PARQUE TEMÁTICO.

Lady Alexandra von Hentsau descendió con paso majestuoso la escalera principal de su residencia. Abajo la esperaban dos de sus esclavos, híncados de rodillas en el suelo de mármol y con la cabeza inclinada en actitud respetuosa y sumisa al mismo tiempo. En esa posición tan solo podían escuchar el sonido de los pasos de su Ama, hasta que ese sonido cesó y aparecieron ante sus ojos los lindísimos pies de Lady Alexandra calzados en unas elegantes sandalias plateadas. En ese momento, los esclavos se inclinaron hasta quedar postrados ante su bellísima Ama, con la frente pegada al suelo. Después la saludaron al unísono:
- "Buenos días, Lady Alexandra. Le deseamos una feliz jornada".
Lady Alexandra ignoró su saludo, como de costumbre, y apoyando uno de sus encantadores pies en el cuello de uno de sus postrados esclavos, preguntó:
- "¿Está preparado mi coche?".
- "Si, Señora. Todo está listo según vuestras órdenes".
Lady Alexandra sonrió mientras contemplaba, con evidente satisfacción, la preciosa pedicura que lucía aquella mañana. Sus pies, suaves y bronceados, resplandecían de belleza con las uñas de sus hermosos dedos pintadas de rojo rubí. Los esclavos encargados de su pedicura habían hecho un buen trabajo, a pesar de lo cual Lady Alexandra había encontrado razones, como si le hicieran alguna falta, para azotar con su fusta el rostro de sus siervos. Además había ordenado que los encerraran en una de las mazmorras, en espera de que por la noche pudiera, con más tranquilidad, castigarlos a su antojo.
- "Eso espero", afirmó Lady Alexandra dirigiendose hacia la puerta que conducía al exterior; no sin antes clavar, por puro placer, el fino tacón de su sandalía en el rostro de su esclavo.
Los esclavos se apresuraron a arrastrarse hasta la puerta, levantarse en presencia del Ama era algo impensable, y abrieron la puerta para que Lady Alexandra saliera. Descendió los peldaños que conducían al inmenso jardín delantero de su residencia, adornado con fuentes y bancos de flores de todas las clases y colores. De inmediato dos esclavos se colocaron a su lado. Uno de ellos sujetaba una gran sombrilla para proteger al Ama de los rayos de sol, y el otro agitaba un abanico de plumas para refrescar a su Señora. Lady Alexandra caminó hacia el Rolls-Royce que la esperaba seguida de sus esclavos, que se desplazaban sobre sus rodillas como era preceptivo en presencia de Lady Alexandra. Una vez más pudieron extasiarse contemplando la espectacular belleza de su Ama y Señora, y eso ayudó a soportar el dolor de las heridas que causaban en sus desnudas rodillas las piedrecitas del camino, ya que no se les permitía desplazarse por el ajardinado sendero cubierto de fresco y suave césped, por donde caminaba cómodamente Lady Alexandra. Con cada uno de sus pasos, oscilaba su negrísima melena que se desparramaba por sus hombros y caía hasta su esbelta cintura. Su cuerpo bronceado se cubría, es un decir, con un minúsculo top y una cortísima minifalda de seda blanca, con ribetes plateados. Su rostro aristocrático; de ojos verdosos y rojísimos labios gruesos y sensuales, lucía un discreto maquillaje; que realzaba aún mas su belleza; si eso era posible. Su pecho, del tamaño justo, se mantenía firme y erguido, como si la gravedad no existiera, sin necesidad de la ayuda de un sujetador. Sus larguísimas piernas eran maravillosamente perfectas, y acababan en los pies más divinos que uno pueda imaginarse. En resumen, 1.85 metros de belleza, elegancia, clase ... y despótica crueldad.
Al lado del coche la esperaban otros dos esclavos. El chófer mantenía abierta la puerta trasera del Rolls, e inclinó su frente a tierra cuando Lady Alexandra estuvo a menos de 10 metros. El otro esclavo era el mayordomo personal de Lady Alexandra, que esperaba a su Ama postrado de rodillas con la cabeza inclinada sobre el pecho. Lady Alexandra se detuvo ante él, y entonces el esclavo se inclinó hacia el suelo y besó los bonitos pies de Lady Alexandra con respeto y adoración. Los demás esclavos que contemplaban la escena, sintieron una vez más una intensa envidia por aquel privilegio con el que ellos soñaban en vano.
