EL TRIUNFO DE LA REINA DESIRA
La mañana era calurosa en Desiria, la capital del Reino de Palmira.
Los rayos del Sol caían sobre el inmenso Palacio Real, que desde lo alto de una
colina dominaba la ciudad.
En el interior del Palacio, sin embargo, el ambiente era mucho más fresco y
agradable. Los gruesos muros de piedra, un inteligente diseño de los ventanales,
y las fuentes distribuidas por las estancias, contribuian a generar una gran
sensación de bienestar incluso en días tan duros como aquel. Los arquitectos de
Palmira habían hecho un trabajo perfecto. Otra cosa hubiera sido impensable, ya
que ese Palacio estaba destinado a ser la residencia de Su Majestad la Reina
Desira.
La Reina Desira no era una Monarca cualquiera. Desde tiempos inmemoriales se
había considerado que las Reinas de Palmira descendían directamente de la Diosa
Freya, por lo tanto su poder además de absoluto tenía una base divina, que iba
más allá de la autoridad de una Reina cualquiera. La Soberana de Palmira era una
mujer de unos 25 años, con una belleza espectacular. Medía cerca de 1,80 metros,
tenía la piel morena y un cabello negrísimo que le caía hasta la cintura. Su
rostro era perfecto; suavemente ovalado, con unos preciosos ojos negros,
elegante nariz y boca carnosa y sensual. Su cuerpo era esbelto y bien
proporcionado; su pecho firme y perfecto como el de una Diosa. Sus brazos y
piernas eran largos y bien torneados; sus manos finísimas, con largas uñas
siempre bien cuidadas. Sus pies eran simplemente divinos, tan perfectos y
maravillosos que resulta imposible describirlos, y tan hermosos como se pueda
imaginar. Ligeramente por encima de su tobillo derecho tenía una extraña marca
de nacimiento, que parecía una estrella y tres puntitos alineados. Nadie conocía
el origen de esa señal pero de ningún modo ensombrecía, antes al contrario
realzaba, la incomparable hermosura de los esculturales pies de Desira.
Tanto como bella, Desira era una Reina despótica y cruel. Era altiva,
caprichosa, autoritaria y soberbia. Era capaz de decretar los más bárbaros
castigos por las faltas más leves, y disfrutaba con su contemplación o
ejecutándolos personalmente si se le antojaba. Como Jueza Suprema de Palmira
administraba justicia según su capricho. Por supuesto que sus decisiones eran
indiscutibles, inapelables y se ponían en práctica de forma inmediata. Uno de
sus atributos como Reina era la infalibilidad, cualquier cosa que dijera o
hiciera era siempre lo correcto, y no podía ser criticado. Estaba convencida de
su superioridad y de su divinidad, y por ello exigía y recibía la adoración y el
homenaje más servil. Le gustaban mucho el lujo y el esplendor, y vivía rodeada
de ellos continuamente. Poseía miles de esclavos que trabajaban para ella en su
Palacio, en los campos y en las minas; y que le proporcionaban incalculables
riquezas.
Para mantener e incrementar su poder, contaba con un ejército de amazonas
absolutamente leales que la adoraban como si fuera una Diosa viviente, que
aplastaban al instante, y sin piedad, hasta el más mínimo intento de rebelión.
En las Mazmorras Reales se amontonaban los infelices que habían tenido la
desgracia de incurrir en la cólera de Desira. Algunos de ellos en espera de ser
ejecutados, otros literalmente pudriéndose sin que a nadie le importara el por
qué de su cautiverio, la mayoría sufriendo torturas y vejaciones para satisfacer
la crueldad de la Reina, que de vez en cuando se complacía en bajar a los
calabozos para supervisar personalmente los tormentos, o hacía que subieran a un
prisionero para divertirse atormentándolo sin piedad.
