PARQUE TEMÁTICO.
Lady Alexandra von Hentsau descendió con paso majestuoso la escalera principal
de su residencia. Abajo la esperaban dos de sus esclavos, híncados de rodillas
en el suelo de mármol y con la cabeza inclinada en actitud respetuosa y sumisa
al mismo tiempo. En esa posición tan solo podían escuchar el sonido de los pasos
de su Ama, hasta que ese sonido cesó y aparecieron ante sus ojos los lindísimos
pies de Lady Alexandra calzados en unas elegantes sandalias plateadas. En ese
momento, los esclavos se inclinaron hasta quedar postrados ante su bellísima
Ama, con la frente pegada al suelo. Después la saludaron al unísono:
- "Buenos días, Lady Alexandra. Le deseamos una feliz jornada".
Lady Alexandra ignoró su saludo, como de costumbre, y apoyando uno de sus
encantadores pies en el cuello de uno de sus postrados esclavos, preguntó:
- "¿Está preparado mi coche?".
- "Si, Señora. Todo está listo según vuestras órdenes".
Lady Alexandra sonrió mientras contemplaba, con evidente satisfacción, la
preciosa pedicura que lucía aquella mañana. Sus pies, suaves y bronceados,
resplandecían de belleza con las uñas de sus hermosos dedos pintadas de rojo
rubí. Los esclavos encargados de su pedicura habían hecho un buen trabajo, a
pesar de lo cual Lady Alexandra había encontrado razones, como si le hicieran
alguna falta, para azotar con su fusta el rostro de sus siervos. Además había
ordenado que los encerraran en una de las mazmorras, en espera de que por la
noche pudiera, con más tranquilidad, castigarlos a su antojo.
- "Eso espero", afirmó Lady Alexandra dirigiendose hacia la puerta que conducía
al exterior; no sin antes clavar, por puro placer, el fino tacón de su sandalía
en el rostro de su esclavo.
Los esclavos se apresuraron a arrastrarse hasta la puerta, levantarse en
presencia del Ama era algo impensable, y abrieron la puerta para que Lady
Alexandra saliera. Descendió los peldaños que conducían al inmenso jardín
delantero de su residencia, adornado con fuentes y bancos de flores de todas las
clases y colores. De inmediato dos esclavos se colocaron a su lado. Uno de ellos
sujetaba una gran sombrilla para proteger al Ama de los rayos de sol, y el otro
agitaba un abanico de plumas para refrescar a su Señora. Lady Alexandra caminó
hacia el Rolls-Royce que la esperaba seguida de sus esclavos, que se desplazaban
sobre sus rodillas como era preceptivo en presencia de Lady Alexandra. Una vez
más pudieron extasiarse contemplando la espectacular belleza de su Ama y Señora,
y eso ayudó a soportar el dolor de las heridas que causaban en sus desnudas
rodillas las piedrecitas del camino, ya que no se les permitía desplazarse por
el ajardinado sendero cubierto de fresco y suave césped, por donde caminaba
cómodamente Lady Alexandra. Con cada uno de sus pasos, oscilaba su negrísima
melena que se desparramaba por sus hombros y caía hasta su esbelta cintura. Su
cuerpo bronceado se cubría, es un decir, con un minúsculo top y una cortísima
minifalda de seda blanca, con ribetes plateados. Su rostro aristocrático; de
ojos verdosos y rojísimos labios gruesos y sensuales, lucía un discreto
maquillaje; que realzaba aún mas su belleza; si eso era posible. Su pecho, del
tamaño justo, se mantenía firme y erguido, como si la gravedad no existiera, sin
necesidad de la ayuda de un sujetador. Sus larguísimas piernas eran
maravillosamente perfectas, y acababan en los pies más divinos que uno pueda
imaginarse. En resumen, 1.85 metros de belleza, elegancia, clase ... y despótica
crueldad.