El mayordomo dijo:
- "Milady, todo está preparado según vuestros deseos. ¡Que tengais un feliz día!".
- "Volveré al anochecer. Que esté preparado mi baño y mi cena. Preparad también la mazmorra de tortura, hay un par de esclavos a los que deseo castigar" dijo Lady Alexandra.
- "Se hará como ordenais, Milady" contestó el mayordomo, mientras besaba el suelo ante los pies de su Ama.
Sin preocuparse por aquella demostración de adoración, Lady Alexandra entró en el coche y se acomodó en el mullido asiento de piel recubierto de almohadones de seda. El chófer cerró la puerta y se instaló en su asiento, esperando la orden del Ama para arrancar. La orden llegó como era habitual en forma de un leve gesto con la mano, de uñas largas y afiladas pintadas de rojo, a juego con las de los pies.
El coche arrancó despacio dirigiéndose hacia la puerta principal de la propiedad. Al llegar, el chófer bajó del coche, sacó una tarjeta, y la introdujo en una ranura situada al lado de la puerta. Con un chasquido la enorme puerta metálica de seguridad se abrió. El chófer volvió al coche, lo puso en marcha, y el vehículo salió a la carretera, giró a la derecha y se dirigió hacia la autopista del Sur.
Su destino era Fempark, el nuevo parque temático de Femtertainment Inc. acababa de inaugurar, y que estaba dedicado a la Dominación Femenina a lo largo de la Historia. En sus primeras dos semanas había hecho furor entre las Damas de la alta sociedad, solo ellas podían permitirse pagar lo que costaba, así que Lady Alexandra había decidido tomarse un día libre para visitarlo. Lady Alexandra era la dueña total y absoluta del Banco Único Europeo, una entidad que había surgido como consecuencia del proceso de fusiones que tuvo lugar en Europa a mediados del siglo XXI, y que había desembocado en un sólo Banco que dominaba toda la economía europea, y casi toda la mundial. Era obvio que Lady Alexandra no necesitaba trabajar para vivir como una Reina, tenía empleados y esclavos suficientes para que trabajaran por ella; pero le gustaba intervenir directamente en los asuntos del Banco, sabiendo que sus caprichosas decisiones afectaban a la vida de millones de personas; y que podía jugar a su antojo con la felicidad y el destino de todos esos millones.
Mientras el coche se desplazaba a toda velocidad por la autopista, Lady Alexandra se tendió en el asiento y acomodó sus bellos pies en uno de los almohadones. Por un momento hasta ella misma se quedó arrobada contemplando la perfección de sus pies. Sonrió mientras se fijaba en los preciosos dedos de sus pies adornados por dos anillos, uno en el pulgar del pie derecho y otro en el índice del izquierdo, y se le escapó una leve carcajada al recordar que con lo que habían costado aquellos anillos podrían vivir muchas familias durante varios años. En cuanto a la ajorca de oro blanco y diamantes que ceñía su tobillo derecho, había sido hecha especialmente para ella con unos diamantes de reflejos rosados, extraidos de una veta única en el mundo y de muy difícil extracción. Más de cien hombre trabajaron durante un año, en condiciones muy penosas, para conseguir aquellos diamantes. Recordó que aquella ajorca le fué ofrecida con motivo de su primer aniversario como Presidenta del Banco Único Europeo cuando, durante la fiesta que se celebró, sus subordinados más próximos le rindieron pleitesía y juraron obediencia, hincados de rodillas ante ella. Entonces, le contaron como se había fabricado la ajorca y se la pusieron en el tobillo. Después uno por uno todos sus subordinados se arrastraron hasta el sillón, casi un Trono, que ocupaba Lady Alexandra y besaron sus delicados pies. Saber que aquella ajorca había costado tantos sufrimientos a tantos hombres la llenaba de satisfacción, y por ese motivo era una de sus joyas favoritas.
Mientras Lady Alexandra pensaba, llegaron a Fempark. El chófer se dirigó directamente a la zona VIP y frenó. Cuando el motor se detuvo, se acercaron tres empleados del parque; uno de ellos abrió la puerta del coche, otro se tendió en el suelo ante la puerta, y otro se arrodilló ofreciendo su mano enguantada. Lady Alexandra salió del coche apoyándose en la mano que se le ofrecía, y poniendo los pies sobre el torso del esclavo tendido en el suelo. Observó un instante a los tres hombres postrados ante ella, y atravesó la puerta del edificio principal de Fempark que mantenía abierta otro esclavo. El chófer se dirigió al párking de visitantes situado en el exterior del recinto, ya que no estaba permitido entrar con coche.