En resumen, todo y todos en Palmira estaban a los pies de la Soberana, y el
poder de ésta era ilimitado. Aquella mañana Desira se encontraba en el Salón del
Baño. Estaba dentro de una de las inmensas bañeras de mármol, llenas de agua
perfumada. Robustos esclavos acarreaban grandes vasijas de agua fría y caliente,
y las vertían en la bañera de la Reina para mantener la temperatura adecuada. Si
la temperatura no era del agrado de la Reina, todos ellos eran azotados, y las
cicatrices que cruzaban sus anchas y fuertes espaldas daban testimonio de que
esto ocurría con cierta frecuencia. Dentro de la bañera, junto con la Reina,
había dos esclavas con suaves esponjas que bañaban delicadamente cada milímetro
de la suave piel de Desira. Terminado el baño, Desira salió del agua y se tendió
lánguidamente sobre un mullido diván de terciopelo. Otras esclavas secaron
cuidadosamente su cuerpo y peinaron su abundante cabello. Después entraron las
masajistas y masajearon el cuerpo de la Reina usando refinados aceites y cremas.
Las esclavas que ejercían de masajistas eran cuidadosamente seleccionadas, y
estaban exentas de cualquier otro trabajo manual con el fin de mantener sus
manos con el máximo de suavidad. Las más hábiles y expertas se ocupaban de los
divinos pies de la Reina, y ni que decir tiene que eran envidiadas por todas las
demás.
En aquel momento los hermosos pies de Desira estaban recibiendo un agradable
masaje, mientras la Reina se recostaba sobre los almohadones del diván con los
ojos entrecerrados dejándose llevar por las embriagadoras sensaciones que
recibía. A punto estaba de concluir el masaje cuando un esclavo se acercó al
diván, y tras arrodillarse e inclinar su frente hasta el suelo dijo:
- "Majestad, la capitana Valkris suplica ser recibida".
Desira ignoró completamente las palabras del esclavo, hasta que concluyó el
masaje. En ese momento las esclavas besaron las plantas de los pies de la Reina,
para indicar que habían terminado, y los acomodaron en el diván, tras lo cual
Desira se dirigió al esclavo todavía postrado ante ella.
- "¿Como te atreves a interrumpir mi masaje? Recirás cinco latigazos por tu
insolencia".
Hizo un leve gesto con la cabeza a uno de sus esclavos que se acercó con un
látigo, y ejecutó el castigo decretado. La Reina contempló el castigo sonriendo
despectivamente.
Después Desira se dirigió nuevamente al esclavo, que ahora sollozaba en silencio
arrodillado a los pies de la Soberana.
- "Comunica a Valkris que la recibiré en el Salón Triangular".
El esclavo se retiró para cumplir la orden de Desira.
Entonces la Reina se hizo vestir. Eligió una sencilla túnica blanca de la más
fina seda, que se ceñía a la cintura con un cordón de hilo de oro. La túnica
dejaba ambos brazos al descubierto, tenía un solo tirante que pasaba sobre el
hombro izquierdo de Desira, y estaba abierta a los lados lo que permitía que
asomaran sus bonitas piernas. Una de sus esclavas calzó los adorables pies de la
Soberana con unas delicadas sandalias doradas. Por último se adornó con
pendientes, tobillera y un anillo de pie; todo ello de oro y diamantes. A pesar
de la sencillez de su atuendo, la Reina estaba hermosísima; y así se lo hicieron
saber los esclavos y esclavas que la rodeaban. A Desira le gustaba recibir
elogios y alabanzas, y ninguna le parecía excesiva; es más, se irritaba mucho si
no oía todo lo que quería oir, y en tal caso descargaba su ira contra los
desdichados que estuvieran más cerca. Aquel día pareció satisfecha, con un gesto
de su mano hizo cesar los halagos, y después ordenó:
- "Que traigan la Silla de Ébano".
