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¿Una anécdota que recuerde muy especialmente?
Hay tantas... Las dos funciones que hicimos en 1952 de una obra de teatro de Edgar Bayley llamada “Burla de primavera”, que dirigía Paco Urondo. Algunos de nosotros éramos los actores. A mí me tocó hacer de Capitán Tancredo. También recuerdo que Rubén Vela le estaba sirviendo vino a Oliverio Girondo y le pregunta: “¿Toma, Oliverio?, “Sí mi amigo y a veces demasiado”, le respondió.
¿Qué le dejó a usted como persona y como poeta haber sido partícipe del grupo “Poesía Buenos Aires”?
Yo no sería el que soy si no hubiera conocido a este grupo. Esa experiencia estuvo tan ligada a mi adolescencia en lo más profundo, en lo afectivo y en lo intelectual, que es casi inimaginable desprenderse. No sólo me hizo la participación en la revista sino también esa convivencia en un clima de fraternidad, alto sentido del humor y de la autocrítica. Me permitió saber que lo estético está unido a lo ético y que la poesía es “una manera de vivir”, como bien dijo Tristan Tzara. Entendí que a la poesía no se la proclama sino que se la practica; y que no es una entelequia sino una experiencia. Espero que sigamos siendo los mismos, y que todavía no seamos historia.
ALONSO TRADUCTOR
La experiencia con el lenguaje es justamente la tarea del traductor.
En mi caso particular, es casi simultánea. No mucho después de descubrirme, yo mismo sorprendido, con un don de lengua para la poesía, me descubrí también, ya curado de asombro, con un don de lenguas para la traducción. Si al portugués accedo probablemente desde el gallego de mi infancia, que son en sus comienzos la misma lengua, y al francés por un excelente profesor del Colegio Nacional de Buenos Aires, mi italiano, que nunca estudié y desdichadamente no cuento en mi linaje, sólo puede deberse, intuyo, al aire mismo de la Buenos Aires de mi infancia y de mi adolescencia. Tuve además la suerte de tener inimaginables comienzos. Con Hugo Gola, en Santa Fe, seleccionamos y traducimos ya los ensayos de Cesare Pavese: El oficio de poeta (Nueva Visión, 1957), de quien en 1961 la editorial Lautaro me encomienda sus poemas completos. Y ese mismo año aparece mi primera traducción de los cuatro heterónimos de Fernando Pessoa en castellano: Poemas (Fabril Editora, 1961), que era también la primera en América Latina y que Aldo Pellegrini me hizo el honor de pedirme para su memorable colección Los Poetas. En la cual al año siguiente incluye también mi versión de Poemas escogidos, de Giuseppe Ungaretti (Fabril Editora, 1962), que precisamente, como ya hizo magníficamente con la de Pessoa, está por reeditar Mario Pellegrini, su hijo, en la editorial Argonauta.
Sigue sosteniendo que la traducción es como una utopía irrealizable; entonces ¿por qué seguir traduciendo?
Eso tiene que ver con aquella ambigüedad, con aquella polisemia casi congénita del lenguaje humano, y de la cual la poesía es a la vez víctima y esplendor. Ya en el sintomático capítulo sexto del Quijote, el gran Cervantes afirma lúcidamente que “lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su propio nacimiento.” La gran poesía, un poema realmente logrado, para serlo se han constituido en un ser vivo, autónomo, de lenguaje. Intentar darle vida en otra lengua,
es una auténtica utopía, de por sí inalcanzable totalmente. Pero, al
mismo tiempo, está en nosotros esa necesidad, esa sed de intentarlo. No es
más que otra de las enseñanzas de Sísifo, siempre humano, demasiado
humano.
Nota: Los fragmentos publicados pertenecen a entrevistas realizadas por el periodista Pablo Montanaro al escritor Rodolfo Alonso, incluidas en las revistas “Lea” (número 12, abril de 2001) y “Generación Abierta a la Cultura” (número 40, septiembre de 2004), y de charlas mantenidas en septiembre y noviembre de 2000.
Pablo Montanaro nació en la ciudad de Buenos Aires en julio de 1964. Desde mediados de 2004 reside en la ciudad de Neuquén. Es periodista y escritor. Ha publicado los siguientes libros de ensayos: Roberto Arlt, el arte de inventar (2005) y Cortázar de la experiencia histórica a la revolución (1998); biografías: Francisco Urondo: la palabra en acción -biografía de un poeta y militante- (2003). Además es autor de varios libros de poemas. Ejerce el periodismo cultural con artículos y entrevistas.

La poeta Rosa María Sobrón entrega a Rodolfo Alonso el Gran Premio
de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2005)
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