Al entrar Lady Alexandra fue recibida por la encargada del parque, una preciosa rubia que vestía un formal traje de chaqueta azul marino, con una minifalda que dejaba ver sus bien torneadas piernas. Se inclinó ligeramente ante Lady Alexandra y dijo:
-"Excelencia, os doy la bienvenida a Fempark. Es un honor para nosotros el que nos honreis con vuestra presencia".
La encargada utilizaba el tratamiento de cortesía que era habitual dispensar a las Damas de clase alta. Aunque todas las mujeres pertenecían a una casta superior, había diferencias entre ellas. A lo largo del siglo XXI las leyes de discriminación positiva en favor de las mujeres, fueron convirtiendose de forma gradual en leyes de discriminación pura y dura; y desembocaron en una sociedad en la que los hombres quedaron excluidos de cualquier puesto de decisión o responsabilidad. Como consecuencia de ello, sólo se dedicaban a los trabajos más penosos, peor pagados y más humillantes. La esclavitud era legal, pero aún era voluntaria. Mujeres como Lady Alexandra tenían una gran cantidad de esclavos que voluntariamente entraban a su servicio; pero a partir de entonces perdían los escasos derechos que, como hombres, tenían y podían ser tratados como su Ama dispusiera. Una vez que un hombre decidía entrar como esclavo al servicio de una mujer, era para toda la vida. Solo la mujer podía despedirlo, si se le antojaba. En cuanto a las mujeres no todas ocupaban la misma posición. Aquellas que ocupaban puestos de importancia, eran famosas, y en definitiva eran ricas; gozaban de privilegios inalcanzables para las demás. Además de eso era habitual que recibieran el tratamiento de Excelencia, y tuvieran prioridad sobre las demás para cualquier cosa que pudiera surgir.
- "He oido hablar mucho de este lugar. Espero pasar un buen rato aqui. ¿Como te llamas?" respondió Lady Alexandra.
- "Mi nombre es Vanessa, Excelencia. Todos nosotros y yo especialmente haremos todo lo posible, para que vuestra estancia entre nosotros sea perfecta", y añadió "os ruego que me acompañeis, Excelencia".
Lady Alexandra asintió y se dirigieron hacia unos divanes que había a la derecha de la puerta de entrada. Lady Alexandra se sentó en el primer diván, y entonces varios esclavos parecieron surgir de la nada para servirla. Uno de ellos se arrodilló ante ella y la descalzó delicadamente, tras lo cual con un gesto de sublime elegancia, Lady Alexandra se tendió en el cómodo diván. Otro de los esclavos se arrodilló a la cabeza del diván y comenzó a abanicarla; y por fin otro más se acercó sobre sus rodillas con una bandeja llena de bebidas y aperitivos. Vanessa se quedó de pie, respetuosamente, y dijo:
- "Excelencia, creo que tiene que esperar a una amiga que la acompañara en la visita. ¿Es así?".
- "En efecto Vanessa. Mi amiga Lady Morgana La Caprice se reunirá conmigo para esta visita".
- "En ese caso si Vuestra Excelencia me da su permiso, me gustaría retirarme para continuar con mis tareas. En el momento en que llegue Su Excelencia Lady Morgana la conduciré hasta aquí. Si mientras tanto necesita algo, puede llamar con ese timbre que hay al lado del diván".
- "Esta bien Vanessa, puedes irte" dijo Lady Alexandra, y acompañó sus palabras con un gesto de la mano derecha.
Vanessa se inclinó y regresó a sus ocupaciones.
A los pocos minutos, se escuchó un gran estruendo como el de un coche muy potente, seguido de un fuerte frenazo. Lady Alexandra sonrió delicadamente, al reconocer el rugido del Ferrari de Lady Morgana. En efecto, a los pocos instantes regresaba Vanessa, acompañada de una escultural pelirroja. Lady Morgana La Caprice, pues ella era la pelirroja en cuestión, vestía un cortísimo vestido verde sin mangas, y unas chinelas a juego. Las chinelas solo tenían una tira de piel que cruzaba sus delicados pies, justo por encima de los dedos. Lady Morgana era la top-model más famosa del mundo en aquellos momentos, y no era de extrañar. Con 1.80 metros de alta, y unas medidas de escándalo, volvía locos a hombres y mujeres con sólo mirarlos con sus azules ojos. Su rostro era lindísimo y delicado, como esculpido en porcelana. Su cuerpo: pecho, cintura, culo y piernas eran los de una Diosa, perfectos en toda la extensión de la palabra. Sus pies eran esbeltos, proporcionados, tremendamente atractivos y sensuales.