Al lado del coche la esperaban otros dos esclavos. El chófer mantenía abierta la
puerta trasera del Rolls, e inclinó su frente a tierra cuando Lady Alexandra
estuvo a menos de 10 metros. El otro esclavo era el mayordomo personal de Lady
Alexandra, que esperaba a su Ama postrado de rodillas con la cabeza inclinada
sobre el pecho. Lady Alexandra se detuvo ante él, y entonces el esclavo se
inclinó hacia el suelo y besó los bonitos pies de Lady Alexandra con respeto y
adoración. Los demás esclavos que contemplaban la escena, sintieron una vez más
una intensa envidia por aquel privilegio con el que ellos soñaban en vano.
El mayordomo dijo:
- "Milady, todo está preparado según vuestros deseos. ¡Que tengais un feliz
día!".
- "Volveré al anochecer. Que esté preparado mi baño y mi cena. Preparad también
la mazmorra de tortura, hay un par de esclavos a los que deseo castigar" dijo
Lady Alexandra.
- "Se hará como ordenais, Milady" contestó el mayordomo, mientras besaba el
suelo ante los pies de su Ama.
Sin preocuparse por aquella demostración de adoración, Lady Alexandra entró en
el coche y se acomodó en el mullido asiento de piel recubierto de almohadones de
seda. El chófer cerró la puerta y se instaló en su asiento, esperando la orden
del Ama para arrancar. La orden llegó como era habitual en forma de un leve
gesto con la mano, de uñas largas y afiladas pintadas de rojo, a juego con las
de los pies.
El coche arrancó despacio dirigiéndose hacia la puerta principal de la
propiedad. Al llegar, el chófer bajó del coche, sacó una tarjeta, y la introdujo
en una ranura situada al lado de la puerta. Con un chasquido la enorme puerta
metálica de seguridad se abrió. El chófer volvió al coche, lo puso en marcha, y
el vehículo salió a la carretera, giró a la derecha y se dirigió hacia la
autopista del Sur.
Su destino era Fempark, el nuevo parque temático de Femtertainment Inc. acababa
de inaugurar, y que estaba dedicado a la Dominación Femenina a lo largo de la
Historia. En sus primeras dos semanas había hecho furor entre las Damas de la
alta sociedad, solo ellas podían permitirse pagar lo que costaba, así que Lady
Alexandra había decidido tomarse un día libre para visitarlo. Lady Alexandra era
la dueña total y absoluta del Banco Único Europeo, una entidad que había surgido
como consecuencia del proceso de fusiones que tuvo lugar en Europa a mediados
del siglo XXI, y que había desembocado en un sólo Banco que dominaba toda la
economía europea, y casi toda la mundial. Era obvio que Lady Alexandra no
necesitaba trabajar para vivir como una Reina, tenía empleados y esclavos
suficientes para que trabajaran por ella; pero le gustaba intervenir
directamente en los asuntos del Banco, sabiendo que sus caprichosas decisiones
afectaban a la vida de millones de personas; y que podía jugar a su antojo con
la felicidad y el destino de todos esos millones.
Mientras el coche se desplazaba a toda velocidad por la autopista, Lady
Alexandra se tendió en el asiento y acomodó sus bellos pies en uno de los
almohadones. Por un momento hasta ella misma se quedó arrobada contemplando la
perfección de sus pies. Sonrió mientras se fijaba en los preciosos dedos de sus
pies adornados por dos anillos, uno en el pulgar del pie derecho y otro en el
índice del izquierdo, y se le escapó una leve carcajada al recordar que con lo
que habían costado aquellos anillos podrían vivir muchas familias durante varios
años. En cuanto a la ajorca de oro blanco y diamantes que ceñía su tobillo
derecho, había sido hecha especialmente para ella con unos diamantes de reflejos
rosados, extraidos de una veta única en el mundo y de muy difícil extracción.
