A los pies de Venus   

 

La primera vez coincidí con ella en un bar. Yo acababa de cerrar una buena operación y había entrado en el primer bar que ví para hacer mis anotaciones y calcular con exactitud la comisión que me correspondía por la venta reciente. En mi mente bailaban ya las imágenes de unas mini vacaciones a todo lujo gastándome parte de esas comisiones que me correspondían.

Estaba apuntando muy concentrado sentado en la barra cuando “algo” pasó a mi lado dejando una leve estela de perfume. Instintivamente aparté la vista de mis números y pude ver, por la espalda, una mujer que entraba con paso decidido al local. Vestía elegantemente pero sin llamar la atención. Un traje chaqueta negro con una blusa blanca. Zapatos de salón negros. La seguí con la vista y al sentarse a una mesa pude ver su cara. Era una mujer muy atractiva que mentalmente situé sobre los cuarenta años, más por intuición que por su físico, ya que conservaba una juventud radiante en su rostro y en la forma de sus curvas. Se le acercó el camarero y no pude oír lo que pedía, pero mis ojos se fueron hacia sus piernas, que cruzó con elegancia.

Me dije para mí que la señora estaba muy bien, pero que yo tenía que calcular mis ingresos y que basta de distracciones. Pero cuando ya había resuelto volver a mis cálculos comisioniles, mi mirada se fue de nuevo hacia ella, concretamente hacia sus pies.

Había dejado suelto el zapato del pie que correspondía a la pierna que acababa de cruzar, y éste se balanceaba sostenido solo por sus dedos, mientras el talón y el empeine quedaban desnudos. Me quedé como hipnotizado mirando el balanceo. El bar estaba bastante lleno y de vez en cuando algún cliente pasaba ante mí y me tapaba la visión por uno segundos. Yo maldecía interiormente a toda la parroquia, ya que me interrumpían la visión.

De pronto, ella se agachó, se quitó el zapato que bamboleaba y vi que no llevaba medias. Se cogió el pie con delicadeza y se lo masajeo levemente.

Mis ojos subieron por un instante a su cara y me sobresalté. Me estaba mirando. Nadie más en el bar parecía prestarnos atención, ni a ella ni a mí. Me pareció que al verme mirándola sonreía y, como cogido en falta, me entró un calor en la cara de repente y aparté la vista. Miré de nuevo el papel que tenía sobre la barra y en el que estaba haciendo mis anotaciones, pero ya no veía lo que tenía delante. De reojo, volví a mirarla. Esta vez empecé mirando su rostro que seguía sonriente. Me miraba.

Tragué saliva. Bajé la mirada a sus pies. Seguía con su leve masaje al pie que se balanceaba en el aire. En la mano que no daba masaje, sostenía su zapato negro de tacón. Me hizo un signo, con el zapato señaló el pie que se estaba masajeando, en sus ojos me pareció leer una invitación a masajearlo yo. Enseguida, mi cerebro dijo “no. Eso es imposible, te lo estás imaginando”.

Cuando volví a mirarla, se calzaba otra vez el zapato. El camarero la llevó hasta la mesa un café. Ella le preguntó algo. Cuando el camarero se marchó, ella se levantó, volvió a mirarme sonriendo y señaló el fondo de la cafetería. Se encaminó hacia allí. Al fondo de la cafetería había unas escaleras que llevaban a los servicios y al teléfono público, según las indicaciones que se veían claramente. Ella desapareció de mi vista bajando las escaleras del fondo.

Los nervios me hacían sudar. No creía que lo que estaba pasando fuera real. Todo era fruto de mi imaginación, me decía.

Pedí el importe de mi consumición, pagué, recogí mi maletín y mis notas y fui hacia las escaleras.

Bajé las escaleras como el egiptólogo que acaba de descubrir la tumba de un faraón que se ha pasado la vida buscando. Estaba nervioso, emocionado y como un crío de 15 años. Seguía pensando interiormente que todo era fruto de mi imaginación.

Abajo, vi las puertas de entrada de los lavabos de mujeres y de hombres. A mi derecha estaba el teléfono público. Un hombre bajó rápido y, al oír sus pasos, cogí el teléfono y me lo puse al oído como si estuviera hablando con alguien. El hombre pasó a mi lado y me miró extrañado. Antes de desaparecer en el lavabo de caballeros me señaló con un dedo algo. Miré mientras desparecía en el lavabo y vi que del teléfono del que yo sostenía el auricular colgaba un cartel grande con el rótulo de “no funciona”.

Colgué más nervioso que antes y con la sensación de ridículo más espantosa. De pronto, la puerta del lavabo de damas se entreabrió un poco. Vi como el pie calzado de la mujer asomaba por abajo. Después, su mano apareció a media altura y me hizo la señal inequívoca de que fuera hacia allí, moviendo su dedo índice.

Miré la puerta que acababa de volver a cerrarse. Dudaba. No me atrevía a entrar. De pronto, del lavabo de caballeros oí  el ruido de una cisterna. Supuse que el hombre que acababa de entrar iba a salir e, instintivamente, entré al lavabo de señoras.

Vi una fila de puertas cerradas, enfrente de los lavabos. Una de ellas estaba entreabierta. Me acerqué. Empujé la puerta. Ella estaba allí sentada en la taza cerrada, con las piernas cruzadas. Sonreía de nuevo. Con un leve gesto de su cara señaló hacia el pie que de nuevo se balanceaba. Entré, cerré la puerta tras de mí y me arrodillé a sus pies. Ella asintió con gesto coqueto. Le quité el zapato con suavidad. Su bello pie quedó frente a mí. Lo cogí muy dulcemente por el talón para sujetarlo, y bajé mi rostro hacia él. Con mis labios secos, recorrí muy suavemente toda la superficie de su pie, primero por el empeine, luego por la planta, luego sus dedos uno a uno. Ella suspiró y, con un gesto de placer, se recostó contra la pared de atrás. Yo, ardiendo entre los nervios y la excitación, besé apasionadamente su pie, por todos lados, coloqué su planta contra mi cara y aspiré su aroma, la besé la planta. Luego, con la lengua, dibujé un corazón en ella. Después, me apliqué a chuparla los dedos de uno en uno, muy despacio, primero la uña, luego el dedo entero, luego los espacios entre los dedos. Ella seguía suspirando y jadeaba casi imperceptiblemente. No se el rato que estuve con ese pie, solo que de vez en cuando se oía gente que entraba al lavabo y que después salía. Cuando ella apartó el pie se lo calcé. Ella lo apoyó en el suelo y me ofreció el otro. Repetí todo con su otro pie, adorándolo y besándolo. Mucho rato después, ella volvió a apartar el pie, lo calcé y ella se levantó. Yo seguía de rodillas. Ella abrió su bolso, sacó un papel y en él garabateó algo. Me tendió el papel como una tarjeta. Lo cogí. Entonces , la oí hablar, muy bajito, por primera vez:

-         Ahora debo irme.

Instintivamente, me agaché y besé sus dos pies, uno tras otro, Luego levanté la mirada hacia ella. Vi que mi gesto la había complacido. Sonrió de nuevo y me lanzó un beso con una mano.

Luego salió. Me incorporé, esperé un rato y, cuando no oí ningún ruido, salí del lavabo de damas. Pasé por el bar como en nubes, sin enterarme de la gente ni de nada.

Ya en la calle miré el papel. En él había una dirección. Un nombre, “Venus”. Y dos palabras: “me perteneces”.

Y fue verdad.

 

Martín Novoroscha

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