Las mejores zapaterías y joyerías la contrataban como modelo para promocionar sus nuevos diseños de zapatos y ajorcas, puesto que sabían que los pies de Lady Morgana garantizaban el éxito de sus productos. Fotografiados una y mil veces para las mejores revistas, los bellísimos pies de Lady Morgana La Caprice habían convertido en dóciles esclavos a miles de hombres, que todos los días se agolpaban a la puerta del palacio en el que vivía, suplicando ser admitidos al servicio de aquella Diosa.
Unos dos años atrás, había superado un durísimo casting para elegir una modelo con pies perfectos, en el que había competido con modelos de toda Europa. Se trataba de ser la imagen de una campaña institucional que pretendía concienzar a las mujeres de su posición en la sociedad, y en relación con los hombres. Bajo el slogan "Están a tus pies", se veia a Lady Morgana posando en diversas situaciones. Aparecía vestida como una mujer de negocios, con traje de chaqueta y minifalda, dando instrucciones a un hombre arrodillado ante ella con la frente pegada al suelo ante sus hermosos pies. En otra imagen aparecía tendida en un sofá viendo la televisión, mientras que varios hombres la abanicaban, la daban masajes en los pies, y la servían la cena. En otra, Lady Morgana estaba en una playa, y cuatro esclavos la transportaban en una litera desde su hamaca hasta el agua. Otra más se desarrollaba en plena calle, y Lady Morgana vestida con un corto y ceñido traje de cuero rojo, azotaba a un hombre tendido en el suelo, mientras con su precioso pie derecho, calzado con una sandalia de afilado tacón, pisaba sin compasión el rostro de aquel esclavo. La campaña se llevó a cabo en toda Europa, y fué un absoluto éxito. La imagen de Lady Morgana apareció en las vallas publicitarias de todas las ciudades de Europa, y en todas las televisiones. Se convirtió en una de las mujeres más famosas del mundo, casi de la noche a la mañana. Una de las imágenes de la campaña; en la que se veian los pies de Lady Morgana sobre un almohadón de terciopelo azul con las uñas pintadas a juego, y alrededor diez hombres arrodillados e inclinados hasta el suelo, había ganado todos los premios en los principales festivales.
A partir de entonces la carrera de Lady Morgana despegó, y un año después en reconocimiento por el éxito de la campaña se le otorgó el título de Lady, y se le regaló un fastuoso palacio, en el que residía.

Lady Morgana se acercó al diván donde estaba tendida Lady Alexandra, y se saludaron al estilo habitual entre las Damas de su clase, con un cariñoso abrazo y un largo beso en la boca.
- "Hola Alex, estás magnífica como siempre", dijo Lady Morgana.
- "Tu también Morgana. Me alegro mucho de verte" contestó Lady Alexandra.
- "Perdona que haya llegado un poco tarde, pero he tenido un incidente en la puerta".
- "¿Que te ha pasado, querida?".
- "Un estúpido esclavo se ha puesto delante de mi coche, y me lo he llevado por delante".
- "¡Oh! espero que no te haya pasado nada, Morgana".
- "No, estoy bien".
- "¿Y el coche? ¿Algún desperfecto?".
- "No, Alex; afortunadamente el coche es duro. Pero me he irritado tanto que he bajado del coche y he azotado al imbécil ese".
Después volviéndose hacia Vanessa añadió:
- "Se quejaba bastante de las piernas, no creo que pueda ser útil durante una buena temporada". Y terminó con un gracioso mohín "Siento haberte causado algún trastorno".
Vanessa hizo una reverencia y contestó:
- "No se preocupe Excelencia, lo importante es que usted y su coche no hayan sufrido daños".
Después continuó:
- "Bien ahora que ya están las dos me gustaría darles unas breves indicaciones. Nuestro parque se extiende sobre una superficie de más de 100 km², con lo que las distancias entre una atracción y otra son bastante largas. Por cuestiones ecológicas no está permitida la entrada de automóviles, así pués les recomiendo que utilicen algún medio de transporte de los que proporciona el parque. Tenemos a su disposición: literas, sillas de manos, carruajes,... ¿Que les gustaría?".