Más de cien hombre trabajaron durante un año, en condiciones muy penosas, para
conseguir aquellos diamantes. Recordó que aquella ajorca le fué ofrecida con
motivo de su primer aniversario como Presidenta del Banco Único Europeo cuando,
durante la fiesta que se celebró, sus subordinados más próximos le rindieron
pleitesía y juraron obediencia, hincados de rodillas ante ella. Entonces, le
contaron como se había fabricado la ajorca y se la pusieron en el tobillo.
Después uno por uno todos sus subordinados se arrastraron hasta el sillón, casi
un Trono, que ocupaba Lady Alexandra y besaron sus delicados pies. Saber que
aquella ajorca había costado tantos sufrimientos a tantos hombres la llenaba de
satisfacción, y por ese motivo era una de sus joyas favoritas.
Mientras Lady Alexandra pensaba, llegaron a Fempark. El chófer se dirigó
directamente a la zona VIP y frenó. Cuando el motor se detuvo, se acercaron tres
empleados del parque; uno de ellos abrió la puerta del coche, otro se tendió en
el suelo ante la puerta, y otro se arrodilló ofreciendo su mano enguantada. Lady
Alexandra salió del coche apoyándose en la mano que se le ofrecía, y poniendo
los pies sobre el torso del esclavo tendido en el suelo. Observó un instante a
los tres hombres postrados ante ella, y atravesó la puerta del edificio
principal de Fempark que mantenía abierta otro esclavo. El chófer se dirigió al
párking de visitantes situado en el exterior del recinto, ya que no estaba
permitido entrar con coche.
Al entrar Lady Alexandra fue recibida por la encargada del parque, una preciosa
rubia que vestía un formal traje de chaqueta azul marino, con una minifalda que
dejaba ver sus bien torneadas piernas. Se inclinó ligeramente ante Lady
Alexandra y dijo:
-"Excelencia, os doy la bienvenida a Fempark. Es un honor para nosotros el que
nos honreis con vuestra presencia".
La encargada utilizaba el tratamiento de cortesía que era habitual dispensar a
las Damas de clase alta. Aunque todas las mujeres pertenecían a una casta
superior, había diferencias entre ellas. A lo largo del siglo XXI las leyes de
discriminación positiva en favor de las mujeres, fueron convirtiendose de forma
gradual en leyes de discriminación pura y dura; y desembocaron en una sociedad
en la que los hombres quedaron excluidos de cualquier puesto de decisión o
responsabilidad. Como consecuencia de ello, sólo se dedicaban a los trabajos más
penosos, peor pagados y más humillantes. La esclavitud era legal, pero aún era
voluntaria. Mujeres como Lady Alexandra tenían una gran cantidad de esclavos que
voluntariamente entraban a su servicio; pero a partir de entonces perdían los
escasos derechos que, como hombres, tenían y podían ser tratados como su Ama
dispusiera. Una vez que un hombre decidía entrar como esclavo al servicio de una
mujer, era para toda la vida. Solo la mujer podía despedirlo, si se le antojaba.
En cuanto a las mujeres no todas ocupaban la misma posición. Aquellas que
ocupaban puestos de importancia, eran famosas, y en definitiva eran ricas;
gozaban de privilegios inalcanzables para las demás. Además de eso era habitual
que recibieran el tratamiento de Excelencia, y tuvieran prioridad sobre las
demás para cualquier cosa que pudiera surgir.
- "He oido hablar mucho de este lugar. Espero pasar un buen rato aqui. ¿Como te
llamas?" respondió Lady Alexandra.
- "Mi nombre es Vanessa, Excelencia. Todos nosotros y yo especialmente haremos
todo lo posible, para que vuestra estancia entre nosotros sea perfecta", y
añadió "os ruego que me acompañeis, Excelencia".