A Desira no le gustaba nada caminar, y especialmente tras el relajante baño
prefería ser trasportada por sus esclavos, sentada cómodamente. Para ello
disponía de una colección completa de sillas de manos, y de literas; para
trasladarse sentada o tumbada según le apeteciera. Las había de todos los
tamaños y estilos, y la mayoría eran auténticas obras de arte en las que se
reflejaba el ingenio de los artesanos de Palmira, y el poder y la riqueza de su
Reina. La Silla de Ébano era una silla de manos sencilla que se llevaba entre
cuatro esclavos. El asiento y el respaldo estaban tapizados en terciopelo, y
disponía de un escabel acolchado para que la Reina pudiera reposar sus lindos
pies. Por su tamaño era muy adecuada para desplazarse dentro del Palacio, y allí
era dónde Desira la utilizaba. Naturalmente cuando salía del Palacio, elegía
alguna otra de sus literas mucho más lujosas y acordes con la grandeza y la
gloria de la Reina de Palmira.
Cuatro esclavos entraron llevando la Silla de Ébano, y la depositaron rodilla en
tierra delante del diván donde se tendía Desira. Entonces la Reina se levantó
con un elegante movimiento, y se acomodó en el asiento de la Silla. A un gesto
de Desira los esclavos levantaron la silla y se dirigieron a la salida. El resto
de esclavos y esclavas inclinó su frente hasta el suelo para despedir a la
Reina.
El Salón Triangular no estaba muy lejos. Cuando llegaron un esclavo abrió la
puerta, y el cortejo entró en el Salón. El Salón Triangular tenía la forma de un
triángulo isósceles con el vértice formado por los dos lados mayores orientado
al Norte. En dicho vértice había un Trono de oro con un alto respaldo, y
cubierto de suaves almohadones de plumas. En el suelo se encontraba un grueso
cojín de seda destinado a recibir los pies de la Soberana, proporcionándoles
comodidad y resguardándoles del frío mármol del suelo. En el techo había una
abertura acristalada por donde entraba el sol. Dada la orientación del Salón y
la posición de la abertura, el Sol penetraba durante todo el día e iluminaba el
Trono. El resto del Salón estaba debilmente iluminado por antorchas, de modo que
cuando Desira ocupaba el Trono parecía envuelta en un aura de luz, como si fuera
una Diosa. De ese modo los que la visitaban eran conscientes de ante quien se
encontraban. No obstante, Desira solo utilizaba este Salón para reuniones con
sus servidores más próximos, y nunca en ocasiones solemnes. Para esos casos
siempre prefería utilizar el Gran Salón del Trono
Los esclavos condujeron la Silla de Ébano hasta el Trono, y la dejaron
cuidadosamente en el suelo. Desira descendió lentamente, se sentó y apoyó los
pies en el cojin. Dos esclavos arrodillados a los lados del Trono empezaron a
agitar los abanicos que tenían en sus manos. Con un gesto, Desira despidió a sus
porteadores, y a continuación ordenó que entrara la capitana Valkris. Se
abrieron las puertas del Salón y entró Valkris. Era una mujer de aspecto
temible, muy alta y fuerte, con el pelo muy corto y rubio. Vestía el uniforme de
campaña del Ejército de Palmira, y lucía su espada al cinto. Atravesó el Salón
con paso decidido en dirección al Trono donde se sentaba la Reina. Cuando estaba
a dos metros se hincó de rodillas, inclinó su cabeza y esperó.
No podía dirigirse a la Reina si antes la Reina no se dirigía a ella, pero en
aquel momento Desira estaba saboreando una copa de vino que le había servido un
esclavo. Dió un trago, y dejo la copa sobre la bandeja que sujetaba el
arrodillado esclavo. Entonces habló:
"Te doy la bienvenida a mi Palacio. Dime lo que deseas de mi, capitana Valkris".
"Es para mi un honor volver a estar a los pies de Vuestra Majestad. Deseaba
informaros de los incidentes que están teniendo lugar en la frontera con Beleria".
