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Los adoradores de Venus (3) Nota para mentes calenturientas: Esta serie de relatos son pura ficcion literaria, y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o no...quién sabe.
Entran juntos. Ella delante, él siguiéndola, los dos sin hablar. Aunque Ella puede decidir en cualquier momento lo que se debe hacer, él sabe cual es su cometido. Ella se sienta en el sofá y saca un cigarrillo del paquete que lleva en el bolso. El, rápidamente, lo enciende con su mechero. Luego la mira a los ojos. Ella, mientras exhala el humo, hace un gesto apenas imperceptible, pero que él sabe muy bien lo que significa. Mientras se desnuda, él se está excitando, aunque no quiere que se le note. Sabe que, tarde o temprano, se le notará la excitación. Pero no quiere que sea enseguida. De reojo ve como Ella se pone cómoda en el sofá y cruza las piernas. Hoy vuelve a llevar sandalias. En Madrid va haciendo calor y además de que le gusta que admiren sus pies, va más cómoda con ellas. El sigue mirándola de reojo mientras acaba de quitarse la ropa. Está preciosa. Además de guapa, es atractiva. Y su cuerpo es objeto de admiración cuando va por la calle. El ha visto muchas miradas masculinas dirigidas a Ella cuando pasean entre el denso tráfico peatonal de la ciudad. Cuando acaba de desnudarse, se acerca al sofá. Se queda de pie, con las manos detrás juntas. Mira hacia abajo, en una mezcla de entrega y aprovechar para lanzar una mirada a los pies de Ella. Con un signo de su mano, le indica el suelo. El se arrodilla. Las medias de pequeña malla se las ha vuelto a poner y le dan una imagen algo distinta a sus pies, que se distinguen bien en las sandalias. La quita el calzado y acerca su cara a los pies de Ella. Sabe que le gusta que la adoren primero oliendo y luego acariciando sus pies cubiertos por las mallas con la cara. Hace todo lo que sabe que a ella le gusta. No se da cuenta, pero su excitación es ahora ya bien visible. Ella sonríe sin que él la vea al darse cuenta. Es otra señal de la adoración que él siente por sus pies y por toda Ella. Cuando decide que ya está bien de ese principio de adoración, le dice que se incorpore pero que siga de rodillas. Entonces, con su pierna izquierda, le abraza y la atrae hacia sí. El se deja hacer. Tiene el muslo a la altura de los labios e, instintivamente, lo besa. Entonces Ella decide que ya es el momento de que le quite las medias. Y se lo indica. El sabe cómo debe hacerlo. Con su boca llega a lo alto del muslo de la chica e intenta bajar una media. Le cuesta; no quiere que se rompa y con los labios es laborioso conseguir coger bien la media. Cuando lo logra, sujeta con los dientes de manera que sabe que no se romperá la malla, y entre dientes, labios y hasta nariz, va bajando la media a lo largo de la pierna. Al llegar al pie, se centra en la parte de atrás del tobillo para hacer que la media rodee el talón y salga. Los pies de Ella le brindan su sabor y aumentan el deseo del entregado. Por fin, cogiendo la media de la punta de los dedos de los pies, logra sacarla por completo. Repite la operación con la otra media. Cuando Ella está ya descalza y con las piernas desnudas, se tumba en el sofá. No dice nada, pero él, siempre de rodillas, rodea el mueble y se coloca en el brazo en el que Ella apoya los pies. Y empieza su adoración. Primero recorre el empeine, desde el tobillo hasta la punta de los dedos, primero con los labios, luego con la lengua. Luego, igual pero por la planta del pie, de los dedos a los talones, con labios y luego, igual, con lengua. Después, los dedos... uno por uno, primero un pie y luego el otro, besándolos, lamiéndolos, metiéndoselos en la boca todo lo que le es posible. Y entre los dedos, con la lengua, hueco por hueco, dando un masaje refrescante y relajante que sabe que a Ella le gusta no solo porque se lo dice si no porque la oye gemir de placer. Luego, se tumba en el suelo todo lo largo que es, el rostro al pie del sofá y en medio de éste. Ella vuelve a sentarse y coloca las plantas de los pies sobre la cara de él. La estará besando y adorando así hasta que a Ella le apetezca. No sabe el tiempo. A veces es media hora, otras más. Luego, volverá a comenzar la sesión, esta vez en la cama Ella, tumbada cómodamente, y él, desnudo siempre, arrodillado a sus pies. Y los dos serán felices. Ella sintiendo su poder y él sintiendo que le pertenece.
Autor: Martín Novoroscha
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