Lady Alexandra asintió y se dirigieron hacia unos divanes que había a la derecha
de la puerta de entrada. Lady Alexandra se sentó en el primer diván, y entonces
varios esclavos parecieron surgir de la nada para servirla. Uno de ellos se
arrodilló ante ella y la descalzó delicadamente, tras lo cual con un gesto de
sublime elegancia, Lady Alexandra se tendió en el cómodo diván. Otro de los
esclavos se arrodilló a la cabeza del diván y comenzó a abanicarla; y por fin
otro más se acercó sobre sus rodillas con una bandeja llena de bebidas y
aperitivos. Vanessa se quedó de pie, respetuosamente, y dijo:
- "Excelencia, creo que tiene que esperar a una amiga que la acompañara en la
visita. ¿Es así?".
- "En efecto Vanessa. Mi amiga Lady Morgana La Caprice se reunirá conmigo para
esta visita".
- "En ese caso si Vuestra Excelencia me da su permiso, me gustaría retirarme
para continuar con mis tareas. En el momento en que llegue Su Excelencia Lady
Morgana la conduciré hasta aquí. Si mientras tanto necesita algo, puede llamar
con ese timbre que hay al lado del diván".
- "Esta bien Vanessa, puedes irte" dijo Lady Alexandra, y acompañó sus palabras
con un gesto de la mano derecha.
Vanessa se inclinó y regresó a sus ocupaciones.
A los pocos minutos, se escuchó un gran estruendo como el de un coche muy
potente, seguido de un fuerte frenazo. Lady Alexandra sonrió delicadamente, al
reconocer el rugido del Ferrari de Lady Morgana. En efecto, a los pocos
instantes regresaba Vanessa, acompañada de una escultural pelirroja. Lady
Morgana La Caprice, pues ella era la pelirroja en cuestión, vestía un cortísimo
vestido verde sin mangas, y unas chinelas a juego. Las chinelas solo tenían una
tira de piel que cruzaba sus delicados pies, justo por encima de los dedos. Lady
Morgana era la top-model más famosa del mundo en aquellos momentos, y no era de
extrañar. Con 1.80 metros de alta, y unas medidas de escándalo, volvía locos a
hombres y mujeres con sólo mirarlos con sus azules ojos. Su rostro era lindísimo
y delicado, como esculpido en porcelana. Su cuerpo: pecho, cintura, culo y
piernas eran los de una Diosa, perfectos en toda la extensión de la palabra. Sus
pies eran esbeltos, proporcionados, tremendamente atractivos y sensuales.
Las mejores zapaterías y joyerías la contrataban como modelo para promocionar
sus nuevos diseños de zapatos y ajorcas, puesto que sabían que los pies de Lady
Morgana garantizaban el éxito de sus productos. Fotografiados una y mil veces
para las mejores revistas, los bellísimos pies de Lady Morgana La Caprice habían
convertido en dóciles esclavos a miles de hombres, que todos los días se
agolpaban a la puerta del palacio en el que vivía, suplicando ser admitidos al
servicio de aquella Diosa.
Unos dos años atrás, había superado un durísimo casting para elegir una modelo
con pies perfectos, en el que había competido con modelos de toda Europa. Se
trataba de ser la imagen de una campaña institucional que pretendía concienzar a
las mujeres de su posición en la sociedad, y en relación con los hombres. Bajo
el slogan "Están a tus pies", se veia a Lady Morgana posando en diversas
situaciones. Aparecía vestida como una mujer de negocios, con traje de chaqueta
y minifalda, dando instrucciones a un hombre arrodillado ante ella con la frente
pegada al suelo ante sus hermosos pies. En otra imagen aparecía tendida en un
sofá viendo la televisión, mientras que varios hombres la abanicaban, la daban
masajes en los pies, y la servían la cena. En otra, Lady Morgana estaba en una
playa, y cuatro esclavos la transportaban en una litera desde su hamaca hasta el
agua. Otra más se desarrollaba en plena calle, y Lady Morgana vestida con un
corto y ceñido traje de cuero rojo, azotaba a un hombre tendido en el suelo,
mientras con su precioso pie derecho, calzado con una sandalia de afilado tacón,
pisaba sin compasión el rostro de aquel esclavo. La campaña se llevó a cabo en
toda Europa, y fué un absoluto éxito. La imagen de Lady Morgana apareció en las
vallas publicitarias de todas las ciudades de Europa, y en todas las
televisiones. Se convirtió en una de las mujeres más famosas del mundo, casi de
la noche a la mañana. Una de las imágenes de la campaña; en la que se veian los
pies de Lady Morgana sobre un almohadón de terciopelo azul con las uñas pintadas
a juego, y alrededor diez hombres arrodillados e inclinados hasta el suelo,
había ganado todos los premios en los principales festivales.