Beleria era un reino vecino situado en el norte de Palmira. Desde hacia unos
meses se habían producido incursiones de soldados belerianos en territorio de
Palmira. No se sabía cual era el objeto de esas incursiones, pero eran
preocupantes ya que en esa región se encontraban las minas de oro más ricas de
Palmira. Por ese motivo Desira había decidido acabar con esa situación. Valkris
había estado en el norte combatiendo contra los belerianos, y ahora venía a
informar a la Reina de la situación.
"Majestad, cumpliendo vuestras reales órdenes he estado investigando las
incursiones de los belerianos. A juzgar por su comportamiento, parecen estar
buscando algo, pero aún no sabemos exactamente qué", dijo Valkris.
La Reina acomodó delicadamente en el cojín, sus hermosos pies; cruzándolos a la
altura de sus finos tobillos. Los diamantes que los adornaban despedían
destellos en todas direcciones.
"Continúa, capitana" dijo suavemente.
"Mi Señora, lo que sabemos seguro es que no se trata de oro, u otra clase de
riquezas. Tiene que ser otra cosa, pero ni siquiera los propios belerianos que
hemos capturado parecen saberlo exactamente".
"¿Han sido interrogados como es debido?" preguntó Desira.
"Por supuesto Majestad, pero ninguno ha dicho nada importante. Sin embargo hace
poco capturamos a un importante general beleriano, y creo que el puede saber
algo más".
"¿Y donde está ahora ese hombre?" quiso saber la Reina.
"Aqui, en Desiria. Lo he traido para que responda directamente ante Vuestra
Majestad. Si lo deseais, haré que lo traigan ahora mismo", respondió Valkris
inclinándose ante la Reina.
"Lo deseo. Pero no lo recibiré aqui. Llévalo dentro de una hora al Gran Salón
del Trono. Quiero que sienta sobre él toda mi gloria y mi grandeza, cuanto se
arrodille a mis pies y suplique mi compasión" dijo Desira con gesto altivo.
"Se hará como ordenais Majestad. Con vuestro permiso me retiro a cumplir
vuestras órdenes" respondió Valkris; y tras esas palabras se inclinó y besó los
pies de la Reina, antes de salir de la estancia.
Desira sonrió satisfecha ante aquella muestra de respeto y lealtad por parte de
Valkris. Aunque la capitana no era una esclava, no dejaba nunca de saludar a la
Reina de aquella forma tan servil. Por un lado sabía que a Desira le gustaban
esas muestras de respeto por parte de cualquiera, y era mejor tenerla contenta.
Por otro, Valkris adoraba sinceramente a Desira, y le gustaba demostrárselo en
todo momento. Para ella no suponía ninguna humillación postrarse a los pies de
la Reina y besárselos, si no todo lo contrario, era un honor que luchaba por
merecer todos los días.
Tras salir Valkris, Desira se levantó, volvió a sentarse en la Silla de Ébano, y
ordenó que la trasladaran al Dormitorio Real. Quería prepararse para recibir a
aquel infeliz general beleriano.
Una hora después Desira hacía su entrada en el Gran Salón del Trono. Se hizo el
silencio, y todos los presentes, tanto esclavos como guardias, se arrodillaron
para recibir a la Reina. La imponente Soberana iba lánguidamente tendida en una
litera dorada, que llevaban a hombros dieciseis fornidos esclavos, negros como
el azabache. Desira vestía con todo el lujo imaginable, un vestido tejido con
hilo de oro en el que se engarzaban innumerables piedras preciosas formando
vistosos dibujos. En sus pies calzaba unas finísimas sandalias, del más puro
oro, que los dejaban casí completamente a la vista. Se adornaba con númerosas
joyas, y lucía orgullosamente los símbolos de su poder: la Corona y el Cetro
Real.
Los esclavos trasladaron la litera hasta los pies del Trono, se detuvieron y
esperaron las órdenes de la Reina.