- "Yo quiero una litera, va a ser un día largo y quiero estar cómoda", dijo Lady Alexandra.
- "Para mi un carruaje" dijo Lady Morgana.
- "Esta bien Excelencias" contestó Vanessa, quien a continuación habló con uno de sus subordinados para ordenar que estuvieran preparados los transportes de las Damas. Después continuó dirigiéndose a las dos orgullosas Ladies:
- "Todo en Fempark está pensado para su diversión y su seguridad. Todos y cada uno de los esclavos que hay aquí obedecerán ciegamente cualquier órden que reciban de Vuestras Excelencias. Podeis tratarles, humillarles y castigarles como si fueran de vuestra propiedad. Por el entrenamiento que se les ha dado es prácticamente imposible que se rebelen. Se les ha implantado, además, un microchip que monitoriza su comportamiento, y así en el Centro de Mando podemos saber si alguno de ellos está a punto de perder el control. En ese caso nuestro Servicio de Seguridad actúa con la rapidez y contundencia debidas".
Estas últimas palabras provocaron una sonrisa en los lindos rostros de de Lady Alexandra y Lady Morgana.
- "En fin, Excelencias. En vuestros vehículos encontrareis una descripción del parque en general y de cada una de las atracciones, un plano, una fusta,... Para cualquier otra cosa que necesiten pueden llamarme a mi móvil".
En ese momento, Lady Alexandra dió un par de palmadas, y dijo:
- "Bueno, ya está bien de hablar. Estoy deseando empezar la visita". Y dirigiédose al esclavo que estaba a sus pies añadió: "Tu, cálzame" al tiempo que le daba un puntapié en el rostro.
El esclavo se apresuró a hacer lo que se le ordenaba, aunque con los nervios no pudo evitar ligero forcejeo para encajar la sandalia derecha de Lady Alexandra.
Lady Alexandra se levantó y se dirigió a Vanessa:
- "Vanessa, ese esclavo no me ha calzado como es debido. Quiero que le den diez latigazos para que aprenda a tratar los pies de una Dama. ¿Te encargarás de eso?".
- "Por supuesto, Excelencia. Vuestros deseos son órdenes. ¿Deseais azotarle vos misma?".
- "No, no es necesario. Pero asegurate de que le quedan unas buenas cicatrices, para que no olvide lo que ha hecho".

Vanessa hizo una profunda reverencia en señal de acatamiento, y después las tres mujeres se dirigieron a la puerta que conducía al parque. Vanessa abrió la puerta y la mantuvo sujeta para que pasasen las dos Damas. En el exterior esperaban los transportes de las Damas.
Ocho enormes esclavos, de raza negra, arrodillados en el suelo sujetaban sobre sus hombros la litera de Lady Alexandra. La litera estaba cubierta de mullidos almohadones y tenía un pequeño respaldo que podía ser usado por su ocupante como reposacabezas, si quería ir completamente tumbada, o para apoyar la espalda para ir ligeramente incorporada como en una hamaca. Un toldo protegía a la ocupante del sol, y se podían cerrar los laterales para protegerla, asimismo del aire o del polvo.
El carruaje de Lady Morgana consistía en un gran asiento con respaldo, cubierto de almohadones de terciopelo. Ante el asiento un escabel rematado por un gran cojín des seda y plumas, estaba destinado a acoger los maravillosos y encantadores pies de Lady Morgana La Caprice, y proporcionarles la comodidad y el descanso que tan hermosos pies merecían. El asiento se levantaba sobre una plataforma con cuatro ruedas, de la que partían dos varas, una a cada lado. A dichas varas se uncían cuatro esclavos altos y fuertes, debidamente enjaezados.
Lady Alexandra se dirigió a Vanessa y le dijo:
- "Vanessa, gracias por todo. Has sido muy amable", y al mismo tiempo le tendía la mano derecha.
Vanessa se inclinó en una profunda y respetuosa reverencia, besó la mano de Lady Alexandra y constestó:
- "Excelencias, ha sido un placer poder servirlas. Espero que disfruten de su estancia en Fempark".
Después hizo lo mismo con la mano de Lady Morgana.
Lady Alexandra se dirigió a su litera, un esclavo se postró en el suelo, y Lady Alexandra lo utilizó como peldaño para subir a la litera; tras lo cual se acomodó recostándose sobre los sedosos almohadones. Así instalada esperó a que Lady Morgana hiciera lo mismo.