A partir de entonces la carrera de Lady Morgana despegó, y un año después en
reconocimiento por el éxito de la campaña se le otorgó el título de Lady, y se
le regaló un fastuoso palacio, en el que residía.
Lady Morgana se acercó al diván donde estaba tendida Lady Alexandra, y se
saludaron al estilo habitual entre las Damas de su clase, con un cariñoso abrazo
y un largo beso en la boca.
- "Hola Alex, estás magnífica como siempre", dijo Lady Morgana.
- "Tu también Morgana. Me alegro mucho de verte" contestó Lady Alexandra.
- "Perdona que haya llegado un poco tarde, pero he tenido un incidente en la
puerta".
- "¿Que te ha pasado, querida?".
- "Un estúpido esclavo se ha puesto delante de mi coche, y me lo he llevado por
delante".
- "¡Oh! espero que no te haya pasado nada, Morgana".
- "No, estoy bien".
- "¿Y el coche? ¿Algún desperfecto?".
- "No, Alex; afortunadamente el coche es duro. Pero me he irritado tanto que he
bajado del coche y he azotado al imbécil ese".
Después volviéndose hacia Vanessa añadió:
- "Se quejaba bastante de las piernas, no creo que pueda ser útil durante una
buena temporada". Y terminó con un gracioso mohín "Siento haberte causado algún
trastorno".
Vanessa hizo una reverencia y contestó:
- "No se preocupe Excelencia, lo importante es que usted y su coche no hayan
sufrido daños".
Después continuó:
- "Bien ahora que ya están las dos me gustaría darles unas breves indicaciones.
Nuestro parque se extiende sobre una superficie de más de 100 km², con lo que
las distancias entre una atracción y otra son bastante largas. Por cuestiones
ecológicas no está permitida la entrada de automóviles, así pués les recomiendo
que utilicen algún medio de transporte de los que proporciona el parque. Tenemos
a su disposición: literas, sillas de manos, carruajes,... ¿Que les gustaría?".
- "Yo quiero una litera, va a ser un día largo y quiero estar cómoda", dijo Lady
Alexandra.
- "Para mi un carruaje" dijo Lady Morgana.
- "Esta bien Excelencias" contestó Vanessa, quien a continuación habló con uno
de sus subordinados para ordenar que estuvieran preparados los transportes de
las Damas. Después continuó dirigiéndose a las dos orgullosas Ladies:
- "Todo en Fempark está pensado para su diversión y su seguridad. Todos y cada
uno de los esclavos que hay aquí obedecerán ciegamente cualquier órden que
reciban de Vuestras Excelencias. Podeis tratarles, humillarles y castigarles
como si fueran de vuestra propiedad. Por el entrenamiento que se les ha dado es
prácticamente imposible que se rebelen. Se les ha implantado, además, un
microchip que monitoriza su comportamiento, y así en el Centro de Mando podemos
saber si alguno de ellos está a punto de perder el control. En ese caso nuestro
Servicio de Seguridad actúa con la rapidez y contundencia debidas".
Estas últimas palabras provocaron una sonrisa en los lindos rostros de de Lady
Alexandra y Lady Morgana.