El Trono de Palmira se asentaba en una plataforma ligeramente elevada con
respecto al resto del Salón. Estaba construido en oro puro, con los mullidos
respaldo y asiento tapizados en suave seda blanca. Ante el Trono había un gran
escabel, también de oro, con un cojín de suave terciopelo blanco, relleno de
plumas de cisne. A los lados del Trono se situaban los esclavos que, de rodillas
en el suelo, se encargaban de abanicar a la Soberana.
Después de unos instantes, Desira ordenó que su litera afuera depositada en el
suelo. Los esclavos obedecieron al momento, y con el máximo cuidado doblaron la
rodilla hasta dejar suavemente la litera, y su poderosa ocupante, en el suelo
del Salón. Entonces la Reina se levantó y ocupó su lugar en el Trono. Estiró
ligeramente sus elegantes piernas hasta colocar sus bellos pies en el cojín.
Cuando Desira vió las preciosas uñas de sus pies, cuidadosamente pintadas de
rojo, y con adornos en otros colores; sonrió al recordar como había castigado al
esclavo que se la hizo, por una falta imaginaria. A fin de cuentas ella era la
Reina indiscutible y absoluta, y podía castigar a quién quisiera y como
quisiera. Después de haber azotado hasta cansarse a aquel esclavo, de quién
apenas se acordaba, y cuya suerte le era indiferente; estaba de excelente humor
y dispuesta a divertirse con aquel infortunado prisionero beleriano.
Se recostó cómodamente, y ordenó a uno de sus esclavos, que la contemplaba
embobado, con expresión de total adoración:
"Que pase el prisionero".
Dos guardias y la capitana Valkris entraron en el Salón, empujando a un hombre
semidesnudo cargado de cadenas, y con señales de haber sido azotado. Le
condujeron ante la Reina, y le hicieron arrodillarse.
Entonces Valkris empuñó su fusta, y empezó a azotar al prisionero mientras
decía:
"¡Inclínate a los pies de la Reina, perro!".
Desira contempló con una sonrisa de satisfacción, como aquel hombre se doblaba
bajo los fustazos, y se postraba ante ella. Después alzó levemente su mano
izquierda y el castigo cesó.
El prisionero continuó postrado ante Desira, con la frente pegada al suelo.
"Bien, así pués tu eres uno de los que se atreven a invadir mi Reino. ¿Que es lo
que buscais?".
El prisionero guardó silencio. Desira hizo un gesto con la cabeza, y Valkris
empezó a azotar al prisionero con gran fuerza. Los gritos de dolor de aquel
desdichado llenaron el Salón. A un nuevo gesto de Desira, Valkris detuvo los
fustazos. El hombre gemía y lloraba sin control.
Completamente indiferente al sufrimiento de su prisionero, Desira volvió a
hablar con tono pausado:
"No tengo más que hacer un pequeño gesto para que sufras más de lo que puedes
imaginar. Es mejor que hables, si aprecias tu vida. ¿Que buscais?".
El prisionero, que había oido hablar de la crueldad de la Reina, comprendió que
sería mejor no permanecer callado.
"Majestad, solo cumplía órdenes del Rey de Beleria. Perdonadme os lo suplico".
A otro leve gesto de Desira, volvieron a llover fustazos sobre el cuerpo del
prisionero. Cuando consideró que era suficiente, Desira alzó la mano, el castigo
se detuvo, y la Reina dijo:
"Solo te perdonaré si me dices lo que quiero saber. ¿Que buscais?".
El prisionero, que estaba bastante quebrantado por el tormento a que estaba
siendo sometido, decidió hablar para evitar la ira de la cruel Soberana.
"Buscamos un objeto. Una pequeña esfera de oro, con una inscripción".
"Vaya. ¿Y para que lo quereis? ¿Acaso el Rey de Beleria necesita oro?" preguntó
Desira.