Ésta, estaba subiéndose al carruaje usando la espalda de unos esclavos como peldaños. Una vez sentada, se descalzó y apoyó las suavísimas plantas de sus pies en el mullido cojín del escabel. Después tomó las riendas con la mano izquierda y el látigo con la derecha. Descargó un certero latigazo sobre las espaldas de los esclavos y el carruaje se puso en marcha. Al mismo tiempo Lady Alexandra batió sus palmas y los esclavos porteadores se levantaron y se pusieron en marcha. Dos esclavos con grandes abanicos se pusieron a los lados de la litera y empezaron a abanicar a Lady Alexandra.
Mientras los esclavos transportaban a las Damas, Lady Alexandra cogió el folleto descriptivo del parque y lo examinó con detenimiento. Al cabo de un rato se dirigió a Lady Morgana:
- "Vamos a ver Morgana. Por lo que he leido en el parque hay varias atracciones distintas. Tenemos: El Antiguo Egipto, La Roma Imperial, Los Reinos de Oriente, La Edad Media y El Pasaje del Terror. Si te parece podemos ir por órden".
- "Como tu quieras Alex, yo te sigo".
- "¡Esclavos! vamos al Antiguo Egipto" ordenó Lady Alexandra.
Los esclavos conocían bien el parque y se dirigieron hacia donde se les ordenaba. Mientras llegaban, las Damas tivieron ocasión de fijarse en lo que les rodeaba. Fempark era una inmensa pradera surcada por riachuelos, y poblada de árboles y flores de todo tipo. Multitud de caminos lo cruzaban, comunicando entre si las atracciones, y llevando a lugares de descanso donde las visitantes simplemente se relajaban, o se entretenían torturando a sus esclavos. A los lados de los caminos se veían por doquier esclavos trabajando en la conservación y mejora del parque. Al paso de las Damas, los esclavos dejaban su trabajo y rendían homenaje, postrándose con la frente a tierra hasta que la litera y el carruaje estaban lejos.
Por fin llegaron al Antiguo Egipto. Las Damas descendieron de sus vehículos ayudadas por los esclavos como era habitual, y entraron en el recinto. Allí las recibió la encargada de la atracción, que se inclinó profundamente ante ellas, y un esclavo que no osó moverse de donde estaba arrodillado, salvo para pegar aún más su frente al suelo.
La encargada les dijo:
- "Excelencias, con su permiso les voy a contar en que consiste esta atracción. Una de ustedes será la Reina de Egipto, y la otra la Jefa del Ejército. Acaban de regresar de una expedición al pais de Nubia, y han traido consigo el botín de guerra y un montón de prisioneros. Toda la ciudad de Tebas ha salido ha recibir a su Reina y a rendirle homenaje. En ausencia de la Reina ha habido un intento de sublevación que aún no ha sido del todo sofocado, y que amenaza con hacer caer la Monarquía".
Después continuó:
- "Este es el entorno. El resto depende de la voluntad de Vuestras Excelencias. En esa habitación podrán vestirse".
Las Damas pasaron a la habitación donde se vistieron, ayudadas por esclavos.
Lady Alexandra iba a ser la Reina de Egipto, y sin duda la mismísima Cleopatra palidecería de envidia si pudiera verla. Vestía un top ceñido, confeccionado con finísimas láminas de oro dispuestas sobre un leve forro de seda roja. Los senos de Lady Alexandra se adivinaban, en todo su esplendor, bajo aquella delicada prenda que no hacía sino realzar su extraordinaria belleza. Completaban su atuendo, una falda de la misma confección que le caia un poco por encima de las rodillas dejando ver sus bonitas piernas; y, en sus bellísimos pies, unas elegantes sandalias doradas. En la cabeza ostentaba la Corona Real, y en su mano derecha el Cetro. Valiosas joyas adornaban su cuerpo. Collares, pulseras en brazos y muñecas y un gran diamante en el ombligo. En sus divinos pies lucía ajorcas y anillos. Era la encarnación misma del Poder Absoluto. Más que una Reina, una Diosa ante la que todos se arrodillaban y que exigía, y recibía, sumisión y homenaje completos.
Lady Morgana sería como la Jefa del Ejército. Llevaba una especie de coraza y un casco; falda corta y en sus pies unas botas. A la cintura una espada y en la mano un látigo.

AUTOR:PIERRE FERMAT






 

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