- "En fin, Excelencias. En vuestros vehículos encontrareis una descripción del
parque en general y de cada una de las atracciones, un plano, una fusta,... Para
cualquier otra cosa que necesiten pueden llamarme a mi móvil".
En ese momento, Lady Alexandra dió un par de palmadas, y dijo:
- "Bueno, ya está bien de hablar. Estoy deseando empezar la visita". Y
dirigiédose al esclavo que estaba a sus pies añadió: "Tu, cálzame" al tiempo que
le daba un puntapié en el rostro.
El esclavo se apresuró a hacer lo que se le ordenaba, aunque con los nervios no
pudo evitar ligero forcejeo para encajar la sandalia derecha de Lady Alexandra.
Lady Alexandra se levantó y se dirigió a Vanessa:
- "Vanessa, ese esclavo no me ha calzado como es debido. Quiero que le den diez
latigazos para que aprenda a tratar los pies de una Dama. ¿Te encargarás de
eso?".
- "Por supuesto, Excelencia. Vuestros deseos son órdenes. ¿Deseais azotarle vos
misma?".
- "No, no es necesario. Pero asegurate de que le quedan unas buenas cicatrices,
para que no olvide lo que ha hecho".
Vanessa hizo una profunda reverencia en señal de acatamiento, y después las tres
mujeres se dirigieron a la puerta que conducía al parque. Vanessa abrió la
puerta y la mantuvo sujeta para que pasasen las dos Damas. En el exterior
esperaban los transportes de las Damas.
Ocho enormes esclavos, de raza negra, arrodillados en el suelo sujetaban sobre
sus hombros la litera de Lady Alexandra. La litera estaba cubierta de mullidos
almohadones y tenía un pequeño respaldo que podía ser usado por su ocupante como
reposacabezas, si quería ir completamente tumbada, o para apoyar la espalda para
ir ligeramente incorporada como en una hamaca. Un toldo protegía a la ocupante
del sol, y se podían cerrar los laterales para protegerla, asimismo del aire o
del polvo.
El carruaje de Lady Morgana consistía en un gran asiento con respaldo, cubierto
de almohadones de terciopelo. Ante el asiento un escabel rematado por un gran
cojín des seda y plumas, estaba destinado a acoger los maravillosos y
encantadores pies de Lady Morgana La Caprice, y proporcionarles la comodidad y
el descanso que tan hermosos pies merecían. El asiento se levantaba sobre una
plataforma con cuatro ruedas, de la que partían dos varas, una a cada lado. A
dichas varas se uncían cuatro esclavos altos y fuertes, debidamente enjaezados.
Lady Alexandra se dirigió a Vanessa y le dijo:
- "Vanessa, gracias por todo. Has sido muy amable", y al mismo tiempo le tendía
la mano derecha.
Vanessa se inclinó en una profunda y respetuosa reverencia, besó la mano de Lady
Alexandra y constestó:
- "Excelencias, ha sido un placer poder servirlas. Espero que disfruten de su
estancia en Fempark".
Después hizo lo mismo con la mano de Lady Morgana.
Lady Alexandra se dirigió a su litera, un esclavo se postró en el suelo, y Lady
Alexandra lo utilizó como peldaño para subir a la litera; tras lo cual se
acomodó recostándose sobre los sedosos almohadones. Así instalada esperó a que
Lady Morgana hiciera lo mismo.
Ésta, estaba subiéndose al carruaje usando la espalda de unos esclavos como
peldaños. Una vez sentada, se descalzó y apoyó las suavísimas plantas de sus
pies en el mullido cojín del escabel. Después tomó las riendas con la mano
izquierda y el látigo con la derecha. Descargó un certero latigazo sobre las
espaldas de los esclavos y el carruaje se puso en marcha. Al mismo tiempo Lady
Alexandra batió sus palmas y los esclavos porteadores se levantaron y se
pusieron en marcha. Dos esclavos con grandes abanicos se pusieron a los lados de
la litera y empezaron a abanicar a Lady Alexandra.