"No, Majestad. Se trata de un objeto mágico. Por eso el Rey lo quiere".
"Un objeto mágico. ¿Que clase de magia hace?" volvió a preguntar la Reina.
El prisionero iba a contestar pero se detuvo. Desira se irritó al ver que aquel
hombre no quería darle las respuestas que necesitaba, y ordenó:
"Esta bien. Si no quieres hablar, no necesitas la lengua. ¡Arrancádsela!".
Dos guardias se acercaron al prisionero para ejecutar la bárbara orden. Una de
ellas sacó un cuchillo, y entonces el prisionero gritó:
"¡Hablaré! ¡Hablaré!".
Desira se recostó en su Trono, y dijo suavemente:
"Es tu última oportunidad. No consentiré otra negativa".
"Majestad, no se como ni porque, pero ese objeto otorgará un poder absoluto a
quien lo posea. Poder para conquistar y someter a Reinos enteros" dijo el
prisionero.
"¿Y crees que está en el norte de Palmira?".
"El Rey de Beleria me ordenó buscarlo en esa región. No sé porque piensa que
puede estar allí".
Un nuevo gesto de Desira y otra vez los fustazos cayeron sobre el prisionero.
Esta vez lo hizo por capricho, y porque le gustaba hacer ostentación de su
poder. Pero estaba convencida de que aquel hombre no sabía nada más. Mientras
los fustazos resonaban en el Salón, Desira parecía meditar apoyándo su orgullosa
cabeza sobre su bonita mano derecha. De súbito interrumpió su meditación, y
ordenó detener el castigo.
El prisionero balbuceó:
"Majestad, eso es todo lo que se. Lo juro. Perdonadme, os lo imploro".
Y trataba de arrastrarse para besar los pies de la Reina. Desira le rechazó con
un puntapié en la cara, y ordenó:
"Encerradle en una mazmorra". Después se dirigió a Valkris y dijo:
"Me retiro a descansar a mis aposentos. Te recibiré allí en media hora".
Tras estas palabras descendió del Trono y se tendió en su litera para ser
trasladada a los Aposentos Reales.
Media hora después, la capitana Valkris solicitaba a la guardia ser recibido por
la Reina. Las guardias ya estaban avisadas por Desira, y dejaron entrar a
Valkris.
La Reina estaba reposando plácidamente, tendida en un enorme diván cubierto de
almohadones de seda. Llevaba una ligera túnica de lino, sin mangas, bajo la cual
asomaban los hermosos pies descalzos de la Soberana. Desira acomodaba sus lindos
pies en un mullido y confortable cojín. Estaba bebiendo una copa de vino,
mientras sus esclavos la abanicaban con unos grandes abanicos de plumas, y sus
esclavas se encargaban de satisfacer sus caprichos.
Valkris se acercó al diván con paso decidido, y se hinco de rodillas. Esperó sin
moverse las palabras de Desira.
"Creo que ese hombre ha dicho la verdad" empezó a decir la Reina. "Si ese objeto
existe, lo quiero para mi, y solo para mi. No hay más remedio que atacar Beleria,
atrapar a su Rey y averiguar lo que sabe".
"No será fácil conquistar Beleria, Majestad".
"No escatimes medios. Sal con mi Ejército hacia Beleria de inmediato. Yo me
reuniré con vosotros en la frontera, dentro de una semana. Es necesario que me
haga con ese objeto, a cualquier precio".
"Se hará según vuestros deseos, Majestad", respondió Valkris inclinando la
cabeza.
"Cuando tenga en mi poder esa esfera, haré que el mundo entero se postre a mis
pies. Puedes irte capitana" añadió Desira dando por terminada la audiencia.
Valkris, se inclinó hasta donde reposaban los pies de la Reina, y besó
suavemente y con respeto las suaves plantas de aquellos pies tan perfectos.
Después partió a cumplir lo que se le había ordenado.
AUTOR:PIERRE FERMAT