdadero hijo del último cuarto del siglo XX...”

            Lo anteriormente mencionado no son más que formas  particulares de narrativas  científicas o imágenes, dejando de lado toda ilusión y hasta  podríamos  decir revelaciones, para concretizar en ideas inconscientes de orden. Así, las narrativas científicas pueden ser tomadas  por factores de convivencias para ciertos grupos, sociales,  políticos o religiosos. En efecto existen dualidades en la Historia de la Ciencia en donde la narrativa científica se mezcla  con lo religioso y lo político, tal como lo fue, por  ejemplo, en el siglo XIX el paleontólogo francés George Cuvier creador de la teoría  de la catastrofismo, que fue aceptada socialmente entonces por su orientación  religiosa dado que se encargaba  de explicar la diversidad biológica terrestre con conceptos como la caída del Hombre y la cólera de Yahvé .

            En  contraposición  a esta teoría  nos encontramos  con el uniformismo  de los autores  Hutton  y  Lyell, (también en el siglo XIX) que  ayudó al sostenimiento del  Darwinismo. Para Lyell la naturaleza se comportaba igual que un caballero inglés. No había ningún trastorno vulgar o repentino que alterase el orden natural del progreso a través de la ciencia y la razón. Ahora bien, bajo la hipótesis Gaia, la Tierra y todo lo que ella haya contenido o contiene ha sido parte de un cambio permanente desde principios de la evolución del espacio exterior.

            Aunque esta teoría de por sí no es nueva, sí lo es el hecho de considerar a nuestro planeta como un organismo vivo. ¿Cómo se originó esta teoría? La inició el biólogo británico James Lovelock a fines de la década de los años 60, cuando se encontraba estudiando para la NASA el régimen de intercambio de gases de la Tierra; en particular le llamó la atención que para producir 4.000 megatoneladas de oxígeno (gas oxidante)se requerían al menos 1.000 megatoneladas de dióxido de carbono (gas reductor) que sólo podían ser producidas por los seres vivos presentes en el conjunto total de la biosfera terrestre, ya que un porcentaje inmenso de la atmósfera terrestre estaba compuesto por nitrógeno, argón y otros gases raros. A Lovelock le intrigó el cómo podría haber sido la atmósfera de la Tierra hace unos 5.000 millones de años, poco antes de la aparición de las primeras formas vivas (bacterias y otros micro-organismos vivos) sobre la misma. Descubrió y formuló entonces su revolucionaria teoría de que la biosfera de la Tierra más que un resultado de los procesos naturales de los diversos ciclos de los elementos (ciclo del carbono, ciclo del agua, etc.) era el proceso mismo de la vida sobre el planeta.

Apoyándose en trabajos anteriores de fines de los cincuenta de astrobiólogos como Carl Sagan y Heinz Müller en la Universidad de Chicago, sobre la evolución de las atmósferas en Venus, Marte y otros planetas y satélites naturales del sistema solar, Lovelock formula entonces la hipótesis de que la Tierra es un sistema vivo de difícil (aunque no imposible) destrucción, pues ella ha aguantado más de sesenta grandes impactos de asteroides, meteoros y cometas a lo largo de su historia natural.

 Por ejemplo, Lovelock cita el gran impacto del Cretáceo (hace 65 millones de años) cuando debido al impacto de un gran asteroide desapareció el 70% de la vida sobre la Tierra (dinosaurios y otros grandes reptiles), pero la Tierra en sí misma  no sufrió un daño significativo mayor pues tenía –y tiene- la capacidad de sobreponerse a varias extinciones masivas de diversas generaciones de organismos vivos, a través de la modificación continua de sus sistemas en la búsqueda de un equilibrio no entrópico o al menos, lo más no entrópico posible. ¿Cómo? Lovelock contesta que a través del reacomodamiento de los gases de su atmósfera después de catástrofes semejantes y obligando a los seres sobrevivientes a participar en la nueva composición atmosférica.

CONCLUSIÓN

             James Lovelock sostiene que la composición  actual de la atmósfera, es decir, 78% de nitrógeno, 21% de oxígeno y 1% de gases como el CO, el CO2, argón, etc, etc. garantizan el equilibrio homeostático del sistema, pero que si hubiera un cambio significativo de la temperatura terrestre hacia arriba o bien hacia abajo, esta composición de gases pudiera muy bien variar, ocasionando por ejemplo un aumento del oxígeno atmosférico hasta un 23% o un 24%, lo cual se traduciría en grandes incendios de vegetación en toda la superficie terrestre, debido al carácter oxidante de dicho elemento.

            Ello lleva entonces, a la conclusión de que si queremos sobrevivir como actual especie dominante del planeta debemos tomar en cuenta que la Tierra es un sistema vivo, muy antiguo y bien organizado, y que si la seguimos provocando como hasta ahora hemos hecho  a través de la contaminación, las explosiones nucleares, la emisión de gases destructores de la capa de ozono, etc., simplemente buscará su nuevo equilibrio ¡¡deshaciéndose de tan molestosos inquilinos!! (nosotros, los seres humanos) mediante algún cataclismo de naturaleza interna (marejadas, terremotos, vulcanismo, etc) o mediante uno que venga de afuera (mega-impactos asteroidales o cometarios) o bien por una combinación de ambos. Después de todo, ¿qué son para la Tierra los 2 o 3 millones de años que los humanos tenemos sobre ella, comparados con los 5.000 millones de años de su propia y continua evolución? Absolutamente nada.

REFERENCIAS

            Lovelock, J., Bateson, G., Margulis, L. y otros (1995) “Gaia. Implicaciones 

                                de la nueva biología.” 3ª. Edición. Colección Nueva Ciencia

                         Editorial Kairós, Barcelona, España.

(©2.000 Juan Antonio Rodríguez-Barroso. Puede utilizarse este material, citando al autor con propósitos heurísticos o pedagógicos)

 

 
1