Mientras los esclavos transportaban a las Damas, Lady Alexandra cogió el folleto
descriptivo del parque y lo examinó con detenimiento. Al cabo de un rato se
dirigió a Lady Morgana:
- "Vamos a ver Morgana. Por lo que he leido en el parque hay varias atracciones
distintas. Tenemos: El Antiguo Egipto, La Roma Imperial, Los Reinos de Oriente,
La Edad Media y El Pasaje del Terror. Si te parece podemos ir por órden".
- "Como tu quieras Alex, yo te sigo".
- "¡Esclavos! vamos al Antiguo Egipto" ordenó Lady Alexandra.
Los esclavos conocían bien el parque y se dirigieron hacia donde se les
ordenaba. Mientras llegaban, las Damas tivieron ocasión de fijarse en lo que les
rodeaba. Fempark era una inmensa pradera surcada por riachuelos, y poblada de
árboles y flores de todo tipo. Multitud de caminos lo cruzaban, comunicando
entre si las atracciones, y llevando a lugares de descanso donde las visitantes
simplemente se relajaban, o se entretenían torturando a sus esclavos. A los
lados de los caminos se veían por doquier esclavos trabajando en la conservación
y mejora del parque. Al paso de las Damas, los esclavos dejaban su trabajo y
rendían homenaje, postrándose con la frente a tierra hasta que la litera y el
carruaje estaban lejos.
Por fin llegaron al Antiguo Egipto. Las Damas descendieron de sus vehículos
ayudadas por los esclavos como era habitual, y entraron en el recinto. Allí las
recibió la encargada de la atracción, que se inclinó profundamente ante ellas, y
un esclavo que no osó moverse de donde estaba arrodillado, salvo para pegar aún
más su frente al suelo.
La encargada les dijo:
- "Excelencias, con su permiso les voy a contar en que consiste esta atracción.
Una de ustedes será la Reina de Egipto, y la otra la Jefa del Ejército. Acaban
de regresar de una expedición al pais de Nubia, y han traido consigo el botín de
guerra y un montón de prisioneros. Toda la ciudad de Tebas ha salido ha recibir
a su Reina y a rendirle homenaje. En ausencia de la Reina ha habido un intento
de sublevación que aún no ha sido del todo sofocado, y que amenaza con hacer
caer la Monarquía".
Después continuó:
- "Este es el entorno. El resto depende de la voluntad de Vuestras Excelencias.
En esa habitación podrán vestirse".
Las Damas pasaron a la habitación donde se vistieron, ayudadas por esclavos.
Lady Alexandra iba a ser la Reina de Egipto, y sin duda la mismísima Cleopatra
palidecería de envidia si pudiera verla. Vestía un top ceñido, confeccionado con
finísimas láminas de oro dispuestas sobre un leve forro de seda roja. Los senos
de Lady Alexandra se adivinaban, en todo su esplendor, bajo aquella delicada
prenda que no hacía sino realzar su extraordinaria belleza. Completaban su
atuendo, una falda de la misma confección que le caia un poco por encima de las
rodillas dejando ver sus bonitas piernas; y, en sus bellísimos pies, unas
elegantes sandalias doradas. En la cabeza ostentaba la Corona Real, y en su mano
derecha el Cetro. Valiosas joyas adornaban su cuerpo. Collares, pulseras en
brazos y muñecas y un gran diamante en el ombligo. En sus divinos pies lucía
ajorcas y anillos. Era la encarnación misma del Poder Absoluto. Más que una
Reina, una Diosa ante la que todos se arrodillaban y que exigía, y recibía,
sumisión y homenaje completos.
Lady Morgana sería como la Jefa del Ejército. Llevaba una especie de coraza y un
casco; falda corta y en sus pies unas botas. A la cintura una espada y en la
mano un látigo.
AUTOR:PIERRE FERMAT