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Tantas veces como se ha pretendido poner el amor "por
encima" del sexo, se ha criticado también el sexo sin
amor. Sexo sin amor equivaldría -dicen- a "utilizar"
al otro/a en beneficio de uno/a.
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Allá por los años 40, cuando en la
postguerra se empezaba a recuperar el baile "a lo agarrado",
los obispos ponían todo su empeño en condenarlo y tratar de
prohibirlo, ya que además de "peligroso" y
"obsceno", suponía una "utilización" del otro.
Darse un beso fugaz, sentir el roce de unos pezones, de unos muslos, o
de un pene juguetón era reducir al otro/a a nivel de objeto sexual.
Se ha criticado también el sexo por el sexo, aunque sea de mutuo
acuerdo. Las mentes biempensantes se han enojado, irritado, y hasta
rasgado sus vestiduras: ¡Que horror! ¡El colmo de la degradación
humana! ¡A dónde vamos a llegar! Y ahora viene aquello de que "lo
de antes no era bueno, pero es que nos hemos ido de un extremo al
otro" "¡Hay que distinguir entre libertad y
libertinaje!".
Se ha dicho que el sexo sin amor, el sexo por el sexo, equivale a
degradar la relación humana, rebajándola a mero comercio sexual. Lo
dicho: se ha cantado al amor y se ha condenado el sexo. Y aún más, si
cabe, el sexo sin amor.
Ya que este lenguaje del discurso moralista empezaba a quedarse
trasnochado, últimamente se ha querido presentar una versión 1aica del
discurso, diciendo que el sexo por el sexo es mera gimnasia.
Bueno, pues incluso si así fuera -lo cual no comparto en absoluto-, yo
tenía entendido que la gimnasia es beneficiosa para la salud. Activa la
circulación y tonifica los músculos. Y además, que la gimnasia
compartida es más divertida. O sea, que el sexo por el sexo es sano y
divertido. Pues no está nada mal.
Viendo que el personal pasaba cada vez más de discursos
moralistas, se ha tratado de reconducir el discurso y presentar el sexo
como la máxima expresión de amor. Por tanto, el sexo habría de
"esperar" hasta que el amor fuese tan firme y consolidado que
se plasmase en un compromiso, un compromiso delante del entorno social,
amigos, familiares, etc.
Según lo cual sería impensable el sexo sin amor, el sexo sin
compromiso, el sexo por el sexo. Pero ya decía el otro día que esto
significa seguir moviéndose en un planteamiento religioso y moralista.
El sexo puede ser, efectivamente, una expresión más de amor. Y muchas
veces lo es. Pero no tiene por qué serlo necesariamente. En infinidad
de ocasiones ha sido el sexo el que luego ha despertado un precioso
amor.
Otras veces, el sexo acompaña un encuentro fortuito entre viej@s amig@s
, una cena compartida y una tertulia llena de recuerdos, de aventuras y
desventuras vividas juntos tiempo atrás. Y también otras veces el sexo
rubrica una atracción imprevista, repentina, mutua, tierna y sosegada,
o apasionada y estruendoso, según los casos. Un encuentro que empieza y
termina en sí mismo. Un encuentro, un abrazo, una pasión. Y luego, un
buen recuerdo. O incluso -por qué no- unas risas después del desastre
que haya resultado por desconocimiento mutuo. Todo cabe, siempre que
ambos así lo deseen. También el sexo "sin amor".
Hay muchas relaciones que se dan fuera del contexto
"hombre-mujer-con-un- crédito-juntos-en-la-Caja-de-Ahorros. Hay
veces en que a pesar de estar enamorados y emparejados, se dan
relaciones sexuales con un amigo o amiga, de distinto o del mismo sexo.
Por ejemplo, hay mozas con pareja que mantienen preciosos encuentros
sexuales -y amorosos- con una buena amiga.
Hay también infinidad de relaciones sexuales, especialmente entre los jóvenes,
surgidas espontáneamente a raíz de una excursión, de un baile, de
unos carnavales, de una txaranga, de una despedida, de un encuentro, de
una billera, de un viaje de fin de estudios, de un cursillo de euskara,
de un barnetegi o de las fiestas de su pueblo o de su barrio.
Muchos de ellos son encuentros sin continuidad. Los improvisados amantes
-sí, amantes- comparten y disfrutan el encuentro. Se besan, se
acarician, retozan, se excitan, se ponen taquicárdicos, se corren, se
visten, se miran, se agradecen su mutua complicidad, sonríen, se besan,
se despiden.
Son encuentros que les sirven para dos cosas: en primer lugar para
disfrutar del momento, del placer, del contacto con la piel de otro ser
vivo, de otro ser humano, del placer de compartir una experiencia tan
intensa. Expresión de la vida misma, de la vida con mayúsculas.
Pero les sirve asimismo para aprender a aprender de la experiencia. La
experiencia no es sino la repetición de actos. Y todos tenemos que
repetir si queremos aprender. Y estos encuentros sexuales te sirven para
conocer de primera mano qué es la vida, qué es el sexo, cómo es tu
cuerpo, cuáles son tus gustos y preferencias sexuales. Para aprender
que los demás también tienen su gusto, que cada persona es distinta,
para aprender que tal vez los gustos de los demás no se corresponden
con tus ideas preconcebidas, con tus prejuicios. Para aprender que el
encuentro sexual supone compartir, y que compartir supone una adaptación
a los gustos del uno y del otro. Pues bien, ¿es que acaso se puede
encontrar algo negativo en todo ello? ¿Es que acaso la experiencia del
placer y de la ternura compartidos no es una de las más apasionantes y
humanas?
En otros casos, un encuentro sexual despierta una pasión, una atracción,
un afecto, que lleva a repetir y a ir consolidando una relación que
nadie sabe hasta dónde puede llegar. Unas veces el amor lleva al sexo,
otras el sexo despierta un precioso amor. Otras acompaña a una amistad.
Y otras constituye una experiencia única, singular, pero apasionante.
Disfrútalas, compártelas, gózalas, agradécelas..., recuérdalas. |
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